agosto 19, 2026, Puebla, México

agosto 19, 2026, Puebla, México

Pero, ¿y los baches? / Armando Pliego Ishikawa

La vara para evaluar a los ayuntamientos ha terminado tan baja que está casi al nivel del pavimento: por los suelos.

Me cagan los baches. He caído en ellos usando transporte público, auto, bici y caminando. He ponchado mi llanta de la bici por caer en uno. He vivido los problemas de los que todos los días cientos de poblanos y poblanas nos quejamos. Pero me caga todavía más la manera en que los baches han colonizado la conversación pública. Basta proponer cualquier mejora de la infraestructura pública para que alguien responda: “¿Pero y los baches?” “¿Cuándo van a tapar los baches?”. La discusión pública parece enmarcarse en ese límite. 

La Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU) del INEGI confirma cada trimestre esta obsesión. En la ENSU de junio de 2026, el 83.4 por ciento de la población adulta en México identificó los baches en calles y avenidas entre los principales problemas de su ciudad. Aparecieron por encima de la seguridad pública, del suministro de agua, de la oferta de transporte público o de cualquier problema ambiental relacionado con la infraestructura verde. Es curioso porque en realidad sólo es una minoría la que usa auto. 

El resultado se repite en prácticamente todos los municipios urbanos del país. No importa en qué municipio del país estemos, la mayoría de veces alguien va a decir que es en su ciudad donde hay más baches o donde las calles están peor. Incluso hay quienes lo presumen con cierto orgullo, como si ganar esa competencia imaginaria acreditara una forma especial de abandono que nos hace sentir parte de alguna singularidad.

Conviene entender qué registra la ENSU. La encuesta recoge la percepción de las personas y la presencia cotidiana de distintos problemas. Los baches cuentan con enormes ventajas dentro de esa competencia por nuestra atención: están a la vista, aparecen durante todos los trayectos, y diariamente en cualquier programa de TV o radio y permiten culpar inmediatamente al gobierno municipal en turno. Son un problema concreto, fotografiable y fácil de convertir en meme.

Otros problemas urbanos exigen explicaciones más largas. La debilidad institucional, la desigualdad territorial, la baja recaudación, el crecimiento disperso de la mancha urbana, el abandono del transporte público o el deterioro del Estado de derecho rara vez caben en una fotografía. Sus causas y efectos pueden ser mucho más profundos, aunque resulten menos visibles durante el recorrido diario.

La discusión pública crea así un círculo. Los medios hablan de los baches, los ciudadanos también, las autoridades dedican sus mensajes a los baches y las campañas electorales prometen acabar con los baches. La evaluación del desempeño de los gobiernos se centra en los baches. Después, cuando una encuesta pregunta por los problemas de la ciudad, pensamos inmediatamente en los baches. El resultado vuelve a justificar que gobiernos, medios, partidos y ciudadanos sigan (sigamos) hablando de ellos.

La vara para evaluar a los ayuntamientos ha terminado tan baja que está casi al nivel del pavimento: por los suelos. Los alcaldes y gobernadores anuncian jornadas, brigadas y programas de bacheo; publican fotografías de trabajadores arrojando mezcla asfáltica y compiten por el mayor número de hoyos tapados. La unidad de medida del buen gobierno parece haberse convertido en un agujero rellenado.

El deterioro de los pavimentos afecta la seguridad, la accesibilidad, el transporte público y la economía familiar. En algunas colonias alcanza condiciones críticas. Su atención forma parte de las obligaciones elementales de cualquier ayuntamiento. Pero es necesario cuestionar su prelación y preguntarnos qué lugar debe ocupar dentro del conjunto de necesidades de una ciudad y cuánto dinero existe realmente para atenderlo.

Pongámosle números. Puebla tiene unas 50 mil calles: 10 mil sin pavimento y 40 mil con baches. Con dimensiones promedio y costos paramétricos de la SICT, pavimentarlas o reconstruirlas costaría alrededor de 53 mil millones de pesos. Este no es un presupuesto tanto como una estimación de servilleta, pero deja clara la escala: arreglar “todas las calles” no es un pendiente menor, pero frente a esa realidad no entiendo cómo Pepe Chedraui se atrevió a decir en campaña que buscaría repavimentar toda la ciudad. Supongo que en estos tiempos uno simplemente ya puede decir lo que sea. 

Pavimentar toda la ciudad costaría unas ocho veces el dinero disponible durante un año para seguridad, limpia, alumbrado, parques, infraestructura, nómina y todos los demás servicios municipales. La cifra revela una imposibilidad financiera que ningún programa de emergencia, eslogan ingenioso o fotografía junto a una máquina asfaltadora puede resolver.

Ahí debería comenzar la conversación seria. Puebla necesita fortalecer sus finanzas municipales y sus mecanismos de participación. Hay muchas formas, empezando por cobrar mejor el predial y estableciendo mecanismos de contraloría ciudadana más ambiciosos. En marzo de 2026, la Tesorería municipal dio a conocer que alrededor de cuatro de cada diez poblanos no paga el predial, mientras exigimos calles impecables. Entiendo que muchos no quieren pagar ante la falta de resultados, pero la falta de recursos también imposibilita que los resultados ocurran.

Cobrar mejor exige actualizar el catastro, facilitar los pagos, perseguir adeudos importantes, reducir privilegios y diseñar apoyos para reducir brechas sin castigar a quien menos tiene. También requiere transparencia y participación: cada contribuyente debe saber cuánto se recauda, en qué se utiliza y qué nivel de servicios puede financiarse con esos recursos. El predial representa una de las pocas fuentes propias con las que los ayuntamientos cuentan.

Mi impopular opinión es que tapar baches no debería encabezar las prioridades de ningún gobierno municipal. La prioridad para Puebla debería ser construir la capacidad financiera y la institucionalidad democrática que permita mantener las calles, la red de agua, los parques, el alumbrado, la policía y el espacio público a lo largo del tiempo. Una ciudad solvente y con participación ciudadana institucionalizada puede reparar sus pavimentos de manera permanente. Una ciudad financieramente débil y paternalista seguirá contando hoyos y organizando bachetones cada temporada de lluvias.

Que los baches encabecen nuestra conversación dice mucho sobre lo poco que esperamos de los gobiernos locales. Hemos reducido la idea del buen gobierno a tapar muchos baches y lamentablemente es probable que volvamos a votar a quien prometa taparlos todos aunque nunca digan de dónde piensan sacar el dinero. Mientras tanto, la desigualdad, la inseguridad, la movilidad, el acceso al agua y la debilidad de las instituciones siguen en el fondo de los temas a discutir con seriedad.

La próxima vez que nos digan en campaña que los van a tapar todos, convendría preguntar: ¿con qué dinero pensamos pagarlo? Resolver el deterioro de las calles requiere recursos financieros, capacidad técnica, planeación y continuidad. Seguir gritando “los baches” únicamente garantiza que la discusión pública permanezca atrapada dentro de uno.

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