abril 17, 2026, Puebla, México

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El Extranjero de Albert Camus: ¿extranjería o desarraigamiento en el absurdismo? / Patricio Eufracio Solano

Que a la letra dice…

(Mundo Nuestro le da la bienvenida a Patricio Eufracio Solano y su nueva columna quincenal de crítica literaria. El Doctor Solano es licenciado en Lenguas y Literaturas Hispánicas y maestro en Letras, ambos por la UNAM; así como doctor en Historia por la BUAP. Estancias de investigación en la Universidad de Georgia, y en la Universidad Complutense, donde se benefició de la beca para Hispanistas extranjeros del Ministerio de Cultura del Gobierno de España.)

En el fondo, no existe idea alguna a la que uno no termine por acostumbrarse”.

El Extranjero es la primera novela de Albert Camus. La escribe en los años de las guerras europeas del segundo tercio del siglo XX, tanto la Civil Española como la Segunda Mundial. La publica en 1942, año decisivo para Europa, Asia y África pues en estos frentes comienzan a perder impulso las Fuerzas del Eje y, de algún modo, se vislumbra la posibilidad de derrotar al nazismo y sus aliados, condición esta que despierta la esperanza mundial. No hay júbilo aún, pero el catastrofismo pierde brío transformándose en un pesimismo moderado. En este ánimo general se ubica El Extranjero.

Albert Camus

La novela es rica en matices emocionales que te enfrentan sin ambages y que sería imposible abordar todos ellos en un apunte, por lo que señalaré sólo algunos de estos.

El extranjerismo

La disyuntiva principal que encuentro en la novela es: cómo las condiciones propias de unos años de tan furiosos nacionalismos, condicionan ante tal barbarie, por un lado, el propio desarraigo emocional de los europeos en particular y de la humanidad en general, y, por el otro, la tirante extranjería latente de Camus por su mezcla familiar que incluye a Francia, Argelia y España; las primeras dos enfrentadas en varios momentos de la historia europea y, la última, intermitente aliada a ratos del nazismo alemán y del fascismo italiano de Mussolini y, finalmente, dictatorial durante casi siete décadas. Tremendo coctel genealógico, sin duda.

En un panorama así ¿qué es o desea ser alguien como Meursault, el protagonista de la novela: nacional o extranjero, arraigado o desarraigado, sensato o absurdo? Y más aún, qué papel juegan en ello los demás personajes: Marie Cardona, Raymond Sintès, el capellán, “el árabe” (víctima no tan inocente del todo) y, desde luego, su madre muerta; sobre todo para una lectura desde nuestra idiosincrasia nacional al caer cuenta que la traducción al español de “Meursault” es: salto mortal.

Vayamos al relato.

El telegrama y la guillotina

Meursault recibe un telegrama anunciándole la muerte de su madre. Los hechos consecuentes a este anuncio, aunados a su peculiar forma de ser: indiferente, apática e indolente por momentos, trastocarán su vida hasta el punto de ser condenado a la guillotina. Entre este hecho inicial y el último de la narración, Meursault nos llevará hasta los límites propios del absurdismo; esa peculiar teoría filosófica de Camus en la que “el mundo carece de sentido o de un propósito superior y que no es completamente inteligible por la razón”, asegura alguna definición académica.

Atendiendo alguna parte de esta definición vemos que los espacios narrativos donde vamos conociendo las coordenadas de la novela se dan por el contraste entre Meursault y los demás personajes “un tanto carentes de sentido” y el poco compromiso del protagonista hacia ellos.

Los principales espacios narrativos primordiales serían: el que ocurre entre Meursault y Marie que navega en una relación sin preámbulos amorosos, un presente anclado en la inmediatez y un futuro impreciso; aquel con Raymond, cómplice y dependiente, pero parco en emociones por parte del protagonista; el que se da con el capellán, esperanzado por parte del clérigo y apabullantemente racional por el condenado a la guillotina; y, finalmente, el de Meursault y su madre, no sólo muerta ya, sino distante, ausente y diametralmente opuesta a su hijo, pues en sus últimos años en el asilo no sólo lleva una vida grata y plena, sino que aun cultiva el amor con Thomas Pérez con fines matrimoniales.

Como dije, personajes todos interlocutores con algún matiz emocional hacia Meursault y una planura afectiva de parte de este hacia ellos.

El absurdo como vehículo narrativo   

La atmósfera narrativa del absurdo inicia desde el título mismo ya que Meursault, creo, no debe asumírsele realmente cual un extranjero, sino más bien como un desarraigado, pero su comportamiento indiferente lo distancia emocionalmente de los acontecimientos y sus consecuencias ─algunas de estas posiblemente evitables, como el propio asesinato del árabe─, colocándolo en una incómoda situación de proximidad y lejanía de todo y de todos, como lo estaría cualquiera que desconoce los modos y maneras de una sociedad, rasgo más que característico de los extranjeros.

La nacionalidad francoargelina de Meursault no debiera condicionar su estar en la geografía de la novela pues él mismo se desarrolla entre ambas espiritualidades, sin embargo de alguna manera no encaja del todo en ella. “No se halla”, diríamos nosotros. Esto es probable que sea una personalísima extrapolación del propio Camus ya que él fue un argelino francés de madre española, combinación genética más que laberíntica.

Las múltiples disyuntivas que plantean una condición y una época como la vivida por Meursault/Camus es brutal: ¿ser extranjero es una situación territorial o una postura ante tu entorno?, ¿el arraigo que persigue el extranjero únicamente es geográfico o también espiritual?, ¿los extranjeros en algún momento llegan a considerarse nativos emocionales o naturalizados racionales?

Creo que de algún modo la novela aborda esta condición de desarraigo y hasta de vergüenza nacionalista que será importantísima en la Europa de la posguerra y que vivirá buen parte de la generación de Albert Camus.

Quizás por ello en la novela, Camus aborda conscientemente cuestiones del desarraigo y extranjería al ubicarla en el norte africano, conocido comúnmente hoy como Argel, pero de luenga y rica historia más que fantástica y hasta fantasmagórica, que sin duda está presente en los varias etapas y nombres que ha tenido ese lugar: Tierras bereberes según los romanos en el siglo IV a. C, El Magreb para la España de los Reyes Católicos, Argelia otomana durante 300 años para el imperio otomano, Estados Berberiscos en los inicios del siglo XIX, Argelia francesa del 1830 al 1962, época esta de vida y muerte de Albert Camus y hoy República Argelina Democrática y Popular, que en la lengua oficial ─árabe clásico─ se denomina: al-Jumhūriyya al-Jazāʾiriyya ad-Dīmuqrāṭiyya ash-Shaʿbiyya. Magia, tradición y misterio a raudales en la subyacente geografía de la novela.

Ya plantados ante la narración misma, el absurdo se evidencia desde el primer párrafo:

“Hoy murió mamá. O puede que fuera ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: ‘Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias’. Pero no quiere decir nada. A lo mejor fue ayer”.

Si en la muerte, o más aún, en la fecha precisa de la muerte de la madre hay algún alcance o propósito superior, Meursault no lo asume, como si el dramático hecho careciese de sentido y falto de razón. Esta esencia de su ser narrativo el protagonista la esgrimirá con ─contra, tal vez─ todos los demás personajes.

Veamos dos momentos de ello.

En su encuentro en la playa con Marie, Meursault no trasluce la pena de la muerte de su madre hasta que ella repara que él viste una prenda de luto:

Cuando nos vestimos, pareció muy asombrada al verme la corbata negra y me preguntó si estaba de luto. Le dije que mamá había muerto. Como quería saber cuándo, respondí: ‘Ayer’. Se estremeció un poco, pero no dijo nada. Estuve a punto de contarle que no era mi culpa, pero me detuve porque pensé que ya se lo había dicho a mi jefe. Lo que no significaba nada. De todos modos uno siempre es un poco culpable”.

Lo impactante del absurdismo se evidencia en tres frases: “Estuve a punto de contarle que no era mi culpa”, “me detuve porque ya se lo había dicho a mi jefe” y “De todos modos uno siempre es un poco culpable”. Asombroso.

Raymond y las entretelas del quid de la novela

Finalmente, en este apunte abordaré las circunstancias que llevan a Meursault a asesinar al árabe y su consecuente condena a guillotina.

En cuatro líneas, literalmente, Camus describe magistralmente a Raymond y la singular mancuerna asociativa que tendrá con Meursault, punto de partida narrativo del asesinato mismo:

En ese momento entró mi otro vecino de piso. En el barrio se dice que vive de las mujeres… En general es poco querido. Pero me habla a menudo y a veces entra un momento a mi habitación porque lo escucho. Encuentro interesante lo que dice. Por otra parte no tengo razón alguna para no hablarle… Me preguntó otra vez si quería ser su amigo. Contesté que me era indiferente y pareció quedar contento”.

No puedo dejar de destacar esta última frase: a Meursault le resulta “indiferente” (desinteresado, apático, indolente) “ser amigo” de Raymond y, no obstante, este queda contento con ello. Pasmoso, sin duda.

Aceptada esta singular ecuación de amistad, Raymond le refiere a Meursault que vivía con una mujer a la que le daba todo y aún así lo engañaba y termina dándole una paliza. Por ello tuvo una pelea con el hermano de esa mujer. El hermano es el árabe a quien terminará matando Meursault. Los pasajes de esta parte de la historia son ejemplos magníficos del absurdismo:

Le había pegado hasta hacerla sangrar (refiere Meursault). Antes no le pegaba. ‘La golpeaba pero con ternura, por así decir. Ella gritaba un poco. Yo cerraba las persianas y todo concluía como siempre. Pero ahora es serio. Y para mí no la he castigado bastante’. Me explicó que necesitaba un consejo”.

El “consejo” era conocer la opinión de Meursault sobre la mejor forma, de tres posibles, de castigar a la mujer: una, tendiéndole una trampa para que la oficina de la “moral” la calificara de prostituta; la segunda, con alguna acción más notoria y permanente como “marcarla”, y, la última opción, en la que terminará aceptando participar Meursault:

Escribirle una carta ‘con patadas y al mismo tiempo cosas para que lo echara de menos’. Después, cuando regresara, se acostaría con ella y ‘justo en el momento de acabar’ le escupiría la cara y la echaría a la calle. Me pareció que, en efecto, de ese modo quedaría castigada. Pero Raymond me dijo que no sentía capaz de escribir la carta adecuada y que había pensado en mí para redactarla. Como no dije nada, me preguntó si me molestaría hacerlo enseguida y respondí que no”.

La carta y las acciones consumadas que en ella se detallaban, terminarán ligando indefectiblemente a Meursault con el desenlace, pues la siguiente ocasión en que todos ellos, Marie, Raymond, Masson ─cómplice de Raymond─ y Meursault vayan a la playa, este terminará matando al árabe.

 El desenlace de la novela se desarrolla en dos pasajes de sendas peleas:

De pronto, Raymond dijo a Masson algo que no oí bien. Pero al mismo tiempo divisé en el extremo de la playa, algo lejos de nosotros, a dos árabes de albornoz que venían en nuestra dirección… Los árabes avanzaban lentamente y estaban ya mucho más próximos. Nosotros no habíamos cambiado nuestro paso, pero Raymond dijo: ‘Si hay pelea, tú, Masson, tomas al segundo. Yo me encargo de mi individuo. Y, si llega otro, es para ti, Meursault’. Dije: ‘Sí’”.

La pelea se da. Raymond sale herido del trance y Masson lo lleva al médico. Meursault y Marie quedan en la playa. Tiempo después, vendadas sus heridas, regresa Raymond buscando a Meursault y ambos caminan hacia el final de la playa donde se encontrarán nuevamente con los árabes. Raymond saca de su bolsillo un revólver que no intimida mayormente a los árabes y termina dándoselo a Meursault. Ambos vuelven a la cabaña. Unos momentos después Meursault regresa a la playa. Sus siguientes acciones en medio de un desquiciante ambiente solariego, definirán el destino de todos.

Al cabo de un momento, volví a la playa y me puse a caminar. Persistía el mismo resplandor rojo. Sobre la arena el mar jadeaba con la respiración rápida y ahogada de las olas pequeñas. Caminé lentamente hacia la rocas y sentía que la frente se me hinchaba bajo el sol. Todo el calor pesaba sobre mí y se oponía a mi avance. Y cada vez que sentía el poderoso soplo cálido sobre el rostro, apretaba los dientes, cerraba los puños en los bolsillos del pantalón y me ponía tenso para vencer al sol y la opaca embriaguez que se derramaba sobre mí. Las mandíbulas se me crispaban ante cada espada de la luz surgida de la arena, de una concha blanquecina o de un fragmento de vidrio. Caminé largo tiempo. Veía de lejos la pequeña masa oscura de la roca rodeada de un halo deslumbrante por la luz y el polvo del mar… Pero cuando estuve más cerca vi que el individuo de Raymond había vuelto. Estaba solo. Reposaba sobre la espalda, con las manos en la nuca, la frente en la sombra de la roca, todo el cuerpo al sol… Quedé un poco sorprendido. Para mí era un asunto concluido y había llegado ahí sin pensarlo. En cuanto me vio se incorporó un poco y se metió la mano al bolsillo. Yo, naturalmente, empuñé el revólver de Raymond en mi chaqueta. Entonces se dejó caer de nuevo hacia atrás, pero sin retirar la mano del bolsillo… Pensé que me bastaba dar media vuelta y todo quedaría concluido. Pero toda una playa vibrante de sol se apretaba detrás de mí… Sacudido por ese ardor que no podría soportar más, hice un movimiento hacia adelante. Sabía que era estúpido, que no iba a librarme del sol desplazándome un paso… Y esta vez, sin levantarse, el árabe sacó el cuchillo y me lo mostró bajo el sol… Entonces todo se tambaleó… Mi ser completo se distendió y crispé la mano sobre el revólver. El gatillo cedió, toqué el vientre pulido de la culata y ahí, con el ruido seco y ensordecedor todo comenzó”.

Sol, sol y sol; angustia, desazón e incertidumbre son las coordenadas del desastre. Más absurdo, imposible.

Los cinco tiros que le quitan la vida al árabe también lo hacen con la apatía y desentendimiento de Meursault, por lo que en la segunda parte de la novela Camus deconstruye a su protagonista para cumplir con la consigna del absurdismo de que “el mundo carece de sentido o de un propósito superior y que no es completamente inteligible por la razón”.

Una frase describe a la perfección la totalidad absurda de la tragedia emocional de Meursault, la prisión, el juicio y la condena a la guillotina: “Desde que uno debe morir, es evidente que no importa cómo ni cuándo”.

El final es, a mi gusto, un tanto decepcionante ─¡claro, desde este siglo y condición humana!─ pues la noche anterior a su muerte, Meursault se “reconcilia en un reencuentro personal” con todo y con todos.

Aún así, merece la cita:

Y yo también (al igual que su madre) me sentía pronto a revivir todo. Como si esta tremenda cólera me hubiera purgado del mal y vaciado de esperanza, delante de esta noche cargada de presagios y de estrellas. Me abría por primera vez a la tierna indiferencia del mundo. Al encontrarlo tan semejante a mí, tan fraternal, en fin, comprendía que había sido feliz y que lo era todavía. Para que todo sea consumado, para que me sienta menos solo, me quedaba por desear que el día de mi ejecución haya muchos espectadores y que me reciban con gritos de odio”.

Camus, Albert. VR Editoras, 2025. eBook.