De lo que me ha enseñado el futbol Destacado

Compartir

Mundo Nuestro. El escritor poblano Günter Petrak es, antes que cualquier cosa, futbolista. Esta historia suya nos muestra cómo es posible abordar desde la literatura una pasión personal.



I. De cómo cuando desobedeces a tu madre, te enganchas.

Lección 1: El futbol (la vida) duele.

Tendría 12 años, no más. Mi madre me dijo: “Voy al mercado, cuida a tus hermanos y no salgas por ningún motivo.”



Unos minutos después alguien tocó a la puerta:

-Ven a jugar futbol con nosotros.

-No sé jugar futbol.

-No importa…

Le dije a mi hermano: “Voy a jugar futbol, cuida a la nena y no salgas por ningún motivo”.

Unos minutos más tarde, en un terreno baldío, me explicaron:

-Entre estas dos piedras (piedrotas) es la portería, no te muevas de aquí y no permitas que pase el balón. Si es necesario, aviéntate.

Así lo hice. La primera vez que me aventé rebotó mi cabeza en el poste (piedrota). Comenzó a manar sangre, mucha sangre. Llegué a casa escurriendo lágrimas… y sangre. Mi madre ya me estaba esperando con la chancla en la mano; pero al ver mi estado, me dio un sopapo en la espalda y me sentó de golpe en una silla. La operación fue relativamente fácil, mi mamá tenía mucha experiencia ayudando a mi veterinario padre: agua oxigenada, hoja Gillette, algodones, aguja e hilo… sin anestesia. Dolió mucho, pero sané pronto. Mi masoquismo inveterado me empujó a seguirlo intentando. La primera sudadera de portero que usé, muy vistosa por cierto, me la regaló mi madre.

II. Fuerzas básicas o la vida no es justa.

Lección 2: El éxito tiene precio.

El primer equipo con el que jugué lo organizaron mis vecinos, participaba también en “cascaritas” durante el recreo, en el colegio alemán. Luego conocí a Miguel Ángel, un estudiante del CENCH que me invitó a jugar en su equipo, en una liga llanera. No había juego en que no me raspara las rodillas y los codos. Las heridas más dolorosas eran las que me hacía a un costado de los muslos, en la cadera, cuando me “aventaba” por el balón; quedaban en carne viva. Las costras se pegaban a la gasa de protección y a veces se infectaban. Opté por no ponerme gasas y en cambio sujeté un pequeño aro de bordado con tela adhesiva a mi muslo, para que no me pegara el pantalón a la herida. Comencé a ser conocido por mi arrojo y por mis cicatrices (también por el bulto que se hacía en la pernera de mi pantalón –a un costado, aclaro-). Así fue como llegué a las fuerzas básicas del Puebla F. C. Se entrenaba todos los días y los porteros éramos sometidos a ejercicios extra. Ni siquiera se había hecho costra sobre la herida cuando me raspaba de nuevo. Me compré unas rodilleras (como las que usaba el portero de la selección mexicana, Ignacio Calderón) y unos guantes que, más que de protección servían para sujetar mejor el balón. Al verme, el entrenador me regañó: “¡Quítate esas chingaderas!”. Le hice caso, aprendí que el dolor era un recuerdo de nuestra fragilidad, pero también de nuestra fortaleza. Destacar en lo que hacía no iba a ser fácil.

Lección 3: Cuando se compite, no siempre se hace en igualdad de condiciones o… la vida exige sacrificios.

Uno de los ejercicios en el entrenamiento para porteros consistía en lanzarse sobre una fila de compañeros en cuclillas para alcanzar un balón que el entrenador sostenía en alto. Había un portero corto de estatura, Filiberto, quien le dijo al entrenador que no era justo que le exigiera lo mismo que a nosotros, pues éramos más altos. El instructor solamente le dijo: “Cómo no, dile eso a los del equipo contrario…”. Aprendí a no quejarme, a dar todo en los entrenamientos y en la cancha. Y eso tenía su recompensa, no sólo futbolera: un grupito de chicas del barrio acudía a vernos entrenar. Siempre me aplaudían cuando hacía una buena atajada, pero… debía a estar atento a mi portería. Quizá esa fue otra lección, a veces tienes que posponer, incluso ignorar, otros placeres cuando quieres hacer bien el “trabajo” que te gusta. Y ese era mi sueño, convertirme en futbolista profesional. Cuando se lo dije a mi padre, sólo murmuró: “el futbol es para huevones”. No tuvo que prohibírmelo, la crisis de los ’70 lo quebró a él y a su matrimonio. Yo tuve que abandonar la escuela y las canchas pre-profesionales para ocuparme como obrero en una empresa siderúrgica. Volví, los domingos, a los juegos llaneros.

Lección 4: Se gana y se pierde, a veces se empata, pero nada vale más que el respeto y la solidaridad con el perdedor.

Antes de abandonar el sueño profesional me tocó debutar en el Estadio Cuauhtémoc. Fue en un partido de reservas, previo al encuentro contra el Atlas. Decir que estaba nervioso es poco, no me comí las uñas porque para esas fechas ya usaba los guantes de portero. No tiene sentido entrar en detalles. Nos golearon seis-cero y el público se ensañó conmigo. Cuando salía de la cancha comencé a recibir una lluvia de objetos, burlas e insultos. Sentí una humillación enorme y muchos deseos de llorar de rabia. Un jugador del equipo contrario se acercó a mí y me abrazó. Indulgente y en silencio, con el brazo sobre mis hombros me acompañó al vestidor. Días después, antes de saber lo que me deparaba el destino, había pensado en renunciar al futbol; pero el recuerdo de aquel abrazo solidario me dio no solamente consuelo, sino la motivación para superar con aplomo aquel episodio.

III. Sobre pelear o divertirse

Lección 5: En el futbol y en la vida, trabajar en equipo inspira y une.

A lo largo de mi vida he jugado con equipos campeones, coleros o simplemente mediocres. Por el momento mi reflexión gira alrededor del recuerdo, a veces vago, de un par de equipos en los que he jugado. Uno de los más entrañables, pero con el cual apenas ganamos un trofeo en un torneo relámpago, fue el “Real Venezuela”. Lo fundamos yo y el Ing. Benjamín Cruz, mi vecino, con chavos de la Colonia América (tres de ellos habían sido mis alumnos).La mayoría vivía en la Cerrada Venezuela, de ahí el nombre. Lo de “Real”, fue una ocurrencia de alguno de ellos. Duró varios años el equipo y los sostuvimos con coperachas. Alguna vez tuvimos banderines auténticamente venezolanos. Me los envió la embajada de Venezuela cuando, carta de por medio, les conté del equipo. Fue un excelente grupo de amigos, nos emborrachábamos, íbamos a los “tables”, nos condolimos cuando mi primo Pepe, miembro del equipo, de apenas veinte años de edad, murió de esclerosis múltiple… En el campo de futbol no fuimos buenos, pero cómo nos divertimos… y sufrimos. Perder siempre duele; perder siempre, duele; perder, siempre duele; pero si soportas las derrotas y asumes que en un equipo ganan y pierden todos, lo que queda de la derrota es el sentimiento de saber que ahí están tus camaradas, para darte un abrazo, para llorar contigo.

Lección 6: En el deporte todos somos iguales, o casi...

“Miré el campo, un pedazo de terreno en declive sobre una colina, cruzado por una zanja y por cables de alta tensión. Recordé el olor del césped recién cortado, el bisbiseo de la gente en las tribunas del centro deportivo donde jugaba con “los de mi clase” (así decía Marcos a veces para molestarme) y los gritos de enojo, los berrinches de quienes, aun siendo mis compañeros de equipo, sentían cada error como una afrenta, como una puñalada a su dignidad personal. Aún ahora me resulta difícil entender cómo permanecí tanto tiempo en ese grupo de rabiosos y egocéntricos “juniors”. Quizá fue porque el fútbol lo puede todo, porque no haya nada en la vida que supere a la euforia de detener un penalti, de escuchar los aplausos del público cuando se hace una buena jugada, de disfrutar una victoria que compensa todas las frustraciones de la cotidianidad clasemediera. Pero ellos no eran de “mi clase” y, por supuesto, tampoco lo son el profe, el Diablo, el Chaleco y el Motorcito, entre todos los demás. En realidad no sé cuál es mi clase. Estoy entre una y otra, en cada una se me acepta con reservas, me miran como si viniera de otro planeta. En algunas partes me llaman por mi nombre, en otras soy el “güero”, en otras más no tengo nombre, cruzo de acera y, a veces, me pierdo en la transparencia de la multitud, en la uniformidad de la masa. Sin embargo, me siento más a gusto aquí, aunque me raspe los codos y las rodillas sobre la cancha de barro, aunque me corte las piernas con los pedazos de vidrio que brotan de la tierra como dientes salvajes. Y aquí estoy, gritando a voz en cuello palabras que mi madre me prohibía pronunciar, riéndome de los grotescos movimientos de la voluminosa panza del profe, sintiendo la pegajosa mano del Chale sobre mi brazo, oliendo y escuchando sus eructos de aguardiente barato, lamentando que el disparo de “Grabiel” saliera “chorreado” hacia un lado de la meta contraria…”

(Fragmento del cuento “Y si un día el Profe…” publicado en “Eros Desarmado”.)

Lección 7: Da lo mejor de ti, aunque estés perdiendo, aunque sientas que no vale la pena seguir luchando, vuélvete niño.

Fui portero hasta que cumplí 40. Después comencé a jugar como delantero y finalmente como defensa. Sin rodeos puedo decir lo siguiente: fui un buen portero, pero no tengo muchas aptitudes para las otras posiciones. No obstante, a mis sesenta años de edad, soy defensa titular desde hace cinco años. ¿Cómo? Tal vez se pudiera resumir en lo que me dijo el director técnico de mi anterior equipo: “eres bien perrón y eso me gusta porque das el ejemplo”. Y así es, no sé si soy un buen ejemplo, pero nunca suelto los brazos, corro, me lanzo tras el balón, o tras el delantero contrario que lo lleva, confío en mi velocidad, en mi tenacidad… no paro nunca, ni siquiera cuando me falta el aire. El elogio más agradable que me han hecho fue durante una final en la que resultamos campeones, un jugador del equipo contrario me dijo: “es muy padre jugar contra alguien de tu edad y con corazón de niño”… y, tal vez ahí reside el secreto: el futbol es un juego que refleja a la vida. “Jugar es vivir tanto como trabajar”, dijo alguna vez el pintor francés Francis Picabia y yo agregaría, “jugar es volver a la infancia”. A mi edad, sigo jugando para encontrar al niño que fui, el que se rompió la “choya” tratando de atajar un balón, el que me habita y salta a mi cuerpo cada vez que juego…

Compartir

Sobre el autor

Günter Petrak

Nació en Puebla, en 1958. Narrador y poeta, y además, académico, ha publicado artículos y ensayos  en revistas nacionales e internacionales y tiene tres libros de cuentos (El mar azul de sus ondulaciones, Para leer la tarde, Los hombres de maíz y otras historias), una novela (Ciudad de otros) y un libro de texto sobre Redacción que ha vendido más de ocho mil ejemplares. En el 2015 publicó la antología de cuentos Eros desarmado. Fue becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes 1998 y ha obtenido reconocimientos en varios concursos de cuento a nivel nacional. También aparece en diversas antologías del género [1].