Todas esas cosas que me han quitado el sueño durante mucho tiempo, hoy me resultan francamente ridículas. Actualmente, todos nosotros, a cualquier edad y en cualquier circunstancia, tenemos acceso a internet y a la maravillosa Inteligencia Artificial (IA), por lo que ya no me preocupa hacer méritos ante nadie.
La edad ya no importa —menos aún para los jóvenes que nacen con el celular en la mano y el chip en la mente—, porque a estas alturas sabemos que intentar obtener la aprobación de otras personas, a quienes nadie autorizó para examinarnos y que tampoco han demostrado haber aprobado su propio examen de conciencia, ya no debería quitarnos el sueño.
Eso de esforzarte por caer bien, por ser aceptada, por no incomodar, por cumplir expectativas, por explicar tus decisiones personales y, sobre todo, por demostrar que eres una persona digna de consideración, ¡está de hueva!
Todavía existen muchas culturas proclives a exigir que las nuevas generaciones tengan que complacer a sus mayores, lo cual no es lo mismo que amarlos, respetarlos y cuidarlos. Y todo ello, sin que sepamos quién organizó el certamen en el que nos hemos empeñado en ganar puntos para obtener un reconocimiento que, una vez conseguido, descubrimos que tiene una falsedad intrínseca. Entonces sabemos perfectamente qué hacer con él: ¡metérselo por el culo!
Pero algo sucede con el tiempo. No sé si es sabiduría, hartazgo o simplemente una magnífica pérdida de interés por las pruebas ya superadas. De pronto descubres que ahora sólo participarás en los concursos que tú elijas: aquellos en los que no necesitas justificar por qué prefieres quedarte en casa, por qué no te interesa determinada conversación, por qué piensas diferente o por qué has decidido cambiar de opinión.
No se trata de convertir cada desacuerdo en una batalla ni cada rechazo en una investigación de las causas que lo originaron. ¡Simplemente, qué alivio dejar de presentar exámenes que quizá alguien, alguna vez, te obligó a resolver!
A estas alturas de mi vida prefiero invertir la mayor parte de mi tiempo en lo que yo elijo como interesante y fructífero, ante el universo entero que se ha abierto frente a mis ojos día a día y al que puedo acceder sin tener que pedir permiso ni perdón. Sólo necesito dos cosas: ¡ganas y tiempo!
Nací voluntariosa y ahora ¡lo luzco!; no sólo tengo el gen, sino también la experiencia para saber que puedo ejercerlo con mayor libertad y desparpajo, como yo quiera y como yo pueda: reírme de mis propias contradicciones, caminar sin rumbo y disfrutar de la compañía de quienes no necesitan que me convierta en alguien que no soy para estar juntos: ¡lo único que importa!
Esto no significa volverse indiferente ante los demás ni ante lo que sucede en el mundo. Significa entender que la aprobación ajena no puede convertirse en el sistema de medición de tu propia existencia. Porque, francamente, la vida es demasiado corta para seguir acumulando méritos para otros.
Tampoco se trata de renunciar a mejorar personalmente, sino de, ¡desistir de vivir como candidata a la aprobación ajena!
Asumir esa libertad deliciosa que llega cuando dejas de intentar agradarle al mundo.
Y ahora sí, ¡vete a hacer tus cosas, Alejandra! Que hoy tenemos muchas cosas pendientes y una de ellas es no demostrarle nada a nadie.
















