Frente al compromiso del mundial en puerta, se precisa una enorme estrategia al respecto
Innegable el acierto de las fuerzas armadas del país en la eliminación de la cabeza del grupo más poderoso del narco en México. Haya sido como haya sido. Lo que pesa y cuenta es el resultado.
Y como todo episodio de guerra deja muchas lecciones. Una de ellas es el frente de la comunicación. Este elemento, como parte de la acción gubernamental fue un tanto tardío. Se dejaron pasar muchas horas de zozobra, de vacío, antes de la explicación pública de lo que ocurría en el occidente-centro del país.
El factor tiempo también es parte del escenario, y sumamente importante.
Y como suele ocurrir, todo vacío se cubre. Los hechos sucedieron un domingo, día sin espacios noticiosos. Por tanto, la información en las pantallas fue escasa. En cambio, en las redes fue profusa la difusión de hechos, en un elevado porcentaje inexactos, confusos o abiertamente falsos.
Los gobiernos estatales permanecieron mudos en esa zona del país, bajo la consideración de ser un asunto grave de competencia federal. Esto es la norma, no una omisión. Por tanto, el gabinete de seguridad debió aparecer para evitar las horas de nerviosismo o ansiedad que dominaban el ambiente.
Es claro que se trató de un acontecimiento fuera de lo ordinario. Pero, justamente para actividades extraordinarias debe existir un plan de reacción. Muchos estiman, con razón, que en este terreno el tiempo perdido fue precioso y que el enemigo lo ocupó mostrando que para ello también tiene una estrategia.
A esto se sumó el rostro multiplicado de la oposición al gobierno. Del anonimato llegaron informaciones, fotos y videos “armados” dándole una dimensión de crisis enorme a la captura y enfrentamiento.
Es esta una primerísima enseñanza que queda en el escenario: la urgencia de articular con pericia todo un programa al respecto.
Pero todo esto, a la parte gubernamental le permitió calibrar con mayor exactitud la información que ya tenía acerca de las dimensiones del monstruo violento. Evidentes sus focos urbanos de fuerza en más de veinte estados del país. Con algunas bases de apoyo social y la complicidad de policías y gobiernos.
El escenario deja abierto un flanco en el que el gobierno federal a través del monopolio de la fuerza que la ley le otorga, deberá afrontar con la dimensión, fuerza y atingencia que el caso reclama. Nos referimos a las expresiones de terrorismo en las ciudades y carreteras.
En esta y múltiples ocasiones, las fuerzas delincuenciales se adueñan de una vasta red de vías de comunicación. Con vehículos incendiados bloquean y controlan las carreteras. En las ciudades incendian o destruyen centros comerciales, vehículos y dominan arterias clave.
Este es el reto extraordinario que tiene el gobierno ahora. El adversario recurre a tácticas semejantes a las que en otras partes utiliza la guerrilla.
Aquí, se ha puesto de manifiesto de modo reiterado que las fuerzas públicas no han encontrado el antídoto eficaz para esta estrategia de reacción, ataque y terror. Es comprensible que, en muchos casos, el oficialismo actúa con suma cautela para reducir al mínimo los daños civiles colaterales.
Pero, para efectos de la información pública, este escenario deja como saldo la percepción de que la parte gubernamental pierde batallas, le arrebatan el dominio en ciudades y grandes territorios y la desproporción le es adversa frente a los delincuentes armados.
Es claro que esto no es así. La capacidad de fuerza del gobierno del país es infinitamente superior en todos sentidos. En consecuencia, lo que hace falta es un plan para que, en los hechos, esto quede demostrado de modo contundente y definitivo.
Pareciera que es justamente en este aspecto en donde, la colaboración de los Estados Unidos que hoy se puso de manifiesto una vez más, debiera ser útil. Fue expresa de ambos países la participación que tuvieron en la operación exitosa, pactada y articulada como resulta lógico. Todo esto, como un hecho maduro y práctico más allá de resquemores y prejuicios.
Precisamente para dejar esto perfectamente claro en el rol de ambos gobiernos y naciones, debiera ahora articularse una serie de operaciones para administrar la acción conjunta. No tendrá que ser anunciada la forma y alcances, como es lógico y natural para no alertar al enemigo, pero informar lo pertinente al respecto de modo expreso, con transparencia y sin disimulo.
México y Estados Unidos tienen en puerta el Mundial de Futbol, un escaparate sobre todo de imagen ante el mundo. Pareciera que, luego de los hechos de Guadalajara, es el momento preciso para diseñar y poner en práctica un plan de acción, preventiva y reactiva ante futuros acontecimientos de la delincuencia organizada. Lo que está en juego ante el espectáculo gigantesco que está en puerta lo hace estrictamente necesario.
Esta es una de las grandes lecciones. La enseñanza no admite retraso.