julio 3, 2026, Puebla, México

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5 de julio de 1994, Aspe, no eras tú / Gerardo Ortíz Corona

No sólo heredamos los hechos, sino también la manera de contarlos; no sólo heredamos las derrotas, sino también la forma de repartir culpas para poder sobrevivirlas

La primera imagen que mi mente registra de un Mundial se remonta a 1994, cuando mi padre contemplaba absorto en la televisión una tanda de penales que decidiría si la selección mexicana se colaba, o no, a los cuartos de final de la fiesta más grande del fútbol, celebrada entonces en Estados Unidos. La tensión era enorme. En el cinescopio fluían las imágenes a color retransmitidas desde el Giants Stadium, lugar donde el cuadro tricolor había empatado a uno en el tiempo regular contra Bulgaria. Ambas selecciones, agotadas y nerviosas, estaban obligadas a eliminarse desde el manchón de pena máxima.

Eran inicios del mes de julio; yo tenía cinco años recién cumplidos. La pelota, la cancha, las áreas, las porterías, los apellidos, los números dorsales, las faltas y los tiempos reglamentarios me eran absolutamente irrelevantes; incluso, aburridos. Sin embargo, durante los partidos había algo que mi papá gritaba súbitamente con euforia: una expresión breve, sustanciosa, mística y extraordinaria: la palabra gol. Verlo hipnotizado frente al televisor para luego romperse la garganta gritando ese vocablo era un agasajo. Él procuraba arrastrar la única vocal de esa palabra de manera casi infinita para descargar en ella todo el estrés de su semana o de su día, despojándose de cualquier enojo y llenándose de un subidón de optimismo. Después se relajaba, se ponía serio y, con suerte, el proceso se repetía.

No recuerdo ninguno de los partidos previos que sostuvo la selección mexicana en la fase de grupos del Mundial de 1994. Por alguna razón, sólo los penales se alojaron en mi corteza cerebral, y además lo hicieron de manera convenientemente distinta a como verdaderamente sucedieron los hechos. Según mi película mental, México llegaba con confianza y contundencia a los once pasos, anotando sus primeros tiros con autoridad. Los búlgaros también lo hacían y llevaban el episodio a muerte súbita. Gol búlgaro, gol mexicano, uno por otro, y así sucesivamente, hasta que llegó el turno del gran Alberto García Aspe y entonces mi papá se levantó del asiento. En mi mente era muy claro: si él la metía, ganábamos; si no lo hacía, quedábamos eliminados. Él, el número ocho del Tri, tomó vuelo y la sacó del estadio. Lágrimas. Enojo. Mi papá apagó la tele marca RCA y todo se esfumó. Se acabó el sueño mundialista.

Lo curioso es que las cosas no sucedieron así realmente. Ciertamente se perdió en penales, pero México no falló una vez: falló prácticamente todas. El primero en equivocarse fue Aspe —uno de los jugadores con la pierna más educada—, pero también fallaron Marcelino Bernal y Jorge Rodríguez. Es decir, los de confianza, los más fuertes, erraron, mientras que el menos indicado, Claudio Suárez, logró anotar. Jorge Campos detuvo el primer disparo búlgaro, pero no logró impedir los goles posteriores.

El error, sin duda, fue de un equipo. Pero mi memoria, basada en todo lo que vi y en lo que los medios informaron después, concluyó que la tragedia brotó únicamente de los botines de Aspe. De hecho, he leído muchas notas y crónicas posteriores que, por alguna razón, confirman mi injusto recuerdo infantil. Ahora sé que a eso se le conoce como memoria colectiva, concepto trabajado por Maurice Halbwachs, quien sostuvo que generacionalmente heredamos recuerdos que no nos constaron, pero que reavivamos como si fueran propios.  Quizá eso sea lo más delicado: no sólo heredamos los hechos, sino también la manera de contarlos; no sólo heredamos las derrotas, sino también la forma de repartir culpas para poder sobrevivirlas.

La historia no tiene boca, pero busca desesperadamente comunicarse con nosotros a través de su estudio. Sin ser mística ni mágica, ocasionalmente manifiesta el don de la clarividencia, enseñándonos una y otra vez lo que nos sucederá si nuestras decisiones no ajustan su rumbo. Así, lo que podrían parecer maldiciones ineludibles —como no llegar a los cuartos de final en un Mundial, no cumplir un sueño, no juntar el enganche de un auto, no llegar con suficiente liquidez a fin de mes o no finalizar una carrera— terminan convirtiéndose en aprendizajes disfrazados de predicciones que nos empeñamos en desoír.

Deberíamos rascar en nuestros recuerdos todas esas voces que una y otra vez nos piden prudencia, objetividad, disciplina, madurez emocional o empatía. Si a ese componente tan íntimo, como lo son nuestras impresiones del pasado, le sumamos la memoria colectiva, tendríamos un abrevadero infinito de consejos y profecías personalizadas que harían de nuestra vida un mejor lugar, sin que la casualidad o la suerte tengan tanto protagonismo en nuestro destino.

Estamos a días de que México enfrente a Inglaterra en los octavos de final de la Copa del Mundo 2026. Nuevamente nos toca en casa. Muchos creen que buena parte del logro de llegar a esta etapa se lo debemos a que el Estadio Azteca está bendito, infestado de una magia ancestral que vapulea a los contrarios y los pone contra las cuerdas. Otros, más lógicos, ven en el Coloso de Santa Úrsula una aduana compleja por la inmensa afición que ahí se da cita, a lo que se suma la altura sobre el nivel del mar, que para la mayoría de los adversarios resulta intratable. El resto asume que es una mezcla de magia con realidad, además de un buen momento deportivo.

Más allá del resultado del próximo juego, puedo adivinar con un margen de confianza muy alto lo que sí pasará cuando se pite el final: si perdemos, encontraremos rápidamente a un culpable y construiremos en su contra una narrativa solvente, transmisible, heredable. Una versión que pueda contarse a nuestros hijos y nietos para que ellos también se acuerden, se lamenten —¿y se la mienten?

Así como sucedió en 1994 con Mejía Barón y Beto Aspe; en 1998, pasó con Luis Hernández frente a Alemania; en Corea-Japón 2002, con el árbitro portugués Vítor Melo Pereira, Rafaél Márquez y el D.T. Javier Aguirre. Más tarde vendrían Arjen Robben y el “no era penal”, o el Tata Martino y su tibieza. Cambian los nombres, los estadios y las generaciones, pero la tentación es la misma: convertir la derrota en expediente judicial y salir a buscar culpables.

¿Y si ganamos? Bueno, entonces entran a escena los santos, los ángeles, los hechizos, la diosa fortuna, la superstición, los “soñemos en grande”, los “imaginemos cosas ching…”, los “¿y si sí?” “Ysisídro”, etcétera. Todos nos pondremos “la verde” y reafirmaremos nuestra calidad de David frente a la fila de Goliaths que las eliminatorias echarán sistemáticamente hasta la final.

Regresando a 1994, los días que vinieron después de ese 5 de julio fueron difíciles. Mi papá estaba de malas y el sol se sentía más caliente. Por aquí y por allá se hablaba de un tal Hugo Sánchez que no jugó ese partido; se culpaba a un tal Miguel Mejía Barón de no incluir a “Hugol” en la alineación, de dejarse morir, de ser un verdadero traidor a la patria. Se inventaron nuevas groserías, algunas dirigidas personalmente al director técnico de la selección mexicana —aunque yo estaba chiquito, escuché casi todas—. Fue un año feo y, según supe después, se puso más feo. Una crisis económica espantosa: la de diciembre. Un movimiento guerrillero que inició desde enero y rugía peligrosamente desde el sur: el EZLN. Asesinatos como el de Colosio, en marzo, o el del secretario general del PRI, José Francisco Ruiz Massieu, en septiembre. En fin, un año que no sonreía.

Después de todas esas tragedias, llegué a pensar que si Aspe hubiese metido el penal, todo lo malo que sucedió luego de ese partido simplemente no habría pasado. La alegría generalizada invadiría a los guerrilleros, a los sicarios, a los políticos corruptos, a los mexicanos desempleados, a los deprimidos, a los olvidados, a la gente violenta, a los necios. Todas y todos inspirados por esa eliminatoria se habrían puesto las pilas y habrían demostrado que México, finalmente, ya cambió. Pero Aspe la falló. Entonces una nueva narrativa se escribió bajo la sombra de los culpables. Regresaron los “ya merito”, los “¿y si hubiera?”, los “nos faltó suerte”, los “otra vez estuvimos cerca”. Regresó, en pocas palabras, esa forma tan nuestra de abrazar la derrota sin mirarla completamente a los ojos.

Dicen que en el Mundial de México 1986 la culpa fue de Aguirre por hacerse expulsar, del árbitro que anuló un gol aparentemente válido y de la apatía de Hugo Sánchez, que no brilló como siempre. Ni qué decir de la tanda de penales que, como en 1994 —y como siempre—, fue un rotundo fracaso. Los mexicanos de los ochenta echaron culpas a diestra y siniestra, empezando al sistema de eliminación que colocó el juego de cuartos de final en Monterrey y no en el Distrito Federal, donde la altura y la afición hubiesen destruido las pretensiones teutonas. Culpables y mala suerte: la hipótesis perpetuamente corroborada por nuestro pueblo. Nuestra memoria colectiva.

Ojalá celebremos el pase a cuartos de final este domingo; pero si no sucede, ojalá la historia por fin vea a nuestro pueblo asumir con objetividad el resultado. Que no tengamos que reducir la tristeza a un villano, ni la alegría a un milagro. Que no volvamos a usar la memoria colectiva como un archivo de excusas donde se justifique y manipule, una y mil veces, la falta de suerte, habilidad o éxito de nuestro pueblo en el fútbol y en cualquier otro campo de la vida. Porque quizá madurar también sea eso: aprender a recordar sin deformarlo todo; aprender a perder sin inventar culpables; aprender a ganar sin atribuirlo únicamente a la magia; y, sobre todo, aprender a contarle a los que vienen no sólo lo que nos pasó, sino lo que por fin fuimos capaces de entender.

Voy y vengo

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