noviembre 2, 2026, Puebla, México

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EEUU: ¿Aprenderán algo los demócratas? / Revista Sin Permiso

Si logran los demócratas una gran victoria, ¿sacarán las lecciones apropiadas de ello?
Jan-Werner Müller

Jan-Werner Müller conocido politólogo germano profesor de la Universidad de Princeton, estudió en la Universidad Libre de Berlín, el University College de Londres y el Saint Antony´s College de Oxford. Fue posteriormente profesor y miembro del All Souls College de Oxford y cofundador del Bard Colle de Berlín. Es autor de varios libros en inglés y alemán sobre el sistema democrático y la historia intelectual europea, de los que en castellano se han publicado “¿Qué es el populismo?” (Grano de sal, 2017) y “La democracia manda” (Katz, 2025).

Independientemente de la metáfora que uno prefiera —un alud, un terremoto, una ola—, parece cada vez más probable que los demócratas obtengan una victoria significativa en las elecciones de mitad de mandato.

Tal como reza el chiste, los paneles de precios de cualquier gasolinera se han convertido en propaganda en favor de los demócratas; es más, algunos de ellos han logrado vincular la cuestión, relativamente abstracta, de la corrupción con la penuria cotidiana que sufren muchos norteamericanos.

Ahora bien, al fin y al cabo, ningún resultado electoral se explica por sí solo; los demócratas no deberían conformarse con la conclusión de que lo único que ha tenido realmente importancia han sido los asuntos que a los líderes (y asesores) moderados les gusta llamar «cuestiones de la mesa de cocina», aquellas que afectan directamente a la economía doméstica.

Tienen ante sí una oportunidad histórica para desmantelar la imagen de los republicanos como partido de la seguridad nacional y el partido en el que más se confía para gestionar la economía.

Desde 2024, los republicanos se han beneficiado enormemente de que haya habido agentes de las élites —de oligarcas de Silicon Valley a numerosos periodistas— interpretaran el resultado de las elecciones presidenciales como un «cambio de atmósfera» de alcance global. Ahora sabemos que aquellos a los que, en términos politológicos, se denomina eufemísticamente «votantes con escasa información» estaban, sencillamente, hartos de la inflación; no es que una gran mayoría anhelara una agenda de extrema derecha.

Sin embargo, los partidarios de Trump supieron aprovechar a su favor esta impresión; y, a decir verdad, los políticos de éxito tienen derecho a interpretar el voto como mejor les parezca.

Los demócratas podrían optar por una postura más bien cauta, interpretando el resultado simplemente como un rechazo a Donald Trump y a los aspectos más flagrantes de su nefasta gestión desde enero de 2025. Sin duda, deberían subrayar que la crueldad extrema del ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas) y la incitación al odio —prácticas habituales en figuras como Stephen Miller y J.D. Vance— son profundamente impopulares entre la ciudadanía. No obstante, sería un error considerar los resultados únicamente como un referéndum sobre el «trumpismo».

Es cierto que la desastrosa trayectoria del presidente norteamericano en política exterior se explica, en parte, por una conducta que jamás habría imaginado el antiguo establishment republicano: el distanciamiento imprudente de sus aliados, con el resultado de que los países de la OTAN podrían no volver a confiar nunca en los Estados Unidos, la erosión masiva del «poder blando» mediante el maltrato a estudiantes extranjeros y el menoscabo de la capacidad de las universidades norteamericanas para atraer talento internacional, así como una injerencia descarada en procesos electorales ajenos para favorecer a la extrema derecha a escala global.

Sin embargo, la guerra con Irán revela continuidades con la era de George W. Bush que a los neoconservadores probablemente les resulte incómodo contemplar: una incapacidad para pensar estratégicamente y una aparente indiferencia ante la pérdida de vidas humanas. De hecho, es posible trazar una línea que conecta los memorandos sobre tortura con los asesinatos en alta mar y los planes para una ejecución pública bajo el mandato del secretario de Defensa de los EE. UU., Pete Hegseth.

Aun así, el Partido Republicano sigue alimentándose de la imagen de que, al ser el partido de Ronald Reagan, posee una competencia suprema en materia de seguridad nacional. La respuesta adecuada no consiste en que los demócratas entren en una competición por ver quién utiliza más veces la palabra «letalidad» en una misma frase; deberían, sencillamente, señalar lo vergonzoso que resulta que los republicanos —dejando a un lado los tímidos murmullos de figuras ya irrelevantes como Thom Tillis [senador republicano por Carolina del Norte] — hayan traicionado a Ucrania; destacar lo perjudicial que será la pérdida de bases en Oriente Medio; y subrayar que, desde el mismo inicio de la era «Trump 2.0», constituyó una muestra de una profunda falta de seriedad poner a un presentador de televisión de segunda categoría al mando de la fuerza militar más poderosa del mundo. Quizás algún día lleguen a erigirse monumentos a Trump y a Hegseth en Moscú y Pekín; al fin y al cabo, en la práctica, capitularon ante los primeros y aceleraron el ascenso de los segundos.

El Partido Republicano también se ha beneficiado durante mucho tiempo de la idea de que, al ser el partido de los negocios, es el más capacitado para impulsar la economía (sin duda, algunos votantes poco informados siguen creyendo en el mito de Trump como gran empresario).

La realidad demuestra, desde hace tiempo, algo muy distinto: no solo en lo que respecta a Trump y su historial de bancarrotas, sino en lo que concierne al partido en su conjunto. Dado que Trump aplicó políticas tan irracionales y perjudiciales —los aranceles son el ejemplo más evidente— que jamás habría contemplado el antiguo establishment republicano, resulta fácil pasar por alto estas continuidades.

El partido que afirma estar profundamente preocupado por la deuda y los déficits —una de las hipócritas justificaciones de Elon Musk para los recortes drásticos y despiadados de su DOGE [Departamento de Eficiencia Gubernamental] — nos ha dejado los mandatos de Reagan, Bush y Trump; todos ellos lograron aumentar enormemente la deuda nacional. La razón, por supuesto, es que impulsaron enormes recortes de impuestos que beneficiaron, en su inmensa mayoría, a los más ricos.

En la postguerra, el crecimiento económico, la creación de empleo e incluso la rentabilidad del mercado bursátil han sido, en general, mayores con administraciones demócratas; parece, sencillamente, que las ganancias promedio no son suficientes para los ultrarricos, quienes pueden «comprarse» recortes de impuestos mediante donaciones masivas al Partido Republicano.

Ni que decir tiene que, en cuanto los demócratas asumen el poder, los republicanos descubren que esa misma deuda —que ellos mismos ayudaron a generar— constituye una crisis nacional y exige recortes profundos en la seguridad social.

La opinión convencional sostiene que la administración Biden fue demasiado lejos: un enfoque excesivamente woke, un Green New Deal demasiado ambicioso y una crítica demasiado dura a los republicanos del movimiento MAGA (añadiendo, por lo general, que tal extralimitación hizo inevitable una «reacción» que, según se sugiere, resultaría hasta cierto punto legítima).

¿Pero qué pasaría si fuera justo lo contrario? ¿Y si el error de Joe Biden hubiera sido suponer que aún quedaban muchos republicanos a quienes les importaban las políticas públicas —en lugar de la incesante puesta en escena de la «guerra cultural» al estilo de Hegseth— y el éxito a largo plazo del país?

¿Qué habría ocurrido si los demócratas hubieran aprovechado la oportunidad de desacreditar a sus oponentes, tal como hizo Franklin D. Roosevelt durante la Gran Depresión (en lugar de anhelar un bipartidismo inexistente)? ​​¿Qué habría pasado si le hubieran demostrado a la ciudadanía que todos esos republicanos que pronto intentarán distanciarse de Trump no solo fueron cómplices de una gestión desastrosa, sino que dicha gestión forma parte de una historia mucho más amplia, anterior incluso a la llegada de Trump?

The Guardian, 26 de octubre de 2026
 


Robert Rubin, falaz estadista
Robert Kuttner

Robert Kuttner cofundador y codirector de la revista The American Prospect, es profesor de la Heller School de la Universidad Brandeis. Columnista de The Huffington Post, The Boston Globe y la edición internacional del New York Times. Autor de “Going Big: FDR’s Legacy, Biden’s New Deal, and the Struggle to Save Democracy” (New Press, 2022), su último libro es “Notes for Next Time, Surviving Tyranny, Redeeming America. A Personal and Political Memoir” (2026).

A principios de esta semana, Robert Rubin publicó un artículo de opinión en The New York Times con el título: «Tras seis décadas en la vida pública, jamás pensé que llegaría a escribir este texto».

Vaya, ¿de qué podría tratarse?

¿Será acaso: «Lamento haber impulsado, durante mi etapa como secretario del Tesoro de Bill Clinton, una desregulación a gran escala de Wall Street que condujo directamente a la crisis financiera de 2008 y le allanó el camino a la elección de Donald Trump»?

¿O tal vez: «Lamento haber utilizado mi influencia para que los demócratas le dieran la espalda a su base electoral fundamental —la clase trabajadora—, lo cual también contribuyó al ascenso de Trump»? ¿O quizás: «Lamento haber logrado que Obama contratara al mismo equipo de mis protegidos, provocando que la recuperación tras la profunda recesión fuera excesivamente lenta, lo que hizo que los demócratas perdieran aún más credibilidad y preparó, una vez más, el terreno para Trump»?

Eh, no.

El tema que aborda Rubin es la amenaza a la democracia norteamericana. La mayor parte del texto consiste en un recuento totalmente convencional y predecible de los ataques explícitos a la democracia durante la era de Trump.

Pero también incluye esta frase, bastante peculiar: «Si la administración Trump pone en marcha una maniobra para manipular el resultado de las elecciones de mitad de mandato, el impacto económico podría notarse de inmediato y prolongarse mucho después de que termine la presidencia del señor Trump».

Leámoslo de nuevo. ¿Le preocupa a Rubin un golpe de Estado por parte de Trump, más por sus repercusiones en la economía que por la destrucción de la propia democracia? Eso es, precisamente, lo que parece sugerir.

Y añade: «Cuando hablo con dirigentes del mundo empresarial y político, hasta muchos de los que reconocen la amenaza electoral parecen considerar remota tal posibilidad. No suelen tomarse en serio los ataques del señor Trump al proceso de votación. Dicho de otro modo: los mercados no están valorando lo que yo considero un riesgo significativo».

Quien ha sido, durante los últimos 30 años, el defensor más influyente de la idea de que los mercados son intrínsecamente eficientes, ha descubierto ahora que están estos cometiendo un error garrafal. Ahora que Rubin se ha convertido en una figura de peso político, puede contarnos estas cosas. Pero, bajo la desregulación financiera que él mismo impulsó, los mercados tampoco «valoraron» el riesgo de un colapso financiero.

Rubin, sin embargo, se forró. Tras dejar el gobierno de Clinton, pasó a presidir el Comité Ejecutivo de Citigroup, con una remuneración anual total de entre 15 y 18 millones de dólares; una suma considerable en aquellos tiempos anteriores a Musk.

Y luego, el remate del artículo de opinión: «En las próximas semanas, los líderes empresariales y de todos los sectores de nuestra sociedad deberían colaborar con los cargos electos a nivel estatal y local para ayudar a proteger el proceso político que constituye el núcleo de nuestro sistema constitucional. Pueden hacerlo mediante declaraciones claras y apartidistas en favor de la integridad electoral, apoyando a organizaciones no partidistas que protegen nuestros comicios, y ejerciendo su influencia entre bastidores para disuadir a quienes consideren tomar medidas que perturben o anulen las elecciones de mitad de mandato».

El texto resulta revelador, aunque no precisamente del modo en que lo pretendía Rubin. En el fondo, confirma que a la élite empresarial no le importa realmente la democracia. El sector empresarial puede obtener beneficios tanto en una democracia como en una dictadura, y tanto si gobiernan los republicanos como si lo hacen los demócratas.

Y eso describe, sin duda, la propia trayectoria de Rubin. Utilizó su considerable influencia para garantizar que, independientemente del partido que ocupara la Casa Blanca, el capital financiero pudiese imponer sus condiciones en la economía, en detrimento de la gente del común y de la propia democracia.

A juzgar por la forma en que se ha citado aprobatoriamente el artículo, el llamamiento de Rubin —por lo demás, totalmente trivial— a defender la integridad electoral se hace pasar por muestra de valentía. A sus compinches del mundo empresarial no les importa, pero a Bob, el «hombre de Estado» al parecer, sí.

¿Quieres demostrar un poco de valentía? ¿Qué tal si abogas por sacar al gran capital de la política? ¿O por volver a regular el sector financiero? ¿O por reforzar las políticas antimonopolio? ¿O por gravar la concentración de riqueza? Es curioso: no encuentro artículos de opinión de ese tipo firmados por el Rubin «hombre de Estado».

The American Prospect, 23 de octubre de 2026
 


El presidente del Partido Demócrata es un chivo expiatorio muy útil. Pero los problemas del Partido son mucho más graves
Norman Solomon 

Norman Solomon es director de RootsAction y director ejecutivo del Institute for Public Accuracy. Su último libro se titula “The Blue Road to Trump Hell: How Corporate Democrats Paved the Way for Autocracy (La vía azul al infierno de Trump: cómo los demócratas corporativos allanaron el camino a la autocracia).

Ken Martin se ha convertido ahora en un chivo expiatorio muy conveniente. Como presidente del Comité Nacional Demócrata (DNC), ha caído en descrédito por tratarse de un cuestionable recaudador de fondos y un jefe malhumorado que ha gestionado de forma chapucera el informe de análisis del desastre electoral de 2024. Gran parte de las críticas están justificadas. Pero Martin no es más que un síntoma de lo que aflige profundamente a un partido que no hace honor a su nombre.

Como órgano rector del Partido Demócrata, el Comité Nacional Demócrata ha funcionado durante mucho tiempo como fortaleza de las élites del partido que esperan salirse con la suya. Parecía que Martin ofrecía un ligero cambio de rumbo cuando, como presidente del partido en Minnesota, se impuso en las elecciones a la presidencia del Comité el año pasado, en parte gracias a sus estrechos vínculos con otros presidentes estatales del partido. Estos siguen siendo algunos de sus más firmes partidarios. Esa es una de las razones por las que Martin se encuentra en una posición muy favorable para repeler cualquier desafío a su control del poder cuando el comité al completo se reúna la próxima semana en Austin.

Pero hay una dinámica más fundamental que protege a Martin, y es la cultura interna de conformismo del Comité. A la mayoría de sus 450 miembros ni se les pasaría por la cabeza desafiar públicamente al presidente, a pesar de la reciente avalancha de mala prensa.

Los medios de comunicación han insistido mucho en el hecho de que el DNC mantiene una deuda de 2,2 millones de dólares, mientras que el Comité Nacional Republicano cuenta con 128 millones de dólares en efectivo disponible. Sin embargo, al describir los problemas financieros del DNC se han pasado por alto algunos factores relevantes. Por ejemplo, después de que Kamala Harris gastara 1.500 millones de dólares durante su breve campaña presidencial de 2024, el DNC asumió unos 22 millones de dólares en deudas que dejó ella pendientes.

Martin ha cumplido su promesa de enviar más dinero al Partido en los estados. En abril de 2025, el DNC anunció: «La sección demócrata de cada estado recibirá una cantidad base de 17.500 dólares al mes, lo que supone un aumento de 5 000 dólares al mes con respecto al último acuerdo, y en los estados controlados por los republicanos recibirán una inversión adicional de 5.000 dólares al mes». Sin embargo, lo qué ocurre con ese dinero sin condiciones es otra cuestión totalmente distinta.

«Cuando hablamos de repartir decenas de miles de dólares cada mes, necesitamos saber que se destina a una organización real y de base», me comentó Chris Davis, presidente de los Jóvenes Demócratas de Colorado. «El dinero que el Partido recibe en cada estado del Comité Nacional Demócrata (DNC) debe quedar vinculado a resultados concretos que contribuyan directamente al crecimiento del Partido, como la participación directa de los votantes a través de campañas de captación, la presencia en espacios comunitarios —por ejemplo, con puestos informativos en campus universitarios o en grandes reuniones comunitarias— o el aumento del número de seguidores del partido mediante una interacción orgánica en las redes sociales. De lo contrario, por lo que sabemos, el dinero podría estar yendo a parar a manos de consultores».

La crítica predominante es que Martin no ha sabido sacarle el máximo partido a los principales donantes y recaudadores de fondos del partido. Resulta revelador el énfasis en la importancia de los mecenas adinerados. Dice mucho de las suposiciones generalizadas de que el Partido debería depender en gran medida de los ricos —y responder ante ellos—.

El modelo de negocio del DNC consiste en atender —y depender de— los grandes donantes. Una idea sombría que repiten actualmente los medios de comunicación y algunos miembros del partido es que Martin ha perdido la confianza de los patrocinadores del partido capaces de aportar grandes sumas de dinero. Su respuesta, en un artículo que se publicó el pasado 20 de julio, pone de relieve el problema. Martin alardeó de su éxito con los «donantes de base», a quienes definió como personas que aportan «menos de 10.000 dólares». Y destacó un aumento de la financiación procedente de los superricos durante el último año y medio, escribiendo: «El actual Comité Nacional Demócrata (DNC) ha conseguido contribuciones de 100.000 dólares o más de 67 donantes».

Rara vez se menciona la verdad de que él y otros líderes del partido han perdido la confianza de innumerables donantes de pequeñas cantidades, que han demostrado una amplia capacidad para aportar fondos nacionales más que suficientes si se les motiva, como ocurrió durante las campañas presidenciales de Bernie Sanders de 2016 y 2020. Pero sería difícil encontrar líderes demócratas menos motivadores que los más visibles y poderosos del partido: el senador Chuck Schumer y el diputado Hakeem Jeffries.

Aunque Schumer y Jeffries no apoyaron la candidatura de Martin a la presidencia del DNC a principios de 2025, los tres comparten un enfoque verticalista que se ciñe a las posiciones estándar del partido en cuestiones clave, incluso cuando dichas posiciones solo coinciden con las de una minoría de demócratas o de votantes en general.

Los líderes del partido difícilmente están en condiciones de recaudar fondos de manera eficaz entre la base demócrata mientras siguen oponiéndose de forma flagrante a lo que, según las encuestas, desea la base de forma abrumadora, como importantes subidas de impuestos a los ricos y un embargo de armas a Israel. A los periodistas les ha llamado mucho más la atención el hecho de que, según se informa, Martin arrojara un teléfono móvil contra el escritorio de un empleado del DNC que el hecho de que haya bloqueado cualquier resolución del DNC para detener los envíos de armas norteamericanas a Israel que permiten mortíferos ataques contra civiles palestinos en Gaza.

La arraigada costumbre de someterse a la autoridad del presidente del DNC hace poco probable un cambio de rumbo en los próximos meses. Pero todo puede cambiar tras las elecciones de mitad de legislatura a principios de noviembre. Ya abundan las especulaciones sobre quién podría sustituir a Martin el próximo invierno.

Uno de los nombres que surge como posibilidad en los principales medios de comunicación es el de Donna Brazile, cuyo segundo mandato como presidenta interina del comité comenzó a mediados de 2016. Posteriormente, ese mismo año, fue despedida como comentarista de la CNN tras revelarse que había compartido con la campaña presidencial de Hillary Clinton las preguntas del debate para ayudarle a salir airosa frente a Sanders.

En un artículo de opinión publicado la semana pasada en el Washington Post, Brazile defendió que Martin «debería conservar su puesto». El artículo se centraba aparentemente en unificar a su partido para derrotar a los republicanos este otoño, pero Brazile coló un grito de guerra en nombre de los demócratas corporativistas que acechan a Martin en aguas políticas. «Los demócratas pueden hacerse con el control de ambas cámaras del Congreso en las elecciones de mitad de legislatura si se unen en torno a lo que les une», escribió Brazile. «Abogando por políticas pragmáticas que apoya la mayoría de los norteamericanos para que nuestro país sea más asequible, en lugar de políticas socialistas extremistas a las que se opone la mayoría de los votantes».

Pero el impulso de los socialistas democráticos y otros progresistas en las elecciones primarias de este año ofrece posibilidades reales de transformar el partido desde la base, para poder poner fin al reinado de una autoridad que no rinde cuentas y que se impone de arriba abajo.

The Guardian, 5 de agosto de 2026

Los principales líderes demócratas se oponen a un impuesto a los multimillonarios en California. Sus votantes se encuentran en el bando contrario

Norman Solomon

A mediados de este verano, una encuesta de gran fiabilidad reveló que los demócratas de California se mostraban abrumadoramente a favor de la próxima iniciativa electoral de aplicar un impuesto único del 5 % sobre el patrimonio de los multimillonarios.

La proporción era de más de 4 a 1. Sin embargo, los demócratas más influyentes del estado —entre ellos el gobernador Gavin Newsom, su casi seguro sucesor, Xavier Becerra, y la alcaldesa de Los Ángeles, Karen Bass— se han alineado con los multimillonarios de Silicon Valley, que han recaudado más de 340 millones de dólares para derrotar a la iniciativa.

Aunque Newsom ha liderado la ofensiva contra la medida, la mayoría de los líderes demócratas de este estado profundamente azul [color de los demócratas] han optado por mantenerse al margen. Alex Padilla y Adam Schiff, senadores de California, han guardado silencio sobre la Proposición 40. Lo mismo ocurre con la exvicepresidenta Kamala Harris y la expresidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi.

«Ninguno de los dos quiere enemistarse con los donantes acaudalados ni con sus aliados del movimiento sindical oponiéndose públicamente a ella», hacía notar San Francisco Chronicle a mediados de octubre. «Pero su silencio ante una medida de tanta repercusión está sirviendo de cobertura a los multimillonarios» que se oponen a ella.

Nueve décimas partes de los ingresos fiscales procedentes de los multimillonarios que generaría la Propuesta 40 se destinarían a la asistencia sanitaria de los californianos más necesitados. Tal y como informaba este mes el New York Times, «California podría perder alrededor de 100.000 millones de dólares en financiación federal destinada a Medicaid durante los próximos cinco años, lo cual pone en peligro la cobertura sanitaria de millones de residentes con bajos ingresos, así como el posible cierre de hospitales y otras instalaciones».

Con tanto en juego en términos humanos, la negativa a respaldar la Propuesta 40 va directamente en contra de la retórica habitual de los políticos demócratas relativa a plantar cara a los ultra-ricos en nombre de los desfavorecidos.

La postura de Newsom y otros pesos pesados demócratas del estado los sitúa del lado de los multimillonarios en la guerra de clases en curso. El efecto consiste en que los líderes del Partido están ofreciendo una oligarquía más amable y suave como alternativa a la versión trumpista, mucho más corrupta.

En general, se ha afianzado una apariencia de unidad en el Partido ante la inminencia de las elecciones de mitad de legislatura. Pero los enfrentamientos entre los demócratas empresariales y los progresistas pronto comenzarán a recrudecerse.

El hecho de que los demócratas más destacados del estado más poblado del país estén en desacuerdo con las bases del Partido en lo que se refiere a la Propuesta 40 es una mala señal, pero no es en absoluto una anomalía.

Cada vez que se acercan unas elecciones generales, los líderes del Partido hacen un llamamiento ferviente a una participación masiva, pero su desconexión con la base del Partido desalienta la participación. La propuesta de impuesto a los multimillonarios de California no tiene precedentes, pero la respuesta de las élites del Partido Demócrata forma parte de un patrón que ha socavado la capacidad de generar un impulso populista contra los republicanos, por no hablar de impulsar las agendas progresistas que favorecen los votantes.

Ahora que está siendo vilipendiada por una avalancha de anuncios de ataque, la Propuesta 40 podría quedar sepultada bajo la avalancha de dinero de los multimillonarios (casi la mitad del cual procede del cofundador de Google, Sergey Brin). Los detractores de la propuesta han recaudado casi diez veces más fondos que sus partidarios.

Pero sea cual sea el resultado de las elecciones del 3 de noviembre, la campaña a favor de gravar la riqueza de los casi 1.000 multimillonarios del país tiene un enorme potencial a escala nacional.

A principios de agosto, la junta ejecutiva del Partido Demócrata de California —que no es precisamente un bastión de la lucha de clases— votó en favor de que el Partido respalde la Propuesta 40. Sin embargo, sin dejarse intimidar, Newsom se ha volcado por completo en la lucha contra la propuesta de impuesto a los multimillonarios, así como en impulsar otra medida electoral que anularía cualquier impuesto de este tipo.

Cuando me puse en contacto con un antiguo presidente del Grupo Progresista del Partido en el estado, se mostró muy pragmático respecto a la alianza entre los magnates de las grandes tecnológicas, el actual gobernador y el próximo. «En lo que respecta a la oposición de Newsom y Becerra al impuesto a los multimillonarios», declaró Amar Shergill, un abogado afincado en Sacramento, «solo hay que saber dos cosas. En primer lugar, Newsom necesita el dinero de los multimillonarios para su campaña presidencial. Segundo, Becerra tiene que devolver el favor a los multimillonarios que le auparon a la gobernación. El resto de los demócratas corporativos que ocupan cargos públicos representan una variante de estas historias».

Newsom asumió la gobernación en 2019, tras el segundo mandato de ocho años de Jerry Brown en el cargo. Dejando a un lado su estilo único, Brown ha sido durante mucho tiempo una especie de prototipo del liderazgo demócrata del estado, ahora personificado por Newsom.

«La forma en que hay que abordar el proceso político es algo así como pilotar una canoa», afirmaba Brown en 1979 durante su primer mandato como gobernador. Y lo explicaba: «Si remas un poco por el lado izquierdo y luego remas un poco por el lado derecho, sigues avanzando justo por el centro».

Este año, Brown se ha mantenido al margen de la batalla sobre la Propuesta 40. A finales de octubre, cuando envié un correo electrónico al exgobernador para preguntarle si la apoyaba, respondió: «No he hablado de la propuesta. Ya hay una gran cantidad de opiniones sobre la medida».

Hace unas semanas, durante una entrevista con la BBC, se lamentaba Brown: «Las ganancias de quienes triunfan en la cima son cada vez mayores y más cuantiosas, mientras que son cada vez más escasos los medios de subsistencia de los más desfavorecidos y de la clase media». Añadió: «Es evidente que necesitamos un impuesto sobre el patrimonio. Si Tesla quiere darle a Elon Musk un billón de dólares en 10 años, entonces la gente tiene que recuperar el 99 % de esa cantidad. Ahora bien, ¿se puede conseguir eso? No, no en este momento. ¿Se puede conseguir en un solo estado? No, eso no funcionaría. ¿Se puede conseguir en un solo país? Probablemente no. Así que se necesitaría un acuerdo internacional para gravar a los más ricos, de modo que no puedan acumular riqueza al nivel que lo hacen hoy en día».

Brown y Newsom comparten una afición por proclamar principios nobles mientras los dejan muy a un lado, equiparando tácitamente la deferencia hacia el poder corporativo con el realismo. Newsom afirma —sin dar muchos detalles— que apoyaría un impuesto federal sobre los multimillonarios. Al mismo tiempo, sostiene que la aprobación de la Proposición 40 provocaría que muchos de los más de 200 multimillonarios de California se marcharan del estado, con desastrosos resultados.

«Las subidas de impuestos propuestas para los ricos siempre dan lugar a sombrías advertencias sobre la huida de los millonarios, que luego no llegan a producirse», señalaba recientemente el periodista Harold Meyerson. «Aunque se produjese en este caso, tal y como ha documentado un estudio de la Oficina Nacional de Investigación Económica, el aumento de ingresos de aproximadamente 100.000 millones de dólares que generaría el impuesto sobre el patrimonio [de los multimillonarios] no se vería compensado por la reducción de los ingresos por el impuesto sobre la renta provocada por la huida de cada uno de esos 200 multimillonarios hasta que hubieran transcurrido 25 años. Si sólo se marcharan 50 de esos 200 multimillonarios, se tardaría un siglo entero».

La supervivencia de la democracia norteamericana depende de que se grave a los multimillonarios

Una amplia mayoría de los 45 demócratas de la representación de California en el Congreso merece sobradamente la etiqueta de «corporativos». La página de la campaña de la Propuesta 40 sólo incluye a dos congresistas del estado que la respaldan. Uno de ellos, el diputado Ro Khanna, se ha convertido en el político más visible y elocuente de California en defensa de la Propuesta 40.

«Es la iniciativa electoral más importante de los Estados Unidos y del mundo», declaraba Khanna durante una reciente entrevista en MS Now. De cara al futuro, se preguntaba: «¿Vamos a seguir complaciendo a una clase de donantes que ha dejado en nada los puestos de trabajo, ha dejado en nada a la clase trabajadora y nos ha hecho perder dos elecciones frente a Donald Trump?».

Ese tipo de pregunta retórica podría redefinir progresivamente la carrera por la candidatura presidencial demócrata en 2028.

«Esta es una lucha por el alma del Partido Demócrata», me comentó Khanna el pasado fin de semana. «¿Estaremos en deuda con los donantes multimillonarios y ofreceremos lugares comunes sin medidas políticas, como Gavin Newsom, o recuperaremos el coraje de Franklin Delano Roosevelt y ofreceremos una visión audaz para el futuro de nuestro país?»

Hace exactamente 90 años, en un discurso pronunciado en el Madison Square Garden el último día de octubre de 1936, el entonces presidente Franklin Delano Roosevelt mostraba su desprecio por los plutócratas de derechas de la época: «Son unánimes en su odio hacia mí, y yo acojo con agrado su odio». Los líderes del Partido Demócrata actual no se han ganado ese odio.

The Guardian, 31 de octubre de 2026

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