junio 1, 2026, Puebla, México

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Las Grietas del Reconocimiento en el México fragmentado / Amaranta Dafne Pérez Hernández

Introducción

Decir que la realidad es múltiple es una obviedad, decir que México no se puede entender desde una perspectiva singular es básico, pero decir que mi país es pluricultural es un simplismo epistémico: una mentira repentina (y repetida) que desdibuja la fragmentación social que se vive entre la occidentalización del país y el vestigio del pasado, el linaje relegado, el mestizaje forzado.

México no es una unidad, México es una especie de biología geográfica que, en el abstracto, teoriza a sus culturas a través de la representación folclórica del ayer (de lo que fue una vez y el mundo espera no vuelva a ser) y que encierra en libros y museos al indígena que murió, porque aquel indígena que aún vive y resiste, es segregado. Hoy en día, y ya desde hace mucho tiempo que viene pasando, la historia y la cultura son dos espectros que se entremezclan en una misma estructura que, con su voz muerta, segrega y dirige una extensión de clase, de segunda clase, pues todo aquel que (aún) en tierra mexicana no coincida con el concepto correcto de la evolución moderna, que no forme parte del modelo eugenésico tecnológico que se confecciona a través de la IA y que, en el discurso, reivindique la racialización de los cuerpos, es un Otro horizontal que es cómodo de observar (y admirar), pero nunca de representar, nunca de personificar desde dentro. El indígena en México suele ser más un disfraz lleno de neologismos y agregados pintorescos que marquen y dividan el provenir del hombre, porque hombre que proviene de la tierra del barro y el maíz, con color de piel ambarino, es un hombre con defecto y no un hombre que se extiende a través de la tierra: México profundo y salvaje, México que duele y respira, ocre oquedad de los pueblos que desde el afuera se admiran, desde dentro se mueren y en la acción se mancillan.

Este escrito no es una búsqueda de soluciones desesperadas, ni es un discurso lógico; no es una proposición que pugne por el derecho de los pueblos, ni tampoco es una arqueología sociantropológica que detalle la defensa histórica de los pueblos, su defensa a la representación plural. El siguiente trabajo es un proyecto que, desde una lógica deontológica, post-formalista y rizomática, expone el totalitarismo con que miro la desolación de los pueblos; la pena con la que interpreto lo que la MASA hace de la cultura al convertirla en folclor. Este escrito no es un manifiesto desafiante (desafortunadamente), pero es un compendio de palabras que hablan sin inicio específico y sin final último, al igual que el rizoma de la flor, sobre un mundo que vigila que la interacción con el otro (con lo ajeno, con los ajenos) se quede en el plano interpretativo, pero exterminador; porque un mundo multicultural es un mundo cómodo, pero un mundo pluricultural parece imposible al menos hoy día bajo esta lógica global que de forma pasiva utiliza al semejante pero que, de forma agresiva, lo deshecha en el discurso, lo subsume en la palabra, lo borra en el colectivo.

La Ficción del Centro: La Cultura Dominante

No todo en esta vida es explícito, hay acuerdos tácitos a los que solo llegan quienes tienen poder mediático, o poder económico, o poder estético (o los que simplemente son el canon de lo que la occidentalización pretende que el mundo sea, que América sea, que México se convierta). Dentro de esta sociedad, los acuerdos colectivos que versan sobre cultura, religión, moda, masas, idiosincrasia son acuerdos que, la mayoría de las veces, estandarizan, a partir de la razón de unos cuantos, la regla infinita que debemos seguir TODOS nosotros: nosotros los otros, los múltiples, los no-blancos, los no-tan-blancos, los blancos-herejes, los mestizos-folclóricos.

Hay un estándar invisible que convierte al campo en un despojo urbano, que castellaniza la lengua y que la llama dialecto, que blanquea con normalidad opresiva una narrativa que exige diluir la diferencia para poder ser ciudadano; pero la diferencia que borra (que desdibuja y subsume), es la diferencia del indígena, porque lo que el liberalismo y el capitalismo neoliberal quieren es, homogeneizar al hombre para que cada parte del cuerpo pueda ser comprada y vendida, incluyendo a la esencia misma.

Los saberes indígenas y afromexicanos se categorizan como “artesanía” o “superstición”, nunca como ciencia o filosofía. Y esta violencia es un tipo de violencia de la que mucho se habla, pero poco se nombra. Esta violencia es una violencia epistémica que intenta silenciar los gritos de dolor del mestizaje (y que está manifiesta a través del clasismo social), e intenta sobreponer una narrativa que aclama y agradece al mestizaje amoroso (palabras recién dichas por la siempre blanca-siempre opresora-siempre fascista Isabel Díaz Ayuso) por refinar a la especia y volver en hombre al ser que un día fue solo raza.

El estándar urbano, castellanizado y blanco

En el mundo no hay posturas neutrales, ni existe la objetividad directa; nuestras opiniones siempre son relacionales y dependientes del relato propio y (desafortunadamente), el relato propio dejó de ser singular desde que el pensamiento formal moderno tendió a crear macro-narrativas hegemónicas que invisibilizaron (e invisibilizan), sus propios sesgos geoculturales: nuestros propios sesgos aprendidos y replicados por una herencia de sometimiento colonial constate, presentando los valores de la modernidad eurocéntrica como la meta final del desarrollo humano (Gidley, 2016). No está mal ser honesto desde el comienzo con tus propensiones y tendencias sociales, ni presentar desde un inicio tus favoritismos políticos, religiosos, o tus motivos de lucha cultural; sin embargo, el primer gran obstáculo para la generación de la pluriculturalidad soberana (en esta sociedad), es la falsa representación (operación silenciosa) de una matriz cultural dominante que se autopresenta como un estándar neutral e invisible. Lo urbano, lo blanqueado y lo castellanizado no se enuncian a sí mismos como “una cultura más” dentro del territorio, sino como la normalidad evolutiva y civilizatoria.

En México, este “estándar invisible” opera como un marco de referencia normativo que moldea las instituciones jurídicas, los medios de comunicación y las políticas educativas. Lo que queda fuera de esta triada (lo rural, lo indígena, lo afromexicano, las lenguas originarias) es inmediatamente leído desde la carencia, el rezago o el pintoresquismo: se vuelve un área de oportunidad a la cual colonizar, modernizar y eficientar. Quienes no habitan o no se asimilan a este estándar sufren una presión estructural constante para despojarse de sus particularidades si desean acceder a la movilidad social o al reconocimiento ciudadano –incluyendo la participación ciudadana e incluso para hacer oír el simple sonido de su voz a través de la lengua originaria–. El posformalismo denuncia que esta supuesta neutralidad es una forma de violencia cognitiva: obliga a las mentes en desarrollo a fragmentar su identidad, introyectando la idea de que su lengua materna o la cosmovisión de sus comunidades son barreras que deben superar para volverse “competentes” en el mercado global. La normalidad es, así, el dispositivo geopolítico que perpetúa la subalternidad sin necesidad de declararla abiertamente. Y, si bien ya hemos superado el sometimiento clásico del aparato represor de estado y posteriormente el aparato ideológico de estado, lo que seguimos teniendo es una visión panóptica del mundo que ejerce poder sobre los cuerpos al crear necesidades líquidas antes de categorizar el desgajamiento de la fractura colonial. La colonia no vive en los libros de historia: la colonia vive en la especulación inmobiliaria, en el ecocidio de las parcelas y los campos, en la lucha libertaria por la compra de derechos; los derechos de un mundo que visibiliza la infracción, pero que se inmuta ante el genocidio.

(Ilustración de portadilla: Estelí Meza. Tomada de revista Nexos)

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