Que a letra dice…
Esta es una historia de mujeres relatada por una escritora. No pareciera novedoso en nuestros tiempos hasta que te enteras de que se ubica a finales del siglo XIX en el decadente Japón de los shogunatos, que refleja crudamente el sometimiento de su género a la voluntad y capricho de los señores feudales de ese oriente ancestral, tan misterioso aún hoy, y que se basa en una historia familiar de la escritora, de su abuela materna precisamente.
Con tales antecedentes, podría pensarse que al adentrarnos en la novela pocas serán las sorpresas y el relato se centrará en los vivos colores de los kimonos, las iridiscentes maravillas de las espadas japonesas y el rígido código samurái rebosante de honor y respeto a lo ancestral… pero no es así.

Fumiko Enchi
Como señalé, es una historia de mujeres y a su mirada y desenvolvimiento nos apegamos página a página. Tomo es la protagonista principal, más no la única, pues hay más de una que a medida que avanza el relato surgen como delicadas flores en uno de esos estanques y jardines de fino equilibrio oriental. La tragedia, que la hay, se mueve voluptuosa y severa como las escenas del Noh envolviendo en sus oleadas a todas las mujeres que han de aparecer en escena.
Un ejemplo de estas voluptuosidades para adentrarnos en el quid dramático:
“Tomo dijo, relajada como siempre, mientras apoyaba una almohadita sobre uno de los tatamis. ─ A decir verdad, hay un favor que me gustaría pedirte durante mi estadía… ─ Es algo bastante peculiar ─ dijo elevando el brazo para acomodarse el cabello tras de la oreja. Su peinado estaba siempre arreglado, pero le molestaba tanto que un sólo mechón estuviera fuera de lugar que tenía el hábito de tocárselo a cada rato… En ese preciso momento, Kin se dio cuenta de que el asunto que Tomo traía estaba vinculado con otra mujer.”
Y sí, la vena principal de la novela son “las otras”, esas que no son la primera y quizás ni la última que revolotean alrededor de “los señores” y que su arribo y presencia trastocan el devenir cotidiano de un hogar establecido. Es bien conocido ─y socorrido─ este leitmotiv literario, pero que en el caso de la sociedad japonesa del momento en que transcurre la novela, posee una sorprendente variante: la esposa, Tomo, es quien busca, aprueba, negocia y finalmente trae a su casa a las concubinas de su marido. Todas ellas, más jóvenes, más deseables, más competitivas y, al mismo tiempo, más desamparadas por momentos, porque ella continúa siendo la señora de la casa.
El drama, por supuesto, es borrascoso y, no obstante, lo vive el lector entre las fascinantes pinceladas del mundo femenino japonés colmado de sutilezas, prudencia y decoro.
Cuatro mujeres conforman el entramado vital de la novela: Tomo, Suga, Yumi y Miya, disímbolas pero complementarias; ejemplares, en ambas acepciones del vocablo.
Veamos algunos pasajes para comprender.
Tomo emprende el viaje a la provincia de Asakusa. Visitará a la familia Kasumi con la intención de que Kin, la madre de esa familia, le auxilie he encontrar una concubina para Yukitomo Shirakawa marido de la protagonista. Este primer encuentro lo aprovecha la autora para mostrarnos la condición de Tomo:
“Nacida dentro de una familia samurái de bajo rango del clan Hosokawa, Tomo se había casado precipitadamente durante el caos previo a la Restauración del 1868 y no había obtenido la suficiente educación ni preparación que le demandaba, ahora, lidiar con los asuntos sociales y domésticos de un esposo con una posición como la del suyo. Sin embargo, siempre severa consigo misma, había elegido ser sumamente cuidadosa con las tareas de la casa y respetar a su esposo y su hogar. Su amor y sabiduría estaban volcados a la vida diaria de los Shirakawa, cuyo centro ocupaba su marido.”
Sin embargo, ahora después de años de fiel servidumbre marital, a ese centro gravitacional de la vida de Tomo ha de llegar, por mandato de su marido, una amante joven y ella decide proveérselo personalmente, tanto por amor a su esposo como por su propia conveniencia evitando que la concubina resulte un gran peligro a su condición de esposa relegada. El siguiente pasaje evidencia esta dualidad sentimental:
“La elección de Tomo había resultado tan difícil que, incluso pasado un mes desde su llegada a casa de Kin, no había encontrado ninguna concubina sobre la cual informarle a Shirakawa. Había escrito cartas a su esposo en las que, con dificultad, le explicaba que no iba a aceptar a nadie que no le transmitiera la sensación de que podría satisfacerlo por completo. Shirakawa siempre le respondía que no había necesidad de apresurarse, y que era mejor tomar la decisión con la meticulosidad que el caso requería. Aún así, cuando la temporada de lluvias empezó a ceder y llegó la festividad O-bon, Tomo comenzó a impacientarse. Le preocupaba no sólo su esposo sino también la condición de su hogar, al que no iba desde hace tiempo.”
Con el apremio de Tomo a flor de piel, aparece en escena Suga, hija de un comerciante de láminas de bambú del barrio de Kokuchō. Con apenas quince años ya es una experta en danza Nishikawa. Su familia tenía una buena reputación en el barrio, pero pasaban una mala racha económica. Ellos jamás habían considerado que Suga fuera la concubina de un hombre rico, pero terminan cediendo pues aceptan que Shirakawa podía proveerle una vida exitosa, en vez de condenarla a terminar hundida en los negocios turbios del barrio rojo. Así se le describe en la novela:
“─Es una chica con un temperamento dócil y una piel sumamente blanca para alguien de Tokio ─había dicho la maestra de danza Nishikawa─, tanto que cuando visita algún baño público es objeto de contemplación hasta para las niñas.”
La reflexiones de Tomo sobre Suga, son portentosas:
“Tenía una contextura grande para una chica de quince años y parecía idéntica a las fotografías. Su piel era blanca como el papel hōso y su cabello, pesado y abundante, enmarcaba un rostro níveo y abrillantado y hacía que sus cejas y sus ojos resultaran nítidos, como si la composición entera hubiese sido maquillada para lucirse en un escenario. Sorprendida, Tomo se quedó mirando fijamente en dirección a Suga. Era bella, pero su rostro no traslucía ni un destello de espíritu. Y, aun así, Tomo percibió que se trataba de un espíritu impoluto. Hablaba con sus compañeras en un tono sumamente tenue y con la cabeza siempre baja, y al escuchar a sus interlocutoras lo hacía con una sumisión casi instintiva.”
Suga llegará a vivir con los Shirakawa y, a pesar de los temores de Tomo, eso parece apaciguar y equilibrar la vida cotidiana de los Shirakawa por un tiempo. No obstante, poco a poco ese equilibrio se resquebraja y aparece Yumi, avispada jovencita que es contratada como sirviente y que terminará siendo más que eso.
“A la madre de Suga le había llegado el siguiente rumor de parte de un jardinero que trabajaba en la casa de los Shirakawa. En septiembre, dos criadas habían arribado a la casa del señor desde la oficina central… El señor Shirakawa les había dicho explícitamente que buscaba una criada hermosa, entonces la señora Sonoda le había enviado en persona a las dos primas, pero sólo una de ellas había terminado quedándose en la casa… Yumi, aquella muchacha alta de rostro juvenil, tez morena, peinado y peinado shimada al mejor estilo de las solteras del periodo Edo, entre otros rasgos propios de las mujeres de los shogunes.”
La tercera mujer que formará parte del serrallo de Shirakawa es Miya, su nuera.
Michimasa, hijo de Shirakawa, “el único que no se sometía a sus demandas” ha enviudado y busca una nueva esposa:
“Miya, era la hija mayor de una familia que tenía una casa de empeños frente a la entrada del templo Zōjō-ji. Tomo había decidido que para esposa de alguien como Michimasa sería mejor la hija de algún comerciante más interesado en el dinero y el renombre que en la personalidad del esposo; una decisión similar a la había tomado para la primera esposa de su hijo.”
El sitio familiar que ocupa Michimasa es dramático, no sólo lo desprecia su padre, sino aun su madre:
“Si Michimasa hubiese sido un joven común y corriente a quien su padre detestaba, Tomo lo habría defendido, y el amor entre madre e hijo se habría vuelto más profundo, pero lo cierto era que en ocasiones también ella, que tantas veces había oído las palabras y había visto el accionar de su hijo, lo detestaba como su esposo… Lo lógico habría sido que, como madre y padre, Yukitomo Shirakawa y Tomo lo hubiesen amado con todas sus fuerzas, sin importar lo que dijeran los demás. Pero lo cierto era que ni siquiera su madre era capaz de verter en aquel joven irreflexivo, que vagaba por la vida con un espíritu inmaduro atrapado en un cuerpo de adulto, el amor infinito que todo hijo merece. Siempre que pensaba en eso, Tomo sentía un deseo atroz por escupir el terco rechazo a la idiotez de su hijo que se había arraigado tan obstinadamente dentro suyo.”
El momento más álgido de la relación de todas estas mujeres de Shirakawa, será cuando Miya, aún casada con Michimasa, no sólo se transformará en la concubina preferida, sino que quedará embarazada del señor y, por lo mismo, será la más influyente del clan, haciéndole sentir a Tomo todo el peso del relego y ninguneo de su posición de esposa.
Al final de su vida Tomo recupera algo de su dignidad perdida al negarse a tener un funeral con los honores propios del rango social de su marido, una afrenta inconcebible en esos tiempos. Sin embargo, muerta ya, Shirakawa no cumple sus deseos, frustrando aún en la muerte su voluntad de libertad, mismo que se resume en aquello que Tomo defendía como su razón de vida:
“El dolor de tener que contemplar abiertamente cómo su marido estaría en posesión de otra mujer le quemaba el cuerpo. Para Tomo, un esposo como el suyo a quien le no le preocupa infligir tal sufrimiento a su esposa, era tan desalmado como un demonio infernal. Sin embargo se había impuesto como credo de vida el servir a su marido como si fuera el mismísimo Cielo, por lo que ir en contra de sus demandas que él había impuesto habría significado para ella la perdición absoluta. Además el amor que sentía por ese hombre despiadado era todavía más fuerte que la devoción por su credo. Siempre la había atormentado la entrega sin retorno de su amor no correspondido, pero incluso entonces no pensó ni siquiera una vez en dejar a Shirakawa.”
Fumiko Enchi, seudónimo de Fumi Ieda, según se lee en alguna biografía, es una de las escritoras japonesas más importantes de la segunda mitad del siglo XX y la mujer que más galardones literarios recibió en su país. Nacida en Tokio, en 1905, desde muy joven se familiarizó con los clásicos y se aficionó a la estética decadente de la última etapa de la era Edo. Tres de sus obras obtuvieron el premio Junichiro Tanizaki. Con Los años de espera, logró el premio Noma, el galardón literario más importante de Japón. Tradujo al japonés moderno a gran parte de los clásicos, entre otros el Genji monogarati, de Murasaki Shikibu. En 1985 recibió la medalla al mérito cultural. Un año después, poco antes de su fallecimiento, fue elegida miembro de la Academia de Artes.
Enchi, Fumiko. Los años de espera. Chai Editora. 2025.
