Paro en la BUAP, ¿cuándo empezó esta historia?

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Mundo Nuestro. El miércoles 26 de febrero del 2020 es histórico para la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Por primera vez en cerca de treinta años los estudiantes toman las instalaciones y, sin reparo alguno de las autoridades, se declaran en paro indefinido. De un día para otro, la despolitizada masa estudiantil organiza en redes sociales una movilización como si llevara meses construyéndola. Tal es el impacto de cuatro asesinatos que han acabado por quebrar la inercia del desencanto y la apatía de una generación que se ha hecho adulta con las noticias de una violencia sin freno.

Esta crónica da cuenta de una de tantas asambleas estudiantiles que a lo largo de la mañana se produjeron en cada una de las instalaciones universitarias. Mirar así, desde lo ocurrido en la Escuela de Artes Plásticas y Audiovisuales, una rebelión estudiantil que marca una nueva etapa en la historia de la universidad pública en Puebla.



(Fotos de David Arreortua Jimenez, estudiante de Comunicación , y Ana Mastretta, estudiante de Artes Plásticas)

¿Para mí cuando empezó esta historia?



El jueves de la semana pasada acosaron a mi mejor amiga de la uni en la ciclovía de la Atlixcayotl. Ella es foránea y estaba haciendo ejercicio como cada mañana. Ese día cambió de ruta porque no quería encontrarse de nuevo a un viejito que siempre la saludaba pero que a ella no le daba confianza. Así que decidió ejercitarse hacia el otro lado de la ciclovía, el sentido que lleva al Barroco y al Parque Metropolitano. Cuando iba corriendo en el camellón de la ciclovía vio pasar a un tipo de camisa de rayas que corría en sentido contrario a ella. Cada quien siguió su camino hasta que ella escuchó pasos detrás, era el mismo hombre que la venía siguiendo. Ella comenzó a correr y él la persiguió. Ella se detuvo a tomar agua y él la observaba a unos metros de distancia, mi amiga no sabía qué hacer, hasta que él se empezó a reír y se fue. Ella retomó su camino a casa, tratando de irse cerca de un grupo de mujeres que también caminaban en la ciclovía. Cuando llegó al puente peatonal del CCU el acosador estaba ahí, ella tuvo que irse a refugiar a ARPA.

El viernes el grupo feminista de la facultad se iba a reunir en la Bici de Cleta, un bar que está sobre la Atlixcayotl, bastante cerca del CCU. Habíamos quedado en vernos primero en ARPA y de ahí caminar juntas para que todas estuviéramos seguras; también fijamos la reunión a las dos de la tarde, para que nadie se tuviera que regresar de noche a su casa. Cambiamos de planes cuando nos enteramos que el día anterior, el mismo jueves que acosaron a mi amiga, había desaparecido una chica a fuera del bar, aún no la encontraban. Así que decidimos vernos dentro del complejo. La chica apareció con vida poco después, de su historia desconozco los detalles.



Este lunes, mi primera clase de la semana inició con una noticia que circulaba por las redes: habían secuestrado a una chica en Cúmulo de Virgo. Fue difícil prestar atención a mi clase de Tendencias del Arte Contemporáneo mientras por whats nos enteramos de que la habían metido a la fuerza a un Jetta blanco, que ella tenía lentes y mechitas en el cabello, que se creía que era alumna de mercadotecnia. La publicación decía que ya se había denunciado con la fiscalía y había que esperar para poder identificar a la víctima. Al final parece que fue un rumor, porque no se supo nada de la chica y de los testigos. Dieron las siete de la noche y terminaron mis clases, pero fue al llegar a casa cuando me enteré de la historia que ya todos conocemos: el asesinato de cuatro personas en Huejotzingo, un chófer de Uber y tres estudiantes de medicina, dos de la UPAEP y uno de la BUAP.

Foto de Ana Mastretta.

Mi celular se inundaba con sus nombres, con sus historias. José Antonio Parada Cerpa de 22 años, Ximena Quijano de 25 años, ambos colombianos. Francisco Javier Tirado de 22 años y José Manuel Vital de 28 años. Leyendo sobre ellos me sentí de nuevo en 2014, cuando llevaba un mes en la prepa y sucedió el caso Ayotzinapa. Recordé el leer sus nombres y ver las fotos que circulaban impresas en las marchas. Son nombres que después olvidé y fotos de las que quizás sólo recuerdo una entre 43.

Así transcurrió mi martes. Pasé todo el día lamentándome, con un desgaste emocional muy profundo, muy cansada de escuchar una historia terrible a la semana, y las mil historias más que han sucedido y van a suceder. Hace dos semanas fue Ingrid Escamilla, la semana pasada fue la pequeña Fátima, y esta semana fueron compañeros estudiantes. Sin darme cuenta, en mi interior pensaba que no iba a pasar nada en la sociedad, y si hubiera dependido de mí, así hubiera sido. Comencé a darme cuenta de mi error cuando primero vi los videos de la marcha de los estudiantes de medicina, todos con sus batas o sus uniformes de fisioterapia. Su movimiento me parecía ajeno a ARPA, como si sólo fuera algo que ocurriera muchas calles más allá de mi campus. Estaba totalmente equivocada. En la noche llegué a casa cansada, menstruante y enferma, lista para dormir hecha bolita, pero entonces mi celular se saturó de notificaciones y de mensajes. El paro estaba en marcha, y en toda la BUAP.

Foto de David Arreortua.

El paro

Hoy la cita es a las seis de la mañana en ARPA, así va a ser en cada facultad. Yo decido no llegar tan temprano, así que me voy a dormir tranquila. Vivo muy cerca de la escuela, pero jamás pensé que despertaría con el ruido de una manifestación que me llega desde el CCU. Desde mi cuarto escucho un grito que creo reconocer: ¿por qué? ¿por qué nos asesinan? ¡si somos el futuro de América Latina! Consternada me voy un poco más tarde a ARPA, en mi camino veo a los estudiantes de comunicación organizándose en sus instalaciones. En mi pequeña facultad estaban en las mismas, ya bastante bien organizados. Nos vamos organizando por filas, veo a mis compañeros con quienes he compartido clase desde primer semestre, también veo caras que siempre andan por los pasillos de la escuela, y veo a gente que no conozco pero que conoce a otros más. Se van tejiendo redes de apoyo mientras nos alistamos para la asamblea.

Foto de Ana Mastretta.

Se siente el movimiento alrededor del ARPA, nuestro pequeño edificio improvisado, que nunca fue pensado para estudiantes de artes plásticas, cinematografía y arte digital, pero que nos alberga desde el 2013, donde apenas cabe un taller de escultura, un salón verde y un par de salones de cómputo. Nos refugiamos en las mínimas sombras que proyectan las monótonas estructuras blancas del Complejo, desde las del edificio de ARPA hasta las del bebedero, la gente va y viene y cada quien encuentra su lugar; entre todos cuidamos los accesos desde la calle y el CCU. Mientras tanto se van organizando las rondas para los tres días de paro, no vamos a dejar solo el inmueble. Escucho amigos bromear y ponerse de acuerdo para las rondas, hay quien insiste que si te puedes quedar a la peda te puedes quedar a velar la escuela, que no hay excusa. Hay gente menos radical que insiste en que si no puedes quedarte a velar, que traigas víveres. Se necesita de todo: agua, comida, café, papel de baño, cobijas, etc. Escucho a otros planear cómo van a convencer a sus papás para que los dejen quedarse, a muchos los noto un poco asustados. Todos estamos confundidos, pero se siente la unidad y el entusiasmo.

No estuve en la redacción del pliego petitorio, pero mis compañeros me explican que se comenzó a redactar desde las seis de la mañana; alrededor de las nueve se empezaron a reunir las peticiones que habían juntado todos los voceros de carrera y de generación, para empezar a escribir desde las diez; un compañero se fue a la Facultad de Medicina para representar a todo ARPA ante la asamblea universitaria; también abrieron una encuesta en el grupo de Facebook de la escuela en las que pusieron cada propuesta y los demás podíamos votar por las que más nos preocuparan. Corre el medio día y lo que tenemos claro es que aún no tenemos lista la versión final del pliego, pero que preferimos tardarnos a que enviar algo ambiguo o mal redactado a la universidad.

Foto de Ana Mastretta.

Al cabo de un rato se anuncia que ya vienen los directivos, maestros y administrativos para escuchar la lectura de la primera versión del pliego petitorio. A todos nos entran muchísimos nervios, nos empezamos a organizar para hacer cadena entre todos para proteger las instalaciones y evitar que entren a ARPA. Cuando llegan ya tenemos formado un muro de brazos enlazados que se extiende desde las puertas del edificio. Una compañera de Cinematografía empieza a leer las peticiones, es chaparrita como yo, pero lee con contundencia, no le tiembla la voz, y su mano se mantiene firme al sostener el megáfono. Serena, lee una a una las exigencias en relación a la seguridad para los estudiantes y la sociedad en general. Nos habla de mejoras en los alrededores de la institución, como la Atlixcayotl, Cúmulo de Virgo y la 11 Sur; de mejor transporte público y videovigilado; de atenciones en el área de género y de ayuda psicológica. Veo los rostros de la directora y del secretario administrativo, veo a maestras que han hecho que la universidad valga la pena y también a quienes me han dado malas clases.

Nos veo a todos escuchándola y es entonces cuando me pregunto ¿para mí cuando empezó esta historia? ¿cuándo me empecé a sentir insegura al caminar a la universidad? Fue en primer semestre, iba caminando sola sobre Cúmulo de Virgo rumbo a la 11 Sur, del lado de la avenida que da al muro del fraccionamiento Bosques de Angelópolis. Mientras transitaba por la banqueta, varios coches pasaban y me tocaban el claxon, sentía la mirada de los hombres que los conducían. Miré a mi alrededor, el sol del mediodía apenas dejaba una pequeñísima sombra entre los postes y los árboles. Hacia mi izquierda estaba ese eterno muro y la vacía banqueta que circunda al fraccionamiento; a mi derecha, al otro lado de la calle, estaba la explanada y el auditorio del CCU. Toda la avenida se sentía completamente vacía, el miedo me hizo sentir que yo era el único peatón. Todo se sentía tan desolado como en un cuadro de Edward Hopper. De repente sentí que cualquier coche podría llevarme y nadie me vería, que no importaba que fuera pleno día, me podrían desaparecer.

Foto de David Arreortua.

Pocas veces en la vida me he sentido tan sola, pero hoy mis compañeras y compañeros me hicieron saber que estamos juntos enfrentando la violencia que sufre el país, que todos intentamos sobrevivir. A pesar de todos los problemas que ha tenido la facultad, todos los casos de acoso que quedaron impunes, todos los suicidios que se han presentado en ARPA en el último año, todos los maestros que están ahí por una palanca y que dan una clase mediocre, hoy me siento segura, me siento en casa.

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Sobre el autor

Ana Mastretta

Estudiante de la Escuela de Artes Plásticas de la BUAP.