agosto 20, 2026, Puebla, México

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Nápoles 2009, viaje al futuro / Hermann Bellinghausen

Estas crónicas fueron publicadas originalmente en La Jornada en octubre de 2009. Las replicamos con autorización de su autor.

SOÑAR NÁPOLES

Desembarco del tren en el puerto de Nápoles y casi sin darme cuenta me encuentro sumergido en la excitada ciudad. Los carros, las motonetas y los transeúntes, numerosísimos todos, se mueven con libertad, caóticos, impacientes y eficaces en calles estrechas o de plano callejones curvilíneos que suben y bajan. La sombra de la arquitectura masiva cae sobre la calle, abigarrada de balcones (el sello de la ciudad, que literalmente vive asomada), de ropa y sábanas tendidas, macetas con enredaderas colgantes, nichos poblados de dioses, tritones y próceres húmedos, sucios, pesados.

Las avenidas no lo son mucho, no dan el ancho. A sus lados se implantan inmensos edificios grises; los modernos, herencia del entusiasmo musoliniano; los antiguos, de la corona española y sucesivos reyes y reyezuelos. Inútiles castillos y moles administrativas.

De pronto me viene una sensación, un rush de familiaridad intensa. El laberinto gris y nervioso es idéntico a una ciudad que frecuento en mis sueños y que no había logrado identificar. Recuerdo los espacios físicos en mi tránsito azaroso y sorpresivo, aunque no lo que sucede, si es que en esos sueños sucede algo más que este lugar de muros arrugados y verticales, serpenteando por vías empedradas que de la línea recta lo ignoran todo.

Las iglesias no son hermosas ni lo pretenden. Fortalezas, para un sitio que ha recibido el latigazo de grandes terremotos y los cambios de humor del implacable Vesuvio, ya ven a Pompeya, no lejos de aquí, cómo le fue.

Aquí todos son extrovertidos, sonoros, enfáticos. La sangre que les corre es caliente, como el sol que trae de la bahía vaharadas de las aguas contaminadas y semimuertas que sirven de suelo a otra ciudad, la flotante, hecha de millones de contenedores traídos y vomitados por barcos de China, que si te vi, no me acuerdo, fantasmas.

El día que llego a Nápoles es 30 de septiembre, aniversario de la primera insurrección popular en territorio europeo contra los fascistas y los nazis. Los napolitanos los echaron a patadas, entonces. Hoy, 5 mil manifestantes antifascistas no lo logran. Marchan contra la ocupación de un edificio eclesiástico abandonado, por una organización facha que cunde por Italia y se hace llamar Casa Pound. Okupas de derecha que con los procedimientos de la izquierda organizada (pintas, propaganda, Internet, radios libres, ocupaciones, centros sociales) aprovechan la permisividad con ellos del gobierno de Silvio Berlusconi para proliferar y ganar presencia.

Aprovechan la crisis económica e igualmente la derrota política y cultural de la izquierda italiana actual, de pronto sin unidad ni rasgos de identidad. Para dar el gatazo, los nuevos fachos ya hasta reivindican figuras culturales como el poeta estadunidense Ezra Pound, a quien seguramente no han leído. En todo caso, el fascismo del viejo Pound, la fase más estúpida de su genio, no aparece en su poesía ni en su edificio crítico. Ahora lo admiran porque durante guerra se quedó en el país y por la radio se dedicó a alabar a Benito Mussolini y vituperar a las tropas aliadas y la usura judía. Cuando los yanquis lo capturaron, piadosamente fue declarado chiflado, más que traidor a la patria, y de la cárcel pasó al hospital siquiátrico St. Elizabeth, donde con el tiempo compartiría las horas del recreo con Juan Ramón Jiménez, otro gran poeta en el otoño de su locura, pero que nunca fue fascista.

Los jóvenes libertarios, que marcharon con cascos y rostros cubiertos este mediodía, chocaron con la policía, la cual con gases y toletes les impidió llegar a la Casa Pound donde los fascistas esperaban desafiantes; se les conoce por golpear a homosexuales y migrantes, y provocar a los estudiantes.

En tanto, por las calles de las ciudades italianas, grandes carteles de la organización política de Berlusconi rinden homenaje a los soldados caídos en Afganistán combatiendo a los talibanes con una conmovedora frase sobre el honor y el amor de Ernst Jünger, el escritor alemán que amaba la guerra y terminó despreciándola con aristocrático gesto; que peleó las dos guerras europeas del siglo XX, la segunda como oficial del ejército nazi, y es autor de cabecera para los intelectuales de derecha en Francia y España.

En distintas partes de Italia se rinde homenaje estos días, con exposiciones, ediciones y discursos, a los pintores y poetas futuristas, aquella vanguardia profascista del siglo pasado. Dejaron la picaresca histórica y son héroes nacionales.

Con una renovada aplicación de los métodos de propaganda del doctor Goebbels (que a su vez plagiaba a su enemigo leninista), por primera vez desde su derrota en 1945 los neofascistas europeos tienen nervio para reivindicar, así sea de oídas, una herencia cultural. Este 30 de septiembre, en Nápoles, se dejó ver que la izquierda, y su resistencia contra ellos, necesitan volver a nacer. Ya conocemos la pesadilla, y la Historia no espera a nadie.

EL SISTEMA SA

Espero que no te importe dormir con todos esos muertos al lado, me dijo Paula al mostrarme el dormitorio donde pasaría la noche. Sobre el buró de un cuarto donde no parecía haber dormido nadie recientemente se exponía una maraña de pequeños retratos, en su mayoría de viejos. Una lamparita votiva en forma de vela parpadeaba al lado, como escapada de un árbol de Navidad, enchufada a la pared, inextinguible, desolada.

No. No me importaba. Paula se retiró a la habitación vecina, donde la esperaba Guiseppe. Habíamos llegado tarde, muertos de cansancio. ¿Cuáles eran las historias de esos retratos? Quizá los más viejos murieron “de su propia muerte”, como diría Bernal Díaz del Castillo. ¿Y los jóvenes? Eso comenzaría a entenderlo la mañana siguiente, al descubrir que estábamos en un territorio en guerra.

Pasé de la vaga noción “un barrio al norte de Nápoles” a saber que se trataba de Scampia, casa matriz de la Camorra, una de las organizaciones criminales más poderosas del mundo. El escenario central del notable bestseller Gomorra (Mondadori, 2006), de Roberto Saviano, que parece novela balzaciana (cuentas, montos, miles de millones de euros, rutas mercantiles), pero es, en escencia, periodismo documental.

No se trata de un chiste; por eso, a su fama se suma la desgracia de estar amenazado y vivir escondido y con escolta a los 30 años. Nada más porque se vino a meter con su vespa y su bloc de notas a todos los territorios de la Camorra, vio, sacó cuentas y transcribió todos los nombres que escuchaba.

Scampia es el barrio natal de Giuseppe, aunque ya no vive aquí. La casa desocupada donde pasamos la noche pertenece a su abuela, que tampoco vive aquí. Y aunque es lo que llamaríamos “vivienda de interés social”, cuando pude compararla con el resto me pareció casi lujosa. El recorrido que me ofrecen esta mañana de octubre Giuseppe y Paula por las calles y las unidades habitacionales de Scampia, Miano y Tercer Mundo son un poco metafórico descenso al infierno.

La Camorra es todo, dice Giuseppe. Ella no se autodenomina así, sino el Sistema, que es un nombre más preciso. El aparato comercial de la mayor organización criminal de Europa (“por su número de afiliados” escribe Saviano) es la encarnación cruda y sin matices del verdadero capitalismo contemporáneo. Su poder político, electoral, territorial y de acción violenta son sólo instrumentos para lo único que importa: la ganancia, el negocio, el aspecto financiero.

Viniendo del México de Calderón, en la Italia de Berlusconi hay una doble sensación: dejá vu, y premonición de cómo se puede poner el futuro.

Al internarnos en Scampia con el carrito de Giuseppe, atravesamos decenas de grandes unidades habitacionales, semidestruidas pero habitadas (más bien ocupadas) por familias, deben ser miles, que trabajan para la Camorra, o al menos viven bajo sus reglas. La imagen es de pobreza posapocalíptica. Edificios enteros carecen de ventanas, puertas, pintura, pero están pletóricos de gente, ropas tendidas, muebles y coches semiabandonados.

Desembocamos en una bulliciosa avenida, topamos concretamente con un largo muro entre olivo y siena. Una caserna, dice Giuseppe. Una base militar en forma, con alambre de púas electrificado, artillería, vehículos blindados. Apenas volteando, Giuseppe señala al otro lado de la calle, hacia una unidad habitacional tipo Tlatelolco, menos ruinosa que las anteriores, con todo un mercadito ambulante en la banqueta y varios comercios establecidos en los bajos de los edificios. Ese es el cuartel general de la Camorra, dice, donde manda la familia Amato. Literalmente, la droga fluye bajo las narices del Ejército.

Para Guiseppe y Paula, como para todo el mundo, es evidente la conexión de los clanes de la Camorra con el gobierno regional y el nacional, la policía y el Ejército. En la Italia de Berlusconi el crimen organizado y la ultraderecha se mueven a sus anchas, se permiten ser cínicos. Sus “ultras” monopolizan los estadios y las celebraciones futboleras. La xenofobia se mezcla con la violencia gratuita. El consumo de drogas mala onda en Italia es uno de los más elevados del mundo, y la libertad de expresión está seriamente, ya no amenazada, mutilada.

De hecho, la única crítica de Giuseppe al libro de Saviano (publicado por una editorial propiedad de Berlusconi), a quien reconoce valentía y talento narrativo, es que omite esa conexión, mientras describe al detalle la historia y el panorama del Mondo Camorra, sus tentáculos en Europa, China, África y los mares, los clientes que la favorecen en las grandes empresas italianas y trasnacionales. No menciona la complicidad, colaboración, asociación o lo que tenga con las instituciones nacionales, incluso mayor que la Mafia y la Cosa Nostra, los otros grandes cárteles de Italia, más allá de cualquier ficción hollywoodense.

Eso sí, como en una Tijuana cualquiera, los militares patrullan las calles, aquí y en todo el país. Berlusconi ha sacado el Ejército a las calles.

RONDA OSCURA

Scampia no es sólo el barrio primordial y emblemático de la Camorra, sino también uno de los más grandes y poblados de la ciudad de Nápoles, a su vez la cuarta urbe más poblada de Italia. Junto con Miano y Tercer Mundo, sirve de sombrero geográfico de la ciudad, por lo demás muy turística, movida, normal a su modo y de carácter fuerte y proverbial.

Guiseppe conduce su carro compacto (más grandes no caben en las calles napolitanas) por el vientre de la Camorra. Conoce atajos, puntos de interés, calles que conviene evitar. Aquí no se les escapa ningún vehículo “desconocido”. Y él es del barrio. No para de hablar, relata y describe este alucinante rincón del bajo primer mundo. La Camorra controla cada edificio, dice a la vista de uno tras otro tras otro, en espacios considerablemente más amplios que el abigarrado centro histórico. En Nápoles, como en cualquier parte del mundo, el norte es más grande.

Los edificios, semiderruidos pero ocupados por entero, están siempre organizados por una familia, que es además la que distribuye la droga. ¿Qué droga? Cualquiera. Según Giuseppe, en cada edificio se vende una distinta. Diversificación extrema del mercado. Y se supone que de buena calidad. La Camorra sabe ser competitiva y confiable. Se dice que fabrica en sus territorios los zapatos más finos de Europa. Así que drogas, pues cocaína y variantes, heroína, toda clase de speed. Tan sólo de lo que llaman éxtasis existen unas 70 clases distintas de tachas, y es fácil perderse en ellas.

En cada edificio también hay un vigilante. Un centinela. Cada clan de la Camorra, apunta inesperadamente Guiseppe, tiene una estructura leninista. Los edificios funcionan con un esquema similar a los comités de barrio. (Que lo diga él, un hombre de izquierda, enfermero de oficio, luchador social). Las familias se organizan en turnos de ocho horas. Para los jóvenes, ser camellos o lo que sea de la Camorra es un trabajo, no distinto de cualquier otro, y más fácil de conseguir en estos tiempos de desempleo. Venden droga o sirven de correo, y si son arrestados, reciben una pensión y sus familias permanecen protegidas, algo que ya no hay sindicato que lo ofrezca.

Los puestos y tiendas de ropa, de comida, las casas de apuestas (abundan), los bares, son controlados por la Camorra a la fuerza. Pagan protección.

Hay algo de urgente desasosiego en la amplia relación que brinda Giuseppe, a veces aderezada por Paula, quien conoce por medio de su compañero toda esa historia. Le recuerda detalles, adereza datos, lo apoya, comprensiva, casi con admiración.

La Camorra es la empresa más grande, que maneja mayores cantidades de dinero y trabajadores en Italia. Su capital equivale al producto interno bruto de Bélgica y Luxemburgo juntos, dice Guiseppe.

Hay épocas en guerra, y otras sin hostlidades. Hace cuatro años terminó una terrible, entre familias, por el control de todo el barrio. Fue parte de la masacre a escala juarense que Roberto Saviano llamó “la guerra de Secondigliano” en su libro Gomorra. Los mandones entonces eran los Di Lauro. Están muertos o en prisión, dice Giuseppe. Ahora mandan los Amato.

Por todas partes hay puestos callejeros de mercancía diversa, uno, dos. Discos piratas, herramientas, pulseras. Vigilan para la Camorra. O bien hombres y mujeres viejos sentados en sillas en las esquinas, los zaguanes, los parques. Eso sostiene mi guía. Unos los reconocen, otros los adivinan.

Cruzamos un arco residencial, no viejo y ya decadente. Allí se lee: “Cuando la felicidad no la ves, búscala adentro”.

Una década atrás visitó Scampia el papa Juan Pablo II. Hubo una recepción memorable, histórica, organizada hasta el último detalle por la Camorra. Los capos son muy católicos, faltaba más.

Por supuesto también abundan los migrantes africanos en estos lares. Y aunque también aquí en desventaja, trabajan para la Camorra y reciben algunos beneficios; entre otros, protección migratoria.

La droga se destribuye con impecabilidad. Para el consumo local, nacional y para Europa entera. Nápoles es la principal puerta de sustancias, y de todo el contrabando imaginable, hecho en China aunque diga made in Italy. La Camorra napolitana ya renta extensiones de tierra y conglomerados industriales en China, y controla ciertas rutas marítimas a lo largo del Oriente.

Como Saviano ha descrito, es el principal receptor de desechos tóxicos de Italia y otros países de Europa. Las tierras de la Campania están envenenadas, sus ríos fluyen como cadáveres que nadie osa nadar, mucho menos beber. Sin peces. Todos usan los servicios digestivos de la Camorra. Hasta el banco nacional italiano. El hoy preseguido reportero encontró unos campos donde un labrador, con su arado mecánico, destapó un tiradero inmenso de billetes triturados: las viejas liras que sostituyó el euro.

A Guiseppe no lo impresiona mucho Gomorra, pero lo respeta y recomienda siempre. Admite que Saviano escribió lo que toda la gente sabe.

SIEMPRE CAMORRA

Dejamos atrás el vasto barrio de Scampia, junto con Secondigliano la fortaleza histórica de la Camorra (autodenominada Sistema), y nos internamos en Miano. Aquí controla otra familia, dice Giuseppe. Una que trabaja igualmente para los Amato, quienes llevan la batuta ahora. Todos conocen a los boss. Actualmente se está mejor porque no hay guerra. La última, de 2004 a 2006, dejó una estela de cerca de 150 muertos (apenas comparable con las cifras mexicanas). El riesgo es permanente, los jóvenes involucrados en el negocio saben que morirán pronto y quieren sacar todo el sabor al placer y la vida. Se vuelven violentos, y más bajo el efecto de la drogas suicias. Matando mueren.

En Miano hubo una gran fábrica de cerveza. Cerró hace años. La Camorra planea convertir sus restos en un rutilante ‘mall’. Para lavar dinero, dice Giuseppe. Y la gente eso quiere. La Camorra es el gobierno, es la empresa. Le gente la defiende, daría la vida por el Sistema.

Aquí se almacena la droga que se importa a buena parte de Europa. En Andalucía, donde la Camorra es poderosa, recala casi toda la produción africana, que no es desdeñable. De ahí se embarca al golfo napolitano. En Italia, todos los territorios del Sistema representan una bolsa electoral considerable. Sólo con sus electores, la Camorra puede ser determinante en cualquier elección democrática.

Imperceptiblemente, pasamos al barrio Tercer Mundo. Más abigarrado que Scampia y Miano. Los patrullajes y retenes militares son más constantes. Por todos lados se ven viejos y viejas ociosos, sentados en sillas, algunos en tertulia. Según Giuseppe, la mayoría, si no todos, vigilan para la Camorra. Aquí no circula ningún carro desconocido que no sea detectado y monitorizado, en una situación donde se difumina la frontera entre delincuentes y policías.

Giuseppe reitera: en cada edificio se consigue una droga distinta. Cualquiera. Todos los edificios despachan droga. Aquí se surten los proveedores. La farmacodependencia está muy extendida. Y también mata.

Contenido y en apariencia sereno, Giuseppe habla con inmenso dolor. No ríe en ningún momento. Responde puntual las preguntas, pero su relación las hace innecesarias. Es un hombre dulce, apacible, mas se le nota que batalla por dominar la indignación. Me vienen a la memoria los retratos de jóvenes muertos en el buró de la recámara donde dormí anoche. No me atrevo a mencionarlos.

La familia Misso, que controlaba Tercer Mundo fue liquidada en la última guerra, una no declarada oficialmente escribió Saviano. No reconocida por los gobierno y no relatada por los reporteros, a la que corresponde un miedo no declarado, un miedo que se mete debajo de la piel.

De pronto, le viene a Giuseppe un nombre a la boca: Casaldi Principe. La familia más poderosa de Italia, dice. Controla medio país y es socia del gobierno de Berlusconi. Si bien la ciudad de Nápoles la gobierna, con trabajos, un alcalde de izquierda, la provincia la gobierna un Casaldi Principe. Son la expresión limpia de la Camorra, y una prueba de su poder electoral.

El malhadado patriarca de los Misso era un fascista histórico, que participó en grandes crímenes con Mussolini. Pero con ideas que consideraba humanistas. Sus hijos se llamaron Jesús y Emiliano Zapata, refiere Giuseppe para ilustrar su dicho. Recuerdo entonces que Mussolini se llamó Benito en honor a nuestro Juárez. Su padre, socialista de principios de siglo XX, admiraba al héroe de la Reforma mexicana.

Los Misso fueron aniquilados en la última guerra, relatada por Roberto Saviano en ‘Gomorra’. Allí, el periodista no oculta una rabia similar a la de Giuseppe. Ambos comparten la urgencia de decir lo que saben. No quieren ser cómplices del silencio. Los efectos de este ‘Mondo Camorra’, degradado y destructivo, son como una enfermedad, una maldición que invade los intersticios de la vida social. ¿Quién no tiene un hermano yoqui, un primo matón, una hija prostituída, un papá preso o ejecutado?

Al fin alcanzamos el centro de Nápoles. Su parte costera, bonitos hoteles de lujo, restaurantes, embarcaderos para visitar las islas del Golfo, el Vesuvio o los achicharrados de Pompeya. No se ve, pero acá también llega la mano del Sistema, su método de libre mercado, tan funcional. El ejército igualmente patrulla, pero en este escenario mediterráneo los uniformes camuflados semejan ser parte de la decoración típica, como la guardia suiza en el Vaticano. La vida es normal, sonriente en las neverías.

Llegamos a la Ferrovía, donde abundan los migrantes subsaharianos y la fayuca a escala tepiteña. Paula, más en su terreno urbano y no en el de su compañero, comenta que este otro barrio lo controla la violenta camorra nigeriana, subsidiaria del Sistema. Una romería. Una oferta astronómica, neoliberal, moderna, de mercancía falsificada y enervantes auténticos. Un capitalismo pleno. Viva el laissez faire. Bienvenidos al futuro.

http://www.jornada.unam.mx/2009/10/26/index.php?section=opinion&article=a14a1cul

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