mayo 1, 2026, Puebla, México

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¿Quién se acuerda hoy de los armenios? / Luis Gerardo Ortiz Corona

Wer redet heute noch von der Vernichtung der Armenier? —“¿Quién se acuerda hoy del exterminio de los armenios?”— habría pronunciado Adolf Hitler ante sus altos mandos militares en agosto de 1939.

El mundo todavía no lo sabía, pero esa frase encerraba una lógica siniestra: la idea de que los crímenes más atroces pueden disolverse en la desmemoria. Una semana después, Alemania invadiría Polonia y comenzaría la Segunda Guerra Mundial.

Hitler, que hizo de la retórica una de sus armas más letales, intentaba convencer a sus generales de que una invasión violenta y sanguinaria no tendría consecuencias morales relevantes. Al contrario: la presentaba como el inicio de un gran sueño expansionista destinado a devolverle dignidad histórica al pueblo alemán, supuestamente mancillado por las potencias vencedoras del Tratado de Versalles.

Seguramente, querido lector, querida lectora, conoces algo de aquellos años. Tal vez por una película de Indiana Jones, en la que el ejército nazi buscaba el arca de la alianza; quizá por alguna referencia a los guetos, a los campos de concentración o a los millones de judíos perseguidos y asesinados por las fuerzas alemanas. La Segunda Guerra Mundial, de una forma u otra, no nos resulta indiferente.

Lo que probablemente se nos está escapando es que aquella línea de Hitler sobre los armenios no fue una casualidad ni una ocurrencia suelta. Fue, más bien, una especie de estafeta mortífera que los personajes más poderosos —y más nefastos— de la historia se han ido pasando para justificar la invasión, el sometimiento y el exterminio de otros pueblos. Como si la humanidad tuviera, cada cierto tiempo, la terrible costumbre de olvidar lo que juró no repetir.

Un 24 de abril de 1915 las autoridades otomanas bajo el mando del partido nacionalista conocido como los “Jóvenes Turcos”, arrestaron en Constantinopla a buena parte de la élite intelectual, política, religiosa y comunitaria del pueblo armenio. Cientos de personas fueron detenidas, deportadas y, posteriormente, ejecutadas. No se trató de una redada más. Fue un golpe calculado contra la cabeza cultural de una comunidad.

El “por qué” puede abordarse desde muchos matices, pero hay una explicación que aparece con crudeza en la historiografía: el Imperio otomano llegaba herido al siglo XX. Después de diversos conflictos y derrotas, había perdido territorios importantes con la independencia de regiones como Rumanía, Serbia, Montenegro y Bulgaria. En ese contexto, el imperio temía que los armenios, una comunidad cristiana con fuerte presencia en Anatolia oriental, se sumaran a esa inercia separatista.

Por años, ciertos sectores del poder turco-otomano alimentaron el sueño de una nación homogénea, articulada alrededor de una identidad musulmana y turca. Sin embargo, dentro de sus dominios habitaban diversas comunidades que no compartían su religión, entre ellas la armenia. A esa diferencia se sumó una sospecha política: la idea de que Rusia conspiraba con los armenios para volver a mutilar la soberanía del imperio.

Con el pretexto de traición se produjeron masacres contra población inocente. Algunas fueron perpetradas bajo el gobierno de Abdul Hamid II, conocido como el “Sultán Rojo”; otras, paradójicamente, fueron impulsadas por quienes lo derrocaron: los propios “Jóvenes Turcos”. Ciertamente cambiaron los nombres de las autoridades, cambiaron los discursos, pero no cambió del todo la lógica: cuando un poder se siente amenazado, siempre busca un cuerpo sobre el cual descargar su miedo.

Durante la Primera Guerra Mundial, la violencia se desbordó. El movimiento nacionalista buscó culpables de la fragilidad otomana y no le fue difícil señalar a la minoría armenia. Así comenzaron los arrestos masivos, las deportaciones forzadas y las ejecuciones bajo la acusación de traición a la patria. Posteriormente, con la llamada Ley Temporal de Deportación, el gobierno justificó desplazamientos humanos de enormes proporciones y abrió la puerta a una campaña sistemática de exterminio.

Los sobrevivientes fueron obligados a caminar durante días, semanas, meses, hacia el desierto. Muchos murieron de hambre, sed, agotamiento o enfermedad; otros fueron asesinados en el camino. Las marchas no eran traslados: eran condenas disfrazadas de procedimiento administrativo. El horror, una vez más, aprendía a escribir con lenguaje de oficina.

En agosto de 1915, The New York Times publicó un informe anónimo que advertía: “Los caminos y el Éufrates están llenos de cadáveres de exiliados, y los que sobreviven están condenados a una muerte segura. Es un plan para exterminar a todo el pueblo armenio”. (NATGEO, 2024)

Se calcula que murieron entre 600 mil y un millón y medio de armenios como consecuencia de las masacres, deportaciones y marchas forzadas. Sin embargo, durante décadas, el mundo guardó un silencio cómodo, casi burocrático. Incluso hoy, en pleno siglo XXI, Turquía rechaza reconocer oficialmente aquellos hechos como genocidio y sostiene que se trató de una consecuencia dolorosa, pero no deliberada, de la guerra y de la rebelión interna.

Tal vez Hitler entendía algo que sólo los monstruos del pasado parecen entender: que la impunidad también educa. Por eso, al recordar a los armenios frente a sus generales, no estaba citando un episodio lejano; estaba invocando un precedente. Les decía, en el fondo, que no temieran endeudarse con la historia, porque esta suele ser una cobradora lenta, distraída y, a veces, cobarde.

Al final, había que “hacer a Alemania grande de nuevo” devolviéndole el prestigio arrebatado. Había que señalar enemigos imaginarios, culpar a los vecinos, a los extranjeros, a los judíos, a los comunistas, a los distintos, a los incómodos, a los que hablaban raro o rezaban distinto. Había que hacer redadas, redactar leyes incendiarias, crear propaganda absurda, invocar la seguridad nacional, prometer orden, defender la tradición y repetir, con otros nombres, el manual de los viejos dictadores.

Desde sus inicios más remotos, la humanidad ha dado testimonio de muchos personajes convencidos de que matar a sus semejantes puede estar bien si la causa es del agrado de los más poderosos o si logra justificarse política y económicamente. Líderes en épocas y lugares diferentes que creen que, en tiempos de supervivencia, tener conciencia es un lujo; pueblos que aplauden hasta que el horror toca su puerta; sociedades que olvidan demasiado rápido porque recordar incomoda, obliga, acusa.

Quizá, por todo lo anterior, la pregunta sigue viva, aunque haya sido pronunciada desde el cinismo más oscuro:

¿Quién se acuerda hoy de los armenios?

Nosotros deberíamos. Voy y vengo.

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