El Cablebús no resuelve la movilidad de Puebla: sólo evita enfrentar las reformas de fondo
No estoy en contra del Cablebús como tecnología. Sería absurdo plantearlo así. Los teleféricos de transporte público han tenido casos exitosos en América Latina y, en ciertos contextos, pueden ser una herramienta útil. El problema no es el aparato. El problema es qué función se le quiere dar en Puebla y qué visión de ciudad revela esa decisión.
Los teleféricos seducen políticamente por razones bastante obvias: son relativamente baratos frente a otras grandes obras, se construyen con relativa rapidez y son vistosos. Lucen modernos. Se fotografían bien. Permiten transmitir la sensación de que algo grande está ocurriendo. Pero una obra llamativa no necesariamente equivale a una política pública transformadora. Y justamente por eso la ciudadanía tiene razones para mirar con escepticismo cuando una obra así se presenta y ofrece al público como si por sí sola fuera la respuesta a problemas mucho más profundos.
En Puebla, el problema es que el Cablebús se está presentando como una gran solución para la movilidad cuando, en realidad, es la opción que menos volumen de viajes ofrece y una de las más caras si consideramos costo por pasajero. Para una ciudad con necesidades masivas de desplazamiento cotidiano, hay modelos más adecuados por su capacidad.
El caso más claro es RUTA que mueve al día un volumen equivalente a más de tres Estadios Azteca (unas 300 mil personas), mientras que el Cablebús, hipotéticamente, movería apenas el equivalente a un Estadio Universitario de la BUAP (unas 20mil personas). Esa diferencia de escala es la diferencia entre una solución pensada para mover masivamente a la población y una obra de capacidad mucho más limitada.
Por eso el debate no debería plantearse entre quienes “quieren innovación” y quienes supuestamente se oponen al cambio. La discusión real es otra: ¿queremos una modernidad vistosa o una modernización profunda del transporte público? Porque donde el teleférico ha funcionado mejor es como complemento al transporte masivo.
En Puebla, da la impresión de que quieren poner al Cablebús a competir con RUTA, lo cual es absurdo. No pueden decir al mismo tiempo que ambos sistemas se complementan y luego desacreditar al BRT diciendo que recibe mucho subsidio, que es contaminante o que no conviene ampliarlo, aunque su propio diagnóstico reveló que sí es viable. Si de verdad creen en un sistema integrado, tendrían que asumir con claridad que el eje masivo de una ciudad como Puebla sigue estando, sobre todo, a nivel de calle.
Creo que en el fondo existe en el gobierno el miedo a disputar la superficie. Quizá no quieren ampliar RUTA porque eso implicaría asignar carriles exclusivos al transporte masivo y enfrentarse a la narrativa de que se “quitan carriles a los autos” y se “genera más tráfico”. El propio gobernador ha dicho, tanto respecto a RUTA como respecto a las ciclovías, que no “ahorcarán las vialidades”, validando esa lógica. Pero precisamente una de las medidas más urgentes para combatir de forma efectiva el tráfico es reasignar el espacio vial hoy monopolizado por el automóvil. La ciudad se resuelve a nivel de calle, no huyendo de ella.
Creo que también se busca evitar el enfrentamiento con transportistas. Ampliar de verdad un sistema masivo en superficie implicaría reordenar rutas, tocar inercias, disputar espacio, quizá incluso revisar concesiones. Eso generaría resistencias, más aún en un contexto en el que el gobierno retomó la revista vehicular y ha intentado poner en cintura a actores acostumbrados durante años a una gobernanza cuando menos laxa. Entrarle a ese reto tendría un potencial de beneficio mucho mayor para muchas más personas en el largo plazo.
El discurso oficial alrededor del Cablebús revela otra cosa preocupante: una renuncia a rescatar la ciudad en la superficie. Nos dicen: no contamina, ahí no habrá acoso, será más seguro, sin asaltos y como ya hay mucho tráfico, ahora nos toca movernos por arriba. Pero no nos explican cómo van a hacer para que deje de haber acoso en las combis y en los micros, ni cómo van a combatir los asaltos en los servicios tradicionales. No nos dicen cómo van a enfrentar la contaminación ni cómo van a disminuir el volumen de automóviles en la zona urbana consolidada. En el fondo, el mensaje parece ser este: la superficie ya está echada a perder, no vamos a rescatarla, así que mejor transportémonos por el aire. Es una admisión de derrota disfrazada de innovación.
Eso no es modernizar el transporte. Modernizar no es inaugurar una obra nueva ni regalar una que otra unidad. Ya vimos lo que pasa cuando la idea de modernización se limita a cambiar vehículos sin transformar el modelo de fondo: ahí está el fracaso de poner a circular buses eléctricos bajo un esquema hombre-camión, sin seguimiento serio ni cambios estructurales. La modernización tiene que ver con elevar el estándar de servicio: información clara para las personas usuarias, transparencia en las finanzas, derechos laborales para operadores, frecuencias y tiempos confiables, accesibilidad universal y condiciones de seguridad dignas en todo el sistema, no sólo en una vitrina de modernidad.
Porque ese es el riesgo de la apuesta actual: construir una especie de cápsula limpia, segura y vistosa en el aire, mientras abajo persisten el acoso, la violencia, el caos vial, la desorganización y la precariedad del transporte cotidiano. Una política pública seria no presume excepciones; transforma el sistema completo. No necesitamos un transporte que sobrevuele los problemas de la ciudad, sino políticas que resuelvan los problemas de la ciudad en la superficie, donde la gente realmente vive y se mueve.
La demanda para una alternativa más robusta está ahí. Hemos llegado a un punto en el que si el gobierno estatal anunciara una ampliación seria de RUTA, mucha gente la aplaudiría. Incluso muchos de quienes hoy protestamos reconoceríamos la responsabilidad de asumir ese desafío y acompañaríamos el esfuerzo. Sería una decisión de mayor beneficio público y, paradójicamente, también de gran rentabilidad política.
No estamos en contra de que se invierta dinero público en movilidad. Al contrario: Puebla necesita inversión, visión y decisión. Lo que está en discusión es si esos recursos se van a usar para una obra que luce moderna o para una transformación que realmente cambie la manera en que se mueve la mayoría. No necesitamos una modernidad de postal. Necesitamos una modernización real del transporte público y una ciudad que se arregle a ras de suelo, no una que renuncie a sí misma y decida mirar hacia arriba porque abajo ya se dio por vencida.
@dobbyloca
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