Taller del Dato al Relato / Mundo Nuesto-Ibero Puebla
De la carne y sus augurios
Me llamo Joserra, o al menos, así me ha dicho una buena fracción de mis amigos desde que concluí la secundaria. Algunos años antes, mi destino se selló en septiembre de 1969, tal vez con un nudo mal hecho, cuando el mundo aún vibraba con los ecos de un 1968 convulso: México, París y Checoeslovaquia habían hecho ya su aporte significativo en la historia de los movimientos sociales más importantes de la segunda mitad del siglo XX.
Mi mamá me contó una tarde de finales del verano, que un médico, luego de haberme realizado un examen médico general para ingresar a un club deportivo cuando tenía yo cinco años, leyó en mi vientre una profecía y dijo con voz como de profeta bíblico «Este niño tendrá que verse las caras con su ombligo cuando sea mayor».
Cincuenta años después, el 10 de febrero de 2026, la sentencia se cumplió. Tras tres actos de vómito ritual y un traslado en silla de ruedas, la Clínica 55 me recibió con un suero de omeprazol que goteaba con la parsimonia de un reloj de arena, pero aplacando náuseas, dolor e incertidumbre
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El Éxodo y la Aritmética del Caos
En el Hospital de La Margarita, comprendí que la fe en el sistema es un lujo para pocos. Con 4,800 derechohabientes por consultorio y 1.9 millones de poblanos sin seguridad social, el aire pesaba más que mi propia hernia. Durante mi traslado al Hospital Universitario de la BUAP, mi mente, debilitada por cuarenta horas de ayuno, veía llover los 172,492 millones de pesos del presupuesto federal y los 1,000 millones estatales para rescatar hospitales. Cifras que bailaban ante mis ojos como fantasmas mientras la ambulancia sorteaba los baches de la 11 Sur.
El Sacrificio y la Herejía del Reposo
Tras la liturgia del quirófano, donde el Sumo Sacerdote incineró mi ombligo para agradar al dios de Los desombligados, comenzó el verdadero combate: el posoperatorio. Regresé a casa con un pliego de mandamientos que intenté seguir con el fervor de un converso. Caminé desde el primer día, arrastrando mis 55 años por el pasillo, y cumplí el rito de la ducha a las 48 horas, secando la herida con la delicadeza de quien toca un pergamino sagrado. Sostuve mi abdomen con la mano cada vez que un estornudo amenazaba con rasgar el velo de la realidad, y evité cargar cualquier peso superior a los cinco kilos, consciente de que mi vientre era ahora un templo en reconstrucción.
Sin embargo, el apego estricto se quebró en el terreno de la dieta y el aislamiento. Aunque la fibra y el agua debían ser mis únicos aliados, el hambre acumulada me llevó a transgresiones que Eris, la diosa de la Discordia, celebró en silencio. El tiempo de baja laboral, que debía ser de dos semanas, se sintió como un exilio necesario ante el riesgo de la infección o la secreción fétida, esos signos de alerta que vigilaba con la paranoia de un centinela.
El Retorno al Claustro
El primero de marzo, desafiando el consejo médico de evitar actividades extenuantes, me enfrenté a la Red Urbana de Transporte Articulado RUTA para llegar a la biblioteca de la universidad jesuita en Angelópolis. Allí, el famoso RUTA, en una unidad al 120% de su capacidad, meten 200 personas donde el cupo indica 161. La desagradable ironía de los Illuminati alcanzó su clímax: el altavoz seguía exigiendo un aforo del 50% de capacidad del vehículo mientras mi cuerpo, a pocos días de haber sido remendado, era comprimido por la marea humana, aquella que te hace sentir sardina o algo parecido.
Entré a la biblioteca sabiendo que el orden ha sido restaurado en mi piel, pero que el caos sigue gobernando el mundo, muy a pesar de la gran cantidad de gente que atraviesa por los quirófanos arrastrando sus dolencias y sinsabores en un entorno en el que los trámites burocráticos son casi tan perniciosas como las infecciones nosocomiales.
La profecía del médico de 1975 se ha cumplido: ya no tengo ombligo, pero tengo una historia que ni los supuestos mil millones de pesos de inversión estatal en salud podrán borrar jamás, por más instrumentos quirúrgicos que pudieran utilizarse para extirparla de mi memoria.














