El Puerto Libre de Ángeles Mastretta
(Texto publicado originalmente en Revista Nexos)
Octubre 28, 2026
En qué necedades nos metemos algunas personas. Miren ustedes que aceptar la locura de discurrir en público sobre el amor, como si el amor fuera una torta de jamón o un postulado político, como si cada torta de jamón no fuera siempre irrepetible y fugaz, memorable y fatal.
¿Hay un amor? ¿Es el amor el único postulado político capaz de procurar desasosiego?
Casi todos los grandes libros no sólo hablan del amor sino que lo tienen como materia prima. Mejor aún: los grandes amores están sacados muchas veces de los libros y cuando los recordamos no podemos pensar en un solo amor sino en un amor diferente en cada caso: no se quieren igual París y Helena en La Ilíada que el príncipe Andrés y Natasha en La guerra y la paz. No es lo mismo el amor de Don Quijote y Dulcinea que el de Otelo y Desdémona, Dante y Beatriz, Fausto y Margarita, Hipólito y Fedra, Orlando y Rosalinda, Jasón y Medea, Abelardo y Eloísa, Ursula y José Arcadio Buendía, Oliveira y la Maga, Pedro Páramo y Susana San Juan.
Cada historia de amor es tan excluyente de las otras que no tiene nada de rara la certidumbre de cada pareja que cuando se enamora cree estar fundando un sentimiento al que los demás no tendrán acceso nunca. Todos los amores, lo mismo los dichosos que los desafortunados o los bobos, generan la sensación de que uno es excepcional mientras los goza, los padece o simplemente los recuerda y echa de menos.
Los analistas hacen diferencias, hasta se dan el lujo de creer que es posible clasificar los amores. Con toda tranquilidad los llaman normales o perversos, conyugales o ilícitos, infantiles y adultos, románticos o realistas. También se atreven a mezclar y desaparecer la anterior clasificación para formar otra igual de arbitraria. Dividen los amores entre los amistosos, los de parentesco, los filiales, los maternales, los que se sienten por los compatriotas o por el país o por Dios o por la pareja. Nosotros podríamos hacer una clasificación que dividiera a los amorosos entre los bizcos, los cuerdos, los epilépticos, los sidosos, los esterilizados, los aburridos, los cursis, los calculadores, los talentosos, los genios, los sosos, los litigantes, los modernos y los desempleados. Lograríamos explicar más o menos lo mismo: nada. Esto del amor sólo lo entienden los poetas y los cancioneros y eso a veces, porque el amor doméstico -que lo hay- transcurre por caminos tan extravagantes que no ha podido ser descrito con tino ni por los mismísimos poetas.
Clasificar el amor puede ser muy fácil o dificilísimo pero de cualquier manera una actividad inútil para quienes lo que pretenden es vivir, pasados, poseídos por el placer y la pena que de él se derivan. No porque anden buscando una vida de privilegio, sino porque no dan para otra cosa.
Dice nuestro sabio Sabines: el amor es el silencio más fino. Si es así la mayoría de nosotros no lo practica cuando ostenta su casa en común, sus hijos, sus delirios en ruidosa comunidad. Dice alguien más los enamorados se engañan, siempre se muestran mejores ante el otro. Si es así la verdad de la mascarilla que va y viene por la casa y el señor que siempre deja sus calzones sembrados en mitad del cuarto no es amor. Y entonces ¿qué es esa fraternidad a la que inevitablemente se llega después de cinco años de matrimonio, que diría el doctor Juvenal?


Pintura de Andrés Juárez, Las siete hendiduras que deja mi almohada
Es el tema de muchas novelas,que quienes viven eso del amor en silencio tembloroso quisieran convertirlo en un asunto de todos conocido, en fidelidad, en un modo práctico de acompañarse la existencia. Pero al revés, cuántos arriesgan la paz, el patrimonio, la amistad, la complicidad y los hijos en común con tal de poseer por un tiempo el insoportable silencio de los amorosos.
Tantas y tan distintas cosas se han dicho del amor, tantas y tan fascinantes son capaces de inventar quienes se empeñan en vivir en la cresta de la ola o en la punta de la rueda de la fortuna que suelen abrumar su vida imponiéndose el deber de conocerlas todas antes de que el destino sosiegue su voluntad. Todas las cosas que se cuentan del amor son atractivas, lo mismo las de Salomón que las de Santo Tomás de Aquino, igual las del vertiginoso Stendhal que las de Masters y Johnson, tanto las de Rubén Darío como las de José Alfredo Jiménez, las de Sor Juana que las de nuestra mejor amiga.
¿Quién no ha tenido un amor de los que cristalizan a la persona amada? ¿Quién no ha convertido a otro en algo tan perfecto como remoto al que sin embargo habría que acompañar al final del arcoiris o a la guerra? ¿Quién no se ha sorprendido con la piel en carne viva el día en que levantó los ojos y descubrió la más bella máquina humana apretando su mano sólo para decir “Buenas tardes”? ¿Quién no quisiera decir como Darío, “Plural ha sido la celeste historia de mi corazón?” O como Sor Juana: “El Mundo iluminado/ y yo despierta”. O como José Alfredo Jiménez, “¿cuánto me debía el destino que contigo me pagó?”.
Unos apelan a nuestros deseos, otros a nuestra fantasía, otros a nuestros líquidos más inmediatos, y a uno le gustaría protagonizar cada verso para ver si así entiende algo o de plano se decide a no entender nada del amor. Dicen que Santa Teresa podía sentir y estremecerse hasta la lucidez con sólo pensar en Dios. Dichosa ella que se encontró un Dios que tanto la quiso, por eso pudo decir: “Quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta”. Ella sí que dio con un Super Valentine.
En cambio nosotros, seres comunes y corrientes, con citas en la tierra, con pulmones que intentan habituarse al aire negro y deseos que se pudren intentando habituarse a lo permitido, tenemos un quehacer menos divino, destinatarios y envíos menos perfectos y por lo tanto amores, pasiones, desvaríos y lucideces más tormentosos y menos eternos. Amores para los que no tenemos más explicación que ellos mismos, deberes y romances que se ponen de mal humor, llegan tarde, o trabajan demasiado. Amores menos glamorosos que los que vibran en las televisiones o en los místicos. Tenemos la dicha espantosa de ser queridos como dioses y el infortunio de ser abandonados como cualquiera. Tenemos la curiosidad y la esperanza, la idiota certidumbre de que el amor eterno dura tres meses después de los cuales puede llegar ¿el amor?
Dice Heráclito: “Inútil es luchar contra los deseos del corazón, lo que quiere lo compra con el alma”.
Y como el alma es esa sofisticación que no se gasta por más que la gastemos, hemos de estar dispuestos a comprar cualquier deseo, sobre todo los del corazón.
















