julio 23, 2026, Puebla, México

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De lectura, viajes y otros tópicos / Günter Petrak

De lectura, viajes y otros tópicos (A ver cuántos lo leen completo…)

Muere lentamente quien no viaja, quien no lee, quien

no oye música, quien no encuentra gracia en sí mismo.

Pablo Neruda

Quizá había en una de estas casas un niño despierto por culpa del ruido de mi tren. Quizás se imaginaba cómo sería subirse y cruzar el desierto. De cierta forma quería intercambiar de lugar con él para mirar el tren irse hacia lo desconocido. Tenía que admitir que yo no era un vagabundo despreocupado… sólo era un niño de diez años que había huido de su casa… Estas palabras son de T.S. Spivet personaje infantil de la novela del estadunidense Reif Larsen “The Selected Works of T.S. Spivet”, magistralmente encarnado en la película de Jean-Pierre Jeunet (“Amelie”, “Delikatessen”). Un niño de diez años que viaja de polizonte en un tren de carga desde Montana hasta Washington para recibir un premio del Museo Smithsoniano por un invento genial: la máquina de movimiento perpetuo.

El viaje dista mucho de la epopeya que Kerouac retratara en su famosa novela autobiográfica “On the Road”, terminada en 1951 y publicada hasta el 57. Tampoco se parece a la odisea de Odiseo (Ulises) que pasó diez años luchando y tardó otros diez para volver a Ítaca, a los brazos de Penélope; o a los viajes de Simbad el marino, las aventuras de Gulliver o del capitán Nemo. Y sin embargo, como todas las historias de viajes, el viaje de T.S. Spivet nos seduce porque en el corazón y la mente de todos nosotros hay un vagabundo que, harto de la rutina, quiere embarcarse en un barco, en un tren, en un avión para descansar de sí mismo y de sus problemas, para conocer otras voces y otros ámbitos (título éste de la novela con la que Truman Capote se hizo famoso), para convertirse en otro o en otra, tal vez, incluso, para encontrarse a sí mismo, como se encuentran la mayoría de los personajes viajeros de las novelas, los cuentos y las películas… o para perderse en ese corazón de las tinieblas habitado por aquel temible Kurtz cuyas últimas palabras fueron ¡el horror!¡el horror! Y que nunca fueron mejor expresadas que en voz de Marlon Brando en el “Apocalypse Now” de Coppola.

Para la mayoría de nosotros, sin embargo y por desgracia, la vida de viajero no pasa de ser un sueño acariciado en el fondo de nosotros mismos: la falta de recursos; el miedo al virus Chikungunya que ha viajado recientemente, a lomo de mosquito, desde las profundidades de la selva descrita por Joseph Conrad hasta las playas del Caribe; las exigencias del trabajo o los proyectos con fecha perentoria levantan muros o excavan abismos entre nuestros deseos y nuestras posibilidades de viaje. Y así seguimos, aquí, en pleno verano, asomándonos de vez en cuando a la ventana en busca de ese ocaso en la playa, de esa cabaña en la montaña, de ese lago de aguas tornasoladas con las que se ilumina nuestra imaginación. ¿Nos perderemos el verano?…

No sé ustedes, pero yo, aunque tal vez no ponga pie en el estribo de un vehículo con destino remoto, sí lo pondré en mi biblioteca o en la librería más cercana y viajaré, deslizándome en patines de letras, por las páginas de por lo menos un par de libros hasta lo más recóndito del universo visible o invisible, el que cuentan los poetas y los exploradores, los novelistas y los directores de cine… Y después de mi gozosa lectura podré afirmar, como bien lo hizo el filósofo Gilles Deleuze, que la literatura es una salud. ¡SALUD!

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