octubre 7, 2026, Puebla, México

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Algo sobre las lluvias de octubre de 1999 en Zacapaoxtla / Alberto Becerril Cipriano

Martes 05/10/1999. Alberto Becerril Cipriano. Zacapoaxtla, Puebla. Los comentarios deambulan hoy de boca en boca: Que San Panchito se ha puesto muy chillón junto con San Miguelito; que en Zacapoaxtla y en toda la sierra norte sigue lloviendo como nunca se había visto; que en Cuetzalan, desde la fiesta de San Miguel, el 29 de septiembre pasado, ha estado todo muy aguado. La mayoría de la gente no sale de sus casas, salvo en casos de necesidad. La lluvia es intensa de día y de noche. La feria de Cuetzalan, que empezó desde el viernes primero de octubre, fracasó al suceder un apagón de la energía eléctrica. Los músicos y turistas permanecen varados, ya que no hay manera de salir. Aquí en Zacapoaxtla se sabe que los caminos de la sierra se han derrumbado.

En el área de la Colonia Los Cristales, en el punto conocido como “La Cabaña”, cercano al Taller de hojalatería El Cristal, las familias trabajan con un ojo al gato y otro al garabato, que en este caso es el cerro de arena que se encuentra al frente y que ha estado sufriendo deslaves y pequeños derrumbes. El temor aumenta en la medida en que el cerro, que comúnmente filtra sin dificultad el agua de la lluvia, ahora deja ver escurrideros que abren ranuras en la arena, cortan los bordos y se desprenden porciones que se convierten en lodo y se desplazan a la calle Los Pinos dificultando el paso de los peatones.

Las miradas de los vecinos de la calle Talikan se fijan en los árboles de ilite, aguacate y ocote que han crecido en lo alto del cerro y que empiezan a inclinarse mientras sus raíces se van desnudando de Tierra y arañan el aire mojado. El arroyo, que nace unos dos kilómetros arriba en pequeños manantiales, pero que se alimenta de otros doce o quince, que descienden de los cerros que rodean la cuenca, incluyendo las calles pavimentadas, ha crecido aumentando su caudal e inundando las partes bajas, acercándose a bañar a los muros de las casas cercanas, metiéndose a las milpas en elote que se empiezan a tender en el suelo por la acción de la lluvia, el aire y la corriente.

Son las cuatro de la tarde. Las mujeres exprimen la ropa y la colocan en tendederos provisionales dentro de sus casas o en los pasillos y preparan los alimentos. Los hombres se quitan sus impermeables improvisados con pedazos de plástico. Han tratado de cubrir ventanas y evitar goteras aún de los techos de concreto, escombrar el cauce de los arroyos cercanos a sus casas para que el agua no invada patios y banquetas

La familia de don Juan González, la de sus hijos José Luis, Juan y Jorge han terminado de comer y descansan un rato. Juan y Vicky, en su casa recién construida junto al puente de la calle Talican y junto al arroyo que ahora parece un río, habitada en obra negra, como le llaman cuando las paredes no han sido revocadas o aplanadas.

La señora Ocotlán permanece en su cocina con sus pequeños hijos Gabriela y David, su suegro don Juan, junto con su esposa Victoria, en su cocina con su hijo José Luis, su nuera Rosy y su nieto Daniel. Una docena de hombres vecinos tratan de escombrar la calle Los Pinos con sus palas bajo la lluvia, para que pueda pasar la combi; el cerro sigue dejando caer pequeños montones de tierra y arena que se convierten en lodo al llegar al pie, junto a la calle. Deciden en algún momento dejar el trabajo ya que la lluvia no cesa. Sólo don Emilio Ramiro se queda junto a la cabaña, como se le llama a la tiendita de don Teodoro Ortigosa, y pide un machete o un serrucho prestado para poder cortar la raíz de un árbol que impide el paso a los peatones.

Alfonso, el menor de la familia González y su hermano Rodolfo, no han ido a comer y están en el taller, que es una galera cubierta por lámina de cartón sostenida por alfajillas y vigas de ocote pintadas con aceite quemado a manera de impermeabilizante y todo el armazón montado en unas 8 columnas de concreto y varilla debidamente cimentadas en la arena. En la orilla del taller que da al río, bordeada de plantas y flores, se encuentran unos cinco o seis vehículos en espera de ser hojalateados y repintados, y algunos de ellos están en proceso, faltándoles algunos detalles. En el interior del taller hay varios carros más y del lado de la calle Talican, otros. Algunos recién llegados, otros casi olvidados por sus dueños y, por lo mismo, arrinconados y empolvados. Rodolfo ha entrado al cuarto de herramientas que está en uno de los extremos del taller y Alfonso busca alguna herramienta para guardarla y poder ir a descansar.

Don Elías Carmona, vecino cuya vivienda de tablas y costeras de ocote se encuentra en la ladera en la parte de abajo de la calle Los Pinos, desde la noche anterior ha sacado con dificultad a su familia, ya que el lodo y el agua empezaron a entrar a su casa a pesar de un gran muro que sostiene el bordo a sus espaldas. Ahora, cubierto con su pedazo de nylon, parado cerca de los grandes pinos, contempla el correr del río, el ruido de las ramas y objetos que acarrea. El graznido de los gansos de don Miguel Salazar, que nadan en el agua turbia y el escurrir insistente del lodo y la espuma chirriante en la cara del cerro, que cada vez pierde más arbustos, hierba, capas de tierra…

Un estruendo sacude el cerro de arena y hace que todos interrumpan sus pláticas o quehaceres, traten de asomarse para ver qué pasa. En seguida se escucha el impacto ensordecedor de una mole de lodo, tierra, arena y agua que cae estrepitosamente en la calle Los Pinos, pero no se detiene sino que rebota con una elasticidad admirable y cae sobre la corriente del río levantando una ola que vuela sobre el techo de la galera del taller y baña las casas ubicadas al otro lado de la calle Talican, la masa de tierra y lodo no se detiene en el cauce del río, sino que por la inercia continúa su marcha subiendo al bordo contrario, arrasa la cerca de palos, plantas y flores, empuja los carros dispersos a lo largo del taller de unos 25 metros, arremete también contra el cuarto de herramientas, se impacta y rompe los muros de la casa de Juan y de Jorge González, que se llenan de lodo, agua y arena; el lodo avanza, levanta toda la estructura del taller como un recogedor a un montón de basura, alcanza una altura de dos metros y medio sobre el pavimento de la calle Talican, entre el crujido de láminas y vigas y el estruendo de los carros en reparación que, dando volteretas en el aire van a impactarse a los muros de las casas, estrellándolos y metiendo cantidades espantosas de agua y lodo a los patios y zaguanes.

Rodolfo González está en el cuarto de las herramientas. Al oír el estruendo, se levanta y trata de salir pero sólo da dos o tres pasos cuando una sombra negra lo envuelve y lo alcanza el derrumbe, atrapándolo entre los fierros y madera, lodo y basura. Tendrán que pasar largos y dolorosos segundos, quizá minutos, para que sus hermanos, amigos y su papá, logren sacarlo con dificultad de entre el lodo, con las rodillas luxadas y las costillas rotas, aunque esto se sabrá más tarde, pues en el momento se pensaban cosas peores. Su hermano Alfonso emerge de entre el agua y los escombros pero sus pantalones están atorados. Sólo más tarde se le cortan con un machete para liberarlo en lo que esperan un vehículo para trasladarlos a la clínica del seguro social, en el centro de la ciudad de Zacapoaxtla. Los minutos y el dolor se hacen eternos así como la molestia de estar acostados sobre una tabla como camilla con las ropas totalmente impregnadas de lodo y arena.

 Juan y Virginia están en su casa, cuyas ventanas cubiertas por una malla de alambre y plástico dan vista al arroyo. Sentado sobre su cama, Juan oye el estruendo que se origina frente a su casa a unos noventa metro arriba, con el índice de su mano derecha recorre la cortina de su ventana y en ese momento todo se oscurece. La mole de agua y lodo golpea los muros de su casa y su ventana, los muros se impactan hacia dentro de la casa que se llena de lodo, quedando sepultados todos sus muebles, trapos, trastos, libros, documentos de la escuela donde trabajan… Juan es lanzado al techo de la casa golpeándose la cabeza y la boca junto con su esposa Vicky. Salen con dificultad entre los escombros y el lodo. Durante varios días le fluirá líquido por la nariz sobre todo cuando se inclina.

Jorge González ha salido hacia el centro dando vuelta por la carretera de San Francisco Zacapexpan. Ocotlán, su esposa, viendo la intensa lluvia de varios días, con una idea muy firme de Dios y su providencia, se apresura a encender un cirio y lo coloca en una pequeña repisa, preparándose para hacer una oración. Cuando oye el estruendo, busca con la mirada a sus hijos David, de cuatro años y Gabriela, de nueve, pero en ese mismo momento cae la gran masa. Los muros votan hacia adentro junto con agua turbia y fría y mucho lodo. Uno de los automóviles, al ser arrastrado por el lodo se impacta contra una de las paredes derribando los blocks o adobes y doblándose, quedando sus extremos apuntando hacia adentro al chocar por la parte central de su costado contra uno de los castillos o columnas de concreto. Lueogo ese auto sirve de contensión al lodo y material que se sigue acercando. Ocotlán y sus hijos quedan materialmente bañados. Como puede, arañando las paredes, saca a sus hijos hacia la azotea por la escalera y luego serán bajados desde la calle.

En la tienda de don Teodoro está don Daniel, su yerno, el de la combi, con otras personas tratando de sacar algo de mercancía, ya que el lodo poco a poco invade la calle, la banqueta, las paredes. Cuando se desprende el bordo, una parte derriba los muros de la cocinilla de La Cabaña y don Daniel queda cubierto de lodo hasta la cintura. Sus amigos lograron sacarlo apresurados. Alguien de ellos vio pasar por la ventana con el alud unas manos: eran las de don Emilio Ramiro, que estaba afuera y que inexplicablemente pasó parado, con el lodo hasta la cintura, agitando las manos. Con el lodo rebotó en la cara del arroyo y fue a dar entre las vigas y carros del taller al otro lado del arroyo. Nadie se explica cómo fue que no murió y dicen que eso es un milagro ni más ni menos, y un aviso para todos a la reflexión. Algunos minutos después los vecinos logran sacarlo y dicen que él mismo se apoyó sobre sus rodillas y codos para subir a una camilla o tabla para ser llevado a la clínica. A los tres días, después de un buen tratamiento, con varios puntos en la cara y con muletas, fue dado de alta y anda muy optimista. La casa de don Elías Carmona fue arrastrada literalmente por la montaña de arena y lodo.

La mayoría de los vecinos, al ver lo ocurrido y que nadie se imaginaba, deciden dejar sus casas y buscar lugares más seguros con algún vecino o irse a los albergues instalados en la ciudad, pues desde el día anterior las autoridades vocearon en vehículos así como por la repetidora local de televisión, y en forma personal, los policías pasaron a revisar las casas, sus alrededores, y advirtieron a los habitantes que en caso de inundación o deslaves no dudaran en trasladarse a los albergues. En los casos donde vieron que estaban en inminente riesgo, invitaron a la gente a evacuar. Y es que lo normal era ver que en días de lluvia el bordo se derrumbara, pero las porciones sólo caían en su base, arriba del camino y cuando más se tapaba el pavimento con un poco de lodo, que se removía al día siguiente con pico y pala. Así que bajo la lluvia, chicos y grandes cargan sus cobijas, lámpara sorda, algunos documentos importantes.

Algunos disfrutando de la lluvia, metiéndose entre las corrientes de agua, otros, con una lágrima reprimida tratando de adivinar qué sigue, preguntándose cómo amanecerán las casas y las personas el día de mañana. De pronto, gritos de algunos hombres invitando a la gente a apresurarse para salir, porque el cerro puede volver a derrumbarse. La gente empieza a moverse más rápido, a correr para llevarse lo más posible, las cosas de primera necesidad. Vuelve a tronar el cerro y todos corremos imaginando que volverá a invadir esta parte, pero por fortuna no pasa más, sólo se llena de lodo una casa en construcción cerca del bordo. Su zaguán nuevo es abierto de golpe y el lodo no pide permiso para instalarse en todas las habitaciones recién blanqueadas.

Miércoles 6 de octubre.- Amanece y la gente con temor y sigilo se asoma por las puertas o ventanas para ver si no ha pasado algo más. Lo cierto es que la lluvia sigue, aunque no tan fuerte como el lunes y martes. Mientras, la gente no durmió, un poco por la preocupación y en parte porque en algunas casas, sobre todo las que tienen bordo en su parte trasera, el agua empezó a filtrar los cimientos y a invadir las habitaciones, por lo que hubo que escombrar y encaminar el agua con escobas para su salida por las puertas. Con la huida de ayer, algunos vecinos dejaron sus tanques de gas y algunos otros enseres en los portales ajenos y, afortunadamente, ahí amanecieron. No se puede salir; los caminos están bloqueados. Algún arriesgado trepa y pasa gateando entre clavos, cables, varillas y ramas, por las vigas rotas y láminas de cartón maltrechas de lo que fue el taller de hojalatería, que junto con varios carros chatarra amontonados sobre un montículo de arena de dos metros de alto, cubre la calle.

Viernes 8 de octubre.- Ayer jueves, la lluvia fue intermitente. lo cual permitió a la gente sacar algunas de sus cosas y llevarlas a lugares seguros, pensando que la situación pudiera empeorar en cualquier momento. Hoy, los vecinos de la calle Talikan, se reúnen para la faena, ya que hay que reparar la red de agua entubada que ha sido dañada por varios derrumbes, esta red se alimenta con el agua del manantial Zitlalcuautla o “Cerro de las estrellas” (en lengua náhuatl) situado en lo alto del cerro del mismo nombre, pero que se le conoce más por su adaptación al español: los cristales, que según, suena de más categoría. Desde el manantial sale un acueducto conocido como “El caño”, en el que el agua viaja a través de una teja oculta en la mampostería, de más de 100 años de edad, por lo que había caído en desuso; pero desde hace unos 15 años se ha refuncionalizado, dado el crecimiento de la población en el área y desde unos doce, se ha venido manteniendo en forma comunitaria. Este manantial y el canal de distribución, abastece a la Escuela Preparatoria o Bachillerato José Ignacio Morales Cruz, de Zacapoaxtla. Se matrícula es mayor de 700 alumnos. Hasta hace poco abastecía a la Escuela Telesecundaria “Benito Juárez”, que tiene más de 250 alumnos. Los demás beneficiarios de esta red suman más de 125 familias, es decir, mucho más de mil gentes. Desde hace varios años, esta red ha sido codiciada por las autoridades municipales, empecinadas en la política estatal de incorporar todas las aguas al Sistema Operativo de Agua Potable y Alcantarillado del Municipio de Zacapoaxtla (SOAPAMZ), lo que quiere decir, ni más ni menos, agandallarse a lo charro lo que la gente ha construido con sus propios recursos, y luego, instalar medidores en las casas y cobrar por el servicio con efectos retroactivos a seis, ocho o diez años, según los archivos del Ayuntamiento, o como se deje el cliente, pero la gente de esta demarcación dice que esos tiempos ya se pasaron y se preparan para defender su red de agua. Pues bien, esta red fue dañada considerablemente por las lluvias, los derrumbes, los deslaves,,, y la gente fue a ver cómo arreglarla, fueron los albañiles, los cargadores, los maestros, los niños. Y con el trabajo de todos, el agua volvió a llegar a las casas el sábado 9 de octubre a mediodía.

Pero el viernes por la tarde, después de arreglar el caño con tubos nuevos, orquetas, alambres, abrazaderas, cámaras de bicicleta, etcétera, había que revisar la caja de agua que está cerca de la Prepa y mira hacia la ciudad de Zacapoaxtla, cuyas orillas arenosas lucen heridas, deslavadas, con sus casas colgadas y a punto de desprenderse de sus compañeras que están más firmes en el lomo de la colina. La caja de agua tenía en su puerta metálica un candado distinto al que se colocó hace algunos meses de manera conjunta, en acuerdo entre la autoridad municipal y el Comité Autónomo de la Red de Agua Zitlalcuautla – Titixco – Rosales – Cristales, lo cual provocó airados comentarios de enojo y protesta por parte del Comité, de manera que no pudiendo evitarlo y dada la necesidad de supervisar la caja, se las arreglaron para abrir aquellos candados de “alta seguridad”.

Arreglados los detalles de la caja, el grupo se trasladó al andador de la Prepa,  donde la corriente lavó la cuneta y rompió un tubo, por el que escapaba un fuerte chorro de agua. Cerraron la llave de paso allá arriba en la caja de agua y el grupo se dispuso a trabajar para arreglar aquellos daños, y un poco más tarde llegaron don Alonso Ordóñez y don Juan Alfaro, autoridades de SOAPAMZ. Sin saludar, don Alonso le espetó a don Juan González, Presidente del Comité, que por ningún motivo podía seguir trabajando y que le “suplicaba” respetuosamente, pero con las manos en la cintura, “que no metiera más las manos en la red porque el sistema operativo se iba a hacer cargo inmediatamente” y le ordenó que se retirara. Entretatnto, don Juan permanecía agachado escarbando, en silencio, y cuando se levantó, fue para encararse con él, diciéndole: “Están re  buenos los pinches candados que pusiste en la caja”. Don Alonso, sorprendido, no contestó, pero luego insistió en que don Juan y su gente se retiraran porque era una decisión de la autoridad.

“Bonita clase de autoridad eres. ¡Qué bien cumples tu palabra! ¿No quedamos en la Presidencia que este asunto lo estamos negociando, y que mientras, se respetarían esos acuerdos? ¿No quedamos que los candados que pusimos juntos sólo juntos podíamos abrirlos? ¡Qué poco valemos nosotros como gentes! Por eso te valió madres y fuiste a cambiar los candados, por tus puros pantalones, ¿verdad? Te sientes mucha autoridad porque el Gobernador es tu concuño, pero con nosotros vas a aprender a respetarnos…

Esas palabras fueron subiendo de tono hasta llegar a las mentadas de madre y el intento de golpes, pero el grupo logró persuadir a don Juan de que se tranquilizara, que recordara que al derrumbarse el taller, dos de sus hijos habían sido lesionados y que estaban en el hospital, que no se fuera a comprometer más. Y les pidieron a las autoridades que se fueran.

El grupo de “faineros” continuó su labor con éxito pero una media hora más tarde fueron llegando otras autoridades, Regresó don Juan Alfaro, pero no don Alonso Ordóñez. Vino, además, el presidente municipal Gildado Castañeda, el secretario Miguel Ángel Gómez y el Diputado Gonzalo Lobato y hablaron, escucharon por enésima vez la historia de las fricciones entre el Comité y la autoridad desde hace décadas, el señor Diputado se enteró de descalificaciones que las autoridades hacen de la gente y conocieron su postura y razones. Finalmente, el presidente le hizo preguntas directas al representante del SOAPAMZ: Que si él conocía la red de agua en cuestión. Pos que no, Señor. Que si en algo afecta a la autoridad el hecho de que el grupo repare la tubería. Pos que no, Señor, en nada. Que si con los desastres de la lluvia, el ayuntamiento y el Sistema Operativo están en condiciones técnicas y económicas para arreglar inmediatamente la tubería. Pos que no, Señor, no tenemos ni dinero ni tiempo porque hay mucho trabajo… Entonces, ¿a qué hemos venido, Señor?, le pregunta quedito y se retiran con la promesa de que en cuanto pase la contingencia, se reunirán para seguir hablando y arreglar de buen modo este asunto.

Al escribir este relato ha pasado más de un mes de aquel desaguisado- Los vecinos de Los Rosales tienen agua desde el sábado 9 de octubre. Es 9 de noviembre y en la ciudad de Zacapoaxtla, el SOAPAMZ no ha podido restablecer el servicio de agua potable, así que las señoras se arrebatan las cubetas y se cachetean por ganar el chorro de la pipa que trae agua de algún manantial cercano para la Heróica Zacapoaxtla.

Lunes. 11/10/1999. Amanece lloviendo en Zacapoaxtla. Ya se sabe que los alrededores han sufrido fuertes deslaves, que algunas casas han desaparecido, que en el río Texpilco el agua se llevó casas, animales, dos policías de tránsito, un joven de la comunidad de Tatoxca, que ayudaba a escombrar la carretera llena de lodo, algunas personas vieron vieron que en el agua del crecido río flotaban cadáveres de personas, niños, algunos -incluso- vivos; pero que era imposible rescatarlos. Pero eso sí, los números oficiales no mienten, y como aquí nunca pasa nada, se sabe sólo de 9 a 15 muertos en Zacapoaxtla, no más.

La lluvia ya no es tan fuerte pero sí pertinaz. Se sabe que saliendo de Zacapoaxtla, la carretera hacia Cuetzalan está derrumbada en muchos puntos. Empiezan a verse contingentes de serranos provenientes -a pie- de municipios de la parte baja de la sierra: Caxhuacan, Huehuetla, Atlequizayan, Ixtepec. Zapotitlán de Méndez, Olintla, Hueytlalpan, con sus comunidades. En filas de miles de hombres, mujeres, ancianos, jóvenes, niños descalzos y en camisa, tiritando no solo por la fría lluvia, sino porque algunos subieron desde los 450 metros sobre el nivel del mar, como Tuzamapan y Huehuetla, hasta Zacapoaxtla, que está a más de 1850 metros. Todos en busca de alimentos, ya que en la sierra los comerciantes primero vendieron caro lo que tenían, y luego escondieron mercancía y el hambre empezó a enseñorearse de la gente. Pues aunque desde el sábado 9 los helicópteros realizaron algunos vuelos para reconocer la sierra y llevar víveres, las condiciones no les fueron favorables y fracasaron.

Los maestros de la región participan activamente con mucha gente en escombrar caminos, calles, descargar los camiones de ayuda que están llegando; las familis que viven sobre la avenida principal, salen  y ofrecen café, pan, alimenmtos varios para los cansados caminantes; los que trabajan en comunidades de la sierra y conocen a la gente que llega, la asesoran para gestionar los apoyos, aunque muchos tropiezan con bloqueos porque las autoridades del DIF Estatal en Zacapoaxla: en el centro de acopio y distribución exigen como requisito las listas de los solicitantes con la exclusiva firma y sello de la autoridad municipal, cosa que no es fácil, puesto que hay grupos que llegan sin las listas porque no las solicitaron, pues era urgente salir; otros, porque se las negaron por ser gente de partidos de oposición; los partidos gobernantes se olvidaron de sus promesas de gobernar para todos y ahora se desquitan negando el alimento al hambriento. No es raro que hasta aquí lleguen las noticias de que las autoridades municipales medran con el hambre de la gente que nada tiene.

Lunes 18 de octubre.- Ayer domingo por la noche se supo extraoficialmente que el presidente Zedillo visitará hoy Zacapoaxtla, por lo que toda la mañana, algunas gentes miraban con ansiedad a cada uno de los helicópteros que sobrevolaban la ciudad, quizá para descubrir algún indicio que les hiciera suponer que ya venía el presidente. Las autoridades, desde la noche anterior empezaron a cambiar el rostro de la ciudad. Quitaron la basura de las calles, ordenaron la circulación, se desocupó el albergue instalado en la iglesia de Guadalupe y se llevaron a la gente al salón social del Club de Leones. Las mujeres y hombres albergados dejaron de cocinar, sacudir, barrer, tender colchonetas, servir desayunos, comidas o cenas a la gente en sus manos, sentados en el suelo o en sus improvisadas camas. Su lugar y función son ocupados por los soldados, las mujeres del ejército elaboran listas de la gente que entra y sale del lugar; el Club de Leones luce limpio, barrido; las cajas de agua y víveres debidamente estibadas, los soldados cocinan, tienen puestos los cubrebocas azules. Sirven el desayuno caliente en mesas y sillas a la gente, en un área del salón donde un letrero dice “Comedor”, toman fotos y video a la gente comiendo.

Afuera, la espera es larga. El cielo empieza a nublarse y se desvanece la idea de ver la llegada del Primer Mandatario de la nación; las largas -por no decir interminables- hileras de gente provenientes de Olintla, Zapotitlán de Méndez,  Xochitlán de Vicente Suárez, Atlequizayán, Huehuetla y otros pueblos indígenas, todos distantes 8, 10 o 13 horas de caminar entre veredas lodosas, bejucos, derrumbes. Corren hombres y mujeres, niños y niñas a formarse, primero al Auditorio Municipal, que es donde está el centro de acopio del DIF estatal y si bien les va con los requisitos, reciben una despensa. Luego corren a las filas que abundan en los alrededores del parque y calles cercanas, donde los camiones y delegaciones de la sociedad civil y la iniciativa privada, ofrecen ropa y alimentos directamente a la gente; ahí están varios camiones del Sindicato de Telefonistas de México, Grupos de maestros de Teziutlán, Maestros y el Grupo Radiorama de Tehuacán, del Seguro Social de Puebla; sólo así los serranos logran ir llenando sus costales de plástico con botellas de agua, maíz, frijol, ropa… se preparan para salir hacia sus comunidades quienes consideran que llegarán a tiempo y quienes no, deberán quedarse en algún albergue para madrugar mañana. Se nubla cada vez más y el helicóptero presidencial no apareció. Sólo el helicóptero militar vuela varias veces a la sierra. Una unidad móvil de Televisa y Enrique Martínez Rodríguez “El Reportero” se encuentran instalados en una esquina del parque y envían constantemente información a los noticieros. Más tarde llegará una unidad de TV Azteca.

La gente aprovecha cualquier oportunidad para platicar sus desilusiones por la inseguridad y la corrupción después de las intensas lluvias; además de su patrimonio familiar, muchos serranos han sido víctimas de la voracidad de comerciantes y autoridades. Algunos comerciantes dicen que están conscientes de que en estas circunstancias deben vender al menor precio posible los productos a la gente, lo que tenían en existencia se les agotó y lo que están mandando a traer a Zacapoaxtla, llega solo a espaldas de mozos cargadores, por lo que no tienen otra opción que aumentar los precios, pero las amas de casa dicen que les venden el kilo de jitomate a 20 pesos el azúcar a 10 o 12 pesos, el almud de maíz que son 10 litros, a cincuenta pesos. Por esta razón la gente de la comunidad está matando sus marranos, borregos o gallinas y están vendiendo la carne a ocho o diez pesos el kilo, y la ofrecen a cambio de maíz, azúcar o frijol, que son los alimentos básicos. Lo más doloroso es que algunas autoridades municipales como las de Huehuetla, están vendiendo a la gente a diecisiete o a veinte pesos los paquetes de despensa que recibieron gratuitamente de parte del gobierno o de las ong’s.

El riesgo persiste en las comunidades donde algunos deslaves está a punto de ocurrir, sobre todo, si se incrementan las lluvias. En el municipio de Xochitlán de Vicente Suárez, la comunidad de Xaltilpac, que está asentada sobre la ladera de un cerro, está en peligro porque en la parte alta, arriba del pueblo, hay una grieta de unos 400 metros, por lo que la gente está atemorizada, pero no parece haber ninguna opción por parte de la autoridad. Lo sucedido en la población de Tapayula, donde se deslavó el cerro y se llevó la iglesia del lugar, donde estaban refugiadas más de cien personas adultas y más de cuarenta niños.

Triste situación la de los damnificados que, lograda alguna poca de mercancía y emprendiendo esperanzados el retorno a pie, al pasar por los solitarios parajes arriba de Apulco, por los antiguos caminos de herradura, en la desviación de Huahuaxtla, punto conocido como Huitongo, son asaltados por malandros encapuchados que les quitan sus pocos víveres, dejándolos en la desesperación e impotencia, pues con trabajos lelvaban un poco de alimento a sus familias.

Miércoles. 20 de octubre. Llueve intensa y persistentemente. El tianguis principal de la semana en la región luce triste- Los que más venden son los grupos de la sociedad civil, que acaparan grupos de serranas y serranos, grandes y chicos, como los merolicos, con la diferencia de que ellos entregan de buena fe sus apoyos a la gente que en largas filas esperan lo mínimo, y será para ellos lo más importante, sobre todo, ahora que se avista el frío de fin de año.

Jueves. 21 de octubre. El sol aparece. Las nubes viajan muy alto. La gente ha disminuido su presencia en la ciudad. Algunos se desesperan y tienen que regresar a sus comunidades con las manos vacías debido a los bloqueos de tipo político y administrativo, que no les entra por los ojos la expresión de necesidad de la gente que ha recorrido pedregosas veredas abandonadas hace años, cuando entró la carretera a su lugar de origen. Mucha gente había llegado a Zacapoaxtla sin documentación, en grupos familiares, confiando en la buena voluntad de la autoridad; y se truenan los dedos ante la idea de tener que regresar sin nada a su comunidad, donde quedó la esposa o la viuda o el anciano enfermos, con la esperanza de que su enviado regresará con el alimento para dos o tres días, mientras pensamos qué o cómo hacer para comer enseguida. Y ni pensar en caminar todo el día para conseguir la firma del Juez de Paz o  del Presidente Auxiliar, y menos si la autoridad es del partido oficial y la gente  necesitada simpatiza con o milita en algún partido de oposición, y eso que en México, señores, se gobierna para todos.

Ya son las 11:30 de la mañana, el cielo sigue nublado, el sol asoma de vez en cuando tras la densa y alta capa de nubes; aún no hay señas del helicóptero que deberá llevar víveres a las comunidades de la sierra. A las 11:40 el cielo se ha despejado como por arte de magia, las nubes que, según el decir de los que saben, son de hielo, se fueron al sur a toda carrera, dejando aquí la transparencia del azul. Hay poca gente de la sierra en la ciudad de Zacapoaxtla porque el camino a Cuetzalan, una parte importante de la interserrana y otros ramales, como el de Huehuetla y Caxhuacan, van quedando abiertos a la circulación y los transportes de la sociedad civil dejan Zacapoaxtla y van a encontrar a la gente que sube, no baja, como ha estado diciendo el reportero de la tele, ya que como hemos dicho, vienen desde pueblos que están a 450 o 500 metros sobre el nivel del mar.

Para ahorrarle la caminata, el gobierno también ha instalado los centros de acopio y distribución de víveres en Xochitlán de Vicente Suárez,  en Zapotitlán de Méndez, en Tuzamapan, para que la gente ya no tenga que trasladarse hasta esta boca de la sierra norte. Y ahora sí se oye el helicóptero que se acerca a la cancha de fútbol de la escuela telesecundaria Benito Juárez de Zacapoaxtla.

Viernes 22 de octubre.

El sol se muestra radiante y caliente, aunque en la sombra el aire se percibe helado. Todo mundo dice que prefiere el frío a la lluvia. Amaneció helado en los vallecillos como el del barrio de los cristales. A las 11:30 de la mañana se corre el rumor de que ahora sí el presidente de la república llegará a Zacapoaxtla, pues anda en la región personal de la radio de Cuetzalan, que confirma la noticia: Zedillo estará en Oriental, en Ayotoxco, Xochitlán de Vicente Suárez y Zacapoaxtla.

A las 14:10 aterrizan cuatro helicópteros blancos en la Unidad Deportiva. A las 14:20 el presidente entra al Auditorio Municipal donde se halla el centro de acopio del DIF Estatal para los damnificados por la depresión tropical número 11, que azotó los estados de Hidalgo, Puebla y Veracruz. El centro de acopio luce casi desolado por los movimientos que se han realizado. El ejército de la Nación ya no vio aquí las kilométricas filas de la extrema pobreza.

Unos ocho minutos después de haber llegado, el señor Presidente sale y aborda los vehículos para su retorno, mientras algún reportero local trata de pescar una entrevista entre los empujones de los grandes medios y los agentes de seguridad que cuidan al señor presidente. Un grupo de mujeres zacapoaxtecas necesitadas de agua potable corean a gran voz: “Queremos agua, queremos agua”. A lo que Zedillo preguntó: ¿Más?

Toda la gente que ha vivido estas páginas espera que las observaciones del Presidente sirvan para que lleguen aquí los apoyos a las gentes que resultaron afectadas por las lluvias y que no vayan a pensar que aquí no pasó nada.  

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