La marcha de la realidad rebasa mi capacidad de comprensión, lo confieso. Y entiendo a aquellos que se refugian en la teoría como un mecanismo de defensa para no ser atropellados por las preguntas que nos arroja esa realidad. Vivir en el vértigo, no es posible ni recomendable. Y conste que no estoy defendiendo alguna posición budista.
Apenas ocurre el drama de Teotihuacán, obligándome a lanzar algunas conjeturas desde “Inhibición, síntoma y angustia” o desde “El malestar de la cultura”.
Una noticia en The Guardian sobre el desempleo a nivel mundial me obliga a pensar, junto a mis amigos, algunas tesis marxistas sobre la transformación del trabajo y la mercancía, hasta llegar a la obsolescencia del hombre. ¿Estamos ante el fin de lo humano? No lo sé. Pero de lo que no tengo duda es que, al menos, somos testigos del fin de una forma de humanidad, sostenida, principalmente, en el Homo Faber, y los tirones éticos que ha provocado a lo largo de la historia, desde el mito de la creación en siete días hasta la paradójica hipostación del trabajo en el viejo Marx.
Caminamos ya por el etéreo mundo de lo virtual, en el que toda añoranza de una tierra firme es algo más que un sueño intempestivo. No, no es el mundo líquido de Bauman, sino ese mundo gasificado del que habla Sloterdijk en “Fuentes del terror”. Si en los “Manuscritos”, el joven Marx confía en un mundo en el que todavía es posible recuperar la totalidad humana y la realidad misma, lo cierto es que hoy solo nos queda el valor fetichizado de la mercancía, la virtualidad, y el valor de uso, y el cuerpo, son una excrecencia, salvo en estas formas de rebelión, eminentemente nihilistas contra el gran otro, como ocurre de modo cada vez más frecuente, de Columbine a Teotihuacan.
Si alguna vez pensamos que la mentira, tarde o temprano, se toparía con la realidad para desenmascararla, hoy, nuestra única realidad es la de la inteligencia artificial. Y nuestros instrumentos de comprensión se han hecho añicos. Transitamos entre el nihilismo y la orfandad. Pero la respuesta no está en volver a ese gran otro, bajo la forma que sea, para conseguir alguna fijeza
En tanto, ¿qué hay de la subjetividad hoy día? Esa es la pregunta para la cual no tengo más que algunas conjeturas que, más que alumbrarme, me sirven para dar palos de ciego.
Juan Carlos Canales