mayo 18, 2026, Puebla, México

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El agua es dios, y se la llevaron los capitalistas: la denuncia de Renato Romero ante el despojo de la vida / Arturo Reyes García (CEDES-BUAP)

El autor de este texto es el estudiante de la Maestría en Desarrollo Económico y Cooperación Internacional, CEDES-BUAP Arturo Reyes García

Conversatorio convocado por el Doctorado en Economía Política del Desarrollo y el/ Seminario Permanente Fractura Metabólica, la cita fue el 12 de mayo, en la BUAP, en el Centro de Estudios del Desarrollo Económico y Social: encuentro que tuvo alguna resistencia por parte de la propia institución, para que estas palabras se difundieran. Como si nombrar el despojo en una universidad fuera ya un acto de profanación. Como si pronunciar la palabra robo pudiera deteriorar los muros académicos. Aun así, entre estudiantes de doctorado, maestría y licenciatura, la bienvenida a Renato Romero Camacho se volvió una postura colectiva: abrir la puerta al testimonio de un territorio al que le están arrancando la vida.

Renato, defensor del agua frente al acaparamiento de la agroindustria, sobreviviente de un historial de agresiones, no venía a dictar una ponencia. Venía a vaciar treinta años de memoria viva. Y empezó por el principio, por lo que realmente están perdiendo, el significado del agua: “Para los capitalistas, el agua es un insumo, un producto, una materia prima … En las leyes dicen que es un recurso natural y ahora en el discurso le llaman ‘bien común’. Y para los medioambientalistas, pues es un recurso natural”. Hizo una pausa. “Y para mí, el concepto es el de los pueblos originarios: el agua es Dios”.

A partir de ahí, el activista desplegó la cronología del saqueo, una memoria viva que iba de su infancia hasta la citación judicial que lo esperaba afuera: “Cuando era niño, el agua era libre como el viento. Recuerdo que mis mayores decían: ‘No se le puede negar un jarrón de agua a nadie’. En esa época, hacer un pozo no requería permiso. Ahora el agua tiene dueño, y los dueños son los capitalistas”. El punto de quiebre fue tajante: la llegada de los gobiernos neoliberales, que se abalanzaron sobre las minas, la tierra, el petróleo y, sobre todo, sobre el agua. Pero con el agua, advirtió Renato, no sería igual que con el petróleo. “El petróleo se lo robaron y el pueblo no lo impidió, porque finalmente la mayoría no tiene gas. Pero el agua no, el agua es la vida. Y ahora que hay un saqueo generalizado, empieza a haber protestas, rebeliones, cuestionamientos”.

Forjado en la lucha carretera y los plantones, Renato desmontó las cifras oficiales con la precisión de quien ha tenido que volverse investigador a la fuerza: “El gobierno dice que la agricultura consume el 75% del agua, insinuando que los culpables son los pequeños campesinos. Y nosotros en la lucha hemos tenido que meternos a investigar. Y resulta que vamos descubriendo que sí, pero no son los campesinos. La mayoría la consume la agroindustria”. Y ahí, empezó a vaciar el mapa de los registros de la Comisión Nacional del Agua: “Coca-Cola, 43 concesiones para extraer, según él, más de 50 millones de metros cúbicos; Grupo Lala, 165 concesiones por 48 millones de metros cúbicos; Volkswagen, Audi, Granjas Carroll…”. La lista era interminable. La denuncia estalló: “Los capitalistas tienen agua gratis, energía barata y mano de obra barata, esclava. Ese es el capitalismo”.

Pero el Estado no es un espectador: es el cómplice que legaliza el despojo. “Desde 1954, la Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos puso veda en la Cuenca Libres Oriental. ¡Desde 1954 estaba vedada para los campesinos!”. El agua se reservó en silencio, no para la sed de los pueblos, sino como reserva estratégica para la industria y la ciudad de Puebla. El candado no era para cuidarla: era para guardársela a los futuros acaparadores. En 2006 la agroindustria trajo los cañones antigranizo. “Nos empiezan a bombardear las nubes, así, frente a nosotros. Ponían los cañones a la orilla del camino, de los pueblos”. El gobierno lo niega. Los empresarios prometieron parar. “Les salió mal”. No pararon. Para 2015, el paisaje ya estaba erosionado. “¿Y los campesinos? ¿Los ejidos? Secos. Sin agua. Secos, como si fuese un desierto”. Tierra comunal degradada, la radiografía exacta del despojo.

Al terminar, el auditorio aplaudió no a un ponente, sino a un hombre que acababa de abrir una herida colectiva. Lo que Renato Romero había compartido era un testimonio de resistencia frente a una guerra que pocos quieren escuchar en las universidades, instituciones cada vez más “al margen del problema social”. Afuera, se pretende encerrar su voz. Adentro, sus palabras seguían resonando, recordando que mientras el agua sea vista como insumo y no como la vida misma, el saqueo seguirá siendo la norma.

La Fractura Metabólica: bombardear las nubes y degradar el suelo.

El testimonio de Renato Romero no es solo la denuncia de un activista; es la evidencia palpitante de lo que Marx denominó fractura metabólica: la ruptura violenta del intercambio natural entre la sociedad y la tierra bajo el capitalismo. En la Cuenca Libres Oriental, esa fractura que separa el agua comunal para ponerla a disposición de las transnacionales. La frase “el agua es Dios” frente a la definición legal de “recurso natural” o la capitalista de “insumo” encierra la primera violencia: la desposesión simbólica. Para los pueblos originarios, el agua no se posee, se venera. Convertirla en una mercancía con dueño, “ahora el agua tiene dueño, y los dueños son los capitalistas”. El Estado legitima este despojo al mencionarla como “bien común” en el discurso, mientras la concesiona como propiedad privada en los hechos. La memoria de infancia de Renato es un contraste: el principio “no se le puede negar un jarrón de agua a nadie” organizaba un mundo basado en la reciprocidad. Hoy, los pozos ejidales son cuencas secas y los campesinos ven su tierra agrietada junto al acaparamiento hídrico de los agroexportadores. No es solo el sustento lo que pierden: se rompe el lazo generacional con la tierra. El relato traza una curva de aprendizaje político: el Estado ya no es un mediador, sino el socio que administra el despojo.

En la dimensión ambiental, el dato que Renato “no se creyó” —la veda de la Cuenca Libres Oriental desde 1954— revela que el desastre ecológico no es un accidente, sino una planificación estatal de largo aliento. Se negaban los permisos a los campesinos bajo el sello de la “veda”, mientras el Estado reservaba el acuífero para la industria. Los cañones antigranizo son la declaración de guerra de una agroindustria que no se adapta, sino que invade. Disparan contra las nubes para proteger cultivos con un costo ambiental privatizado: alteran artificialmente el clima, secan los ejidos y concentran el beneficio. Es la dinámica extractiva en estado puro. La tierra no descansa, el agua no se infiltra, los nutrientes se extraen sin retorno. Marx lo diagnosticó: el capital impide el ciclo natural de regeneración del suelo y del agua. En la Cuenca Libres Oriental se ve a simple vista.

En la dimensión económica, cuando Renato enumera: “Coca-Cola 43 concesiones, Grupo Lala 165, Volkswagen, Audi…”, está evidenciando un modelo basado en un subsidio oculto escandaloso. Los capitalistas operan con agua gratis, energía barata y mano de obra esclava. La narrativa gubernamental de que la agricultura consume el 75% del agua es un dato para criminalizar al campesinado y blindar a la agroindustria. Son las transnacionales, con sus concesiones millonarias y gratuitas, quienes acaparan el volumen. Y el capital no se conforma con robar el recurso: busca apropiarse también del discurso de la sostenibilidad, cooptando la narrativa ambiental para profundizar el saqueo. Es importante visibilizar este saqueo, ubicando la primera línea de defensa del territorio; evidenciar la criminalización del defensor y quién está generando el daño en los territorios; demostrar la conexión entre este modelo de consumo, quién ejerce la inversión ante este despojo y quienes son los más despojados. Cómo evitar este patrón si no existe la visibilización desde otros sectores de la sociedad, como la academia.

Desde un enfoque social, visibilizar la pérdida de medios de subsistencia rurales, pero que también tienen implicaciones en nuestra vida urbana. La inseguridad alimentaria e hídrica que también sufrimos. La fragmentación en el tejido social. El aumento de migración del campo a la ciudad y la precarización urbana. Las violencias, criminalizaciones y estigmatizaciones hacia los lideres socioambientales, que han sido acosados por años, asesinados, judicializados o que se tachan como opositores del desarrollo.

Desde un enfoque ambiental, evidencia la contaminación del agua, de la vida, la pérdida irreversible de la biodiversidad, no solo pensar en la vida humana sino también en la vida de otros ecosistemas. La alteración de los ciclos hidrológicos. La desecación de humedales, de cuencas, de ríos, lagos. El incremento de gases de efecto invernadero. La degradación acelerada del suelo que se vive todos los días. Desde un enfoque político, la concentración del poder sobre estos intereses corporativos. La violación sistémica de derechos humanos, hacia la consulta previa, libre e informada que en principio es lo que se exige. La criminalización de la protesta en México y Latinoamérica. La persecución de defensores ambientales y el debilitamiento de la democracia y de gobernanza territorial. La escalada de conflictos socioambientales dentro de estos modelos desarrollistas. Las legislaciones hechas a medida o de regulaciones ambientales. La pérdida de control territorial, de la soberanía sobre bienes comunes.

Con lo anterior, la pregunta académica es, ¿qué se puede aportar para visibilizar esta problemática?: Investigación y generación de evidencia, como los monitoreos científicos, cartografías sociales, documentación de daños. Investigaciones situadas en territorios que están en conflicto. Observatorios, plataformas de alerta temprana, y la vinculación e incidencia política con acompañamientos técnicos, consultas para evidenciar consensos de lo que se quiere y lo que no en un territorio. El relato de Renato Romero no es un caso aislado de resistencia local. Es la evidencia de que, en el capitalismo actual, lo social, lo ambiental y lo económico son las tres fauces de un mismo proceso de acumulación por desposesión. El Estado es un socio activo del atraco, y la academia corre el riesgo de quedarse perpetuamente al margen de la herida social. Mientras el agua tenga dueño, el saqueo será la ley. La crónica termina, pero la historia no. La defensa del territorio no es solo la lucha frente a la máquina; es la lucha por despertar la conciencia de una sociedad que ha olvidado que, sin agua y tierra viva, no hay ciudad sana. Visibilizar este saqueo es el primer acto de dignidad colectiva.

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