Mundo Nuestro. Le damos la bienvenida a esta revista digital a Juan Daniel Baleón Flores, cronista con una trayectoria bien lograda en el ámbito radiofónico con las cápsulas denominadas “Espiral Urbana” para Radio BUAP. Juan Daniel es sociólogo por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla con la terminal en Sociología de la Educación y Sociología Urbana, Maestro en Pedagogía en la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla, además de ser Diplomado en Competencias Lectoras y Literacidad por el Tecnológico de Monterrey, Diplomado por la Facultad de Economía de la BUAP en Fundamentos Teóricos de las Ciencias Sociales y Diplomado en Educación Inclusiva por la Universidad Complutense de Madrid en su Escuela Latinoamericana.
San Luis, tan cerca y tan lejos de Puebla / Juan Daniel Flores
No suelo escribir acerca de las cosas del campo. Dirían los expertos de beca y escritorio: no es mi área.
A mí me toco nacer a unas pocas calles de donde se fundó la ciudad, crecer veintidós de mis [1] ochenta, entre el Barrio de La Luz y la Buenos Aires. Mis abuelos, como cientos que emigraron del campo a levantar esta ciudad, dedicaron su vida a la vida fabril. Quizá de ahí mi amor por lo urbano.
Puebla iba a crecer de golpe y porrazo, años después del temblor del ´85 y volverse la capital mundial del camote, el esnobismo y los baches.
Recuerdo que en los tiempos del desempleo, me iba a descansar del trajín urbano, debajo del árbol gigante de San Gabriel, allá en Cholula. Cholula siempre fue un lugar cercano a donde escapar de Puebla. Entonces, yo no escuchaba que la gente de acá o de allá hablara de tres Cholulas como lo hacen ahora: Pedro, Andrés e Isabel. Para el mundo de los Garita Panteón, en el imaginario colectivo, antes de la gran [2] expropiación de Bartlett, sólo existía llana y simplemente Cholula, la Ciudad sagrada.
Sin embargo, ese sin embargo invisible que nos susurra al oído de dentro, me dijo que hoy hablara de un pueblo. Bueno, en sentido estricto y político no es un pueblo, sino una junta auxiliar: San Luis Tehuiloyocan, junta auxiliar de San Andrés Cholula, hoy Cholulandia, la tristemente gentrificada y rentada al mejor postor.
En San Luis, dice uno que otro parroquiano, que la tierra brilla. De ahí el Tehuiloyocan. Un lugar donde uno todavía puede encontrar lechuzas, mole de guajolote y hasta lechuzas. Una lechuza blanca, según la profesora de esta historia, le anunció algo importante una noche de otoño.
Supe muchos años después de San Luis. Me enteré de esa por una profesora oriunda de allí. Me invitó al bailongo de su tío y allá fui de gorrón y cuzco.
Los pueblos siempre me han gustado, el molito, el pulcazo, el arroz rojo con chicharos y la candidez de la gente me fascinan, “vamos güey”, pensé. Yo, el típico y romántico citadino que pensaba (hasta que conocí a San Luis) que todos los pueblos son iguales.
Mis sentaderas comenzaron a quejarse: ¡Está relejos!. En camión, a una hora de Pueblita la hipócrita, en taxi, a tres cuartos de hora y “a patín”, a media hora, si el taxista ya no quiere avanzar más, como me pasó a mi cuando el muy ladino me abandonó a medio campo allá en Tonantzintla, frontera natural de San Luis, la primera vez que fui a la fiesta del tío de la profesora.
El caso es que seguí visitando por allá. Aprendiendo de lo que no se aprende en la universidad, sino en la rueca de la vida.
San Luis, es un territorio donde a la gente le encanta la caguama, se baña a las seis de la tarde, hay perros para exportar, andan en bici o en moto, todos se saludan en la calle, el hacer tortillas es un arte y la gente se duerme temprano.
A simple vista es un pueblo inofensivo. El Popo los mira con el rabillo de su único ojo, como mira del otro lado a Amecameca y como mira a todo el Valle de México.
Sin embargo (el segundo susurro), también es el típico pueblo, para desgracia de las identidades nacionales, que minimiza a sus mujeres. “Pero ¿para qué chingaos estudias otra carrera si ya tienes tu licenciatura…? Mejor dedícate a cuidar a tu hijo”; “Ten al menos un hijo en vez de gatos…aunque no te cases, ya que”. Eso salió de la boca de una mujer dicho a otra mujer, su propia hija.
Es un pueblo donde beber alcohol significa tener que terminar pedo, mientras la mujer te sirve otro pollito con mole. Un lugar donde se ve mal que el hombre, yerno, cuñado o lo que sea, se ponga a lavar platos o a cambiar el pañal a su hijo (a). Eso es mal visto. Eso no se permite en el ethos local. Aquí los hombres producen y dan dinero o chupan (alcohol) o son curas. No sea que las costumbres de otros lados nos vengan a invadir y a decirnos otra cosa que no sean las costumbres de dios.
Pero San Luis también es de un verde fregón. Sus habitantes, hombres y mujeres siembran alfalfa, col, brócoli, rábano, frijol, lechuga, chícharo, entre otros. No hay día en que uno no vaya y vea en sus campos verdes, personas debajo del sol con las manos hundidas en la tierra o en los pozos llenos de agua enjuagando su cosecha para mantener ciudades enteras, para darnos de comer a todos los intoxicados por smog.
Hay familias enteras dedicadas a la siembra. Incluso sé de personas que exportan a Asia y a Estados Unidos. Desde el Camino real se ven las laderas que circundan Puebla al extremo sur: Santa Clara Ocoyucan.
Me llama mucho la atención de siempre, el que se repitan apellidos en el mismo pueblo. Apellidos dominantes, que según varios de los comentarios que he escuchado, no tienen relación familiar directa e incluso indirecta entre ellos.
También es un lugar extremadamente religioso católico, que no necesariamente cristiano. Allí pesa más un Fiscal o Topil que un cura o que la estricta liturgia católica. Eso de “amar y perdonar a quien te ofende”, no pasa por la idiosincrasia de los vecinos de San Luis. Aquí la socialización es originada por el varo, la comida, el rezo, alguna defunción o huateque o simplemente por la fiesta del pueblo: 11 de agosto, día en que la Virgen del Cerrito de Cholula baja a visitarlos. No es la fiesta católica de San Luis Obispo de Tolosa la que los define, sino el que la Virgen de los Remedios baje a visitar a la gente de este pueblo.
Los pueblos de México, muchos, algunos, reinventaron, adaptaron e hicieron a su manera suya la evangelización venida del otro lado del charco.
De San Luis han salido curas y monjas para el servicio de la Arquidiócesis de Puebla. Aunque lo que más ha salido de por estos lares no son rábanos o curas, sino migrantes varones. Varones que se fueron a vivir y trabajar para darle de comer a sus familias y de paso a otro país que no es este: Estados Unidos.
La profesora que me invitó hace años a San Luis, es hija de un hombre que cruzó la gran frontera norte para darle de comer a toda una familia. Ella es la última de siete hijas, nacida en un siete del mes noveno. El número de Dios, en los siete meses que marca una gestación humana.
Acá como en casi todo México, importa lo simbólico, lo sobrenatural, lo mágico, lo que no se traduce en razón a fuerza. Quizá por ello sean importantes las maneras, el rumor o el chisme. El que se asista o no se asista a una fiesta de una familia donde hay una invitación de por medio, puede ser causa de rechazo, reyerta o de reconciliación, según el caso.
Los libros, la escuela, un cargo, el que sea, solo sirven en términos de poder, de tener, de hacer. Aquí, el dinero y el cargo define quién o qué peso tiene. Tanto tienes tanto vales no solo es una premisa de las cosmopolitas, sino también es una bala más del Tío Sam incrustada en la cabeza de los que no fueron migrantes. En San Luis Having is power.
Como en casi todos los pueblos y ciudades mexicanas, especialmente en lo que conocimos como vecindades, importa mucho el qué dirán, el chisme como deporte nacional, el que valga más un nacimiento de hombre que de mujer, el que seas casado por las tres leyes y tengas muchos hijos.
En San huicho, vale más el que construye su casa con más pisos, los que estudian, los que tienen un carrazo, los que son un poquito más güeros y no tan morenos, los que conocen a algún influyente en la política o en la jerarquía eclesiástica, los niños que se van a estudiar a San Andrés y no se quedan a estudiar en escuelas de San Luis.
Apenas ayer fui a un bautizo. Todo estuvo a todo dar. El mole estuvo muy sabroso. La gente muestra su mejor cara y las rolas de José José se mezclan con las de La Sonora Dinamita en la voz del mismo cantante. Huele a guajolote, tierra mojada y una que otra cagada de perro. Todo luce chingón.
Lo que nunca he entendido es: ¿Por qué separan necesariamente el pollo o guajolote del mole en su preparación para después juntarlo en el plato? ¿Por qué gastan tanto en un montaje de mesas tipo salón de fiestas por la noche, con copas finas y toda la cosa, cuando el barro y la loza son tan bonitas? ¿Qué carajos le echan a su cacao de espuma que sabe tan exquisito? ¿Por qué no pasar a algo más fuerte como un brandi o un vodkita para “la calor” en lugar de que pasen todo el tiempo bebiendo cerveza? ¿Qué aquí no conocen al dios pulque? ¿Por qué los hijos (as) les quitan sus propiedades a sus padres o madres sin haber trabajado lo que ellos o ellas como sus madres y padres se esforzaron en trabajar toda su vida? ¿Por qué los Tehuiloyoquenses no se llevan con los de Atzompa?
¿Por qué venerar a un obispo europeo del siglo XIII?
¿Por qué San Luis está tan lejos de Puebla?
[1] Uno no tiene la edad de un acta de gobierno, sino de lo que ha vivido.
[2] Expropiación es un mecanismo que otorga al Estado facultades extraordinarias de “robo legal” en pos de un bien público. Esto dependerá en mucho de la calidad ética de quién lo opere desde el poder ejecutivo.