Crónica mural: la vida arriba y abajo del andamio

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Para mí estudiar artes plásticas es la constante reflexión del proceso creativo. Este fin de semana tuve una de las experiencias más bonitas al respecto. Bajo iniciativa del profe César, cuyas clases siempre son aventuras, toda mi generación del cuarto semestre de ARPA (BUAP) nos fuimos a pintar a La Margarita. Éramos dos equipos de 17 alumnos. Casi ninguno de nosotros había hecho antes un mural, y sólo tuvimos dos días para planear el boceto. La gente siempre rehuye a los trabajos en equipo, para muchos un equipo de tal magnitud suena infernal; por mi parte, este fin de semana viví el diálogo y la aventura colectiva al estar trepados en los muros. La universidad la hacen tus compañeros, y con ellos me descubrí arriba de los andamios, una sensación asustada de alegría, estudiar artes siempre me deja esa sensación.

Todo empezó el miércoles, cuando César nos anunció que empezaríamos el mural el viernes, aprovechando que no había clases. Comenzamos a pensar en el tema y a bocetear, todo entre quejas y súplicas para no comenzar el mural ese día, porque iba a ser el día de las mamis. Pero como sería imposible que todos pudiéramos el mismo día y a todas horas, nos apuramos con el boceto; tratando de ser lo más diplomáticos posible elegimos hablar de la cultura mexicana y el cuidado del medio ambiente. En medio de una divertida lluvia de ideas quisimos hablar de los mercados, los pensamos como elementos llenos de cultura.





Llegó el jueves y no teníamos boceto definido, hasta que alguien agarró las ideas de todos y las hizo una sola. Trazó una mujer morena en un nido de frutas envuelta entre dos alebrijes, una composición ovalada y acogedora. Entonces comenzamos a definir la paleta de colores, jugando con los cálidos, los fríos y tratando de encontrar cierta paz en el exuberante colorido mexicano. Al mismo tiempo, alguien más del equipo se encargó de la renta de los andamios con una empresa de Cholula. A la vez, otra persona se encaró de renegociar el patrocinio de las pinturas, lo bueno es que ese lo teníamos gestionado desde antes.



La cita era el viernes a las cuatro de la tarde en La Margarita. Pintaríamos dos paredes de un edificio multifamiliar de la colonia. A mi equipo le tocó la pared sin ventanas, comenzamos a medir el muro y nos dimos cuenta de que era mucho más estrecho de lo que esperábamos. Nadie había traído buenos materiales para dibujar, así que en hojas viejas de libretas y sin un buen lápiz, comenzamos a modificar el boceto. Tras varios debates compositivos, le alargamos las colas a los alebrijes y le añadimos frutas.

Todo eso cuando aún no llegaban los andamios, porque venían cruzando toda la metrópoli, así que tuvimos que esperar un buen rato. En cuanto los trajo el profe, nos pusimos a hacer una rejilla en el muro como si fuera un bastidor. No teníamos bien con qué trazar, en ARPA hay un tiralíneas disponible para los estudiantes, pero no se nos ocurrió pedirlo. Así que improvisamos con una cuerda pintada con gis y una escoba a la que le atamos un grafito. Anochecía y no teníamos casi nada trazado. Regresé angustiada a casa. Esa noche soñé que me caía del andamio.

Empieza la mañana del sábado en La Margarita y desde las ocho ya hay unos compañeros trabajando en el trazo. Yo no puedo ir hasta el mediodía, pero al llegar con una buena gorra y mucho bloqueador, ya estaba todo marcado listo para pintarse. Las pinturas apenas venían desde la tienda de nuestro patrocinador en San Martín Texmelucan, así que nuestro entusiasmo tuvo que esperar cociéndose a fuego lento. Como típicos estudiantes, estuvimos hechos bolita en nuestras mochilas alrededor de una hora, y como me lo esperaba, en cuánto me levanté por unos chicharrines llegaron los materiales.

Nos pusimos manos a la obra. La labor del profe era preparar los colores, nosotros los aplicábamos en el muro. Los del otro equipo comenzaron a fondear de turquesa su muro, nosotros no teníamos que hacer eso porque nuestro mural era como un sticker grandote y el fondo blanco del edificio le quedaba perfecto. No teníamos suficientes andamios para subir hasta el techo, así que empezamos de abajo hacia arriba, empezando con las colas de los alebrijes. Así se nos fue la tarde, emocionados por lo bonitos que estaban los colores y lo genial que se empezaba a ver el muro. Ese día sólo ocupamos el andamio que llegaba a los dos primeros pisos del muro y ya me parecía alto, ni siquiera me imaginaba cómo se vería el que nos esperaba al día siguiente.

El domingo consistió en subir y bajar brochas y botes como changuitos sin parar, nos hizo falta una buena cubeta con su cuerda. Me subí en el tercer nivel junto con una compañera. Yo no me dejaba de agarrar del tubo, pero a mi lado ella pintaba con total naturalidad, hacía trazos precisos y rectos, decía que no le daba miedo estar allá arriba, que era como ir en cualquier camión de la ciudad. Yo estaba asustada, pero curiosamente me gustaba mirar para abajo, me hacía sentir fuerte, orgullosa. Arriba de nuestro nivel estaba el más alto, donde dos compañeras le pintaban las orejas a los alebrijes. Estaban en el andamio del cuarto piso del multifamiliar, al estirar su brazo poco les faltaba para poder tocar el techo del edificio. Llevaban cuatro horas allí arriba, les daba más miedo bajar. Trabajábamos ante las miradas preocupadas y divertidas de la colonia. Todos estábamos tensos.

Allá abajo no dejaban de preparar los colores que se nos iban acabando. Un señor colono vino a buscar a un compañero, porque el sábado estuvieron platicando como una hora, el señor le contó su vida entera, desde lo lejos yo oía anécdotas de balazos y universidades. Pero esa tarde el señor se quedó sin plática, porque mi compañero se fue más temprano, y nosotros no dejábamos de trabajar subiendo y bajando brochas, matizando las luces y los detalles. Los del otro equipo trabajaban con delicadeza cada pincelada de sus respectivos alebrijes, a veces los escuchaba reír, pero la calle hacía una acústica silenciosa, que me daba la sensación de que ya se habían ido.

Nunca había visto preocupado al profe César, siempre desprende un aura relajada, como si hubiera aprendido a tomarse todo con sentido del humor. En clase de escultura siempre le lloro angustiada porque siento que me están matando las resinas, el dice que no pasa nada, que me eche agua calientita en mis manitas. Esta vez no, a mí se me quitaba el miedo de estar en el andamio al pensar en su responsabilidad como docente. Estaba allá arriba con nosotras, entre todos hacíamos bromas y nos la pasábamos muy bien, yo sólo trataba de ignorar mi dolor de estómago del nervio.

Al caer el sol comenzó la cuenta regresiva, no podíamos seguir sin luz y además teníamos que quitar los andamios y recoger todo. En chinga terminamos de detallar las luces y las facciones de los personajes. Al quedar listo el mural, una de las compañeras de hasta arriba le tomó una foto al cielo de la colonia. El sol se veía hermoso, como una toronja enardecida que se despedía de nosotros para dejarnos con una suave luz crepuscular. Era tal mi alegría en el andamio que no noté que ese cielo era el de la primera contingencia ambiental en la historia de la Ciudad de Puebla.

Levantamos todo nuestro tinglado entre los dos equipos, ellos aún no terminaron de pintar, porque sus alebrijes estaban muy detallados. Nos duelen las piernas, la espalda y los brazos. Tenía deshecho el estómago mientras al lavar las últimas brochas. Escribo esto con ganas de hacer otro mural al lado de estas personas, me divierte pensar que éste es apenas el primero para casi todos nosotros.

Me siento orgullosa del trabajo colectivo que hicimos todos. Desde el boceto, el cuidado de los materiales y la corrección de los escurridos de los demás. La posibilidad de hacer un proceso creativo en comunidad me parece titánico en un mundo donde la individualidad está acabando con la vida. Me gusta sentir estas experiencias, y me gusta verlas. Lasencuentro en los colectivos de bordado de la facultad, también en los grupos de grabado o simplemente en clase, cuando dialogamos sobre el arte contemporáneo y sus intrigas. Así descubro a mis compañeros arriba del andamio, y me siento plena.

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Sobre el autor

Ana Mastretta

Estudiante en Preparatoria Zapata de la BUAP.