La debilidad de los poderosos: la difamación como estrategia política/En defensa de Beatriz Gutiérrez Müller

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Hartos de la ineficacia de sus ataques contra Andrés Manuel López Obrador, los enemigos del tabasqueño de manera casi anónima, es decir a través de la página de Facebook Amor por México, han decidido ahora arremeter contra su esposa Beatriz Gutiérrez Müller, acusándola de manera infundada de ser nieta de un militar nazi. Si mentir sobre una persona pública es de cobardes, difamar a un muerto es por lo menos una bajeza. ¿Qué “amor por México” permite eso?, ¿qué mano oscura lo promueve?, si lo a lo que insita es a la discordia. Aunque ya ella misma, la página de Verificado y el periódico digital Animal Político han denunciado esa falacia, vale la pena destacar aquí que las personas valen por sus hechos, su trayectoria, su vida diaria y no por sus vínculos familiares. Y eso es justamente lo que irrita de Beatriz a los desquiciados enemigos de la opción del cambio. Los agrede su simple presencia porque es una mujer sensata y sencilla; porque cuenta con un doctorado en Letras; porque ha trabajado con su pluma a favor de las causas sociales desde los dieciocho años; porque ha sabido educar a su hijo; y por qué no decirlo, también acompañar en las buenas y en las malas a su marido. Les agrede simplemente su cordura y paradójicamente su poco interés en el poder. Es como muchas otras mujeres de México, ni más ni menos, sólo que ahora a ella le tocaron los reflectores. Y qué bueno que así sea, porque el recuento de quien ella es y de lo que realmente ha hecho da pie a rescatar también lo que muchas otras mujeres hacen de manera cotidiana por México de manera generalmente anónima.

Si se quiere conocer a Beatriz simplemente hay que leerla.



Por ello, para los interesados en su obra, va mi reseña de su libro sobre Francisco I. Madero, presentado en Puebla en la casa de los Aquiles Serdán, en abril del 2017, hace un año.

Dos revolucionarios a la Sombra de Madero, la historia de Solón Argüello Escobar y Rogelio Fernández Güell. Ariel, 2017.

Antes de entrar propiamente al tema del libro, me gustaría hacer una breve semblanza de la trayectoria profesional de Beatriz Gutiérrez, que explica en parte su último fruto. Conozco a Beatriz desde hace más o menos veinte años, pero como sabemos, veinte años no es nada o casi nada. A lo largo de esos veinte años hay algo que en Beatriz permanece intacto: su interés por la otredad y por conocer la verdad. Quién ese eso otro y cómo piensa, qué lo empuja a actuar en bien de su comunidad o a ser parte de la historia, qué lo mueve en su proceder, ya sea la simple necesidad cotidiana, un ideal o por qué no, la conciencia espírita.



Recuerdo a Beatriz como reportera radiofónica arriesgando el pellejo en la Sierra Norte de Puebla durante las inundaciones de 1999, para escuchar de viva voz qué era lo que realmente había pasado en las comunidades y de paso hacerles llegar la ayuda de organizaciones sociales que venía desde la ciudad de Puebla, ya que en general los habitantes de la Angelópolis no confiaban en los mecanismos del gobierno; o aquél reportaje sobre los talamontes en el Popocatépetl en el Beatriz fue amenazada; o su narración sobre el triunfo de Cuauhtémoc Cárdenas a la gubernatura del Distrito Federal, hoy ciudad de México, por poner sólo algunos ejemplos.

Luego en el 2002 vino su tesis de maestría El arte de la memoria en la historia verdadera de la conquista de la Nueva España, sobre Bernal Díaz del Castillo, en la que analiza justamente cómo un soldado de manera inesperada, incluso para el mismo, logra sintetizar la vida cotidiana en el período de la conquista, compilando en buena medida las otras historias de sus compañeros de armas. Y a la par, de manera continua creo que hasta la fecha, Beatriz empezó a escribir sus crónicas periodísticas en diversos medios donde documentó entre otros eventos las luchas sociales. Mi favorita es La tierra prometida que publicó en el 2012 sobre el mundo mágico de los yaquis y la defensa de su territorio, amenazado por las empresas mineras. Del periodismo Beatriz saltó a la literatura, al siglo de oro, al estudio de Francisco de Quevedo o del siempre perseguido por la inquisición Giordano Bruno, quien a principios del siglo XVII creía, nada menos, que el universo era infinito.

Lejos de volverse temerosa ante la crítica, su vida académica la llevó a pulir su pluma. En el 2011 publicó su primera novela Larga vida al sol, donde narra en un tiempo impreciso una utopía posible donde predomina el bien común. Un año después nos entregará su novela histórica Viejo siglo nuevo, donde recupera la figura de Francisco I Madero. Esta novela es un conjunto de historias de vida narradas en primera persona, con las particulares emociones y contradicciones de los personajes, y que se enlazan entre sí en un momento específico: la revolución de 1910 y el asesinato del presidente Francisco I. Madero. Un relato donde los hoy personajes históricos: Francisco y Gustavo Madero, los Aquiles Serdán, Villa, Zapata, Bernardo Reyes, forman parte del devenir de los que se antojan protagonistas ficticios, pero no por ello imposibles. Pero a su vez, la vida de los actores ficticios dota de sentido el mundo de los personajes históricos, que en la novela aparecen como lo que fueron en su momento: actores sociales. Viejo siglo nuevo es entonces un relato donde la escritora no emite juicios de valor; deja que cada actor hable de sus contradicciones y emociones como ser humano, en una coyuntura social concreta. Y quizás ese dejar fluir las emociones de los personajes sea su gran aporte, que lo distingue de algunas investigaciones históricas esmeradas en buscar “la objetividad”, sin permitirle a los que hoy consideramos héroes moverse, como cualquiera de nosotros, en el mundo de la subjetividad, las contradicciones, los amores, las flaquezas. En esa novela, en la coyuntura del inicio de la revolución mexicana, los protagonistas eligen, partiendo de su propia historia y de sus limitaciones, de qué lado quieren estar, cuando desde luego todavía no estaba claro lo que pasaría después. Esa decisión será un acto de libertad de los personajes, de la que la autora nos hace partícipes. Una novela, que guarda muchas historias, donde cada personaje, quizás como cada uno de nosotros, libra su propia guerra: la de su consciencia.

Menciono la novela anterior porque en Dos revolucionarios a la sombra de Madero, Gutiérrez Müller de nuevo da un golpe de timón: busca la precisión histórica. Si en Viejo Siglo Nuevo, introducir elementos de ficción en la vida de los personajes históricos le permitió humanizarlos o acercarlos más al lector, en su nuevo libro la autora busca documentar con datos duros la estancia en México y su participación en la revolución de dos personajes hasta ahora casi ignorados por los historiadores y cuya vida se antoja de novela: Solón Argüello Escobar y Rogelio Fernández Güell. Aquí la realidad supera a la ficción. Solón Argüello un nicaragüense poeta y periodista nacido en la ciudad de León (1879), llega a México en 1902, luego de ser perseguido por el presidente liberal de Nicaragua José Santos Zelaya, quien se convertiría posteriormente en cacique político. Ya aquí convive con los hombres de letras, forma parte de lo que se conocen como escritores decadentes (aunque por ejemplo en el libro sobre los mismos de José Mariano Leyva no se le menciona); y a diferencia de muchos intelectuales mexicanos de la época no titubea en incorporarse al maderismo, permanece con el caudillo hasta sus últimos días y finalmente lo asesinan por órdenes de Victoriano Huerta en agosto de 1913, por no claudicar en sus ideales. Lo fusilan en la ciudad de México sobre una vía del tren y “su cuerpo quedó a la intemperie para ser devorado por buitres.” Muchos años después, dicho sea de paso, en abril de 1979, la sandinista mexicana Araceli Pérez Darias, moriría asesinada por la dictadura somocista en la ciudad natal de Argüello Escobar: León. Mutuo y doloroso tributo en la lucha por la democracia en dos países hermanos.

Rogelio Fernández Güell, por su parte, cuya historia también ha permanecido olvidada, fue un costarricense, al igual que Argüello, poeta, periodista y filósofo, que pertenecía al partido republicano en su país, mismo que pierde las elecciones en 1901, por lo que Rogelio decide exiliarse en España. Posteriormente será cónsul de México en Baltimore (1907-11) y luego de 1911 a 1913, se unirá al maderismo, impactado entre otros acontecimientos por la represión a la huelga de los trabajadores de Río Blanco en enero de 1907 y el asesinato de los hermanos Serdán en noviembre de 1910. Luego del asesinato de Madero, renuncia al puesto que tenía como director de la Biblioteca Nacional y regresa a su patria, donde murió asesinado en 1917, por luchar contra la dictadura de Tinoco Granados.

Así los datos duros. La novela imposible. Y de nuevo, como en Viejo Siglo, los personajes que eligen por sí mismos qué hacer con su vida, de qué lado estar: el libre albedrío.

Por último, ya que mañana es el día de la mujer, baste agregar, como comentario al margen de la novela, que las revolucionarias mexicanas Carmen Serdán y Guadalupe Narváez sobrevivieron al conflicto bélico de 1910. Narváez, entrevistada por Martha Rocha, explica cómo las mujeres poblanas de la época ocuparon un papel fundamental en la lucha. Primero, formaron el club femenil Josefa Ortiz de Domínguez, integrado básicamente por obreras de la fábrica Penichet. Después, luego del asesinato de los hermanos Serdán y el encarcelamiento de Carmen, integraron la Primera Junta Revolucionaria, formada para continuar con la lucha insurrecta. La junta estuvo formada por el impresor Gilberto Carrillo, el mecánico Ignacio García y por cinco mujeres, que llevaban la batuta: Celsa Magno, Cruz Mejía, Piedad García, Modesta González y Guadalupe Narváez, cuyas historias también habrá que rescatar del anonimato. Fueron ellas luchadoras incansables contra el fraude electoral y por la apertura democrática, a pesar de que por entonces las mujeres no votábamos. De nuevo el libre albedrío.

Una constante entonces en los libros de Beatriz, a pesar de todo, es el derecho a decidir, quizás la coyuntura actual así lo requiere: El libre albedrío. Podemos optar por la difamación y la mentira contra los oponentes o la sensatez, la cordura, la discusión de proyectos concretos.

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Sobre el autor

Emma Yanes Rizo

Historiadora, escritora y ceramista, tiene un Doctorado en Historia del Arte por la UNAM y es investigadora en la Dirección de Estudios Históricos del INAH.