Férrea Memoria
(Texto leído por el autor en el Cuarto encuentro de escritores “Agustín Ramos” el 18 de julio del 2026 en Tulancingo, Hidalgo.)
I.-
A riesgo de caer en el lugar común, debo decir que Agustín Ramos, con Al cielo por asalto (Ediciones ERA, 1979) se coloca justo entre y con tres antecedentes narrativos mexicanos: José Revueltas, José Agustín y Juan Rulfo, el primero, el más profundo y reflexivo de nuestros escritores en cuanto a nuestra realidad, por decir lo menos; y el segundo, el chavo desmadroso que sabía escribir bien, y escribía sobre los jóvenes, como también lo hace Ramos en su debut novelístico.
Sin embargo, Ramos también está cerca no de un narrador, que sería el caso de la maestría de síntesis y certeza en la diana: Juan Rulfo (del cual Ramos es lector destacado, y es el tercer narrador al cual considero cercano en esta lista), sino del autor del rotundo poema mexicano, el logro más decantado de la poesía conceptual mexicana, José Gorostiza, y cito: “Lleno de mí, sitiado en mi epidermis / por un dios inasible que me ahoga” (p. 12), escribió para iniciar su poemario el tabasqueño. El hidalguense que hoy nos reúne, por su parte, inició así su flamante novela: “Aquel día, aquél, mi hastiado esfínter comenzó a cebarse en Dios y el almanaque en tanto despertaba el sol.”
Digo, es un decir, Muerte sin fin por Al cielo por asalto; El luto humano, Dormir en tierra o Los muros del agua por Al cielo por asalto; La tumba por Al cielo por asalto, Pedro Päramo por Al cielo por asalto: una continuidad, asimilación y apropiación para la creación propia que se agradece, por lo que, quien esto escribe, pregunta en este foro, en esta lectura adelantada de los primeros cincuenta años de la emblemática novela mexicana de Agustín Ramos:
¿Quién, quiénes, dónde, para qué fecha está o están preparando la edición crítica de Al cielo por asalto? Porque no podemos esperar a enero del 2029 para comenzar a prepararla y que la realidad, tan puntual en sus tiempos y procesos, sea la puerta que nos agarre los dedos por falta de previsión y de avisoramiento.

II.-
Lo cierto es que Ramos, joven como era (tendría veinticinco, veintiséis años cuando redactó la novela que fue publicada cuando él tenía o estaba por cumplir veintisiete años), usaba todos sus lápices afilados, por lo que se mueve con soltura y naturalidad entre el lenguaje culto y el popular, honrando a ambos. Va de un estilo a otro, reafirmando el suyo. Frente a su novela debut, 62, modelo para armar, es un rompecabezas para infantes que pronto se aburren y dejan el juego.
Ramos, a quien se ha situado entre el realismo mágico, el diálogo interno, el surrealismo y vaya usted a saber qué otros ismos, apostó todo y logró la descollante novela que, a punto de cumplir sus primeros cincuenta años, merece relecturas morosas para preparar su edición crítica, siempre exigiendo un lector —y un crítico no pasivo, no de rápidas degustaciones.
Y a propósito de jóvenes, Rulfo expresó sobre José Agustín y su obra: “La tumba es una de las obras que liquidarán el pasado. Una novela extraordinaria”. Al cielo por asalto también es una de las novelas fuera de lo ordinario, sin complacencias y facilismos, que liquidó el pasado, con pleno conocimiento y conciencia.

En La tumba, José Agustín escribió:
Seguimos con el whisky, mientras trataba de excitarla, pero ella eludía mi erotismo con frialdad. Redoblé mis ataques y nada. El poseerla se había convertido en obsesión, era ya por orgullo. Estuvimos aún bastante rato y proseguí mi lucha con el temor de que mis padres se fueran a presentar. Por eso, con un par de botellas, salimos en el auto. Pasada la medianoche finalmente hicimos el amor, sin sentir más que una mínima satisfacción. De regreso en su casa…
Agustín Ramos, en Al cielo por asalto habla también de jóvenes, pero es otra la mirada en tan sólo quince años de distancia:
Era la era de las fiestas sabatinas, donde la mariguana y la lisergia y los cachondeos exhibicionistas pretendían renovar y remplazar el alcohol, el baile de San Vito y los cigarros de salva. Rompíamos con la religión dejando por las dudas un campito secreto para Dios; tronábamos contra el colonialismo sin dejar el consumo de baladas baladíes europeas; navegábamos en la izquierda sin tomar partido y sin dejar de abonar la cuenta de ahorros, por las dudas y las deudas. Era la era de nuestros círculos de estudio de marxismo que acababan en sesiones de ouija y confidencias —el tan soñado viaje a Europa—, en orgías de enervantes y vilezas. Así fuimos, así pergeñamos una grotesca marginación de dos días a la semana, nosotros: soñadores ortopédicos, parias con horarios de burócratas” (p. 85).
Un realismo brutal el de Ramos—con un “ordenado desarreglo de los sentidos”, como propuso Rimbaud—, que incomoda, como el de Revueltas, el Camarada sol: “Pero algo vago, sombrío, enternecedor lo embriagaba con la idea de que aquella tierra le había pertenecido en alguna forma, de algún modo y en algún tiempo, de los que nada podría saberse nunca, porque él no tuvo la ocurrencia de pararse a escuchar lo que quiso decirle la difunta, desde el más allá, al golpear dentro de su cajón cuando la enterraba.” (p. 92)
[Demos un salto, mortal como los que hace Ramos en su novela, aunque él siempre cae bien parado]: cuando, por ejemplo, el Señor A, versión actualizada y recargada del Pobrecito señor X, recapitula (p.78) ¿acaso no está fijando una postura suya, que es la del narrador, que es la nuestra, por no haber estado a la altura de gente como Gúmer, y toda esa gente sencilla, que nadie sabe, hasta que muere…?
El citado Señor A confiesa: “…nosotros que nunca pudimos hacerle compañía porque siempre fuimos ausentes en la vida, porque la vida fue en nosotros, una falta permanente de asistencia” (p.78).
Claro, al culminar su novela, el único que no estuvo ausente, aunque la culpa lo aguijoneaba en ese sentido, fue el propio Agustín Ramos, que muestra que, si desde la muerte se puede transformar el mundo, cambiar la vida, también se puede transformar y cambiar desde la literatura.
Transforma el mundo, cambiar la vida, incluso desde la muerte, desde la literatura. Esas son dos premisas, y preguntas, esenciales —a las cuales, entre otras que no atenderé por ahora—, responde Ramos, después de que, en el epígrafe, al abrir su capítulo III cita a André Breton: “Transformar el mundo, ha dicho Marx. Cambiar la vida, ha dicho Rimbaud. Esas dos consignas son para nosotros una sola.”
En la página 77, Ramos da una de sus muchas respuestas a esta pregunta: “¿Acaso cada uno de los hombres no está perpetuamente solo, empeñado en descubrir la realidad de vidrio molido, buscando más allá? ¿Acao no estamos todos con los ojos sempiternamente abiertos y clavados en el vitriolo incitante del instante?” Y así, agrega quien esto pergeña, transformando el mundo, cambiando la vida

III.-
Por lo anterior, la Profecía, así, con mayúscula, por cierto, no debe rastrearse en calendarios sino en hechos (p. 162), nos dice el autor (la mayúscula es mía.) Aunque cita, en esa página, las cinco fechas determinantes para “la victoria que tantos dolores costó y está costando alumbrar”: 30 de mayo, 1871; 9 de octubre,1967; 30 de diciembre, 1973; 25 de octubre, 1917; 17 de abril de 1961 y Ocho ahau katún, ésta última fijada por los mayas como el final de toda tiranía.
Y él, que en una cornisa estuvo a punto de hacer el único acto, e incluso el primero de cierto valor arrojándose hacia el chapopote para querer compactarlo más, acepta que se ha quedado, “en parte por curiosidad, en parte por esperanza” (p. 163) ¿cuántos, como el protagonista no nos quedamos “de este lado”, en lugar de hacer caso al zumbido como de mosca del suicidio, a pesar de que “Siempre me sucede lo mismo: mis problemas personales me apartan de la historia, me excluyen del mundo y me hunden en la más desoladora y asfixiante de las apatías.” (p.164).
Mas todo es aparente, se nos muestra:
En el apartado 15, ) Primer acto, ya en el Capítulo III, al cerrar el largo paréntesis que parece ser la realidad de la novela que ha estado rememorando, el asalto ha sido consumado. ¿Qué habrá pensado Caín, y con él el narrador aquél julio del 2018 cuando las urnas nacionales se habían cubierto de gloria, cuando “la historia jineteada ahora por un pueblo que había dicho ¡basta!” dejaba atrás a algunos necios impenitentes —“gente decente”, les decían algunos—, en el momento en que se había abandonado toda inocencia?
Los estudiantes, en ese descrito cumplimiento de la Profecía que hace Ramos: “Los actuales estudiantes que pululaban esta mañana ante mis ojos, eran diferentes: más desaliñados, menos ocupados del acné y ‘ser alguien en la vida’ y adquirir un elogiable prestigio en abonos o al contado; desentendidos de las obsesiones que nosotros habíamos cultivado en secreto.” (p. 166)
Esa gente sencilla, que nadie sabe, en ese mundo de la Profecía cumplida está representada por la gente que se reúne en la sede del nuevo gobierno, sí, pero sobre todo en personas como el chofer, descrito por nuestro narrador en la página 166: “El chofer era menos brusco; supongo que ya no estaba sometido a la velocidad y el atrabanque para sacar lo del día, o al menos pronto iba a emanciparse , y la certidumbre de que sería igual a todos: un ser humano con derecho a fatigarse, a padecer indisposiciones y a cumplir con una sola corrida ¿era eso lo que lo dulcificaba?” a él, pequeño servidor del Leviatán que hasta ahí, en su camión, trolebús o lo que sea, metía su cola.
Todo ha cambiado en la Profecía cumplida, ejemplo los bibliotecarios como el narrador y Caín, que estrenada la nueva realidad, no tienen tiempo para hurgar en el pasado: “…los que nos reemplazaran en el puesto de bibliotecarios no perderían sus ilusiones, absueltos del jornal de diez horas…” (p. 167).
¿Y qué hay de la “gente decente”, esos que la realidad había dejado atrás? mostraban sus puños, impugnaban a soldados rasos que hablaban con niños: “¿creen que deveras habrá pan y paz con este gobiernuco?” (pp. 167-68), preguntan, asedian mientras se preparan para uno de sus últimos actos públicos: quitar la banca donde Fidel y El Che escriben la historia del Playa Girón en el Centro Histórico de la Ciudad de México-Tenochtitlán.
Por ello la duda corroe cuando, con el narrador, vemos a los vecinos con las armas de los antiguos soldados: “¿Era posible que un sueño entrara tan tranquilamente y con tan airosa modestia a descuajar la pesadilla?” Ello, ha de insistir el narrador, con niños, niños que no han sido ni será acribillados en la Gran Plaza, que vivirán y mirarán el futuro, que ya es presente, con otros ojos: “Los niños, otros niños, estaban vengando a centenares de hermanos acribillados, estigmatizados para siempre por deformaciones físicas o mentales, estos niños vengaban amorosamente, como sólo un niño puede hacerlo a otros que habían caído en esa Plaza, los vengaban con sólo acariciar esas dos culatas que jamás caerían en sus molleras, , con sólo inquirir si las balas eran deadeveras.” (p. 168).
Amaneció: “En esta mañana ya no hubo tiempo para exámenes de conciencia metafísicas, ni para fragorosas recapitulaciones existenciales: toda la fuerza disponible se destinaba a la reconstrucción y a la defensa de la tierra, a la reorganización de todo —desde la economía hasta la cosmovisión—, a partir de los escombros rehabilitados del cataclismo.” (p.169). En la misma página leemos la realidad como es, en una revolución consumada que tanto costó alumbrar: “Y la revolución estaba siendo toda esa turba que en mis recuerdos ocupó un lugar accesorio, como un telón de fondo, gris, uniforme.” (p. 169)
“Ya todos tienen designado un puesto ¿y tú?” (p.170) le preguntan al lector, a través del narrador, porque después de que las armas nacionales, y que las urnas nacionales se han cubierto de gloria, ¿qué vas a hacer en la realidad que ya no es Utopía, un no lugar? El narrador, como otros —¿incluidos nosotros, lector?—, acepta: “…dudaba que aún pudiera encontrar y crear el yo que nunca fui, que no puede ser porque desde cigoto recibí metralla de autoridad y de falacias y de miedos que pudrieron mi alma y fragmentaron mi carácter.” (p. 170).
El asedio ha resultado. Hemos, nos muestra el narrador, tomado el cielo por asalto. Cada uno deberá hacer (1861, 1917, 1967, 1961, 2026) lo que le corresponde, y si no lo hace, podrá ser sustituido, pero el narrador nos advierte, y creo que habla por todos: “Sí, otros pueden sustituirme, pero se trata de mi nacimiento” del nacimiento, también, de la nueva nación que trajo la revolución, porque se puede profetizar, transformar el mundo, cambiar la vida, reformular la realidad desde la literatura; y el futuro está aquí.
¿Quién se atreve a dejar su lugar, sus obligaciones en la nación nueva? Ai se lo haiga.

Es cuanto.
PD: Pero, si alguien se atreve, que compare a este gigante de Tulancingo dispuesto a tomar el cielo por asalto, con los siervos de la fe del Sacro Imperio…
Nota bene: Por lo barruntado aquí y por lo que en ella, con lucidez se consigne, es indispensable la edición crítica de Al cielo por asalto en sus primeros cincuenta años, asediándola desde ya, para presentarla aquí dentro de tres años.
Referencias bibliográficas
Gorostiza, J. (1983) Muerte sin fin. Lecturas mexicanas, 13: México: FCE-SEP.
Revueltas, J. (1978-1987). Obras completas. 26 vols. México: Era.
Ramos, A. (1986). Al cielo por asalto. Lecturas mexicanas, segunda serie, 26. México: Era-SEP.