Damos la bienvenida en Mundo Nuestro a Olimpia Guevara Hernández. Ella es maestra en Letras por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Investiga sobre literatura de Tlaxcala, el teatro mexicano; además, ha incursionado en la divulgación de la lengua y la literatura.
Algunas de sus publicaciones son Dramaturgos tlaxcaltecas. (2003). Manuel García Méndez. Obra reunida (2019); en coautoría, Mi patrimonio cultural, libro de texto para 4to. grado de primaria, (2023) y cocompiladora de Memorias de una ciudad centenaria. Apizaco 1921-2021. (2024). Escribió la biografía de Miguel N. Lira para la Enciclopedia de la Literatura en México (ELEM) y ha publicado artículos en libros y revistas mexicanas. Parte de su trabajo poético está Tlaxcala lee a las mujeres. vol. 2. (Secretaría de Cultura de Tlaxcala 2024) y en Vuelo de letras. Escritoras de Tlaxcala. (Feria Internacional del Libro en Coyoacán, 2024). El cuento Chipi chipi y diluvios se publicó en la revista española Archiletras (2022).

Presentación del libro El tribunal del demonio y diez dramas históricos.
En consideración al carácter lícito y recreativo de este evento público me dirijo a ustedes, conocedores o desconocedores, fieles o infieles seguidores del teatrista arriba referido y aquí presente, para exhortarlos, sin que medie conflicto de intereses, a la lectura El tribunal del demonio (Dios mío) cuyo título es una clara alusión a la concepción sobre las comedias por parte de quien fuera obispo de la diócesis Tlaxcala con sede en Puebla de los Ángeles en el s. XVII (1639-1649), el español Juan de Palafox y Mendoza.
El libro que nos reúne está editado por la Dirección General de Publicaciones de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) en el año del Señor de 2025, o sea, apenitas.
Dicho lo anterior, anoto el placer de la lectura y relectura de estos once dramas, y con el fuero que me da ser “la presentadora”, paso a dar algunas de las razones por las cuales estas 231 páginas bien ameritan cometer ese pecadillo mortal, en tiempos de las benditas redes sociales, de la lectura silenciosa, solitaria, plácida y deleitosa.
Reitero aquí, querido público, que mi fe en el teatro es tanta que lo considero camino de salvación o redención. Sí, nos salva hasta de nosotros mismos, pero, antes, nos libra de la ignorancia, de la acriticidad (se reconozca o no la palabrita), de la sociedad y sus lujurias hiperconsumistas, de la pestilencia de las verdades inamovibles, de las certezas comodinas y de todas las verdaderísimas verdades, entre otras de las virtudes que le atribuyo.
Por tales razones, este libro, con una portada que peca de belleza con la ilustración del boceto de «El confesor» del muralista tlaxcalteca formado en Puebla, Desiderio Hernández Xochitiotzin, representa momentos clave en la línea temporal de México desde la presencia española en América ‒conquista, encuentro, choque, encontronazo‒hasta la presencia del pandémico coronavirus ‒haiga venido de donde haya venido‒atravesando, por supuesto, la revolución, la Guerra cristera, el 68 y el alzamiento zapatista.
O sea, Ricardo Pérez Quitt ha preparado un verdadero breviario escénico de nuestras heridas nacionales aún sangrantes, pues estamos frente a textos cuya inspiración son los episodios patrios y regionales que inquietan a este autor de una infancia aventurera, curiosa, andariega, como él la califica, y de un encuentro precoz con la muerte cuya consecuencia fue que «algo se desconchinfló en su cabeza», según su propio diagnóstico, a lo cual se sumó el andar entre trenes, pulquerías, espectáculos callejeros, huehues, vida sindical y otras correrías en su florido Atlixco natal y el resultado fue una vocación literaria temprana con la cual, al escribir teatro, «exorcizaba» la carga emocional acumulada en sus osadas andanzas infantiles.
Al abrir el libro, la semblanza biográfica del autor, viajero incansable, de amplia experiencia laboral y merecidamente multipremiado justifica su lugar en la historia del teatro nacional con un capítulo aparte: el del dramaturgo perspicaz con las ganas y el talento suficientes para recrear la Historia broncínea y escultórica que se nos ha contado y para la cual tiene una propuesta estética sólida y atrevida.
En ese atrevimiento ha dado con un estilo personal, el estilo «perezquitiano», sinónimo de una «voz propia y vigorosa» como señala Francisco Beverido Duhalt† y también de originalidad, audacia, osadía dramatúrgica por su trabajo de documentación y su profundo conocimiento del arte teatral, espacio donde tienen magisterio, no el demonio, como Palafox lo pensaba, sino los dioses del ingenio como Ricardo.
A continuación, su colega Hugo Salcedo, con pleno conocimiento de causa, hace la presentación de Ricardo Pérez Quitt con motivo de sus 50 años en la escena viva de México: detecta cierta influencia del drama antihistórico usigliano, la propuesta reflexiva de Artaud y Brecht, así como identifica la veta popular en su teatro.
De ahí pasamos la página para descubrir un escenario habitado por el alma en pena de Cristóbal Colón, con el globo terráqueo como grillete, levantado de su sepulcro para «clamar justicia» porque «navega en el oprobio y la infamia». Estamos en las «Confesiones de Cristóbal Colón».
La obra me parece teatralmente perfecta, por algo recibió la Medalla de Oro del V centenario del descubrimiento de América; en mi caso, su lectura me dio una respuesta a la interrogante, compartida tal vez por muchos de ustedes, sobre el sentipensar de Colón una vez lograda su hazaña, pues la estampita para tarea de primaria, donde aparecía un viejito canoso, pobre y en su lecho de muerte no me dio la respuesta, pero sí la pregunta.
Si continuamos navegando por el libro, atracamos en Tenochtitlán, en el levantamiento de un acta, en un cruce de tiempos y espacios que generan un tragedio con “o” en el mundo prehispánico en plena guerra de conquista, aunque, y esto es lo original, con personajes «reflejo de la actual clase media nacional» como lo indica la primera acotación. Las escenas en Sátiro en un acta están numeradas en náhuatl y palabras de esta lengua se oyen en los parlamentos lo que nos recuerda que, como otras 63, sigue hablándose.
El tragedio aquí escenifica el sincretismo, el mestizaje lo mismo que las deplorables condiciones en las cuales sigue el país desde hace quinientos y pico de años… Y la sátira, la sátira es ese humor con el que Pérez Quitt adereza la trama, haciendo del cronista Bernal Díaz del Castillo un «corresponsal de guerra”, por ejemplo.
Estimado lectores, no haré el espóiler de todos los textos, pero sí me tomaré mi tiempo para incitarlos a su pronta lectura, pues adentrarse en ella, es zambullirse en el teatro histórico mexicano de buena factura, afirmación sustentada con las opiniones vertidas por autoridades en el tema, incluidas a manera de presentación de cada obra y en los reconocimientos recibidos por varias de las obras del tomo como es el caso de la obra donde aparecen los primos conquistadores Cortés y Pizarro que recibió el primer lugar en el VII Concurso de Teatro para adolescentes “José María Fernández Unsaín” en 1995.