Las alcobas áridas: no más castigo moral

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Mundo Nuestro. Las ilustraciones de este texto son del artista visual Nicolás Marín, Mr. Poper, y fueron tomadas de la revista digital LadoB. Dice de su obra este joven artista plástico: “No puedo pasar por alto ni puedo ignorar el amor entre iguales. Es algo con lo que vivo, y finalmente me gusta el amor que se da entre hombres o entre mujeres. Si yo lo pasara por alto, regresamos a lo mismo, dejaría de ser honesto”.

I

En las conversaciones con su nuevo grupo de amigos de la universidad, Alejandro era el que más hablaba y el que parecía haber vivido de todo. Vania y Alejandra, aunque menos, ya tenían sus buenos kilómetros recorridos, sobretodo la última. Sin embargo Alam, Yasmín y él sólo hablaban de fantasías, inventando historias, ya que estaban interesadísimos en los temas y se morían de curiosidad, pero él, que a pesar de que se sabe homosexual desde que tiene uso de razón, nunca había tenido relaciones sexuales de ningún tipo. Yasmín y Alam estaban en una situación poco distinta.



Cuando entró a la preparatoria se encargó de nutrir el prejuicio que sus compañeros crearon de que básicamente era una máquina de coger y para el tercer año ya todos lo reconocían como el hombre más experimentado en el amor y en el sexo. Contados eran los que sabían la verdad: él, Xhuncu Casiviany, fue desde siempre y hasta ese tiempo un chico solitario y callado. Tanto así que durante una temporada de su infancia visitó al psicólogo porque su madre estaba segura de que padecía autismo. Ni autismo ni mudez, sólo la prematura certeza de que hablar sobra cuando las personas no saben escuchar. Los prejuicios y la fama que fabricó para sí en la preparatoria fueron como una segunda oportunidad. Ahí, contrario a los grados escolares anteriores, generó verdaderas amistades y brotó la voz que había guardado con tanto celo.

Pero fue hasta la universidad cuando decidió dar el paso que faltaba para salir definitivamente del capullo y las historias de Alejandro fueron como un faro para él. Alejandro contaba que habían sido muchos y muy variados los hombres con los que se había acostado. Desde muchachos de la misma universidad hasta cuarentones casados y con hijos. ¿De dónde sacaba tantos hombres para coger? Que Facebook puede servir para eso fue el primer dato que sacó en claro. Grupos secretos para establecer contacto con el que más te convenga y llevártelo a la cama. El día que se enteró de eso, corrió a su casa para crear una cuenta falsa y meterse a la mayor cantidad de grupos que pudo encontrar. Rápido y sin hablarlo mucho concertó una cita con el muchacho con quien tuvo sexo por primera vez. Su nombre ya no lo recuerda.

Nada sintió. Ni dolor ni placer. Solamente una amarga decepción. Alejandro le había hablado de las maravillas del sexo con tanta seguridad y emoción, que no haber sentido nada lo sorprendió y lo molestó mucho. Quiso pensar que fueron los nervios y la inseguridad de hacerlo con un extraño. Naturalmente no habló del tema con nadie y como siempre, se limitaba a escuchar las historias de sus amigos y se inventaba las propias, pero la experiencia empezaba a remorder su consciencia y a medrar sus ganas.

Una vez, Alejandro habló de unas cabinas de cibercafé que servían como lugar de encuentro sexual. Su curiosidad volvió a encenderse, pero ahora de manera insana. Tratando de ocultar lo más posible su interés, intentó sacar de Alejandro toda la información acerca ese lugar. ¿En dónde? Una casa por la Facultad de Medicina. ¿Sí, pero más o menos por dónde? A unas calles del panteón, con dirección al sur, pero eso no importa, lo que importa es que ahí conocí a un cabrón que me la chupó como nadie lo ha hecho.



II

La visita a las cabinas se le estaba volviendo una adicción. Dejó de hacer muchas cosas por ir y a veces iba desde las ocho de la mañana que abrían hasta las ocho o nueve de la noche. Más de doce horas que, multiplicadas por los siete pesos que al principio costaba la hora y los nueve que llegaron a costar, y sumando lo que gastaba en aguas, refrescos y galletas, hacían de esos días un peligro para su cartera. Pero de las más de cuarenta veces que tocó en ese zaguán, siguió al recepcionista hasta el interior de la casa, dejó sus cosas en los estantes, registró su entrada, tomó su ficha y buscó su cabina, sólo unas cinco tuvo sexo.

La primera vez que asistió al lugar sintió como si estuviera traicionando una dinastía milenaria de pureza y dignidad, un legado familiar. Subió las escaleras al segundo piso, donde estaban las cabinas, cargando con ese peso. En las escaleras se topó con un par de hombres solos, nada atractivos, que tuvo que ignorar con aplomo, ya que en esas circunstancias una mirada que apenas se postergue más de dos segundos te compromete por lo menos a una propuesta. Él no estaba para aceptar ni rechazar a nadie, sólo para pensar en los pecados que estaba cometiendo. Hasta ese momento, la cosa pintaba mal. Sus pulmones se llenaron con el olor de la humanidad en su punto cúspide. Sintió repulsión.

Más de 10 puertas de cada lado en los dos pasillos de la pieza dificultaron el hallazgo de la suya. Antes de dar con ella, vio a algunos hombres rondando los pasillos y a otros con las puertas abiertas, esperando. Apenas la encontró y se encerró con seguro. La cabina era de poco más de un metro cuadrado. Vinieron a su mente los baños públicos portátiles. Había dentro una mesa con una computadora y una silla. Las cabinas estaban separadas con paredes de tablaroca bien empotradas en el suelo y el techo para soportar embestidas de una intensidad considerable. La computadora estaba prendida y en ella había una ventana de chat que intercomunicaba todas las computadoras del lugar. El chat estaba desierto y nunca fue distinto. Se sentó en la silla. Era un mal momento para reflexionar, pero no pudo evitarlo.

Su hermano Alex también es homosexual, pero más bien es una señora mocha y machista que sueña con casarse con un hombre rico que la golpee cuando haga las cosas mal. A diferencia de Casiviany, Alex está convencido de que ser homosexual es como una tarjeta de presentación ante la sociedad. De más jóvenes discutían sobre salir o no salir del clóset. Alex decía que sí, que debían ir preparando a su familia para que los aceptara. Él, por el otro lado, sostenía que no tiene sentido hacerlo, que él es quien es sin importar su orientación sexual y que, en todo caso, su familia se enteraría el día que le presentara a algún novio.

A pesar de esa convicción suya, creció con ideas que en ese momento, sentado ahí escuchando los jadeos aledaños, respirando sexo, lo estaban torturando de manera que comenzaba a sentirse saboteado definitivamente. El templo que era su cuerpo ya había sido profanado anteriormente y estaba por volver a serlo de una manera que se le antojó asquerosa. Y si el templo perdía valor, el alma mucho más, porque lo permitió sin tener el más mínimo derecho de hacerlo. Los azotes estaban ya rasgando su moral cuando tocaron la puerta de su cabina.

Giró en la silla y abrió. Era un tipo algo feo, pero con cuerpo atlético y grande. Entró sin decir nada y se sacó el pito. Él tampoco dijo nada, se quedó sentado y lo metió en su boca. Afuera, el señor de la cabina de enfrente los miraba y se masturbaba. Casiviany prefirió cerrar la puerta, no fuera a pensar que lo estaban invitando. Terminó y el tipo le prestó un klinex que sacó de su bolsa trasera del pantalón, él lo usó para escupirlo todo y cuando quiso buscar el bote de basura encontró que debajo de la mesa estaba lleno de bolas de papel higiénico y condones usados. Se limitó a aventar el klinex junto con la demás basura. Pasado un rato, el tipo le pidió penetrarlo. Él sólo asintió con la cabeza, se volteó y se bajó los pantalones. Escuchó un jalón con la nariz y volteó. Le ofreció una pequeña ampolleta y le indicó cómo debía inhalar los vapores que salían de ella. Se llama Popper, con esto vas a sentir más rico. Él lo intentó, pero inhaló mal y sólo le causó dolor de cabeza. Otra vez no disfrutó del sexo.

Después de un largo rato en silencio, intercambiaron números. El tipo se fue después de invitarlo a su casa sin éxito. La cabina de enfrente estaba vacía ya. Se quedó otro rato sentado en su silla, pensando. Dentro de él, la excitación y la culpa empezaban a trabajar juntas, haciéndolo sentir ruin. Además, comenzaba a sospechar que el sexo nunca iba a complacerlo.

Nicolás Marín Mr Poper. S/T
Acrílico sobre madera
90 x 60 cm
Febrero 2010 (Tomado de LadoB)

III

-Ven, siéntate en la mesa.

Un señor de unos 45 años, menudo y bajito, pero con el rostro apuesto pasó y se sentó en la mesa. Casiviany cerró la puerta de la cabina y se sentó en la silla.

-Hola. Me llamo Ernesto, tengo 17, pero ya voy a cumplir 18.

-No me digas eso, mijo, cómo le vamos a hacer si ya me dijiste que no eres mayorcito, cancha reglamentaria pues. Casi estás tan chiquillo como mi hijo.

-¿Cómo, tienes hijos? ¿Ellos saben de esto?

-No, no, hombre, cállate. Ni mi mujer ni ellos deben saber. Como trabajo un taxi ni se las huelen, nunca saben dónde ando. ¿Apoco tu familia sí sabe que bateas chueco?

-No… No tengo papás. Vivo solo.

-No la chingues, perdón. Bueno, por lo menos así no te tienes que andar escondiendo de nadie. No, hombre, si mi familia se enterara...

-¿Nadie sabe que eres puto?

-No.

-Pero no importa, siempre he pensado que uno es quien es sin importar que te gusten los del mismo sexo, ¿no?

-Pues eso sí, pero mírame, escondiéndome a los cuarenta y tantos. Yo amo a mis hijos y quiero mucho a mi vieja, pero como que no más nunca le perdí el gusto a esto.

-¿O sea que sabías que te gustaban los hombres desde antes de casarte?

-Sí, pero nunca se lo dije a nadie. Pensé que con casarme se me iba a quitar. Qué pendejo, ¿no? Ahora tengo que venir aquí. Dejo el carro por el panteón y me vengo caminando para que no haya bronca. Pero, chingados, es la primera vez que entro con uno tan joven como tú y resulta que no más quieres platicar.

-Es que como me dijiste que así no se iba a poder…

-Chingados. No, por más que se vea que eres un cabroncito, mejor no. A ver si te veo después. Ya me voy. Chingados.

El señor salió de la cabina, frustrado y caliente. A Casiviany ya se le había hecho costumbre conversar con todos los que llegaban a su cabina. Podía hacerlo todo el día: observaba a los fulanos que anduvieran por ahí, la mayoría hombres de treinta a sesenta años, aunque también llegó a ver varios pubertos de hasta trece años aproximadamente. Ni a esos ni a los que aparentaban más de cincuenta les prestaba atención, pero sí vio algunas parejitas compuestas por estos y aquellos saliendo de las cabinas muy colorados. Su rango era de veinte a cincuenta, pero los elegía después de estar seguro de que tenían la historia que necesitaba escuchar. Invitaba al que más lo convencía, lo sentaba en la mesa y comenzaba a hablar.

Siempre contaba una historia distinta y siempre escuchó lo que quería escuchar: hombres que tenían problemas con vivir abiertamente su sexualidad. De alguna manera, saber que él estaba en ese lugar nada más para satisfacer sus ganas, su curiosidad y su autosabotaje moral, y no porque necesitara ocultarse, lo hacía sentir superior. Eso justamente era lo que más le gustaba de las cabinas. A diferencia de todos ahí, él tenía opciones menos áridas, pero reafirmarlo se le volvió vicio. Si de por sí generalmente sólo aceptaba dar o recibir sexo oral y raramente ser penetrado, cada vez eran menos las veces que lo hacía.

IV

Era sábado en la tarde. Él estaba en un restaurante con sus amigos de la universidad, celebrando el cumpleaños de Alejandra. Como a las siete de la tarde se fue, dando la excusa de que tenía que ver a su hermano en otro lugar. Alam, por su parte, dijo que tenía una entrevista de trabajo y también se fue.

Llegó como media hora después, tocó la puerta y le abrió un chico diferente al de la última vez, tres días antes. Recordó que los recepcionistas ahí duraban pocos días antes de ser reemplazados. Era un día tranquilo en las cabinas. Sin señores y sin pubertos, pocos jóvenes sentados con sus puertas abiertas y más pocas parejas con puertas cerradas. En vista de esto, prefirió hacer lo que nunca: ir a rondar los pasillos buscando algún tipo guapo o alguien con cara de tener una historia triste. Al doblar en una esquina de los pasillos, vio a un muchacho delgado, bajito y de piel clara, muy bien vestido. Ambos intercambiaron miradas mientras se acortaba la distancia entre ellos. Al estar a pocos centímetros, lo abrazó muy fuerte y los dos comenzaron a llorar. Era Alam.

Nicolás Marín Mr Poper. “Por los amores eternos que duran poco”.
Acrílico sobre madera. 90 x 60 cm.
Enero 2011 (Tomado de LadoB)

V

Por Alam supo varias cosas:

  1. Que había otras cabinas en el centro, frente al museo del Tec de Monterrey.
  2. Que también existe un lugar más refinado en donde va gente que es abiertamente homosexual. Se trata de unos baños de vapor con cuartos privados, mucho más cómodos y limpios que las cabinas, conocido como “Las termas”.
  3. Que hay muchos sitios de encuentro sexual en la ciudad. Por ejemplo, los baños del segundo piso del Paseo San Francisco a ciertas horas, la esquina sur-poniente del Paseo Bravo, cuando anochece, el cine porno El Colonial y el cuarto oscuro del bar Garotos. Además de Grinder, una aplicación para celulares que sirve para establecer contacto virtual con personas cercanas a ti.
  4. Que su amigo estaba seguro de sufrir satiriasis.

El encuentro con Alam de alguna manera le sirvió para romper con la costumbre. Se contaron todo: ambos llevaban muchos meses frecuentando ese lugar, pero por el azar nunca habían coincidido. Alam iba menos que él, porque había formas más baratas de conseguir sexo. A Casiviany no le importaba el dinero y no le importaba el sexo, aunque la curiosidad de saber de los nuevos lugares aumentó su libido. Dejó de ir a esas cabinas.

Días después, aunque sólo por no dejarlo pasar, visitó las cabinas del centro. Entró en la vecindad con el número que le dieron de la calle 4 norte, subió las escaleras hacia la izquierda y vio el letrero con las letras de cibercafé y una diminuta bandera de arcoíris abajo. El recepcionista hablaba demasiado: lo invitó a unirse al grupo de Facebook del lugar, le dio una tarjeta de presentación y guardó en un estante su mochila.

Ni niños, ni ancianos, ni mal olor, ni condones usados en el piso. Todo era muy luminoso debido al gran ventanal de la habitación y muy limpio. Las cabinas, por otra parte, eran aún más pequeñas, lo cual imposibilitó que el muchacho guapísimo que acababa de seducir lo pudiera penetrar.

-Ven, arriba hay un cuarto.

-Vamos.

Subieron unas escaleras en el interior de la casa y entraron a un cuarto con luz tenue en donde estaban tres españoles y dos mexicanos en una orgía. El muchacho lo invitó a unirse, pero él sólo quiso ver. Se dio cuenta de que así disfrutaba más.

VI

Tiene casi tres años que Casiviany conoció las casetas. Ahora su opinión es diferente. Asegura que disfruta mucho de su sexualidad. Incluso bromea mientras cuenta sobre la angustia que sentía de estar haciendo cosas obscenas y perversas. Sabe que estuvo mal haberse castigado moralmente. Está seguro de que, si volviera a ir, ya no sería con culpa y la pasaría muy bien.

VII

En febrero del 2016, los sitios web de Diario Cambio y Periódico Central reprodujeron una suerte de reportaje que habla sobre unas cabinas de encuentro sexual en la unidad habitacional La Margarita. Casiviany me cuenta que por esas fechas le contaron que clausuraron varias cabinas, no sólo esas, a causa de que un periodista publicó una investigación y se le ocurrió poner fotos de los lugares, aunque de todos modos ya no las frecuentaba. El reportaje no dice nada sobre los menores de edad.

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Sobre el autor

Juan Pablo Fránquiz García

Juan Pablo Fránquiz García es estudiante del Colegio de Lingüística y Literatura Hispánica en Facultad de Filosofía y Letras de la BUAP. Forma parte del Seminario de Crónica que dirige el Doctor Marco Antonio Cerdio Roussell.