El sábado 14 de febrero de 2026, murió en paz rodeado de sus seres amados y evocando en sus últimas palabras la presencia de sus padres y hermanos, Pedro Feliz Hernández Ornelas.
Pese que su avanzada edad, logró sobrepasar los 100 años, nos hacía estar ciertos de que en cualquier momento partiría hacia la eternidad, la muerte de Pedro nos llena de gran dolor a su familia, colegas, amigos y amigas, particularmente los más cercanos entre quienes estamos Giuseppe Lo Brutto y mi persona. Conocí a Pedrito en 1992, había recalado en la BUAP a instancias de Alfonso Vélez Pliego. Venía de un largo tiempo en Estados Unidos como profesor en Lousiana State University y en Loyola University en Nueva Orleans. Durante nueve años Pedro había estado vinculado a la Universidad de las Américas, fue Decano de Ciencias Sociales y Humanidades, hasta que, a principios de los noventa, por considerarlo así conveniente a su entonces rector Enrique Cárdenas, fue despedido. Fue un momento duro para Pedro porque su aporte académico a dicha universidad siempre fue de gran compromiso.
Los acontecimientos infaustos muchas veces suceden para bien, y el resultado de ese despido articulado a la visión de Alfonso Vélez Pliego, ocasionó que el Instituto que hoy lleva su nombre se beneficiara de la presencia de Pedro. Ingresó en un primer momento al Programa de Estudios Municipales y cuando el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la BUAP fue fundado por inspiración de Alfonso, Pedro pasó a formar parte de quienes diseñaron el posgrado de sociología. Le tocó ser el primer coordinador de nuestro posgrado en medio de la precariedad que era normal en un centro de investigación y docencia que apenas estaba iniciando sus actividades.
Sin oficina ni secretaria, Pedro logró conducir al posgrado en sus primeros tiempos. Fue en eso momentos en los cuales lo terminé de conocer. Sucedió al regreso de mi estancia como académico visitante en la Universidad de Stanford y luego como profesor visitante en The Evergreen State College en Olympia, Washington. Rápidamente pude darme cuenta de uno de los rasgos humanos de Pedro, que siempre envidié y que siempre he querido imitar (aunque no siempre he sido exitoso en el intento): su trato delicado y respetuoso con toda la gente que lo rodeaba, su mesura en las discusiones y su indeclinable voluntad de llegar a acuerdos amistosos para solucionar las controversias. Advertí en él una enorme erudición que era el resultado de sus largos años en el Seminario Conciliar Leonés, en el Colegio Mayor Jesuita de la ciudad de México, institución de la cual Pedro fue un egresado, así como la que recibió en el Seminario des Missions en Ablois, Francia. Pedro fue sacerdote jesuita y aun cuando decidió abandonar esa misión para formar una familia, lo cierto es que la impronta sacerdotal y la sólida formación jesuita nunca lo abandonó. Por ello alguna vez escribió “Sin exageración alguna, siento el orgullo de decir que la mayor parte de lo que he podido ser en mi vida lo debo a la orden que fundó Ignacio de Loyola”.
Inicié con él una conversación entre un marxista y un católico que continuó a lo largo de tres décadas. Partimos de dos posturas irreductibles: mi ateísmo y su cristianismo. Pero fue casi lo único en lo que no nos pudimos poner de acuerdo, En realidad, este acuerdo era intranscendente porque en el personal dialogo que tuvimos, expresión de uno muy grande que es el de marxistas y cristianos, las coincidencias fueron esenciales. Convenimos en que el capitalismo es un sistema terrible, esencialmente ajeno al espíritu del cristianismo, por su depredación de la humanidad y de la naturaleza. Pedro escribió varios libros, entre ellos el Volumen IV de Valores de los Mexicanos (BANAMEX, 2005) y decenas de artículos en revistas indexadas. Sin embargo, considero que donde Pedro fundamentó muy bien sus saberes y convicciones es en su último libro Metabolismo social y desarrollo humano (ICSYH-AVP/BUAP, 2020), cuya introducción tuve el honor de redactar a solicitud suya.
En ese libro, Pedro Hernández Ornelas sintetizó las que fueron las preocupaciones que fue forjando en su vida y que concluyó con la madurez del crepúsculo de su vida. Llegó a conclusiones radicalmente ambientalistas y por tanto anticapitalistas. Pedro reconoce ser tributario del pensamiento de los sociólogos y sacerdotes jesuitas Henrich Pesch y Joseph Fichter, del sacerdote de la Orden de los Predicadores y economista Louis Joseph Lebret, del defenestrado y hoy reivindicado exsacerdote franciscano y teólogo Leonardo Boff, de Karl Marx, de la Teoría Crítica a través de Max Horkheimer, del Papa Francisco y su encíclica Laudato Si y de Herman Daly con su economía ecológica. Acaso no podría descartarse a Martin Heidegger y a Edmund Husserl y su fenomenología. Y sobre todo, en el sacerdote jesuita, paleontólogo y filósofo Pierre Teilhard de Chardin. Este pensador con sus preocupaciones acerca del sentido de la evolución humana y de la naturaleza acaso podría ser el sustrato de todo el texto de Pedro.
Pedro nos revela en diversas partes de su libro su cosmovisión en el sentido de que el Cosmos es el reino de la energía universal, y esa energía básica del universo está en todos sus seres, entre ellos la humanidad. Nosotros, la especie humana, no somos “sino polvo de estrellas con conciencia de serlo”. He aquí por qué postula que la naturaleza y todos sus ecosistemas necesitan que el ser humano les reconozca su dignidad. Cuando éste no lo hace y en lugar de respetar los derechos de la naturaleza la depreda, actúa de una manera tan fratricida como lo hizo Caín con Abel. En estos pasajes y en otros aparece otra de las grandes preocupaciones filosóficas y sociológicas de Pedro Hernández Ornelas: la moral. Su crítica a la forma en que el capitalismo trata a la naturaleza tiene por ello también un sustento moral. Siguiendo a Émile Durkheim, asevera que a moral y la economía no pueden ir separadas, porque sin la moral, la economía es sólo eso y al ser sólo eso se vuelve una gran calamidad y una desmoralización general. He aquí una de las fuentes de su crítica al neoliberalismo. El neoliberalismo está sustentando en el utilitarismo. Su sentido es la mercantilización de todo lo que toca y la absolutización de la búsqueda de la ganancia y en ese derrotero convierte al consumismo en una mediación fundamental para lograr la maximización de la ganancia aun a costa del envenenamiento del planeta.
Desde el principio de nuestro diálogo, que a veces se volvió debate en lo que se refería a la política mexicana, Pedro y yo convenimos que si Dios existía o no existía no era un tema trascendente en nuestra conversación. Finalmente se puso muy contento cuando le dije que desde hacía un tiempo había concluido que pese a mi ateísmo me consideraba un católico cultural. Lo más importante era la indeclinable voluntad de articular la ética con la política pese al precepto maquiavélico de su separación. Lo más importante era la indignación ante la humanidad sufriente. Lo más importante era la conciencia de que si la economía seguía rigiéndose por la ganancia en lugar de las necesidades humanas, la humanidad está condenada a sucumbir. Y en medio de todo eso, la convicción que tuvimos de que marxismo y cristianismo estaban indisolublemente unidos por el humanismo.
Desde estas líneas envío mi dolor compartido a su esposa Margarita Román, a sus hijos Patricia, Pablo y Margarita, a sus nietos y nietas en particular a Marilú. Hoy Pedro ha vuelto a ser polvo de estrellas, a reintegrarse a la energía universal y a vivir perennemente en la memoria de los que lo quisimos.