julio 21, 2026, Puebla, México

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Del seminario, casa de recreo y campos de futbol / Moisés Ramos Rodríguez

Férrea memoria

I.- Manzana colegial

Los terrenos del seminario, actual espacio dedicado a las actividades deportivas en la colonia Vicente Guerrero, al sur de la Angelópolis se llaman así porque pertenecieron al Seminario Mayor Palafoxiano de la arquidiócesis de Puebla.

En la antigua Ciudad de los Ángeles, Juan de Larios, catedrático de la Universidad de México —nos informa Hugo Leicht— dejó fondos para la construcción del que sería el Real y Pontificio Colegio Seminario Conciliar Palafoxiano, iniciado —todavía sin ese nombre— con ese dinero por el obispo Diego Romano en 1596. Llegó a tener cuatro colegios, cada uno en edificio propio, en la misma manzana: el primero, para alumnos de filosofía, teología y moral, el de San Juan; el Real de San Pedro, el Eximio de San Pablo y el de San Pantaleón.   

Para enseñar gramática, retórica y canto llano, el Colegio de San Pedro fue abierto por Juan de Palafox en 1648 —entre el de San Juan y el Palacio Episcopal, en la actual Avenida 5 Oriente 3, al presente, sede la de la Secretaría de Arte y Cultura (SAC)—, y el Eximio Colegio de San Pablo para grados académicos —hoy sitio de los talleres artísticos de la SAC—; finalmente, dedicado a formar teólogos, el Colegio de San Pantaleón. Abierto en 1762, fue fundado por el obispo Pantaleón Álvarez de Abreu, en la hoy Avenida 5 Oriente esquina con la Calle 2 Sur.

Los antedichos edificios pasaron al Gobierno del Estado en 1867, vendidos los tres primeros al alemán Julio Ziegler y el cuarto a Manuel García Teruel, propietarios que los arrendaron y, posteriormente los revendieron al gobierno que se los había vendido.

En 1886, el Seminario Palafoxiano pasó entonces a “un nuevo edificio magníficamente acondicionado”, donde había sido el convento de Belén, Avenida 4 Poniente esquina con Calle 7 Norte, (nos informa Quirós y Gutiérrez), sitio que en 1914 fue confiscado para la Jefatura de Operaciones Militares, después de que en 1907 se abriera ahí la Universidad Católica Angelopolitana. Hoy, parte de él está dedicado a una biblioteca.

Antes de instalarse en los años sesenta del siglo XX en la 44 Norte y Avenida Morelos, donde actualmente funciona, el seminario ocupó una edificación en la Avenida 9 Oriente número 1.

II.- Scholarum populo

Juan de Larios era cura de Acatlán y, a finales del siglo XVI dejó cien mil pesos para la fundación del colegio de San Juan, para doce colegiales, estudiantes de filosofía, teología y moral, quienes también debían ser acólitos en la catedral.

El bachiller De Larios era egresado de la Real y Pontificia Universidad de México, inaugurada el 3 de junio de 1553, con una primera clase de teología. La institución tuvo el monopolio de impartir grados en el virreinato, hasta finales del siglo XVIII que fue abierta la Universidad de Guadalajara, época esta cuando todos los colegios jesuitas admitían indígenas como estudiantes.

En 1644, Juan de Palafox y Mendoza fundó el colegio de San Pedro para su seminario conciliar, basado en los acuerdos del Concilio de Trento “con dotación suficiente para 30 colegiales” diez mil pesos para sus alumnos, con preferencia naturales originarios del obispado, y de no haberlos, del resto del virreinato. Preferencia también tenían los aspirantes pobres, y debían pagar 120 pesos los que eran ricos; los primeros eran aún mejores candidatos si hablaban algún idioma originario del continente americano: chocho —chocholteco o ngiwa —totonaco, otomí, mixteco o tlapaneca. Estudiaban desde los doce años cumplidos, hasta los diecisiete o dieciocho, cuando pasaban al colegio de San Juan a hacer estudios superiores, especialmente de teología moral; o marchaban a la Gran Tenochtitlán.

¿Por qué eran recibidos estudiantes de origen indígena en los colegios y, posteriormente se les aceptaba solicitar un grado en la Real y Pontificia Universidad de México?

En su artículo “Los estudiantes indígenas del Obispado de Puebla en la Real Universidad” la investigadora Margarita Menegus Bornemann (https://www.revistas.inah.gob.mx/index.php/dimension/article/view/9880/10665) nos recuerda:  

“Para ingresar a la Universidad no fue requisito pertenecer a la nobleza indígena, sino demostrar ser indio puro. En las constituciones elaboradas por Palafox a mediados del siglo XVII se incluyó un estatuto, el 246, correspondiente a la limpieza de sangre. Ser indio puro significaba sin mezcla de negro, mulato o chino. La constitución consigna al respecto lo siguiente: ‘los indios como vasallos libres pueden y deben ser admitidos a matrícula y grados’. La Cédula Real de 1697, reiterada en 1725, decía: ‘que los indios de América sean atendidos, favorecidos y honrados como todos los demás vasallos de su Corona.’”

Los jóvenes estudiaban en los colegios fundados por el clero regular y en los seminarios catedralicios, por lo que los poblanos formados en colegios (posteriormente en el seminario) obtenían un grado en la universidad de la Gran Tenochtitlán.

Como foráneos, los colegios de la antigua Ciudad de los Ángeles debían contar con examinadores, que atendían a quienes aspiraban a obtener un grado en la Universidad Pontificia a título de suficiencia.

“Para facilitar la matrícula de los estudiantes foráneos la Universidad nombraba a un teniente secretario, quien se encargaba de realizar estas funciones. En el caso de Puebla se nombró un teniente de secretario permanente de la Universidad, por ser donde había el mayor número de instituciones educativas y, en consecuencia, el mayor número de estudiantes foráneos. Frente al secretario, los estudiantes se matriculaban en la Universidad, y además debían jurar obediencia al rector. Estas dos acciones le daban al estudiante el derecho de votar en las cátedras y gozar de los privilegios jurisdiccionales que brindaba el pertenecer a esa institución”, nos recuerda Menegus Bornemann.

Los indígenas generalmente aspiraban a obtener el título de bachiller en Artes y, a finales del siglo XVIII, por órdenes reales, se les debería otorgar el antedicho título gratis, por cuestiones de pobreza, sin mencionarse jamás en ese documento u otros esta característica:

“…debido a la falta de beneficios disponibles un grupo muy amplio de curas vivían prácticamente al borde de la mendicidad. Y es precisamente en ese contexto en donde encontramos el mayor número de indígenas graduados de la Universidad y ordenados como curas y por lo mismo con pocas posibilidades de ocupar un curato debido a la escasez de beneficios disponibles. Durante el siglo XVIII se graduaron un total de 13, 636 bachilleres en Artes, de los cuales los indígenas representaban tan sólo aproximadamente un uno por ciento del total. Sabemos que entre 1753 y 1822 se graduaron de bachiller en Artes cuando menos un total de 118 indígenas”, documenta Menegus y concluye recordando, entre otras cosas, el mestizaje de la antigua Ciudad de los Ángeles:

“Los estudiantes del Obispado de Puebla fueron sin duda los más numerosos [en graduarse en la Real y Pontificia], en parte debido al número de instituciones educativas existentes en la ciudad de Puebla y al hecho de que en dicha ciudad se estableció un secretario de la Universidad encargado de matricular a los estudiantes que deseaban graduarse en la Universidad. Un censo eclesiástico de la diócesis de Puebla de 1681 nos revela que a pesar de haberse fundado como la primera ciudad para españoles, tenía en esa fecha ocho mil vecinos, de los cuales cinco mil eran indígenas.”

Y añade: “Según el mismo censo había 1000 presbíteros, en ‘su mayor parte constan de sujetos muy lúcidos en todas las letras, y casi todos tienen pericia en las lenguas que usan los naturales de este obispado.’”

Lo anterior pese a que la misa, en latín fue dicha así hasta hace 61 años, en 1965.

“El Colegio de Teólogos de San Pablo fue fundado por don Manuel Fernández de Santacruz para el sustento de ocho colegiales. Los alumnos se forman para ser maestros de latinidad en todas las facultades y para los reales colegios. Además, por su formación pueden opositar para ocupar alguna de las prebendas de la catedral y los mejores curatos del obispado” ha documentado también Margarita Menegus.

Hoy ahí, se imparten talleres artísticos, principalmente a niños y jóvenes.

III.- Seminaristas campos

La Garita de Amozoc o de Veracruz —nos recuerda Hugo Leicht— ubicada sobre la actual prolongación de la Avenida 14 Oriente, en la colonia El Porvenir, tenía hasta finales del siglo XVIII una ermita de Ánimas, como las tenían las garitas de México y Cholula. El sitio fue comprado por el obispo Ramón Ibarra y González “(1902-17) y transformada en una quinta de recreo para los seminaristas del Palafoxiano, en 1913. Su iglesia, sita enfrente y dedicada a la Divina Providencia se inauguró en 1912.”

Las garitas, que funcionaron hasta 1893, servían para cobrar impuestos por la mercancía que ingresaba a la antigua Ciudad de los Ángeles, y en la Puebla del siglo XIX.

Donde estuvo la de Amozoc, ahí inicia o termina —según se vaya hacia el sur o se venga de éste— el Bulevar Vicente Suárez, que pasa cerca del cerro de la piedra quebrada, Tepozuchitl, sede de la XXV Zona Militar.      

La primera piedra del actual edificio del seminario, fue colocada el 7 de octubre de 1956: un bloque de mármol rosa obsequiado por el señor Mariano López, con un pergamino en su interior que contenía, en latín los datos de la colocación del mineral, el nombre del arzobispo poblano, Octaviano Márquez, y del rector del seminario, Alfonso Reyes. Sus actividades comenzaron el 16 de agosto de 1964, según el número 4 la revista Palafoxianum, de junio 1961.

En el comedor que fue capilla doméstica de este nuevo sitio, los cristales de la parte superior fueron sustituidos por vitrales de colores con figuras geométricas. En ellos se relata la pasión de Jesús, y en uno se lee: “Arte: Fernando Rodríguez Lago.  Vitral: Roberto Rodríguez González, César Morales González. Puebla febrero 14 de 2004.”

De acuerdo con Barrera Sánchez, Mundo Hernández y Valerdi Nochebuena (Academia XXII, 2022), los vitrales fueron realizados entre 1993 y 1997 y culminados en el citado 2004, cuando fueron formalmente inaugurados.

En cuanto a los campos del seminario (Palafoxiano) eran, entonces, un terrenal de casi veinte mil metros cuadrados ubicados en la actual colonia Vicente Guerrero, al sur de la Angelópolis, donde los más llaneros jugaron futbol hasta no hace muchos años, como lo hicieron en parte de lo que hoy es Bosques de San Sebastián, en las cercanías de la antigua zona roja de la 90 (cerca del actual Infonavit San Pedro, al norte de la urbe) o donde hoy está el fraccionamiento El Pilar.

El seminario del presente fue construido con base en un proyecto de Miguel Pavón Rivero, sobre seis mil 400 metros cuadrados.          

Famosa fue —y es— la línea de autobuses urbanos Garita-Panteón, que desde los años cuarenta del siglo pasado hacía el recorrido desde la Garita de Amozoc o Veracruz hasta el Panteón Municipal, frente al cual estaba otra garita, la de Amatlán —“donde abundan los amates”, árboles de los que se obtiene el papel amate—, edificio todavía en el siglo XX usado alguna vez como cantina, donde la botana eran los caracoles del cementerio y, del mismo, la carne de tlacuache de acuerdo con viejísimos bebedores que la frecuentaron, en la actual 11 Sur número 3500.

Según documentó Hugo Leicht, para 1790 ya existía esta última garita, que en el siglo XIX sirvió no ya para recaudar alcabalas para el reino español, sino impuestos para la República Mexicana, y era observatorio sanitario, sobre todo en época de epidemias, para cuidar quién y cómo entraba. Muchas voces se han levantado para exigir que se le de mantenimiento a lo que queda del edificio, pero lleno de basura, continúa abandonado; quizá alguien espera que se caiga o durante una madrugada, lo derriben, como hicieron con el Puente de las Ánimas, sobre el actual Bulevar Atlixco.

Seminario Mayor Palafoxiano,  entre despojos y la visita de Juan Pablo II en 380 años de historia

El Seminario Palafoxiano tuvo su fundación canónica el 22 de agosto de 1644 por el obispo Juan de Palafox y Mendoza. / Foto: Hemeroteca / El Sol de Puebla

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