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14 Junio 2021, Puebla, México.

El maar antiguo; mirar a Puebla desde las lagunas nuestras

Naturaleza y sociedad | Crónica | 16.MAY.2021

El maar antiguo; mirar a Puebla desde las lagunas nuestras

Sergio Mastretta

Estos repliegues de la tierra, vistos así, en su corte genético, también se perderán en el tiempo

Así que esto es un maar abierto en la edad antigua de la tierra.

Me asomo a su profunidad en Aljojuca. La mirada se desbarranca hacia el espejo azulado del agua al sol de mediodía. La imagen de este ahujero rotundo desvanece el tiempo presente, como si lo chupara este ojo denso, abierto, profundo, yerto, y el mundo no fuera más que un simple sustento de tierra y cielo, un eterno pasado de piedra y agua suspendido, un mero reflejo de la vida inerme.

Mediodía del sábado 15 de mayo. Me asomo a estos seis ojos abiertos de la tierra al cielo, pestañeos de agua antigua que obligan a pensar en su inminente ausencia. Para ubicar este valle en el espacio acuífero lo denominan como la Cuenca Oriental, cerca de 5 mil kilómetros cuadrados de territorio de Puebla, Tlaxcala, Veracruz. Los técnicos toman los nombres locales para documentar acopios y escurrimietos: los lagos Totolango --ya un desierto--, Alchichica, San Luis Atexcac, La Preciosa, Aljojuca, San Miguel Tecuitlapa, Quechulac (nuestras lagunas con su memoria genética), y Totolcinco y Ovando --también ya meros desiertos--, más los pantanos de Tepeyahualco y lo que alcanza a tener nombre de río, exiguos, intermitentes arroyos temporaleros La Caldera, Xonecuila, Quetzalapa y Piedra Grande. Aquí el agua no se mira mucho salvo cuando cae del cielo para dar muy pronto rumbo del subsuelo.

Aquí estoy en este sábado en un campo avispado por las lluvias con el revoloteo de los campesinos maiceros. Ya las milpas despegan unos quince, veinte centímetros y por eso el azadón en las manos de los jornaleros que escardan la tierra arenosa y fina. Pero no hay mirada que valga ante estos descomunales ojos de la tierra, y al primero de ellos me lo encuentro en Aljojuca.

Elemental el pensamiento abrupto: ¿qué pesares nuestros pueden incomodarle a la tierra? ¿El desvarío de la política expresado en pequeñas huestes que cargan pancartas y siglas y discursos y recorren las calles de los pueblos aburridos? La somnolencia de los carretones jalados por mulas necias  en caminos de polvo desde los campos recién sembrados de maíz temporalero? ¿Los cuestionamientos míos a un derrotero mexicano que no apunta más que al abismo?

Intento la mirada de los geólogos en Wiquipedia que explican lo ocurrido hace treinta millones de años, tal vez entienda que estos repliegues de la tierra, vistos así, en su corte genético, también se perderán en el tiempo:

"Un maar es un cráter volcánico ancho y bajo, producido por una erupción freático-magmática, es decir, una explosión causada por agua subterránea que entra en contacto con lava caliente o magma. Los maares suelen llenarse de agua, formando un lago de cráter o laguna cráterica de poca profundidad."

La tierra ardiente y el agua milenaria estallan. De cualquier manera, una explosión. La humanidad antigua acierta al nombrarla: atl-xoxouhca, en el agua azul celeste. La humanidad moderna la llama Aljojuca y no acierta más que a cercarla con los caseríos de concreto en los que se han convertido los pueblos de México.

Recorro desde Aljojuca esta rotundidad de crateres y volcanes dispuestos a todo la larga de la falda de la cordillera que corre desde el Citlaltépetl hasta el Cofre de Perote. Aljojuca, Tecuitlapa, Atexcac, La Preciosa, Quechulac, Alchichica. Plantarse ante ellas. Saberse pasajero ínfimo, un chasquido sin huella, una luz que no pruduce sombra, un parpadeo.

 

San Miguel Tecuitlapa

 

Laguna de Atexcac, las bellas aguas cristalinas dentro del cráter de un  volcán

San Luis Atexcac

 

La Preciosa, también conocida como Las Minas.

 

Quechulac

 

Alchichica