Una vez más, con nítida claridad, se presenta la formidable paradoja: un movimiento político que llegó al poder prometiendo honestidad y austeridad, da muestras de corrupción, avaricia y ostentación. Es ahora el caso de la presidenta del INE, Guadalupe Tadei, y su grupo cercano, familia incluida.
Desde su ciudadanización en 1996, el IFE-INE se construyó y mantuvo sobre tres pilares: imparcialidad electoral, profesionalismo y honestidad en el manejo de recursos. La presidencia de Guadalupe Tadei erosionó los tres, pero el tercero alcanzó nivel de escándalo.
Los rumores sobre el mal uso de los recursos por parte de la presidenta del INE venían por lo menos desde la elección de 2024, en contratos realizados de manera cuestionable. Pero fue hasta octubre de este año que la información sobre las anomalías dio lugar a su renuncia. Se habla de más de mil millones de pesos entregados a distintas empresas de manera irregular.
Las irregularidades denunciadas en el INE son menores a otros casos de corrupción del sexenio anterior, destacadamente Segalmex y el huachicol fiscal. Y ahí no ha habido renuncias ni sanciones de alto nivel. Que sí la haya en el INE puede deberse a la sensibilidad de esta institución, clave para el acceso legítimo al poder. Puede deberse a otras cosas, como la debilidad política de Tadei, que no contó con un apoyo significativo.
La renuncia de Tadei a INE es una buena noticia. Falta ver con qué criterios se elige a su sucesor. Falta ver si las diversas irregularidades señaladas serán sancionadas o no. Si no lo son, en caso de que constituyan faltas y no solo presunciones, todo habrá sido un buen negocio para Tadei y sus cómplices. Valió la pena que corrieran el riesgo.
La presunta corrupción debió haber dañado la estructura del instituto. Habrá que ver qué tanto, y si hay voluntad de repararlo, para que pueda cumplir su función de organizar elecciones legítimas.
Falta también revisar los muchos casos donde se han señalado actos de corrupción. Las irregularidades de Tadei no son un caso aislado: parece ser el emblema del grupo que ocupa el poder desde 2018. O de una buena parte del mismo.













