Al final del sexenio de López Portillo se hizo famosa una frase del secretario de Hacienda, Jesús Silva Herzog, para retirar la intervención del Estado en ciertos ámbitos: “teníamos el único cabaret que perdía dinero”.
Lo que viene a cuento por el intento del gobierno de la Ciudad de México de convertir la casa-museo de Ramón López Velarde en cabaret de propiedad estatal. Para “fomentar la inclusión”. Inclusión a los cabarets, se entiende.
El equilibrio entre mercado y Estado ha sido una de las distinciones centrales entre izquierda y derecha. Durante la Guerra Fría fue clara: una versión de la izquierda, los regímenes soviéticos, anularon el mercado para concentrar toda la economía en el Estado.
Y ahí perdieron. Una interpretación interesante ante la caída de estos regímenes es que el mercado simplemente da mejor información sobre las transacciones económicas que lo que puede hacer el Estado. ¿Quién decide, por ejemplo, el precio de los autos usados? ¿O que una taquería progrese o quiebre? Puede hacerlo el Estado, pero es costoso e ineficiente.
Bien, por corregir la decisión de convertir un centro cultural en cabaret. Que la vida cabaretera la defina el mercado, no nuestros recursos públicos.
Algo de esto tiene que ver con lo que está pasando en América Latina. Se dice que el continente tuvo un “vuelco ideológico” en lo que va del siglo: empezó votando por la izquierda, y ahora lo hace por la derecha.
Parece un poco exagerado. Si vemos las cosas con más cuidado, constataremos que hay puntos en común entre izquierdas y derechas. Puntos en común que tienen que ver con dos términos que han ocupado el centro de nuestra realidad, y de muchos análisis en los años recientes: populismo y autocracia.
Tanto la narrativa del recientemente electo presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, como la de muchos políticos considerados de izquierda, pueden considerarse populistas. Coinciden en los tres rasgos ya conocidos: dividen a la sociedad maniqueamente entre “ellos” y “nosotros”; el “nosotros” está claramente representado en un líder; y si hay líder pues “al diablo las instituciones”.
Los populistas, del signo que sean, tienen vocación autocrática: tratan de concentrar el poder cuando lo alcanzan. De subordinar el legislativo y el judicial al ejecutivo. De anular otras autonomías estatales. De desprestigiar a la prensa y a las voces disidentes.
Estas tendencias son la realidad de América Latina (y de los Estados Unidos de Trump, obviamente). Las anteojeras izquierda/derecha ocultan más de lo que muestran. Quizá de eso se trata. En algunos casos.