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14 Junio 2021, Puebla, México.

Otra vez el diablo / Crónica de José Luis Pandal

Sociedad /Cultura | Crónica | 1.JUN.2021

Otra vez el diablo / Crónica de José Luis Pandal

José Luis Pandal

El tiempo vuela y, al final, sólo nos llevaremos lo vivido...

 
Hace cincuenta años, en 1971, se formó en el Instituto Militarizado Oriente un grupo de teatro.
Creo que la idea original fue de Pantaleón Riveroll y se contrató a un veterano actor, Justo Solís, para dirigirlo y montar algunas obras.
A mi me atrajo de inmediato la idea y hallé un nicho de desarrollo que iba con mis intereses: la historia, la literatura, las ciencias sociales, el arte.
Justo Solís escogió la obra de un exitoso autor español, Alejandro Casona, que se había estrenado en los años treinta del siglo XX con mucho éxito y se llamaba 'Otra vez el diablo'.
Aquel año escolar no me estaba resultando fácil, se me atoraba el aprendizaje entre borradorazos muy poco pedagógicos y una fauna académica, con algún Pollo que no me simpatizaba y un Mosco -fatuo y fantoche- al que aborrecía; de hecho fue mi último año en ese colegio y hoy sé que debía haberme ido antes de empezar el ciclo escolar.
Pero en el taller de teatro encontré un refugio placentero que me ayudaba a sobrellevar mis penas preparatorianas.
 
 
Elenco de ‘Otra vez el diablo’ y colaboradores en el montaje.
 
La pieza de Casona era una comedia inteligente y divertida, que hacía referencias a Goethe y su 'Fausto' y a las antiguas universidades europeas de Leipzig y Salamanca.
Sus personajes principales eran: el Estudiante, el Diablo --para ambos me designó el director y los dos me los aprendí y los ensayé, aunque al final interpreté el del Diablo--, el Señor Rey y su hija la Infantina --que interpretó la después muy exitosa compositora Amparo Rubín, desde entonces muy talentosa--, la Dueña --que interpretó Carmelita McFarland, entonces maestra en el colegio--, Cascabel, el Pedagogo, el Capitán, el Hostelero, Farfán, Valdovinos, Clotaldo y algún Bandido, todos interpretados por colegas del IMO cuyos nombres no menciono por no omitir alguno.
La lectura primera, las audiciones, la selección de interpretes para cada personaje y los primeros ensayos se hicieron en la Biblioteca del colegio, creo que dos tardes de cada semana.
La pieza se estrenó en el Auditorio del Centro Cultural, donde también se hicieron los últimos ensayos, y las cuatro o cinco representaciones que se efectuaron fueron muy exitosas, la última apoteósica pues todo salió perfecto.
 
Dedicatoria de Justo Solís en el libro ‘Para leer mientras sube el ascensor’ de Jardiel Poncela, que me regaló al terminar las representaciones.
 
Todos los jóvenes, casi niños, que participamos, dimos lo mejor, cada uno con la esperanza íntima, creo, de impresionar y captar la admiración de la niña que ocupaba nuestro corazón en aquel tiempo.
A medio siglo de aquello, cerca del final de mi actuación mundana, recuerdo con nostalgia lo que quise ser en la vida en diferentes momentos --actor, periodista, escritor, que algo de cada cosa fui-- y lo que me tocó ser por razones alimenticias y destino que por muchos años no supe enfrentar --empresario, ni muy exitoso, ni muy feliz.
Mi consejo a los jóvenes, a la luz de mis vivencias --aunque sé que no experimentarán en mi cabeza-- es que encuentren su vocación y se empeñen en seguirla desde el momento primero, porque el tiempo vuela y, al final, sólo se llevarán lo vivido.
Aunque la vida es sueño, también es cierto.