febrero 10, 2026, Puebla, México

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El Golpe ciego de Oscar del Barco / Revista Elementos BUAP

Anamaría Ashwell
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GOLPE CIEGO

ALTERNATIVAS DE LO POSTHUMANO

OSCAR DEL BARCO

Benemérita Universidad Autónoma de Puebla

México, 2021

I2

Estos textos que ahora reedita la BUAP me fueron compartidos y fui leyéndolos muy joven, demasiado joven, acomodándolos en el suelo –por decirlo así– de una práctica como antropóloga de campo que me entrenó a contar historias de mundos aniquilados con violencia. Una práctica que instala en la mirada la infranqueable convicción de que algo andaba muy mal en aquello de “civilizados”, como decía David Graeber, en que nos habíamos convertido. Una práctica, además, que obliga a inventar historias de sujetos despojados de vida, sujetos reales de carne y hueso con mundos invisibles, mundos otros inasibles con fracturas propias, mundos que no pasan luz en el riguroso discurso académico que los interpreta.

Inevitablemente me había entrampado en una experiencia, o más bien en la resistencia, de unos campesinos totonacas anfitriones que enfrentaban a poderosos cacicazgos por la tenencia de sus tierras ancestrales. Campesinos hundidos en las profundas capas de violencia del Sistema. Esos tiempos regresan memoriosos ahora al releer o incluso leer por primera vez algunos de estos textos de discusiones en seminarios sobre El capital en salones de la BUAP que Oscar organizaba entonces y a los cuales yo no asistí. Yo estaba ocupada contando cuántas tortillas comía al día un campesino totonaca,3 o cuántas balas dispararon los caciques y los soldados cuando ellos ocuparon tierras de ranchos en la sinuosa y verde sierra entre Puebla y Veracruz. Y también copiando archivos y mapas en las oficinas de la antigua Secretaría de la Reforma Agraria.

     El suelo de nuestro encuentro y conversación, el mío con Oscar, no fue Marx, ni el Otro Marx –es lo que quisiera aclarar–, sino más bien algo así como “la realidad insuperable del Sistema en cuanto tal” o más bien la “maldad” del Sistema, como también dice Oscar, que a mí se me mostraba con los triunfos y derrotas de esos campesinos necios reclamando el derecho a la vida produciendo y reproduciéndose como dueños de sus tierras. Luchas por la tierra que se cobraban con vidas y que, incluso cuando triunfaron en algunas comunidades, solo abonaron a más de lo mismo: a “causa de su atraso”, decía además el argumento de algunos marxistas-leninistas de mi entorno académico.

     La mía fue una mirada desbordada; la palabra overwhelmed me parece más acertada. Y en todo sentido. Quedé –voy a decirlo así– anonadada con una mirada sin-sentido (quizás por eso la antropología culturalista en la que me había formado exigía no solo la observación participante sino, como primer acercamiento, el aprendizaje del lenguaje del otro, como si con eso se corrigiera el problema de la interpretación que necesariamente le impone nuestra traducción); y además desbordada por la violencia física, discriminatoria y racista que soportaban unos débiles campesinos totonacas enfrentados al inmenso poderío del Estado y los ganaderos propietarios de los ranchos.

     Pudor, miedo y vergüenza también me ofuscaron. Todo me rebasó.

     Y así, un día llegó un dirigente campesino afiliado al partido comunista a mi cubículo y se llevó todos los mapas que yo había copiado del archivo de la Reforma Agraria. Él sí sabía “qué hacer”.

     Oscar y yo coincidíamos, coincidimos de manera “desigual” –si puedo decirlo así–, los dos en el suelo donde “las campanas llaman a la muerte”.

     El otro suelo de nuestro encuentro fue en la hospitalidad que nos donó nuestra dedicación a la pintura.

     Poesía, música, eso que se llama “creación artística” ocupaba y ocupa a Oscar, y a mí me tiene pintando –no exactamente con brocha gorda, pero casi– y desde siempre.

     El hacer artístico construye una forma de vida. O más bien da a entender que la dedicación asumida en la creación de una obra artística descubre a uno en una forma de vida.

     La pintura y la poesía, tan centrales a la vida de Oscar, podían, pensó él, corresponder a una ética “loca”, sin imperativos, sin deber-ser, un “más” o la experiencia de un “advenimiento” (recuerdo que así lo decía con la lectura de la poesía de J. L. Ortiz) de aquello que no puede nombrarse. Quizás.

     La pintura como forma de vida en la que el hacer deja ver la obra, deja oír el habla de la poesía, fue o es para ambos un hacer que se nos dio, en el develamiento y ocultamiento (creo que decía también Oscar con su lectura de esos dos conceptos claves de Heidegger4), aguardando… ¿qué? ¿Aquello que no viene al habla quizás? ¿Dejando crecer lo que salva? ¿Y que necesita en realidad algo así como una incólume fe para vivirlo? –quiero decir, para vivirlo como posible– (me disculpan la palabra “fe”, que está cargada de significaciones religiosas, pero no encuentro otra).

     Un hacer en el que yo, por lo menos, había apostado a la espera de algo que va más allá de la obra, eso que creo Agamben también decía se realiza no con una obra, una cosa, sino en la obra que resulta “de todos modos” o a pesar del “artista”, es decir, sin autor.

     Obra que quizás sucede en ese “temblor” que nos arroba enfrentados a las presiones del misterio del hacer poético o artístico, como dice George Steiner, porque “las campanas siguen sin paz”.5

     Quiero decir, “llamando a la muerte” en el reinado de un Estado técnico absoluto que es esto, como dice Oscar, inundado de ruidos que se desprenden de los delirios de la ciencia, como se lamentaba Iván Illich, donde el hacer poético, la pintura, cualquier hacer más allá de lo trivial –y creo que sigo plagiando a Steiner–  no solo es un esfuerzo por vivirlo sino por ponerlo en palabras: todo lo que pudiera decirles sobre la “creación” artística atrae además la ilimitada capacidad del habla que admite decir cualquier cosa.

     Oscar, en la presentación de la obra de un amigo pintor en Córdoba, Federico Ballestero, señaló, sin embargo, que el “hacer artístico” –en cuanto “develar” y sin relación de dominio con lo que interpela para que se muestre a los ojos– permite vivir “elevándonos”, dice, “sacándonos de la estupidez cotidiana”, otorgando una manera de vivir en la donación y de la donación, como escribió en ese hermoso librito sobre Juan L. Ortiz.

     Tal vez.

     Oscar ha invocado, como Rilke, a esos ángeles para que abran un espacio salvífico, un nuevo comienzo, y esa es una apuesta terrorífica.

     Dejar-ser es la insistencia, “avanzando hacia un lugar donde el hombre despliega su libertad despojada de todo condicionamiento”, dice Oscar, pero no es de Oscar, ni de Rilke, ni de Hölderlin, ni de Juan L., la insistencia, sino de la soberanía de la obra poética, de la obra pictórica, que abre o más bien se fuga del mundo del poeta o del pintor cuando estos ceden.

     En esa disponibilidad sin más se encuentra Oscar. Alojado en el hacer pictórico y poético, Oscar aguarda. “Despojos” le puso a la última y reciente muestra de sus cuadros, promovida por amigos y la Secretaría de Cultura de Córdoba. Despojos “inútiles”, me agregó con mano temblorosa en la primera página del catálogo impreso.

     Obra que yo aprecio y recibo precisamente por inútil. Obra abstracta que forcejea con el vértigo del vacío, íntima, iluminada de misterios –creo que puedo estar plagiando a Barnett Newman para expresar lo mucho que me gusta, que me “importa”, su obra pictórica.

     Y una edición impresa en 2022 del poema “Cual”, que da cuenta del esfuerzo de Oscar por abrirse a un antes de la palabra y que dice al final: “…más allá de mí las palabras se aproximaron y esto es todo lo que puedo hacer y decir; lo demás son actos sin esperanza…”.

     Así también otro poema aún inédito, “Pájaros”, que me compartió a finales de noviembre del año pasado con el aviso “todavía vivo”.

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