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3 Abril 2025, Puebla, México.

Del paraíso y del infierno Parte 1. Historia verdadera Preámbulo / Günter Petrak

Cultura | Crónica | 7.AGO.2024

Del paraíso y del infierno Parte 1. Historia verdadera Preámbulo / Günter Petrak

Tengo diecinueve años, me arrastro por la vida presa de algunos resentimientos larvados desde niño y aunque no me ha ido bien con las mujeres he decidido viajar 1,300 kilómetros, en autobús, para visitar por primera vez a mi novia de ocasión. Son los años setenta, una ciudad fronteriza de México, una cita concertada mediante una postal de mal gusto; un affaire entre un joven que acaba de renunciar a su trabajo y una enfermera a la que conoció unos meses atrás en un hotel de un pueblo turístico en el centro del país, ella de vacaciones, él actuando como servicial recepcionista. Un “romance” epistolar y telefónico muy lejano a las posibilidades futuras propiciadas por las computadoras personales, internet y las redes sociales. El escenario es entonces, el de una vieja película o una fotonovela desgastada, el que puede recrear un hombre de sesenta y tantos años desde la silla de un bar mientras se termina una botella de mezcal y que sabe bien cómo los recuerdos se van convirtiendo, gradual y perentoriamente, en ficción. Algunos recuerdos nacen de sentimientos vagos, deja vus, otros tienen formas nítidas, contornos inevitablemente familiares, pero sin sustancia emocional, muchos de los míos son de este tipo. El hotel era viejo, el lobby bien podría haberse utilizado para filmar un western, exceptuando, por supuesto, la televisión encendida, sin sonido. El pasillo que conducía a mi habitación estaba alfombrado, una moqueta de dibujos marrones fundidos con la suciedad y el desgaste. Llegué con una pequeña maleta ya entrada la noche y mientras me acercaba al cuarto asignado, mirando los números de metal empotrados afuera de cada cuarto, pude escuchar gemidos, gritos ahogados, el rechinido de un mueble. Podría haber ignorado la puerta abierta y seguirme de largo, pero el morbo pudo más, permanecí varios minutos mirando a la pareja desnuda: ella, sentada en el borde de la cama con las piernas entrelazadas a las del hombre. La escena estaba iluminada por la lámpara en la mesita de noche y tenía un aire grotesco; un indefinido olor a rancio la poblaba de estertores oníricos. Temprano, tomé un taxi a la casa de IA, así se llamaba, o se llama, ¿vivirá aún? Era un barrio modesto, de casas de madera y calles sin pavimento. Me recibió su madre, advertida por su hija de mi llegada, y después de las fórmulas de cortesía me invitó a esperar en la habitación de IA pues le había tocado doblar turno en el hospital en el que trabajaba, si quiere puede dormir un rato… me dijo; pero no quería y me puse a recorrer el espacio con curiosidad. Había una cómoda y sobre ella un cepillo para pelo, una cajita de maquillaje, un florero con plumas de pavorreal; en un extremo estaba una foto de ella, de niña. Era una casa sencilla. Me senté sobre la cama. No pasó mucho tiempo hasta que llegó mi novia, me abrazó con cierto entusiasmo y preguntó sobre mi viaje, luego me invitó a comer. Charlamos un rato. Entrada la tarde, me condujo en su auto a mi hotel y prometió volver por la noche para ir a un pub. Y así fue como comencé a verter en papeles sueltos y libretas el deshilachado discurso de un malestar que se volvería perenne, eran apuntes sueltos… CONTINUARÁ

 
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