(Dedico este texto a uno de mis primeros alumnos, del Instituto Angelopolitano, Peter Rübke, quien era un viajero incansable y abandonó este mundo hace un par de días. Descansa en Paz querido amigo)
Cuando comencé a dar clases en secundaria y bachillerato, a los 20 años, la diferencia de edad con mis alumnos era mínima; no era tanta cuando me volví catedrático universitario, pero seguía siendo poca. Y si a lo anterior agregamos el entusiasmo que me provocaba tratar con jóvenes, no es de extrañar que hiciera muchos amigos, algunos de los cuales, más de cuarenta años después siguen siéndolo.
Por razones de trabajo, viajé varias veces acompañándolos a Congresos, a reuniones de CONEIC (Consejo Nacional para la Enseñanza y la Investigación de las Ciencias de la Comunicación), a conocer lugares de importancia histórica o a excursiones, simplemente.
Con Alfonso y Ernesto, fue algo especial, nuestras afinidades, los intereses en común, su gusto por la producción de video y radio, mi gusto por los viajes, crearon el coctel perfecto para la aventura. Acababa de leer la novela “Entrecruzamientos” de Leonardo Da Jandra, que se desarrolla en las costas de Oaxaca, principalmente en Zipolite, y me vi atrapado por mis recuerdos infantiles en esos lares.
Mi viejo Tsuru rojo, automático, fue el cohete que nos llevó por el mismo sendero que transité veinte años antes con mi padre. La ruta seguía siendo igual de sinuosa, pero ya estaba pavimentada.
Primera escala, el mercado de la ciudad de Oaxaca, primera comida del día, tlayudas con asiento acompañadas de mezcal, segunda parada en la parte más escarpada de la sierra, para vomitar (demasiado frenesí en las curvas). Finalmente, Zipolite, que, para entonces, a la mitad de la década de los 90, se había consolidado como playa nudista.
Encontramos hospedaje en un cuarto rústico, a orilla de playa, con una palapa, hamacas, otros cuartos y baño común. La estancia fue breve, pero tuvimos tiempo de tostarnos la piel, disfrutar el agua salada del mar, caminar y descubrir una sirena encallada en la arena y un par de gringas encueradas.
En la playa de San Agustinillo, un pescador que cazaba con arpón nos preparó un huachinango frito con ajo y me sentí hipnotizado por las aguas tranquilas y casi transparentes de esa caleta casi escondida.
A la distancia, las olas se mecen aún en mis nostalgias que no siempre son tristes y a veces me veo a mí mismo saltando las olas de los recuerdos para hundirme en ellos y su rumor hace espuma y me moja la piel y me dan ganas de abrazar el agua salada del mar que nunca es la misma, aunque sea al mismo tiempo eterna. Y ahí estoy ahora, de noche, con ese par de chamacos, sufriendo horrores porque, a pesar de haber usado bloqueador solar, la piel me arde.
Nos sentamos en la arena con un par de nuestras vecinas, en el espacio común de los cuartos donde nos hospedamos, y una de ellas propone jugar botella, y uno de nosotros pregunta que qué apostamos, y otro dice que cada uno ponga un “castigo” y entonces se decide por unanimidad que este será desprenderse de una prenda. Y así lo hacemos, sólo cinco veces pues un desafortunado, quien no es ni Alfonso ni yo, ni las chicas, es destinado por la botella a quedarse encuerado… Y sí, “cobardemente”, entre risas, los aún vestidos decidimos que ya es hora de poner fin al juego y acompañar a otros aventureros alrededor de una fogata en la playa y cantar y celebrar la vida como lo hacen las sirenas y la luna y las olas y la brisa…