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21 Abril 2021, Puebla, México.

El alcohol y sus efluvios. Reflexiones / Crónica de José Luis Pandal

Sociedad | Crónica | 17.FEB.2021

El alcohol y sus efluvios. Reflexiones / Crónica de José Luis Pandal

José Luis Pandal

Me tocó crecer en una época y un entorno donde el consumir alcohol era común

(Ilustración de portadilla: Tertulia de  pulquería, óleo de Agustín Arrieta, 1851. Colección Blaistein)

Desde hace siglos, se acostumbra lanzar botellas al mar que contienen mensajes diversos y las señas de quien las arroja para que se comunique quien las encuentre; mera curiosidad de saber a dónde han ido a parar.

Lo que quiero comentar, por eso la analogía, es que los mensajes que uno encuentra en las botellas no son, casi nunca, buenos; me refiero a las botellas de vino o licor que vacía de vez en cuando.

c, "vente a tomar la copa, vemos el fut y nos tomamos unas chelas, te invito a botanear y echarnos unas cubas, unos tragos pal calor". Supongo que así seguirá siendo, aunque ya no lo acostumbre ni me parezca que cualquier actividad o reunión sea más divertida con alcohol.

El caso es que quiero comentar algunas cosas acerca de este asunto, siempre en el entendido de que escribo para que mis descendientes sepan de mi vida, conozcan mis opiniones y me escuchen cuando ya no esté. Decía Juan José Arreola: "para que yo sea yo, que no quede nada oculto de mí". No sé si me atreva a tanto, creo que ni él se atrevió porque no contó, que yo sepa, de sus tratos con Elenita, por ejemplo.

Nunca fui alcohólico en el sentido clásico, jamás pude tomar dos días seguidos y mis 'crudas', físicas y morales duraban mucho, según las tonterías que hubiera hecho borracho; pero sí tomaba con alguna frecuencia y sin límite razonable.

En la embriaguez puse en peligro mi vida y las de otros, hice el ridículo, cometí gravísimos errores y supongo que perdí amigos y el respeto de gente que apreciaba.

Siempre admiré y envidié a las personas capaces de disfrutar un buen vino, como el recordado Alberto Torreblanca o el respetado doctor Jaime Bárcena, sin caer en excesos; cada vez respeto menos a quienes se proponen tomar específicamente para emborracharse. Yo fui de estos últimos.

Hay gente con enfermedad alcohólica inherente que debe atender su mal como cualquier otra afección, con tratamiento científico, de cualquier tipo, oportuno y eficaz.

Otros, tenemos que identificar el motivo de nuestras debilidades aunque no sean crónicas.

En mi caso, hubo siempre en el fondo la necesidad de superar mi timidez natural, que no se correspondía con la imagen que proyectaba ni lo que se esperaba de mí. El entorno machista y patriarcal me impulsaba a ser como no era en realidad, ni -ahora lo tengo claro- quería ser.

Yo soy de naturaleza pacífica, de inclinación al pensamiento y la reflexión, hombre de palabras, más que de acción. Ahora bien, fui también un joven inquieto, imaginativo y atrevido, lo malo es que no maduré a tiempo y tardé mucho en conocerme a mí mismo.

Nunca  he consumido otras sustancias que alteren mi comportamiento, aunque conocí y conviví con gente que fumaba marihuana en la juventud y cocaína y demás, ya maduro. Algunas de estas personas se perdieron en sus excesos y otras superaron sus adicciones sin mayor consecuencia, incluso siendo admiradas por haberlo logrado, lo que me parece injusto para quienes no superamos crisis y no somos motivo de aplauso, nomás por no haber descendido a esos infiernos, lo que también tiene su mérito, digo yo.

Añado aquí algo que le escuche decir a una señora a quien le comentaban lo simpático que era su marido cuando se pasaba de copas y alegraba las reuniones: "claro que te parece muy divertido, porque no es tu borracho". Y es que la que se llevaba al diablo a su casa era ella, las demás se iban muy tranquilas a sus hogares.

El caso es que escribo estas reflexiones y doy consejos, que es lo que nos queda a los viejos, recordando y analizando mis experiencias: hay que tratar de conocernos a nosotros mismos, no depender de las costumbres ni del entorno, no atender ni padecer las opiniones de los demás y nunca perder el control de nuestras acciones. No es fácil, se tarda uno mucho en entenderlo y, es una verdad, nadie experimenta en cabeza ajena.

Pero yo les cuento lo que aprendí y las conclusiones que saqué por si a alguien le sirven de algo.

Lo central es nunca perder el control de uno mismo. Cuando les suceda, verán que tenía razón.