“Para ejercer el periodismo, ante todo, hay que ser buenos seres humanos. Las malas personas no pueden ser buenos periodistas. Si se es una buena persona se puede intentar comprender a los demás, sus intenciones, su fe, sus intereses, sus dificultades, sus tragedias”, escribió el célebre periodista polaco Ryszard Kapuscinski.
Esas palabras condensan la vida de Jorge Meléndez: se distinguió por ser un brillante periodista e intelectual, pero, ante todo, una buena persona, un magnífico ser humano, con una capacidad inaudita de comprender y apoyar a sus semejantes… Por eso, parafraseado a Kapuscinski, fue un gran periodista.
Quien esto escribe no tuvo el gusto de tratarlo de manera directa, de tú a tú, empero a pesar de esto lo sentí como si fuera mi un amigo de toda la vida, si es que no un hermano. Por diversos avatares, nunca pudimos reunirnos, empero, tengo la impresión de haberlo tratado desde un tiempo inmemorial. Por ello le dije a su esposa, Rosa Robeglia –al día siguiente del fallecimiento de Jorge—que “lo llevaré siempre en mi corazón”, ¡y vaya que le dije la verdad! Y no porque su esposo se haya tomado la molestia de promover mis libros en no pocos de los principales foros a nivel nacional, sino porque realmente logré percatarme de su sentido profundo de la amistad y de la vida.
Discúlpenme si hablo de Jorge desde mi órbita personal, en lugar de abordar directamente lo relativo a su trayectoria periodística, intelectual y política. Lo hago así porque, se los juro, su fallecimiento repentino me dejó helado, desconcertado. Y no por el hecho de que se nos adelantase –esto nos pasa a todos, unos más pronto, otros más tarde—sino porque considero injusto que se nos haya ido cuando más lo necesitábamos, en unos momentos en los que el destino del mundo y de nuestro hemisferio penden de un hilo, debido al brutal renacimiento de los ímpetus imperiales de nuestro vecino del norte. ¡Cómo olvidar su participación en el portal de Julio Astillero, al lado de personajes como Oscar de la Borbolla, Sabina Berman, Lorenzo Meyer, etc.! Sus análisis de lo que sucedía en el orbe y en nuestro país eran realmente lúcidos, descarnados, pero a la vez impregnados de una áurea humana inconfundible.
En México contamos con brillantes analistas, de talla internacional, capaces de desentrañar las complejidades de la geopolítica, empero brillan por su ausencia periodistas como Jorge Meléndez, que no sólo tienen el mérito de hacernos entender lo que sucede en nuestro entorno, sino logran, además, persuadirnos de la necesidad de transformarlo, por más remoto que parezca este objetivo.
Tal vez Jorge sea uno de los últimos –si es que no el último– miembros de esa generación de periodistas para quienes esta profesión, como dijo el citado Kapuscinski, es el alma de una sociedad libre. De ahí su entrega vehemente, su congruencia, sus ansias de convertir al periodismo en algo así como en un faro extraviado en medio de un océano oscuro y azotado por los desmanes y calumnias de los poderosos, pero cuya luz puede conducir a todas aquellas naves sedientas de arribar a las costas de la verdad.
Por todas esas razones, Jorge, te extrañaremos como no tienes idea. Estamos seguros de que tu ejemplo, tu ideal de un periodismo honesto y combativo, seguirá ondeando en los cielos de nuestra nación.