En 2010, mientras el mundo seguía el Mundial de Sudáfrica, un pulpo (Octopus vulgaris) llamado Paul se convirtió en celebridad. Vivía en el acuario Sea Life de Oberhausen, Alemania. Daniel Fey, su cuidador, y otros miembros del equipo del acuario, para entretener a los visitantes, antes de cada partido del Mundial colocaban dos cajas transparentes con un mejillón en cada una y, también, en cada caja la bandera de cada uno de los dos equipos que estaban por enfrentarse. Paul simplemente abría una de las cajas para comer el mejillón. La primera caja que abría se interpretaba como su “predicción”, y comenzó a acertar. Lo curioso es que, pasados los días, siguió acertando. Acertó los seis partidos de Alemania, su derrota frente a España en semifinales y la victoria de España sobre Países Bajos en la final. En total, ocho predicciones consecutivas correctas –la prensa internacional enloqueció. Lo que comenzó como una actividad para entretener a los visitantes terminó captando la atención de millones de personas en todo el mundo.
¿Realmente adivinaba? Desde un punto de vista estadístico, ocho aciertos consecutivos tienen una probabilidad de uno entre 256. Es una racha poco frecuente, pero perfectamente posible por azar. Para ponerlo en perspectiva, acertar el Melate en México tiene una probabilidad cercana a uno entre 32 millones. Es decir, resulta más de cien mil veces más difícil ganar el Melate que repetir la racha de aciertos de Paul.
Lo sorprendente es que la verdadera historia de los pulpos resulta mucho más extraordinaria que esa leyenda. Mientras millones de personas discutían si Paul era un adivino, los neurobiólogos llevaban décadas descubriendo algo más fascinante: estos animales poseen uno de los sistemas nerviosos más complejos del reino animal y resolvieron el problema de construir una inteligencia siguiendo un camino evolutivo completamente distinto al nuestro.
Los pulpos son moluscos cefalópodos: animales marinos de cuerpo blando, ocho brazos flexibles y una extraordinaria capacidad para transformar el color y la textura de su piel. Son depredadores, maestros del camuflaje y seres con una gran capacidad de resolución de problemas; representan una de las especies más interesantes, ya que son criaturas sorprendentes, casi mágicas por sus cualidades de camuflaje, movilidad e inteligencia.
Se conocen alrededor de 300 especies de pulpos, entre ellas el Octopus vulgaris, el pulpo de anillos azules (Hapalochlaena) –famoso por su toxicidad– y el Octopus maya, endémico de la península de Yucatán, de gran importancia pesquera y muy solicitado en la cocina mexicana.
Su fama reciente no depende solo de Paul. Libros como Other Minds, de Peter Godfrey-Smith, y documentales como My Octopus Teacher y Secrets of the Octopus han influido enormemente en el interés público sobre estos moluscos y en la divulgación de los conceptos sobre la inteligencia de los cefalópodos y de los pulpos en particular, mostrando el uso de herramientas, estrategias de caza, el establecimiento de conductas sociales y el maravilloso camuflaje, que radica no solamente en el cambio de colores, sino también de la textura de la piel para igualar su entorno y hacerse invisibles a sus depredadores, o también, en ocasiones, hacerse visibles, como en el caso del pulpo de anillos azules (Hapalochlaena), que expone sus anillos con más brillo como aviso de peligro a sus depredadores, ya que contienen una neurotoxina muy potente que los mataría en minutos.
El riesgo es confundir una historia atractiva con una prueba de inteligencia. Abrir un frasco o escapar de un acuario puede ser sorprendente, pero una anécdota aislada no basta. La evidencia convincente aparece cuando una conducta se estudia de manera controlada y reproducible. Comparar directamente a un pulpo con un primate puede llevarnos por un camino equivocado. Sus linajes se separaron hace más de 500 millones de años, y sus sistemas nerviosos siguieron trayectorias evolutivas independientes. La pregunta no es si el pulpo piensa “como nosotros”, sino qué soluciones encontró la evolución para producir aprendizaje flexible en un cuerpo y un cerebro radicalmente distintos.













