Que a la letra dice…
“Stalin tenía un cierto encanto siniestro”. Charles de Gaulle
Para esta parte del mundo, que genéricamente llamamos Occidente, Iósif Stalin es uno de los villanos de la segunda mitad del siglo XX. Su figura y biografía está permeada por la versión oficial y oficiosa del desenlace de la Segunda Gran Guerra, en la aberrante época de la Guerra Fría y la aversión que hacia los gobiernos socialistas se incubó tanto en el norte europeo como en América, a excepción de Cuba por históricas razones.
Derrotado el nazismo, la totalidad de la propaganda occidental se orientó a desvirtuar e incluso satanizar, al pueblo ruso, su ideología post bolchevique y sus maneras de entender y practicar su vida cotidiana, su proyecto de nación y, desde luego, su administración gubernamental. Y en ese devenir, Stalin era, y aún lo es para algunos, el огр kommyиhct: el ogro comunista.
Para nuestro asombro, Anselmo Santos opina diferente y en este sorprendente libro biográfico, sin minimizar sus oscuridades, nos presenta lumínicas facetas de un Stalin desconocido en Occidente.
El libro es monumental, casi ochocientas páginas en 38 capítulos. Sin embargo, los primeros doce, cual apóstoles de su visión sobre este principalísimo personaje del siglo pasado, los dedica a las relaciones de Stalin con las artes, los creadores y artistas, tanto los conocidos y reconocidos mundialmente, como aquellos de la intimidad de la sociedad rusa después de Lenin y antes de Jrushchov, es decir, entre la nomenklatura y el gulag.
La vastedad de la información contenida en esta docena de testimonios apostólico culturales pro Stalin, obliga a que en esta entrega nos dediquemos únicamente a los escritores, sin dejar de mencionar a vuelo de pájaro que en esta parte del libro se habla sobre la arquitectura con la Academia de Arquitectura teniendo al metro de Moscú como su obra más asombrosa, la música con Prokófiev como exponente máximo, la pintura con Tatlin, Málevich, Ródchenko y aun Kandinski por un tiempo, el ballet con el Bolshói y el teatro con Stanislavski.
No obstante, antes de adentrarnos en esos primeros capítulos conozcamos las razones de Anselmo Santos para dedicarse a tan dilatada faena biobibilográfica:
“Decidí centrarme en la fascinante personalidad del implacable zar rojo; y especialmente, en tres de sus rasgos distintivos: la naturaleza polivalente y transformista, el ansia de conocimientos y el genio político. La primera se revela en sus innatas dotes de actor: la calculada modestia para adormecer a sus rivales; la astucia para utilizar en provecho propio las querellas entre ellos; la imagen plácida y paternal, de guardián sereno y justiciero, durante el Gran Terror; el trato franco, sin artificios, no exento de humor -a veces siniestro- con sus colaboradores; el encanto desplegado en los encuentros con extranjeros. La curiosidad intelectual, el afán por aprender, la pasión por los libros, el vivo interés por las artes y la ciencia le acompañaron hasta el final de sus días.”
El primero de los capítulos versa sobre los literatos y Anselmo Santos lo inicia con una curiosa descripción sobre el nacimiento de Iósif:
“Se le atribuyen siete padres biológicos posibles, incluido, claro está, quien legítimamente lo era. Dos de ellos figuran entre los candidatos sin nada que lo justifique, por tratarse tan sólo de presuntos amantes de Keke, la madre de Stalin -una muchacha abierta y atractiva, casada con un alcohólico-, en el tiempo de su embarazo. Otros cuentan con mejores credenciales, ya que, según todos los indicios, tuvieron con ella relaciones estables y hogareñas frecuentes en la época. El último, en fin, entra en liza porque supuestamente también las tuvo en virtud del tácito derecho del señor de ser satisfecho en sus caprichos. Keke, muy apreciada por su buena presencia y su disposición para el trabajo, pasaba breves temporadas en mansiones de la nobleza… De ahí surge la leyenda de que Stalin era hijo del famoso explorador ruso Nikolái Przhevalski… ello explicaría la versátil personalidad de Stalin…. El cualquier caso, lo que no ofrece duda es que Keke siempre contó con el afecto y la protección de tres hombres acomodados en cuyas casas había servido.”
Al parecer de Santos esta circunstancia redundó en que Iósif fuera tratado como un miembro más de esas familias nobles y le permitió convivir con sus hijos, aprender a leer y escribir y hacerse cargo en parte de su educación, algo inusitado y más que un privilegio en esos tiempos, puesto que es admitido, primero, en la escuela parroquial Gori, exclusiva para hijos de clérigos y después en el Seminario Tiflis.
Esta excepcional situación, señala Santos, provocó: “se le despertase el amor por los libros.”, dato este que le permite al autor mostrar a un joven Iósif como lector voraz y ávido colector de conocimientos varios y, con el tiempo, poseedor de una portentosa biblioteca.
De dicha biblioteca afirma:
“La organizó con su meticulosidad acostumbrada en una veintena de secciones: en primer lugar, la historia, su gran pasión, subdividida en historia de Rusia, de otros países, de las religiones, del arte militar, de la diplomacia, del absolutismo, de las revoluciones, biografías, memorias. Seguían en importancia la literatura y la critica literaria y, entre otros apartados, los textos marxistas, los escritos de emigración, la arquitectura, la economía y las revistas políticas y científicas.”
Como un reconocimiento a esta voracidad, Santos cita el libro Meditaciones en una biblioteca privada de Sharapov –del cual no hay referencia en internet- señalando que, a pesar de la aversión que sentía por Iósif aseveraba: “Hay que tributar lo merecido a Stalin porque leía todo con gran atención.”
Ya al referirse directamente a la relación de Stalin con los escritores, los divide en varias categorías: “los leales sin fisuras (Bedni, Ehrenburg, Símonov, Shólojov, Alexéi Tolstói, Fadéiev) los desencantados nocivos (Gorki, Maiakovski), genios que preservar (Mandelshtam, Bulgákov, Ájmátova, Pasternak), satíricos soportables (Zóschenko, Ilf y Petrov) y enemigos que eliminar.”
Abordaremos a dos de los primeros: Símonov y Shólojov:
“Stalin sentía verdadero afecto por otro popular escritor, Konstantín Símonov, hijo de un oficial zarista, gran amigo de su hijo Vasili y tan irresponsable como este…Símonov fue corresponsal de guerra en Stalingrado, y su poema ‘Espérame’ emocionaba hasta tal punto a los soldados que estos lo sabían de memoria, lo llevaban en sus mochilas y repetían los versos en las cartas que escribían a sus amadas; y estas lo recitaban como si fuera una plegaria…En julio de 1942, cuando las tropas nazis avanzaban hacia Stalingrado, apareció su impresionante drama ‘El Pueblo ruso’ , representado en cientos de teatros en todo el país y publicado íntegramente en Pravda. Las últimas palabras del tercer acto sobrecogían a los espectadores, que no podían contener los sollozos: ‘Mira, mira como el pueblo ruso camina hacia la muerte?. Después de la guerra, Símonov escribió ‘Días y noches de Stalingrado’, una crónica de lo allí vivido, que resaltaba el heroísmo y la fraternidad de los combatientes… Fue director de la revista Novi Mir, la más prestigiosa revista literaria soviética y vicesecretario de la Unión de Escritores. Recibió seis veces el Premio Stalin y, tras la muerte de líder, publicó ‘De los vivos y los muertos’, la más célebre de sus novelas.”
En cuanto a Mijaíl Shólojov, Santos dice:
“Fue el escritor favorito de Stalin, sin duda, autor de ‘El Don apacible’ y premio Nobel de Literatura. La primera parte de su gran novela apareció cuando sólo tenía veinticuatro años… Otra novela de sus primeros tiempos es ‘Campos roturados’, dedicada a la colectivización, en la que destaca el esfuerzo realizado para alfabetizar y formar al campesino. La novela se publicó por entregas en la revista literaria Novi Mir y en junio de 1932, Stalin, desde su refugio en el Mar Negro escribía: ‘Novi Mir está publicando la nueva novela de Shólojov, Campos roturados. ¡Una obra interesante! Shólojov ha estudiado el sistema de granjas colectivas en el Don. Pienso que tiene un gran talento… Unos años después, cuando apareció la ópera ‘El Don apacible’, basada en la novela de Shólojov, Stalin y Mólotov asistieron juntos a una de las presentaciones… En 1937 Shólojov cometió la insensatez de su vida. Se acostó nada menos que con la mujer del siniestro Yezhov, jefe entonces del NKVD (la temida agencia de policía secreta) en pleno periodo de purgas. El encuentro, celebrado en el Hotel Nacional, fue grabado y Stalin, con su maldad habitual, envió la cinta al esposo para que ‘sujetase a su mujer’, pero con la orden expresa de que no tocase al escritor.”
Pasemos ahora a los desencantados nocivos, dos de ellos particularmente incómodos para el régimen: Gorki y Maiakovski.
“La historia del primero -dice Santos- es conocida. De familia muy pobre, hizo de todo, incluso fue cazador furtivo para sobrevivir. Con fama de rebelde, el ‘trampero escritor’ ya era conocido dentro y fuera de Rusia a finales del siglo XIX: fue el primero en crear en la literatura rusa el personaje del vagabundo, una imagen de sí mismo, que había recorrido el país a pie. Por su oposición al zarismo y su apoyo a las manifestaciones de 1905, Maksim Gorki fue encarcelado en la fortaleza de Pedro y Pablo de San Petesburgo. Liberado pocos después por la campaña internacional a su favor en 1906 llegó a Nueva York recibido por una multitud encabezada por Mark Twain… Amigo personal de Lenin, se convirtió en protector de los intelectuales sin recursos. Abrió un refugio de escritores y creó su propia editorial ‘Literatura Mundial’, clausurada por Stalin en 1924 poco después de la muerte de Lenin…Gorki, sin embargo, no ocultaba su rechazo al terror y al empleo sistemático de medidas coercitivas que consideraba una verdadera tragedia para Rusia. En el diario Nóvaia Zhizn (Vida Nueva) aparecían sus ‘Pensamientos Inoportunos’, en los que criticaba duramente la situación: llegó a calificar a Lenin y a Trostki como ‘incendiarios que someten al pueblo ruso a una cruel experiencia’… En 1921 Gorki se exilió en Italia. Seis años después, Stalin inició una sutil maniobra de aproximación al escritor, con la intención de utilizarle como arma de propaganda… En marzo de 1928 Gorki regresó a Moscú… Las muestras de veneración fueron interminables… Se le otorgó la Orden de Lenin y fue el primer dirigente de la Unión de Escritores creada por Stalin en 1932 para tenerlos bajo control… Cualquier hombre menos pagado de sí mismo que Gorki también hubiera caído en la red de adulación, dinero, bienestar material y poder tendida por Stalin.”
Por su parte, la vida de Vladimir Maiakovski, fue distinta en algo y similar en los resultados:
“Apoyó el poder soviético desde el principio. Fue el poeta de los tiempos heroicos, innovador, impetuoso, apasionado. ‘Necesitamos -proclamaba- la presencia viva del espíritu humano en las calles, en las fábricas, en los tranvías, en las casas de los trabajadores. Defensor del terror como único medio de consolidar el nuevo Estado, llegó a decir que ya bastaba de cantar a la luna y la gaviota; que el cantaría a la Comisión Extraordinaria (La Cheka, policía secreta), donde siempre tuvo, obviamente, grandes admiradores. Individualista, pagado de sí mismo, afirmaba despectivo que la modestia no era otra cosa que estupidez e hipocresía. Amaba el lujo, los viajes, la buena vida: usaba trajes, corbatas y zapatos extranjeros… Hiperactivo y polifacético, trabajaba para el teatro y el circo, escribía canciones para la radio, dibujaba carteles de propaganda y hacía reclamos públicos para ropas y otros artículos soviéticos que él, en privado, despreciaba. Se comparaba con Pushkin y talento no le faltaba, pero, infantil e inmaduro como otros creadores, era incapaz de ocultar su soberbia y ello lo hacía insoportable. Al propio Lenin le irritaba la poesía de Maiakovski por muy prosoviética que fuera: decía que era profundamente estúpida y pomposa. Los demás escritores, por supuesto, le aborrecían… En 1929 estrenó ‘La chinche’, una sátira musical con partitura de Shostakóvich sobre un mundo dominado por burócratas maleducados e incultos, en el que los poetas eran tan indeseables como las chinches. La prensa, naturalmente, arremetió contra él y la obra desapareció de las carteleras. Su última y discreta creación ‘La casa de los baños’, puesta en escena por Meyerhold, en la que fustigaba de nuevo a los funcionarios soviéticos, corrió la misma suerte. Y Stalin, que entendía de poesía y valoraba doblemente a Maiakovski -por la excelencia de su obra y por la pasión que despertaba en el pueblo- comprendió claramente que había llegado la hora de silenciarlo.”
Finalmente en este apretado recorrido sobre esta singular biografía sobre Iósif, llamaré la atención a una poeta: Anna Ajmátova.
“Stalin adoraba la poesía. Poeta él mismo en su juventud, lector de versos toda su vida, sabía distinguir perfectamente lo sublime de lo mediocre. Envidiaba a quienes tenía por genios y lo admitía: ‘Los dioses están fuera de mi alcance’… Resulta realmente un misterio la rara indulgencia de vengativo déspota con los poetas que admiraba; aunque vivieron estremecidos y sufrieron en mayor o menor medida la represión, ninguno de ellos fue ajusticiado. Entre los agraciados estaba Anna Ajmátova, la gran Anna de todas las Rusias. Excepcionalmente favorecida y consentida, soportó a la vez, llena de amargura, un calvario interminable. Como raro privilegio, se le permitió vivir durante más de un cuarto de siglo en el antiguo palacio de los condes Sheremetiev, al borde del canal Fontanka, la ‘Fontanka Dom’ donde hoy se encuentra un museo… Resulta aún más asombroso que en la sociedad estalinista, sometida a una disciplina espartana y, por tanto, nada permisiva con las flaquezas humanas -ya que el pueblo debía entregarse al trabajo sin respiro-, Anna viviera como una niña mimada y consentida. Caprichosa y dominante, ejercía una atracción irresistible sobre los hombres tiernos y delicados, y viceversa: maridos y amantes se distinguían por su falta de carácter. En 1910 se casó con Nokolái Gumiliov, otro gran poeta, maestro de Mandelshtam y tan inmaduro como este. En París, durante su viaje de bodas, Anna conoció a Modigliani, y ambos quedaron fascinados. El la seguía a todas partes, la llevaba a los museos, dibujaba su rostro de memoria, pasaba horas de noche bajo su ventana. Ella no olvidó nunca aquel encuentro ‘culpable de muchos infortunios’. La única respuesta de Gumiliov a ese ultraje fue decir a su mujer que Modigliani era ‘un monstruo alcoholizado’. Tras innumerables devaneos de uno y otro, Anna, ‘joven y alegre pecadora’ -según ella misma-, abandonó a Gumiliov en 1918. Le reemplazó por su más rendido adorador, Vladimir Shileiko, un egiptólogo adepto a la metempsicosis, persuadido de que el alma de Cleopatra se había reencarnado en ella. El idilio duró varios años, pese a que Ajmátova no interrumpió su vida libertina (Shileiko le puso el mote ‘Akuma’, el ‘espíritu del mal’). Tampoco mudó de conducta cuando, en 1925, se trasladó a la Fontanka para convivir con Punim, a quien hizo sufrir lo indecible: le fue infiel desde el primer momento y, para colmo, le tenía al corriente de sus aventuras. ¿Por qué Stalin, valedor de la familia por pura conveniencia -como soporte de una comunidad disciplinada-, fue tan indulgente con Ajmátova, paradigma del desorden? Le encantaba su poesía, por supuesto, pero valoraba mucho más su patriotismo. A raíz de la Revolución, centenares de escritores y artista emigraron y gran parte de ellos apoyaron la intervención extranjera en la guerra civil, que hubiera supuesto, de haber tenido éxito, la desmembración de Rusia. Ajmátova también pudo hacerlo, pero optó por quedarse. Aunque aborrecía el nuevo régimen, nunca, ni en los peores momentos, se manifestó en su contra: sabía que era el único valladar contra la codicia extranjera. En 1922, como respuesta a la llamada de sus amigos del exilio, escribió: ‘No soy de aquellos que dejan a su patria en la estacada,/ para que sea por sus enemigos destrozada’. Stalin jamás olvidó esos versos: se los recordaba a Beria y a cuantos la acusaban de enemiga y pretendían arrestarla.”
Como punto final mencionaré que el epíteto de Stalin el grande -que da título a este libro-, no es autoría de Anselmo, sino de Winston Churchill, ya que así lo nombró, con intenciones de británico halago diplomático, en alguno de los encuentros cuando Estados Unidos, Rusia e Inglaterra cosechaban las miserias europeas resultantes de la Segunda Gran Guerra.
Stalin el grande. Anselmo Santos, Edhasa. eBook.