Cabalgata de los Pioneros en la Patagonia Chilena
Esta crónica de viaje escrita por uno de estos viajeros anónimos narra la aventura vivida por un grupo de jinetes poblanos en la remota Patagonia Chilena
Memoria de una travesía a caballo
12–23 de enero de 2026
Hay rutas que no se recorren: se heredan.
Senderos que existen antes del hombre y continúan después de él.
La Patagonia austral guarda esos caminos como cicatrices antiguas, abiertas por pioneros, colonos, arrieros y aventureros que avanzaron cuando no había mapas, ni certezas, ni retorno seguro.
Esta cabalgata no es un viaje turístico.
Es una repetición consciente del gesto original: montar, avanzar, resistir.
Partimos en silencio, sabiendo que el tiempo aquí se mide distinto.
No en kilómetros, sino en cansancio, en frío, en decisiones pequeñas que sostienen el día.
Cristian marca el ritmo; Marcos conoce la tierra como se conoce a un viejo amigo.
Gustavo y Florentino, baqueanos de palabra justa, leen el terreno con una atención que no se aprende en libros; Braulio siempre recio y sonriente cuida la retaguardia; David, atento, sostiene algo esencial: la comida caliente al final de la jornada.
Cada etapa es una negociación con el paisaje.
El viento no se enfrenta: se acepta.
El barro no se evita: se cruza.
El desfiladero no se enfoca: se mira al otro lado.
El cansancio no se combate: se administra.
Avanzamos por valles donde el agua manda.
Ríos que no piden permiso, que se llevan lo que encuentran.
Cruces que obligan a bajar del caballo y recordar que aquí el hombre es visita.
En Lago Alegre, el tiempo parece detenerse.
El espejo del agua devuelve no solo montañas, sino la memoria de quienes pasaron antes y de quienes comenzaron y no terminaron.
Colonizadores que empujaron ganado, familias enteras que apostaron la vida a una idea incierta, nombres hoy apenas legibles en archivos y relatos orales.
Las noches son sobrias.
Fuego, comida sencilla, canto, guitarra y silencio.
El húmedo frío cala, el cuerpo duele, pero la mente se aquieta.
En ese cansancio profundo aparece algo raro en la vida moderna: claridad.
El paisaje no busca impresionar.
No se exhibe.
Está ahí con sus glaciares, imponente, indiferente.
Como lo estuvo para los primeros que lo cruzaron sin saber si del otro lado habría futuro.
Al avanzar hacia los grandes lagos y los ríos finales, el grupo ya no es el mismo que había partido.
La cabalgata hace su trabajo.
Elimina lo accesorio, deja lo esencial: confianza mutua, atención plena, respeto por el entorno.
Llegar no es un triunfo.
Es un cierre silencioso.
Porque en rutas como esta, el sentido no está en el destino, sino ser parte —aunque sea por unos días— de una historia mucho más larga que nosotros.
Esta travesía está dedicada a quienes abrieron camino sin aplausos, a quienes hoy todavía lo recorren con humildad y a los que se atrevieron a hacer la travesía

Día 1 · 12 de enero
Llegada y traslado a Villa Cerro Castillo
Después de dos horas de vuelo desde Santiago, aterrizamos en Balmaceda, en una inmensa planicie donde el viento parecía ser el único habitante. De ahí el grupo se trasladó en vehículo hacia el sur, por la Carretera Austral, sobre tierra y piedra levantando polvo. Avanzábamos por una franja trazada a fuerza de esfuerzo humano sobre un territorio que durante siglos solo conoció huellas de arrieros y pasos de colonos; de ahí el nombre de un paraje: Paso Las Mulas.
La expectativa y el paisaje nos espantaron cualquier rastro de aburrimiento. Fue un día largo, de acomodar el cuerpo y la mente después del viaje desde México.
A lo lejos se dibujaban las agujas rocosas del macizo Cerro Castillo, afiladas como lanzas antiguas, guardianas naturales de esa frontera austral.
Llegamos finalmente a Villa Cerro Castillo, territorio de Cristian y Mary, organizadores de la expedición. Allí supimos que los caballos ya eran trasladados al punto de partida. La noche fue de convivencia: guitarra, cena, dominó, vino, tequila y whisky. Entre risas y conversación comenzó a consolidarse el grupo que días después compartiría cansancio, lluvia y silencio.
Día 2 · 13 de enero
Traslado a Puerto Bertrand
Con buen descanso y desayuno retomamos la Carretera Austral, que serpentea entre montañas abiertas por el hielo y valles donde el viento corre sin obstáculo. El camino levantaba polvo fino que el sol hacía brillar como una neblina baja.
Atravesamos ríos de aguas rápidas —el río Ibáñez—, el Mirador de los Vientos, pequeños caseríos dispersos siguiendo el curso del río Murta y extensiones donde el bosque parece cerrarse de pronto para luego abrirse sin aviso. En esos kilómetros se entiende por qué durante décadas esta región fue aislamiento puro.
Nos detuvimos a almorzar en Puerto Río Tranquilo. A lo lejos asomaban glaciares colgantes y cumbres blancas que parecían vigilar el paso, en montañas antiguas marcadas por el hielo.
La ruta atravesaba una tierra que fue frontera y aislamiento, donde antes todo se hacía a caballo o en bote y donde cada tramo conserva aún algo de esa dureza pionera.
Seguimos hasta Puerto Bertrand, donde nace el río Baker con su color turquesa indomable, y nos acomodamos en cabañas dispersas, listos para acometer, al día siguiente, la prueba verdadera.

Día 3 · 14 de enero
Cochrane – Glaciar Calluqueo – Inicio de la travesía
El clima anunciaba lluvia.
Continuamos la polvorosa ruta austral. En Cochrane hicimos una parada práctica y necesaria: una ferretería del pueblo donde compramos guantes impermeables, anticipándonos a lo que vendría.
Al final de la carretera nos reunimos con los guías, los baqueanos y David, el chef de ruta. Cristian asignó los caballos. Nadie eligió: todos aceptamos. Para la expedición se movilizaron treinta caballos: montas, pilcheros y animales de reserva. El número hablaba por sí solo de la seriedad de la travesía.
Iniciamos la cabalgata al pie del Glaciar Calluqueo, desde un paraje conocido como Puesto del Libro.
Desde el primer día, la Patagonia mostró su carácter: senderos exigentes, pasos de montaña, cruce de ríos y un terreno que obligaba atención constante.
Al caer la tarde se levantó el primer campamento. Se nos advirtió que al día siguiente enfrentaríamos el paso más difícil de la ruta, siempre y cuando el clima lo permitiera.
La fría noche fue de fogata, dominó y canciones. Gustavo sorprendió con la guitarra y el canto: pampa chilena, argentina y corridos mexicanos. La lluvia aparecía intermitente. Las casas de campaña demostraron sus límites; algunos espacios resultaron demasiado pequeños y el campamento se reorganizó de manera improvisada. Todo se resolvió con humor y camaradería.
Esa noche, un jinete instaló su equipo de internet satelital. Contra toda expectativa, desde ese día tuvimos señal para dar noticias al mundo exterior, una rareza en un entorno tan remoto.

Día 4 · 15 de enero
Paso de la Picota – Puesto de la Pampa
La jornada comenzó con la primera prueba real. Avanzamos por un valle cubierto de piedras redondas, arrancadas del monte por siglos de erosión glacial. Llegamos a un paso al borde de un profundo tajo, con rocas sueltas y arena que caían hacia el río.
Allí, los antiguos pioneros dejaron una picota clavada en la roca. No como cruz de advertencia, sino como pregunta: ¿seguir o volver?
Los guías recomendaron desmontar. Los caballos bajaron sueltos, uno a uno. Con cuidado, descendimos hasta el río, donde volvimos a montar.
El paso había sido superado.
Muchos lugares de la ruta conservan nombres genéricos: el valle, el ventisquero, la angostura. Son territorios poco transitados, usados solo por campesinos y arrieros. Hoy quedan para quienes buscan revivir, aunque sea por un instante, las penurias de los antiguos pobladores.
Acampamos en el Puesto de la Pampa, entre restos de corrales y tranqueras. La lluvia fue persistente. Al amanecer, charcos penetraron algunas tiendas de campaña: muchos habíamos elegido mal el lugar para dormir y despertamos mojados. Secar ropa y equipo al calor del fuego tomó buena parte de la mañana.
Esa tarde apareció ganado bagual; animales descendientes de vacunos domésticos que escaparon y se volvieron salvajes. Nos alertó el bramido de un toro. Una imagen viva de la historia del lugar.




Día 5 · 16 de enero
Del Puesto de la Pampa al Puesto de las Tablas
La jornada comenzó fragmentada.
La huella, que ya de por sí era exigente, amaneció bloqueada por grandes árboles derribados por el viento. Troncos atravesados como barricadas naturales obligaban a detener la marcha una y otra vez. Los guías se adelantaban con motosierra y hacha; el resto esperaba en silencio, sosteniendo a los caballos que resoplaban con impaciencia.
Cada interrupción enfriaba el cuerpo, pero también tensaba el ánimo.
La montaña imponía su ritmo. No el nuestro.
Avanzábamos cuando se podía.
Esperábamos cuando no había más remedio.
Cruzamos valles abiertos y colinas suaves, con el Río Bravo siempre al noreste, como una referencia constante en medio de esa inmensidad. Las vistas eran extraordinarias, casi ofensivamente hermosas. Pero la belleza no aligeraba el esfuerzo: fue un día largo, de atención permanente, cuidando cada pisada del caballo, cada raíz escondida, cada tramo de barro que podía ceder bajo el peso.
No era una jornada espectacular por el riesgo inmediato; era exigente por persistencia.
Por acumulación.
Por desgaste.
Cuando finalmente apareció el Puesto de las Tablas, sentimos ese alivio discreto que no se celebra en voz alta. Era un refugio histórico de montaña, emblemático en la región, pero el tiempo lo había tratado con rudeza.
Restos de corrales y madera dispersa se esparcían por el terreno como huesos de una estructura antigua. Entre palos, trancas y árboles torcidos instalamos las tiendas y soltamos a los caballos, que también parecían agradecer el descanso.
La lluvia regresó en intervalos, como si no quisiera olvidarnos.
El refugio del puestero estaba en ruinas, pero aún en pie. Construido con largos lienzos de madera aserrada de enormes árboles, cuidadosamente curvados para ensamblarse unos con otros, cerrando las entradas del viento como si el propio bosque se hubiera inclinado para formar paredes. El techo repetía el mismo ingenio: tablones colocados con curvaturas alternadas, encajados de modo que el agua resbalara sin penetrar. No era arquitectura académica; era inteligencia rural nacida de la necesidad.
En el interior, un tablón grueso hacía las veces de catre.
Una mesa desvencijada resistía aún contra la pared.
Una banca de madera inclinada parecía haber visto mejores inviernos.
En un pequeño gabinete con portezuela sobrevivían botellas vacías de licor, latas abiertas de combustible y quinqués improvisados con restos de mecheros. Huellas de noches pasadas. De frío. De espera.
La puerta del refugio estaba aventada a un lado, como si el viento hubiese decidido terminar la conversación.
Aquel rústico cobertizo, medio vencido pero obstinadamente firme, nos sirvió de refugio para cenar un cordero asado ya entrada la noche. El humo se mezclaba con el vapor de la lluvia intermitente, y el fuego iluminaba las paredes de madera curvada, proyectando sombras que parecían contar historias propias.
Uno de los nuestros eligió ese sitio para pasar la noche.
Se recostó en el tablón, avivando el fuego como guardián voluntario, y se cubrió con los restos desgarrados de un cobertor aluminizado que encontró allí. El cobertor había sido usado antes, quizá por Ingrid y Rafa, quienes el 9 de febrero de 2025 dejaron unas letras escritas en un tablón como recuerdo de un “Buen Campamento”.
La montaña conserva esas pequeñas vanidades humanas.
Mientras la lluvia golpeaba el techo curvo y el viento se colaba por las rendijas, nuestro compañero se acomodó con una mezcla de estoicismo y picardía, como si hubiera descubierto el mejor cuarto del hotel más remoto del mundo.
Aquella noche no fue cómoda.
Fue auténtica.
Y el Puesto de las Tablas, medio en ruinas, nos recibió como solo la Patagonia sabe hacerlo: sin adornos, sin concesiones, pero con esa dignidad silenciosa con que se gana el respeto.




Día 6 · 17 de enero
Hacia el refugio de Don Heraldo Rial
Seguimos por senderos estrechos, apenas suficientes para el paso de un caballo.
Nuevamente hubo que abrir vereda, improvisar cambios de ruta y sortear obstáculos. Finalmente llegamos al Lago Alegre, hermoso de agua cristalina y aguas ondulantes de la mano del viento.
A la orilla, el refugio de Don Heraldo Rial: un melancólico caserío en soledad y abandono, con habitaciones, bodegas, letrina y corrales. Don Heraldo, uno de los últimos gauchos del sector, había fallecido pocos años antes.
Acampamos, cada quien ya sabía cómo acomodarse, ya sabía cómo regresar a su reflexión, cómo prepararse para el aguacero de la noche. Encender fuego era fácil, exceso de leña tirada a la que le encontrábamos cantidad de usos. Entendimos la fragilidad del ecosistema ante la amenaza del intruso humano.
Ya sabíamos escuchar el silencio, reconocer la pisada de un caballo cercano, agradecer el aire puro y el tesoro de los rayos del sol. El canto era más pausado y melancólico, la guitarra sonaba más afinada al sentimiento y la reflexión; el vino era más dulce. El sueño nos atrapaba más temprano.




Día 7 · 18 de enero
Día de descanso en Lago Alegre
El sol apareció un poco más tarde. El desayuno fue con más calma. Era día de descanso: secar ropa, lavar, bañarnos y recuperar fuerzas. Personas y caballos se recompusieron. El descanso nos permitió asimilar la aventura y ubicarnos.
El lago, las montañas y el caserío abandonado permanecían en un silencio que no era vacío, sino presencia. El cielo parecía más azul de lo habitual y los colores más nítidos, como si la naturaleza hubiese decidido mostrarse sin velos. Caminamos despacio, observando sin tocar, conscientes de que entrábamos en la intimidad de una vida ya concluida. Imaginamos a Don Heraldo allí, midiendo los días por el viento y las estaciones. ¿Cuánto tiempo pasaba solo? Vimos, sin verlas realmente, las ovejas en los corrales, los caballos dispersos en las praderas, las truchas mordiendo el anzuelo y luego chisporroteando en el sartén. Escuchamos, sin oírlo, el hacha abriéndose paso en la leña húmeda, la leche golpeando el cubo en la ordeña temprana.
Nos bañamos en el agua helada donde él mismo se bañaba, como si ese gesto mínimo pudiera acercarnos a su rutina austera. Inventamos historias sobre sus inviernos, sus silencios, sus pequeñas victorias cotidianas, hasta llegar al momento inevitable de la ausencia que dejó todo suspendido, entregado nuevamente a la montaña y al vendaval, tal como lo encontramos nosotros.
Una bandera de Chile, hecha jirones, vencida al extremo de un palo y caída a un lado de la tranquera de entrada, fue el golpe más claro de realidad. No era ruina; era despedida. El lugar, hermoso y desolado, nos permitió asomarnos a una vida dura, solitaria y profundamente enlazada con la tierra que la sostuvo. La montaña quedó. Él no.



Día 8 · 19 de enero
Bordeando el Lago Alegre
Cabalgamos todo el día bordeando el lago, sorteando acantilados y comenzando a escalar sobre roca firme. El lago se fue estrechando hasta convertirse en un serpenteante río al fondo del barranco. La nieve en las crestas parecía más cercana, y el horizonte más lejano. La sombra de los árboles desapareció, dando paso a matorrales entre las rocas; la ruta parecía prolongarse en una interminable inmensidad.
No había monotonía. No había conversaciones. Había distancia entre uno y otro, y una pisada cuidadosa para no resbalar. Había que entender al caballo y dejarse llevar. El sudor del animal reflejaba su atención y tensión; nuestra confianza en los caballos era absoluta.
Las vistas eran magníficas: agua clara, montañas cerrando el horizonte, todo un regalo e invitación a la fotografía. Nos deteníamos no para descansar, sino para admirar la envolvente creación. Los glaciares se dejaron ver; no se ocultaron ante nuestra mirada. El sol, las nubes y el viento parecieron ponerse de acuerdo para regalarnos colores, contrastes y la oportunidad de sentir nuestro propio latido interior.
La noche de campamento junto al lago fue serena.



Día 9 · 20 de enero
Lago Alegre – Puesto Pradenas
La jornada avanzaba bordeando el Lago Alegre, por una huella larga, estrecha y exigente. La fila de caballos se estiraba en silencio, con amplios espacios entre uno y otro, obligados por la dificultad del terreno. El sendero era angosto, con tramos de lodo profundo, raíces ocultas y la montaña cayendo abrupta hacia un barranco cubierto de maleza.
Un compañerocabalgaba hacia la mitad del grupo. En un punto particularmente complicado, la huella se volvía resbalosa y el lodo obligaba a elegir con cuidado cada pisada. El caballo, buscando evitar entrar de lleno al barro, se abrió apenas hacia la orilla derecha, demasiado cerca del borde del barranco. El terreno, saturado de agua, cedió bajo el peso.
Todo ocurrió en segundos.
El caballo perdió piso y se fue al barranco. El jinete, con reflejos y destreza, desmontó de inmediato justo antes de ser arrastrado. El animal rodó cuesta abajo, pasó por debajo de un gran árbol caído y quedó vencido, rendido e inmóvil en el fondo fangoso, oculto entre la maleza. El silencio se apoderó de la fila. Durante unos momentos que parecieron eternos, después de los gritos -¡Se desbarrancó un caballo!- nadie habló.
Los guías reaccionaron con rapidez. Bajaron, abrieron paso entre ramas y troncos usando machete y hacha, despejando el espacio para poder trabajar. El caballo permanecía inmóvil, respirando con dificultad, recostado en el lodo, como si estuviera tomando fuerzas. No se sabía si estaba lesionado.
Con paciencia y firmeza, los guías le ataron lazos y comenzaron a animarlo. Poco a poco, el animal logró incorporarse. Se detuvo un instante, respiró hondo, y entonces, jalado con fuerza y decisión, comenzó a escalar la empinada ladera. Metro a metro, entre la maleza, resbalando, afirmándose, volvió a ganar altura hasta alcanzar de nuevo la huella.
El caballo no mostraba lesión aparente. Tras un breve respiro, y sin reponerse del susto, el hábil jinete volvió a montarlo. El grupo, aún con el pulso acelerado, retomó la marcha. El susto había pasado, pero dejó claro —una vez más— que en esta ruta no hay espacio para distracciones: cada paso cuenta.
Habíamos llegado al lago Christie, último gran hito antes de Villa O’Higgins. Bosques, escoriales, pantanos y obstáculos habían marcado la jornada. Acampamos cerca del campo de la familia Pradenas donde no había abandono, la presencia de personas era evidente, había tejados y humo en la chimenea de una casa y ganado en los corrales. Los guías se acercaron y hubo un saludo breve y respetuoso a un viejo que salió alertado por el ladrido de los perros y el relincho de caballos.
Esa noche la conversación fue más baja, más lenta. Compartimos historias y leyendas del lugar con los guías, sabiendo que la travesía se acercaba a su fin.
La montaña había hablado con claridad ese día, y todos la habíamos escuchado.




Día 10 · 21 de enero
Hacia Puente Mayer – Fin de la cabalgata
Parte del grupo optó por trasladarse en lancha junto con el equipo; el resto continuó a caballo, arreando los animales ya libres de carga.
A quienes nos embarcamos, el lanchero y su mujer nos mostraron su casa a la orilla del lago y, a lo lejos, la de sus padres. No había ninguna otra vivienda en ese inmenso espejo de agua. Nos hablaron de los inviernos largos, del hielo cerrando el paso y del aislamiento que no se cuenta en días, sino en meses.
Para los que siguieron a caballo, la travesía fue distinta: más ligera, casi contemplativa. Los caballos avanzaban sin la presión de la carga acumulada de jornadas anteriores, como si también ellos supieran que el final estaba cerca.
Ambos grupos nos reencontramos en Puente Mayer, último puente antes del camino hacia Argentina.
Habíamos cruzado las montañas.
La cabalgata llegaba a su término.
En casa de Don Florentino nos esperaba un cordero al palo. Compartimos la mesa con su familia, una de las familias pioneras de Villa O’Higgins. Hubo música de guitarra, corridos y canciones del sur. Gustavo nos sorprendió con su talento al acordeón y canto de canciones mexicanas. La celebración fue sencilla, sobria y profundamente humana.



Día 11 · 22 de enero
Retorno por la Carretera Austral
Viajamos en vehículo muchas horas, cruzamos un fiordo en ferry y retomamos la carretera Austral con rumbo norte. Antes de llegar a Balmaceda, pasamos por Villa Cerro Castillo para despedirnos de Mary y Cristian, cerrar cuentas y terminar la travesía.


Día 12 · 23 de enero
Regreso a casa
Desde Balmaceda, cada uno tomó su camino de regreso. El ruido de los aeropuertos y las ciudades comenzó a reemplazar el sonido del viento y del río. Volvíamos a la vida cotidiana, pero ya no éramos exactamente los mismos que partieron. La montaña nos había exigido atención, paciencia y confianza; nos había recordado la fragilidad del paso y la fuerza silenciosa del compañerismo.
La travesía quedaba atrás en el calendario, pero no en la memoria. Permanecen las jornadas de lluvia, los pasos estrechos, el rescate tenso, el fuego compartido, la casa solitaria junto al lago.
Permanece, sobre todo, la certeza de haber cruzado un territorio antiguo con respeto y de haber salido enteros, unidos por una experiencia que no se explica: se vive y se guarda.

