julio 14, 2026, Puebla, México

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¡Maldito vicio! / Serafín Vázquez

             Para Alfredo Osorio y Consuelo Olvera

No cabe uno más en esta casa y no creo que a ellos les guste ser llevados a un asilo.

Acá, cuando no están apretadísimos, se encuentran en doble fila, los de atrás apenas asomándose. O apilados como si fueran tortillas o viles monedas en la marimba de un autobús.

Sé que estarían mejor: buen trato, temperatura óptima: ni frío ni calor, cero hacinamiento, higiene, limpieza, curación.

Y sobre todo, orden. Acá es un verdadero caos, no importa ni su género ni su nombre. Conmigo viven, como diría Mario Vargas Llosa, en una orgía perpetua. Uno encima de otro, a veces cara a cara, a veces no.

En un asilo -si es público mejor- sé que no los dejarían deteriorarse ni que se les acumulará polvo u hongos. O que el sol los tornase débiles y quebradizos.

Me he hecho viejo y los he abandonado.

En el asilo estarían por orden alfabético y por género, sin importar el tamaño y con su debida acta de nacimiento: la Dewey o la LCC.

Claro que, ya organizados, Acapulco (Ricardo Garibay) extrañaría Mazatlán (Isla de Lobos) de David Martín del Campo. Razón, locura y sociedad (Basaglia) a Los siete locos, de Roberto Arlt; Las tribulaciones del estudiante Torless -de R. Musil- a La madre de Máximo Gorki. Las cuitas de Werther a Oración por Marilyn Monroe. Su amor ya no era Carlota, sino la Monroe.

Fahrenheit 451, de Bradbury, ya había hecho migas con Gracias por el fuego, del uruguayo Benedetti.

Bueno, Pequeño Larousse -adquirido en 1972- aprendió a hablar con Chambers English Dictionary que llegó en 1998.

Ellos podrían permanecer si ya ninguno más entrara aquí, pero este maldito vicio no logro controlarlo.

No duro limpio mucho tiempo. Resisto, pero luego vuelvo a leer.

Y no hace mucho, un amigo tuvo que mudarse de casa y de ciudad y tuvo que mandar a un asilo a muchos de sus habitantes. El motivo: no cabían en la mudanza. Pero antes me llamó para ir a escoger algunos.

Me sorprendió que leyera mucha poesía, pues es físico y apasionado de las ciencias exactas.

Señaló varias pilas y dijo: escoja usted los que quiera.

De inmediato fui apartando los de literatura: El peatón es asunto de la lluvia, de Vicente Quirarte. Sí, ese que escribió Razones del samurái:

¿Padre, hubieras querido que tu primer hijo

diera la mala nueva de que ya éramos menos?

En tus treinta minutos de agonía,

con el pie en el estribo de otro tren,

¿te acordaste de sus primeros pasos

cuando al pie de las sillas de montar

posaba como un pequeño Buda,

grave y solemne como los niños tristes?

Trae una dedicatoria escrita con tinta azul: «Don Vicente, es usted un poeta fuera de serie y la fecha del día que lo adquirió.»

Luego fui apartando otros: Híkuri -editado por la UAP-, José Revueltas Obra cinematográfica, La Habana para un infante difunto -de Cabrera Infante… bueno, traje a casa decenas.

Y ayer, sin ir más lejos, adquirí dos más: Ceniza en la boca -de Brenda Navarro- y Tea Rooms Mujeres Obreras -de Luisa Carnés.

Del primero me animó que lo van a hacer película y prefiero primero leerlo y luego ver cómo lo destrozan. Y del segundo, pues tocó a la puerta.

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