Lo importante en este debate es la ciudad, sus habitantes y las profundas carencias en el transporte
Tras dejar la primera línea de la política en España, Pablo Iglesias dio una larga entrevista que publicó en 2022 bajo el título Verdades a la cara: recuerdo de los años salvajes. El libro aborda episodios de su vida política y personal, incluidos años de acoso político y mediático, durante su paso por la vicepresidencia del gobierno de coalición de izquierdas que se logró con la alianza Unidas Podemos-PSOE.
Como buen tertuliano, Pablo sabe que la disputa pública no sólo se gana con argumentos, sino también defendiendo el terreno donde esos argumentos pueden ser escuchados. Cuando no hay voluntad democrática entre los actores públicos para debatir con transparencia, la conversación se enrarece. Se llena de ruido, sospechas, insinuaciones y ataques personales.
Para ilustrar ese fenómeno, Iglesias recupera el término propuesto por Umberto Eco en Número Cero, la última novela que publicó: la máquina del fango. Un mecanismo diseñado para ensuciar la discusión hasta hacer irreconocible el fondo del debate. En esa lógica, quien desde el poder se siente cuestionado no necesita demostrar nada. Le basta con sembrar dudas, repetirlas y trasladar la conversación de los hechos a la reputación de las personas.
Su objetivo es contaminar e intimidar para que el debate pierda sentido; se busca fabricar desconfianza alrededor de quien incomoda al poder. Guardadas las proporciones, es precisamente al momento al que asistimos cuando, en lugar de responder las preguntas sobre el Cablebús, ciertos medios prefieren fabricar una narrativa personal contra quienes lo cuestionamos. No discuten el costo, la cobertura, los árboles, la integración con el transporte existente ni las alternativas posibles. Prefieren hablar de los críticos, instalar sospechas y convertir una discusión pública sobre movilidad en una campaña de desgaste personal.
En los últimos días, ya sea por voluntad propia o por instrucción superior, el director de Diario Cambio ha buscado colocar personalmente a un servidor en el centro de sus ataques en esta coyuntura. No para discutir los argumentos que he presentado sobre el Cablebús de Puebla, sino para intentar desviar la conversación hacia mi persona. La fórmula es sencilla: acusa, insinúa y personaliza la controversia en vez de responder al fondo del debate. A decir verdad, ya se habían tardado.
No voy a entrar en el juego de quienes pretenden destruir reputaciones antes que discutir proyectos. Aprovecho para agradecer profundamente las muestras de solidaridad recibidas frente a estos ataques.
Debemos recordar que lo importante en este debate no es un crítico en particular. Lo importante es la ciudad y sus habitantes y la urgente discusión pública y transparente sobre las profundas carencias en el transporte, las consecuencias de mantener la tendencia actual de pérdida de usuarios en el servicio público y el costo de oportunidad de dedicar tantos recursos a un proyecto que si bien puede utilizar una tecnología noble, se queda corto en sus alcances para el tamaño de las necesidades que tenemos en este momento.
La pregunta sigue siendo la misma: ¿por qué se pretende invertir una cantidad tan alta de recursos públicos en un proyecto cuya cobertura es limitada si la analizamos en el contexto de la crisis del transporte público, que no ha sido suficientemente discutido con la ciudadanía y que además implica impactos ambientales que no pueden minimizarse?
Ninguna campaña de desprestigio demuestra que ésta sea la mejor alternativa frente a otras opciones de transporte público masivo de igual o menor costo de inversión. Ningún intento de difamación sustituye la falta de participación de la ciudadanía, la transparencia ni la deliberación democrática.
La máquina del fango que han puesto en marcha busca exactamente lo contrario: que dejemos de hablar del proyecto y empecemos a hablar de las personas; que dejemos de preguntar por estudios y empecemos a defender reputaciones; que el debate público se contamine lo suficiente como para que la autoridad ya no tenga que explicar nada.
No hay que darles ese gusto.
En todo caso, la puesta en marcha de estos esfuerzos sólo puede interpretarse como un reconocimiento tácito de que no tienen argumentos suficientes para defender la propuesta. Cuando se acaba la evidencia, sólo queda el fango: descalificar a quienes critican, con la ingenua esperanza de que eso baste para defender la reputación del proyecto cuestionado.
Una ciudad democrática se consolida construyendo consensos y estos sólo se pueden lograr discutiendo de fondo los problemas. Que el ruido no nos distraiga.
La ciudadanía organizada tiene derecho a cuestionar una obra pública; a preguntar cuánto cuesta, a quién beneficia, qué alternativas se evaluaron, qué impactos tendrá y por qué se eligió ese trazo y esa tecnología por encima de otras opciones. Eso es lo que debemos seguir cuestionando, y por mi parte lo seguiré haciendo.
@dobbyloca
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