A las cuatro mujeres: Nayeli Salvatori Bojalil y Grace Palomares, -diputadas locales de Puebla-, Nadia de la Rosa e Hilda Salvatori Bojalil, que, desde un micrófono, eligieron la burla sobre la reflexión. Con la esperanza de que algún día descubran que la Honestidad Intelectual comienza al preguntarse: “¿Quién quiero ser?”, y continúa cuando somos capaces de reconocer nuestros propios prejuicios antes de convertirlos en espectáculo.
La honestidad intelectual es un músculo que se ejercita en la más aguda, íntima y personal de las soledades. Nace en un punto cero, donde ninguna certeza está garantizada, y jamás se conquista de una vez y para siempre. Es una práctica constante de revisión, un acto cotidiano de valentía.
La honestidad intelectual no puede comprarse, ni siquiera pagándola muy cara. Tampoco es una virtud espontánea. No pertenece al “YO” que Sigmund Freud describió como el mediador entre los impulsos y la realidad. Se acerca más al “Sí-mismo (Self)” de Carl Jung: la totalidad psíquica que integra lo consciente y lo inconsciente, donde habitan conocimientos, deseos, emociones y capacidades que todavía no reconocemos ni identificamos como propios.
La honestidad intelectual comienza cuando descubro que mis ojos están cubiertos por una membrana blanquecina que empaña mi mirada, que, al intentar desprenderme de ella, -como quien frota sus ojos para volver a ver con nitidez-, descubro que no sólo cambia mi visión: también se resquebraja la piel escamosa y sombría que recubre mi identidad. Entonces mudo, como la serpiente que abandona su antigua piel, para renovar mi interior y aprender una nueva manera de estar en el mundo.
Esa mirada cristalina revela mi “Viejo Yo” con el que me identifico y al que me había acostumbrado por mis apegos, mis pretensiones, mis intereses, mis fantasías, mis prejuicios, mis renuncias, mis sacrificios y también las historias que me cuento para justificarme.
La honestidad intelectual consiste precisamente en someter mis creencias, mis afectos, mis hostilidades y mis resentimientos al examen permanente de mi propia autenticidad, misma con la que vivo la verdad más profunda de mi ser y busco la coherencia entre lo que pienso, lo que siento, lo que hago y aquello que verdaderamente deseo llegar a ser.
Las preguntas decisivas para lograr honestidad intelectual son siempre las mismas:
“¿Qué quiero hacer?”
“¿Quién quiero ser?”
La autenticidad, como la honestidad intelectual, tampoco se alcanza de una vez y para siempre. Se construye cada día, en cada decisión, en cada renuncia, en cada acto de congruencia. Es un camino que sólo existe mientras se camina.
La honestidad intelectual no consiste en tener razón, sino en estar dispuesto a perder la consonancia que construí alrededor de mis certezas, para construir una nueva identidad.