mayo 19, 2026, Puebla, México

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Aprender de la madurez de mi hijo / Alberto de la Fuente

Hoy fui a un podcast en Ciudad de México y, como siempre, hubo preguntas que me obligaron a detenerme y reflexionar. En esta ocasión fue una muy directa: si mis hijos ya sabían sobre mi secuestro.

Cuando fui privado de mi libertad, mi hijo mayor tenía tres años y mi hija apenas había cumplido uno. Durante mi ausencia, mi familia —como suele ocurrir en estos casos— construyó una mentira piadosa para protegerlos, sobre todo al niño. Con la bebé fue más sencillo cubrir mi ausencia por su edad.

En pandemia decidí escribir La caja. Siempre pensé que ellos la leerían cuando fueran mayores, pero al publicarla supe que debía contarles la verdad antes de que la escucharan por otros medios. Con ayuda de una psicóloga encontramos la forma de hacerlo sin herirlos innecesariamente. Al principio les dimos una versión contenida, pero siempre con la puerta abierta a sus preguntas.

Debo decir que, con los años, las preguntas más profundas han venido de ellos.

—¿Qué harías, papá, si un día te entregan amarrados a esos rufianes? ¿Qué les harías?

Confieso que a veces no tengo respuestas inmediatas.

Al dosificar la información nos adelantamos a que alguien, con desinformación o mala intención, contara una versión distorsionada de una historia que solo a su madre y a mí nos corresponde narrar.

Yo no tengo nada de lo que avergonzarme. Somos una familia de supervivientes. La resiliencia se presume; no se oculta.

Quizá el mejor ejemplo que hoy pueden ver es que se puede salir adelante sin vivir desde el miedo ni desde el victimismo eterno. Ese es, tal vez, mi mayor legado. El ejemplo es de las pocas cosas que realmente puedo dejarles. Y cuando ellos lo decidan, mi libro estará ahí para que conozcan la historia completa en mi propia voz, aunque supongo que para entonces no encontrarán nada nuevo, salvo la reiteración de mi infinito amor por ellos.

Escribo esto porque muchas familias cargan verdades incómodas que se esconden durante años. Pero la verdad siempre termina saliendo a la luz. Y cuando emerge por el conducto incorrecto, lo que aparece no es claridad, sino una versión a medias: un relato contaminado y manipulado por terceros que ni siquiera conocen la profundidad de la realidad.

Si en verdad amamos a quienes decimos proteger, esto es lo primero que debemos evitar.

Gradúen con sabiduría la madurez de sus hijos.

Los niños perciben.

Los niños valoran la verdad.

Los niños no son tontos.

No conviertan en herida mañana lo que hoy puede hablarse.

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