Reseña escrita por Verónica Pérez Papalotzi, en relación al nuevo libro de uno de nuestros colaboradores: Moisés Ramos Rodríguez y su nuevo libro ¡A sotavento!
¡A Sotavento! llegó a mí como un oleaje de mar, sus palabras se deslizaron suavemente ante mis pupilas, resguardándolas casi en secreto, porque temían que el viento mismo quisiera arrebatarlas.
En ¡A sotavento!, el mar funciona como el gran símbolo que articula todas las composiciones, el autor lo explora como figura central, como un ser vivo, cambiante y con capacidad de actuar. No es un simple paisaje, sino un personaje con presencia constante en todo el libro como temática dominante, como símbolo de la vida, de la memoria, del origen, del destino, de la contemplación y la transformación, sugiriendo un diálogo con lo sagrado, con la cosmovisión y la memoria ancestral.
En los versos libres que navegan en medio de las páginas de este libro, sentimos la sal del mar, la arena, el viaje marítimo, las embarcaciones, los náufragos como metáfora del poeta, poetas como seres a la deriva en un mundo con caos, pero que mantiene una conexión íntima con la realidad y la naturaleza, donde abundan los bosques, pedregales, vegetación, agua y cacalotas, creando un vínculo literario con la naturaleza, es decir, los poetas no se apagan, se transforman en su entorno, entre bosques y arbustos enanos.
En otro momento, Moisés Ramos Rodríguez nos presenta al “jaguar negro”, nos permite un encuentro íntimo entre el ser humano y la naturaleza salvaje, personificado en la pequeña jaguar. Los sentidos como el oído, el tacto y el olfato aparecen en los versos, de “Ek Balam II”: “su áspera lengua”, “atmósfera húmeda de lianas”, “agudas orejas / todo lo escucha”, “insectos perforando la atmósfera”, “la buscará con su olfato”, “ella y yo seguiremos aquí mirándonos.”
La épica se asoma a sotavento en la voz poética de un conquistador o militar romano, con poder absoluto, con capacidad de someter reinos, retratado en monedas y temido por ejércitos. El yo poético tiene todo a su alcance: “Cualquier deseo/ por mínimo o extraordinario que sea / me será satisfecho sin dilación”, “El retratado en las monedas”. Puede someter a los galos, gobernar provincias, disponer de esclavos o tirar tesoros en el mar por puro capricho, pero también posee una derrota interna, a pesar de ser un invicto conquistador, lleva tres años tratando de vencerse a si mismo y olvidar, superar el recuerdo de Elvia Flavia, fracasando rotundamente: “Mas he aquí que soy mi propio enemigo / que no puedo sujetarme:/tres años / tres longevos años lo intenté / Elvia Flavia”.
Elvia Flavia, nombre de la amada, pareciera un mantra o un estribillo doliente que se repite a lo largo del poema, interrumpiendo el discurso épico como un recordatorio persistente de su derrota emocional. La obsesión del número tres insiste en el lapso del tormento: “tres años”, “Tres longevos años”, “tres incandescentes estíos”, “tres sofocantes veranos”, “tres alongados años”, para un hombre acostumbrado a ganar batallas, es mucho tiempo.
“Sólo para volcarlos en la mar”, es un poema sobre la debilidad del invencible, no importa cuántos ejércitos comandes, ni cuan lejano marches a luchar; las heridas del alma no se curan con espadas, ni hay fronteras o desiertos donde esconderse de uno mismo.
En una forma lirico-narrativa, la masculinidad, la retención del dolor y la sanación, se hacen presentes en “Quisiera ser mi padre”, poema en el que se evoca la muerte de Juan y la contención del dolor paterno en contraste del dolor visible que vive la madre ante esta pérdida. La voz poética reflexiona sobre la incapacidad de su padre para llorar la muerte de su primogénito. Décadas después, el poeta se sitúa frente al mar frío de enero: “y antes de entrar/en la fría agua de enero / el mar me corre ya por las mejillas”. Asumiendo una metamorfosis psicológica: “Entonces imagino que soy mi padre/y que me permito/llorar la muerte de mi hijo”. Y viene la liberación y el cierre catártico, el mar funciona como un camuflaje para el poeta, nadie se extrañará al verlo con los ojos rojos, el rostro mojado, el cuerpo temblando o la carne de gallina; quien lo vea pensará que es por el contacto con el frío y la sal marina: “Y así / yo mi padre / nadie se extrañará de ver el rostro húmedo / los ojos hinchados enrojecidos / el cuerpo / carne de gallina”. El acto culmina con el cumplimiento de esa deuda emocional y la capacidad de continuar: “Y saldré/y respiraré / y habré cumplido con el alma que pugnaba / al borde de los lagrimales / y podré ordenar a voz en cuello: / ”¡A sotavento…!” / para navegar en la dirección del viento.
¡A sotavento…! no es un poemario sobre el mar o la naturaleza, en manos del lector se convierte en una bitácora de la vulnerabilidad humana; en sus páginas, además de explorar el mar, encontramos náufragos que florecen en vegetación, jaguares que nos observan desde la penumbra, conquistadores vencidos por el amor, padres que encuentran sus lágrimas en la inmensidad del océano. Nos recuerda que las verdaderas batallas no se libran con espadas, ni se ganan con imperios. Moisés Ramos Rodríguez nos invita a refugiarnos a sotavento, para sanar la memoria, saldar deudas que tenemos con los que amamos, mirar nuestras propias mareas internas sin temor, dejando que el agua salada nos toque la piel.
Que el viento de la Poesía sea favorable para este libro. Los invito a adentrarse en sus versos, a dejarse envolver por su oleaje y a navegar siempre ¡A sotavento!
Gracias.
(Ramos Rodríguez, Moisés, ¡A Sotavento!, Casa de Hidra Editores, Puebla, México, 2026)
