“Quienes pueden hacerte creer absurdos, pueden hacerte cometer atrocidades”. Escrito en el siglo XVIII por el filósofo francés Voltaire para criticar el fanatismo religioso y político de la época, tan vigente para nuestros días.
La política gubernamental de los últimos ocho años ha elevado el absurdo a categoría de discurso oficial, las exageraciones retóricas siempre han existido en la clase política; sin embargo, la narrativa sistemática donde la realidad es sustituida por consignas, y donde la evidencia se combate con descalificaciones y la creencia se vuelve más importante que los hechos, cada vez se intensifica.
El gobierno de izquierda llegó prometiendo acabar con la corrupción, regenerar la vida pública, y transformar de raíz las estructuras del Estado. Conforme avanzaron los años, el discurso se orientó hacia la construcción de una realidad paralela donde los problemas no existen si se niegan (La corrupción), las críticas son conspiraciones de la derecha o la oposición, y cualquier fracaso del gobierno puede atribuirse al pasado.
Primero se instala el absurdo, después se normaliza y, finalmente, se utiliza para justificar decisiones que en cualquier otro espacio serian irracionales. Su impacto es enorme en la población pobre y marginada, por eso es fácilmente manipulada.
En las conferencias mañaneras se defienden decisiones que terminan por colocar a México en situaciones de burla o crítica, tal como sucedió con el sistema de salud nacional, que sería mejor que el de Dinamarca. O el combustible donado a Cuba por supuestas razones humanitarias, después vendido a bajo precio, y finalmente, se desconoció el paradero de los buques petroleros.
El absurdo persiste con una narrativa que dice “Todo va bien” en el país, y la consigna es hacer creer a la población que “Todo va bien”. Se dijo que la corrupción ya había quedado atrás, pero no hay semana que salga a la luz un escándalo de corrupción. El llamado huachicol fiscal, que involucra a altos mandos de la Marina, personal de la FGR y aduanas, y civiles, dejando pérdidas alrededor de los 600 mil mdp, con 12 asesinatos de testigos clave. Al día de hoy persiste una opacidad, una presunta incapacidad o encubrimiento. La consigna es hacer creer a la población que acepte el discurso de que la corrupción ya se acabó. Bien dijo el célebre Voltaire, cuando las personas acepten absurdos, el siguiente paso es justificar las injusticias.
Si se cree que todo cuestionamiento es parte de una conspiración, entonces se justifica hacer una ley mordaza. Si se cree que todas las instituciones son corruptas, entonces se justifica su desaparición como sucedió con el INAI, el CONEVAL, y otros organismos; o incluso, la sustitución del poder judicial.
Si se cree que cualquier oposición representa un freno para que avance la 4T, entonces la descalificación pública se convierte en un acto patriótico, culpando al pasado de la desgracia nacional; pero lo absurdo es que ese pasado esta en las entrañas de Morena.
El discurso oficial enfatiza que México no acepta injerencias extranjeras, rechazando la intervención de EE.UU. en asuntos internos. El absurdo del discurso soberanista, más que construir una soberanía nacional, lleva una línea ideológica, los discursos de enfrentamientos son visibles, polarizando a la población.
Cuando el discurso oficial convierte a los críticos en enemigos, la polarización deja de ser casual y se convierte en una estrategia. El absurdo divide a la sociedad en bandos morales, y los adversarios políticos se convierten en enemigos del pueblo. El debate público ya no existe, ahora es confrontación permanente. No hay errores del gobierno, son boicots de la oposición, o errores del pasado. El absurdo de la llamada Cuarta Transformación, es hacer creer que “No robar, no mentir y no traicionar” son principios que la sostienen, aunque sus resultados digan lo contrario.
Los contrapesos al régimen se han debilitado o han sido eliminados, cuando el discurso oficial se convierte en verdad incuestionable, el camino queda listo para que los absurdos se transformen en reformas constitucionales o políticas públicas inadecuadas o injustas encaminadas a erosionar la incipiente democracia. El reciente acuerdo de la Suprema Corte para dejar absuelto el delito de peculado al político que lo involucre en cuanto deje el cargo, lo convierte en lo absurdo de lo absurdo.
El absurdo de sostener el discurso soberanista o incluso “La Marcha por la soberanía”, como justificación para proteger a políticos presuntamente vinculados con el crimen organizado, rechazando todo acto de “No intervención”, lo hace irracional. México debe ser soberano, indudablemente; sin embargo, no es razonable usar la soberanía de parapeto ignorando el estado de derecho. Si un político es presuntamente culpable, debe investigarse y en su caso sancionarse; punto. Pedir “Pruebas, pruebas, pruebas” desde el poder, resulta absurdo habiendo tantas prioridades que atender en el país. El Estado mexicano debe orientar sus esfuerzos a las prioridades de la nación, no a sostener a un partido político o proteger desde el poder a presuntos delincuentes (Caso Rubén Rocha Moya).
Convencer a la una sociedad de que lo absurdo es razonable, es la antesala para cometer injusticias y se constituyan como algo normal. “Quien no se mueve, no siente las cadenas” (Rosa Luxemburgo).
La soberanía nacional es el principio fundamental que establece que el poder supremo reside única y exclusivamente en el pueblo (Artículo 39, Constitución mexicana). Bajo esta premisa, el pueblo de México desea que en su soberanía, haya seguridad para todas familias; haya educación de calidad; un sistema de salud universal digno y de calidad; un crecimiento económico que genere empleos dignos y bien remunerados; acceso a alimentos suficientes, inocuos, nutritivos y asequibles para todas las familias; que se erradique la pobreza; que México viva un auténtico estado de derecho, con acceso a la justicia, y abolición de la corrupción y la impunidad.
El Estado mexicano debe hacer de la soberanía, un principio fundamental para construir el bien común en todas las familias de México, a recobrar la confianza en las instituciones y a vivir en paz. El absurdo, jamás podrá estar por encima de la inteligencia humana; de modo que, por más que se justifique desde el poder su implantación, siempre será irracional e inaceptable.
(Ilustración de portadilla por José María Martínez tomada de revista Nexos)