mayo 29, 2026, Puebla, México

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La calle sigue ahí… / Alberto de la Fuente

Está esa calle estrecha de doble sentido donde me secuestraron. Desde que regresé, paso por ahí al menos tres veces al mes. No porque disfrute recordar lo ocurrido ni porque quiera ponerme a prueba. Simplemente es el camino más lógico para llegar a ciertos lugares.

Con el tiempo entendí que evitar aquello que nos detona miedo puede terminar convirtiendo al miedo en dueño del territorio. Yo elegí otra estrategia: seguir pasando por ahí.

La primera vez que la enfrenté fue apenas unas semanas después de mi liberación. Era el primer día de clases de mi hija y, para llegar al colegio, tenía que cruzar esa calle.

Recuerdo haberme dicho que si tengo una fotografía junto a mi hijo en su primer día de clases, mi hija también merecía ese recuerdo.

El amor terminó empujándome a hacer algo que parecía tan simple como llevar a una niña a la escuela y tomar una fotografía. Sin embargo, en aquel momento, para mí fue una montaña, casi como escalar descalzo y sin oxígeno mi propio Everest.

Y no, cruzarla una sola vez no borró el miedo ni las imágenes que venían con él.

Al principio era imposible no recordar. Pero cada vez que pasaba por ahí —muchas veces solo— y seguía con mi día, le enviaba un mensaje silencioso a mi cerebro: esto ya ocurrió, ya terminó. Ya eres libre. Incluso de decidir si vuelves a pasar por aquí o no.

No fue un acto de valentía extraordinaria. Fue algo mucho más simple: negarme a entregarle para siempre ese pedazo de ciudad a quienes intentaron destruir mi vida.

La calle sigue ahí. Es exactamente la misma. Lo que cambió fui yo.

Y aunque jamás podré borrar lo que sucedió en ese lugar, sí puedo decidir qué papel juega en mi historia. Porque el secuestro terminó hace años. Lo demás depende de mí.

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