Una breve respuesta a Sergio Mastretta tras su crónica “Relumbrón fugaz de nuestra cultura”
Puntual, aguda, como todo lo que has escrito, tu crónica “Relumbrón fugaz de nuestra cultura”. No necesito añadir mucho a lo que apuntas. El contraste entre el costo del evento del Festival Glow 2026 con el raquítico presupuesto de la Secretaría de Arte y Cultura para atender la demanda de los 217 municipios del estado.
En otra ocasión haré algún comentario en torno a las reflexiones de don Gabriel Zaid y Marc Fumaroli, respectivamente, en Dinero para la cultura, del primero y El Estado cultural, del segundo.
Aplaudo que un evento así sirva para que la ciudadanía se apropie y reviva el maravilloso Centro Histórico de Puebla y, con ello, pueda revertir, al menos momentáneamente, el abandono, la pobreza e inseguridad que sufren sus calles. Coincidirás conmigo que eso que llamamos “grandes ciudades” son aquellas urbes donde los ciudadanos -no los coches ni los mercachifles ni los poderes fácticos ni las empresas trasnacionales- son el centro y los verdaderos dueños de la ciudad, a través del disfrute de la cultura y el encuentro con la diferencia.
Caminar la ciudad es la experiencia más importante de la modernidad, como nos lo dejaron ver Baudelaire y Benjamin, respectivamente y a contrapelo de la reivindicación heideggeriana de Hölderlin, el mundo pastoral y la provincia.
La posibilidad de caminar una ciudad no depende exclusivamente de su tamaño, sino de que esté diseñada y sostenido para ello y ofrezca una red de medios que garantice la movilidad de sus habitantes. Barcelona, Berlín o Buenos Aires, pese a su tamaño, son ciudades por las que se puede caminar. También, la Ciudad de México en algunas zonas.
Sin embargo, me preocupa, que lo que debería comprenderse como política cultural se reduzca a espectáculos fugaces, propios de lo que Adorno llamó las “industrias culturales”, y lo que menos importe sea ese proceso sensible de “ extrañamiento” brechtiano, de apertura a la otredad, capitales para una verdadera política cultural, máxime con un Ejecutivo como el poblano, cuyo provincianismo y pobreza de capital simbólico, en relación a la compleja entidad que gobierna y a la contemporaneidad, son más que patéticos.
Me preocupa que la Secretaría de Arte y Cultura se acabe por convertir -como ya ha sucedido en otras ocasiones-, en la caja chica del gobierno o en el cuarto de máquinas de operaciones electorales. Y si la salud de una institución depende de la salud de las instituciones vecinas, como afirmó Goethe, mal futuro le espera a la dependencia en cuestión.
Hasta que la política cultural en Puebla no se proponga la creación de públicos, a través de una oferta cultural nueva, más fresca, plural y crítica y, al mismo tiempo, recoja y promueva, el mayor número de expresiones humanas, seguirá entrampada en los cánones del siglo XIX, y en los caprichos y necesidades políticas del gobernador en turno.
A lo anterior debemos sumar el patético papel que ha tenido la UAP , durante los últimos años; en el empobrecimiento de la vida cultural del estado y, especialmente de la ciudad capital, entre concursos de botargas, calaveritas, hip hop y fisicoculturismo, hasta el uso del espacio universitario como empresa privada – siguiendo el modelo del Auditorio Telmex de Guadalajara- donde igual se promueve un show de Jorge Falcón, una conferencia masiva sobre autoayuda, o el diálogo de la rectora con un Premio Nobel para darle alguna legitimidad a la primera .
Solo falta que, siguiendo el ejemplo del lanzamiento artístico de la hija del exrector “Ü”, el CCU sea la sede de la noche de gala de Belinda, a la sazón, novia del jefazo del gabinetazo, y cuya luna de miel ya planean, no en una góndola veneciana, sino en una del cablebús, mecidos por los fuertes vientos del valle donde los ángeles trazaron la ciudad, y por los sueños de convertirse, en unos años, en la primera pareja del estado.
Al fin y al cabo, en este país, lo demás es lo de menos… ¿o lo de menos es lo de más? ¡Cómo se diga! Si el excanciller, Marcelo Ebrard, convirtió la embajada de México en Inglaterra en una modesta residencia estudiantil para que su retoño paseara sin contratiempos, y a costa nuestra, por la ciudad de Dickens; ya todo es posible.
Es posible que la mayor empresa fraudulenta en la historia del país haya sido diseñada y amparada por el Estado; es posible que las obras emblemáticas de la 4T hayan hecho agua y aún nadie rinda cuentas sobre ellas. Es posible que apenas “unas gotas de petróleo” tiñan y envenenen los ecosistemas marino e hídrico de Veracruz, como si de un verdadero milagro se tratara.
Es posible que la “huella ambiental” del Ejecutivo poblano consista en el uso abusivo e irracional del helicóptero de gobierno para fines privados, incluso, utilizándolo como escenario para entrevistas a modo. Es posible que gobiernos como los de Campeche, Puebla, Sinaloa y Veracruz crezcan y se empoderen con la complicidad o complacencia del Gobierno federal, siguiendo la dialéctica entre caciquismo y poder central que encuentra en Cárdenas y Ávila Camacho su mejor expresión.
La difusión cultural no puede reducirse al puro entretenimiento ni a un atractivo para turistas. Tampoco a la mera preservación, aséptica, de monumentos y, mucho menos, confundir lo grandote con lo grandioso; el precio con el valor.
El mayor riesgo de la renombrada Secretaría de Arte y Cultura es que cada vez más se mimetice con el IMAC y se convierta en el segundo piso de ese edificio kitsch que con tanto ahínco, pero inexplicablemente, ha logrado construir Anel Nochebuena y su perpetuidad en puestos de Cultura, o bien, acabe en una extensión de la escuela de cuadros de Morena.
Con cariño, y un abrazo grande para ti, Emma y tus hijas, desde Polanco en la Ciudad de México.