agosto 18, 2026, Puebla, México

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La Odisea en el cine: dos naturalezas distintas / Moisés Ramos Rodríguez

Férrea memoria

I.- A veces, tiemblo de miedo

Odiseo.- Hay dos naturalezas distintas en mí. Una que ama el hogar, la familia, la calma. Hay otra, en cambio que ama los viajes, el mar abierto, las extrañas formas de las islas desconocidas; los lestrigones, los gigantes.

“Sí, Euríloco. Cuántas veces me hace sufrir la nostalgia de lo que nunca he visto.”

Euriloco.- Sí, te comprendo. Por eso te sigo, aunque, a veces, tiemble de miedo.

Odiseo-. A veces, también tiemblo yo.

El anterior diálogo es parte de la película Ulisse (Odiseo), producida en 1954 por Dino de Laurentiis y Carlos Ponti para Lux Film (Películas luz), basada en “il poema dell’eroe Ulisse, che Omero, il pi’u antico e il piú grande poeta del mondo, ha cantato tremila anni fa” (según se lee al empezar la cinta): “el poema del héroe Ulises (Odiseo) que Homero —el poeta más antiguo y más grande del mundo— cantó hace tres mil años”, podemos traducir.

He citado ese diálogo, porque define, en gran parte aunque no totalmente al ingenioso Odiseo, quien queda bien retratado en el filme poco citado en la filmografía de sus hacedores, y que conviene traer a cuento ahora que tanto éxito—y tan controvertido— tiene Christopher Nolan con su versión de casi tres horas de La Odisea (Inglaterra, 2026).         

Para los directores, productores e incluso hacedores de sus propios estudios en la Italia de la posguerra, De Laurentis y Ponti, era importante la aclaración que he citado sobre Odiseo, porque la película que produjeron se basa, casi al pie de la letra en el poema homérico, aun cuando en el poco más de hora y media no abarcan todas las historias cantadas por el rapsoda. 

Italianos al fin, se nota en el filme una reivindicación de la cultura helénica, de las cual son herederos.

Sin embargo, llama la atención que no sean un griego o un italiano quienes protagonicen la cinta sino un norteamericano de origen judío: Kirk Douglas.

También es curioso que no haya sido llamada para el doble papel de Penélope —la esposa del héroe homérico— y “la hechicera” Circe, a Sofia Loren, a quien Ponti conoció y “descubrió” para el cine en 1950 y con quien se casaría en 1966. Pero no es raro el hecho porque fuera su esposa, sino por la belleza de Loren y la fuerza dramática que después demostró, además de una vis cómica poco explotada en la industria cinematográfica, tal vez a petición suya.   

Así, quien fue llamada para el papel de Penélope la tejedora que espera en Ítaca a Odiseo, y Circe, fue Silvana Magnano, que había sido Señorita Italia y, por cierto, era esposa de Dino de Laurentis.

La película, muy bien hecha, con una ambientación y vestuario que le hacen creíble, y una de las primeras a color en Italia—y en la industria cinematográfica mundial—, no suele ser recordada como una de las primeras —y mejores— adaptaciones de La Odisea al cine. Incluso en la filmografía de Kirk Douglas suele no mencionarse.

Y si bien hay escenas rodadas en los antedichos estudios de Ponti y De Laurentis, éstos, al principio del filme aclaran también por escrito: “Le riprese esterne sono state realizzatenei medesimi luoghi che videro il viaggio di Ulisse”, que podemos traducir como “Las escenas en exteriores se rodaron en los mismos lugares que fueron testigos del viaje de Ulises (Odiseo).”

Desde el principio del filme, se nota el dinero invertido por los productores De Laurenti y Ponti, pues venían de producir el gran éxito del neorrealismo italiano La strata, La calle, de Federico Fellini, todavía en blanco y negro, y aquí no sólo acudieron al color, sino a un septeto de profesionales para hacer el guion, escrito, se leen al ver la película “en orden alfabético” por Franco Brusati, Mario Camerini, Ennio de Concini, Hugh Gray, Ben Hecht, Ivo Perili y el narrador estadunidense Irwin Shaw, que en ese tiempo vivía en Europa. La dirección de la cinta es “mayoritariamente” de Mario Camerini, con una fotografía de Harold Rosson.

Hay efectos especiales en este viaje homérico, sí, pero pocos y muy bien logrados para la época, de tal manera que no caen en lo grotesco como, por ejemplo, John Huston y su película, Freud, pasión secreta, de ocho años después, sí lo hace, pues es recurso es deplorable en ese trabajo.

Por cierto, en Ulisse estaca el papel de Anthony Quinn, no por su desempeño, sino por el modo en que fue incluido en el reparto, hecho que parece un poco forzado; él mismo no sabía si acomodarse el sombrero vaquero, lazar un caballo o enfrentar a Telémaco en el palacio de su padre.       

Y Odiseo-Douglas sí muestra dos naturalezas distintas —y más— del héroe.

II.-En el lugar de los hechos

Douglas había nacido el 9 de diciembre de 1916 en Ámsterdam, Nueva York, hijo de campesinos bielorrusos de origen judío, como Issur Danielovich; quedó sin padre a los nueve años, con seis hermanas y una madre que no sabía leer ni escribir, pero que no detuvo a su hijo cuando le dijo que quería ser actor y, contra todo impedimento económico, se graduó como Bachelor of arts en la universidad de St. Lawrence.

Ya entonces tenía una “carrera” como declamador, pero fue en la universidad donde se inició en el teatro y, además, practicó la lucha libre, en la cual fue campeón invicto universitario. Posteriormente, se inscribió en la Academia Estadunidense de Arte Dramático, donde concluyó en 1941.

Para entonces fue alistado en el ejército norteamericano, donde obtuvo un grado, y regresó a su país para entrar de lleno al cine. De hecho, Ulisse es la película número diecinueve en la cual participó. De ahí, el mismo 1954, protagonizaría 20 mil leguas de viaje submarino y, posteriormente cintas como Lust for life, que le haría famoso; Senderos de gloria, con Stanley Kubrik, con también haría, ya en 1960 Espartaco; y Los vikingos, éstas dos últimas de mayor acción, como, de hecho lo es Odiseo.      

Su fenotipo casa con el del héroe homérico. Si bien cada lector se hace un retrato propio de los protagonistas de los libros que lee, el espectador sí le cree a Douglas que es Odiseo: su destreza, por ejemplo, en la lucha cuerpo a cuerpo en una competencia en el palacio de Alcinoo, o su habilidad en el barco que comanda, por ejemplo, cuando está a punto de hundirse, apoyan lo dicho; pero también escenas como aquella donde, con sus compañeros se pone a pisar uvas para hacer vino para el gigante Polifemo, no dramático sino incluso, cómico.      

Mas estamos hablando de cine: no sólo se trata de la destreza del personaje, pues así lo dejó retratado Homero, por su multiforme ingenio, sino de un ser que, como hemos citado en el diálogo al abrir este artículo, reflexiona: ahora es navegante, pero también es el hombre que añora el hogar y la calma. Y Douglas, que no es el mismo de películas anteriores, lo muestra en el rostro.

Silvana Magnano, por su parte, es quizá menos diestra actoralmente que Douglas: personificando a Circe, le falta mostrar la inteligencia de ésta —que no otra cosa es la seducción, en gran parte— o la voluntad férrea de Penélope al rechazar a los pretendientes con dignidad, pues una mujer como la retratada por Homero, muestra una energía que no es física únicamente —ha resistido por veinte años el acoso de los pretendientes— sino más psíquica y espiritual. lo cual, en el rostro de la Italiana, a veces se extraña; parece más bien entregada a un sino que poco o nada tiene que ver con su destino.

Un acierto de la película es la combinación de las escenas de Odiseo el desmemoriado, hallado por Nausicaa, y en acción en parte de su viaje por las islas que encuentra antes de regresar a Ítaca; y las de Penélope, con su suegra Anticlea, quien la apoya en el rechazo a quienes pretenden desposarla.

De ahí, el resto de los actores son, literalmente secundarios, e incluso quien representa a Euriloco es físicamente blando y soso, y su personalidad, como es interpretada, no casa con la del segundo de abordo en el barco del ingenioso y hábil Odiseo. Pero cumple, incluso tal vez por lo anterior.  

           

III.- Sólo quien tiene miedo…

Vayamos, pues, a las escenas y sus diálogos:

Después de escuchar a las sirenas, bien atado al mástil, donde, desesperado pidió ser desatado, Odiseo comenta: “Los dioses son burlones, y no tienen piedad, Euriloco. ¡Qué terribles son sus engaños! ¡Y cuán lejos está Ítaca, ahora…!” “Los dioses” le han mostrado a las sirenas como la propia Penelope, quien lo llama, y sí él no hubiera estado sujeto, presto hubiera corrido hacia ellas, en una zona rocosa donde todo barco era destrozado. 

Más adelante, posterior al encuentro con el itacense Circe, reflexiva, expresa: “Es inútil retenerte si ha de ser como enemigo.” Está a punto de dejarlo ir, por lo que le ofrece la inmortalidad. Y le muestra a los muertos, a quienes fueron, como él, finitos, mortales:  “Mientras tú vivas, no morirán del todo”, sin embargo, le recuerda.

Y un medroso Odiseo que pronto se recupera, rechaza la inmortalidad: Hay bienes mayores que ser inmortal, le replica a Circe, y agrega: “Nacer, morir, y en el intervalo, vivir como un hombre” es lo que vale la pena, asegura. Circe le hace notar que el héroe tiene miedo. Y él replica: “Sólo quien tiene miedo, conoce la grandeza del valor.” Circe, vencida, al final le espeta al guerrero: “La terrible herencia de los hombres” es la muerte, a lo que él responde: “Yo aceptó esa herencia.”

Y sentencia: “Este frágil amasijo [de huesos y de carne] ha podido combatir a un dios, y aún no está vencido. Si algún día los hombres hablan de mí, lo harán con orgullo, porque soy uno de ellos.” Con el diálogo que he citado al principio, éste resulta ser uno de los más destacados y que mejor definen la película comentada.  

Es entonces cuando Circe le ofrece la inmortalidad nuevamente a Odiseo; le recuerda que su “mal” es la muerte, que perecerá: “No creo que me desagradará demasiado cerrar los ojos en el momento justo”, responde Odiseo; ella lo hace hablar con los muertos: Agamenón, Ayax, Aquiles. Euríloco: “Todo mundo me amaba, excepto la mujer que yo amaba”, acepta, cuando aquellos espíritus lo rechazan y cree ver una Penélope infiel. Entonces, su madre le advierte del peligro; ha muerto esperándolo en palacio, y en ese momento asegura la anciana, el mayor peligro para Odiseo es Circe, quien le reclama:

 “Mortal obstinado, orgulloso de ese breve sueño que tú llamas la vida, enamorado de tus debilidades y de tus errores. Fascinado por la muerte. Contra una tal obstinación, ni aún los dioses tienen poder.” Libre albedrío. La “hechicera” reconoce la esencia y el poder de todo ser humano: el ser capaz de tomar, con conciencia, sus propias decisiones, ser responsable de lo que hace o deja de hacer; de lo que dice o no expresa. En esencia, eso es el amasijo de huesos y de carne, reconoce ella.

Kirk Douglas cumple bien hasta el final de Ulisse. Setenta y dos años después, su actuación es elogiable. Y el esfuerzo de De Laurentis y Ponti de llevar La Odisea al cine lo más fiel posible al poema homérico, es encomiable.

Y nos quedamos, como espectadores, con la doble naturaleza del ser humano: del que añora la familia, el hogar y la calma, y de aquel que otea islas, desea los viajes, quiere estar en la mar abierta, encontrarse con lestrigones y gigantes; quien siente nostalgia por lo que nunca ha visto. Y está hecho para ambas. Triunfará en aquella a la que dedique su vida.

Es cuanto.

(Si el lector quiere ver Ulisse, lo puede hacer al seguir la siguiente liga: https://www.youtube.com/watch?v=d282TLaxCRc)   

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