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Mundo Nuestro tiene un objetivo prioritario: realizar un periodismo de investigación que contribuya en la construcción de una estrategia nacional de conservación, desarrollo y custodia de la biodiversidad y la agrobiodiversidad, lo que se llama el patrimonio biocultural de México.


El jesuita mexicano Rafael Moreno Villa trabajó de cerca con el arzobispo Óscar Arnulfo Romero, que días atrás la Iglesia lo reconoció como santo. Él mandó a sus amigos algunas reflexiones sobre ese acontecimiento. Se las comparto de manera íntegra. Es un testimonio de alguien que vivió la represión y la guerra en El Salvador.



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De un colaborador de monseñor Romero

“VE Y HAZ TÚ LO MISMO” (Lc.10, 37)


Las mociones que me suscitó la canonización de Monseñor Romero. Rafael Moreno Villa, S.J.

Varias personas que saben que fui secretario de asuntos sociales de Monseñor Romero y pude estar presente en su canonización me han pedido que les comparta cuál fue el impacto que me generó.

Describir todo lo que significó para mí esta ceremonia tan solemne, sinceramente me parece imposible. No hay palabras que puedan expresar una experiencia tan inolvidable, plenificante, motivante, desafiante, inspiradora, derivada no solo del haber estado ahí en el preciso momento en que el Papa pronunció la fórmula de su canonización.

No obstante voy a tratar de hacer una breve enumeración de los sentimientos que me generó.



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El escenario

El hecho que la ceremonia haya sido en la plaza de San Pedro en el Vaticano, en medio de la Roma eterna, durante el sínodo de la juventud, transmitida a casi todo el mundo, presidida por un Papa latinoamericano, jesuita, que celebró la Misa en latín y predicó en italiano, ante más de 700 obispos y una multitud procedente de todos los continentes que incluía a miles de salvadoreños y salvadoreñas, un hermano de Monseñor, cuatro de los seis sobrevivientes de sus colaboradores más cercanos, varios de sus amigos, asesores y apoyos que tuvo en el país y en el extranjero, los promotores de su canonización, el Presidente de la República de El Salvador que es un ex-comandante de la guerrilla que luchó contra el Gobierno opresor de aquella época, fue un escenario que me ayudó a hacer presente el pasado y el futuro, la humanidad entera y a cada una de las personas que conozco tanto vivas como difuntas, las numerosas víctimas de entonces y de hoy, a tantos otros luchadores y luchadoras de la justicia y de la verdad. Hizo, en pocas palabras más trascendente, compleja y rica la vivencia de su canonización.




Las mociones



Todo se sintetiza en una enorme consolación que incluyó:

Una profunda gratitud por haber tenido el privilegio de conocerlo personalmente, de haber trabajado con Él, haberlo apoyado, tratado cercanamente, y por haber tenido también el privilegio de ser testigo de su exaltación.

La certeza de que la canonización de Mons. Romero, como la Resurrección de Jesús, ha sido la acción de Dios que reivindica su persona, su mensaje, su modo de proceder, dignifica a las demás víctimas de la injusticia, lo proyecta para siempre no sólo como San Romero de América, sino como San Romero del mundo, y nos llama a escucharlo.

Una mayor admiración y cariño por Mons. Romero por haber sido capaz, con la gracia de Dios, de despojarse de sus seguridades y cambiar su modo de proceder a los 60 años de edad; de ser firme, radical y perseverante en su entrega incondicional a los empobrecidos-as y a las víctimas, no obstante su timidez, inseguridad, fragilidad, inestabilidad, indecisión personal; de haberse mantenido fiel a la Iglesia a pesar de la incomprensión, la calumnia, la agresión de la mayoría de sus hermanos Obispos y algunos altos dignatarios del Vaticano; de adelantarse a su época siendo un excelente comunicador no solo por ser un buen orador y escritor sino también por haber valorado la importancia de la radio, la prensa, las entrevistas a los corresponsales extranjeros; de combatir la violencia con amor, de promover la reconciliación, sin diluir la demanda de justicia.

La convicción de que todo ello supuso un enorme esfuerzo de Monseñor que resultó fructuoso porque, como el buen samaritano, supo detenerse, escuchar y responder al creciente clamor de su pueblo sin darle la vuelta ni buscar componendas, se dejó guiar por él, fue solidario con él hasta las últimas consecuencias; porque al mismo tiempo aprendió a confiar en Dios como su Principio y Fundamento, a seguir a Jesús como su Camino, Verdad y Vida, a ser fiel a su lema episcopal de sentir con la Iglesia y practicar el discernimiento ignaciano.

Un fuerte llamado a profundizar más en la vida y el mensaje de Mons. Romero para mejor entenderlo y darlo a conocer.

Una clara advertencia de que la figura de Monseñor seguirá siendo controversial: habrá quienes transmitan fielmente su memoria, pero también quienes quieran sepultarla, minimizarla, distorsionarla, acapararla, aprovecharla para promoverse a sí mismos.

La misión de presentarlo como “Obispo-Mártir, Pastor según el corazón de Cristo, Evangelizador y padre de los pobres, Testigo heroico del Reino de Dios, Reino de justicia, fraternidad y paz”, invitando a “quienes tengan a Monseñor Romero como amigo en la fe, quienes lo invoquen como protector e intercesor, quienes admiren su figura, a que encuentren en Él fuerza y ánimo para construir el Reino de Dios, para comprometerse por un orden social equitativo y digno”.

La invitación con la que Jesús termina la parábola del buen samaritano: “Ve y haz tú lo mismo”

El compromiso de tratar de hacerlo

Debo finalmente confesar que al mismo tiempo me sentí dividido: por una parte, gocé la canonización; por otra, añoré haber estado celebrándola al lado del pueblo salvadoreño en el hospitalito donde lo asesinaron o en la Plaza Gerardo Barrios en San Salvador.

14 de octubre de 2018

Twitter: @RubenAguilar

Mundo Nuestro. Publicada originalmente en la revista Nexos en el mes de septiembre de 1991, por esta crónicia no ha pasado el tiempo, a la luz de la caravana de migrantes centroamericanos, fundamentalmente hondureños, que desde la frontera sur han iniciado un largo recorrido hacia la frontera con Estados Unidos. México tampoco ha cambiado mucho. El maltrato y la violación de los derechos humanos de los migrantes tiene dos rostros para nuestra nación. Estos textos de hace casi treinta años son una prueba de ello.

Así presentó entonces Nexos esta segunda parte de la crónica de Sergio Mastretta: "En nexos 165 apareció la primera de las dos partes que forman este reportaje. En aquella entrega, Sergio Mastretta cubrió una extensión importante de esa zona tan bulliciosa y efervescente -pero en penumbra- que es el tráfico de ilegales centroamericanos a México, y de ahí a Estados Unidos. Ahora y desde el lado de allá, traza el mapa de la violencia en Guatemala mientras delimita los territorios de influencia de la guerrilla, del narcotráfico y de los polleros."

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DROGAS, SELVA Y GUERRILLA

La región fronteriza se complica. A la acción guerrillera y contrainsurgente se suman los problemas del narcotráfico y de la depredación de la selva del Petén.

El primer asunto abarca toda Centroamérica: tan sólo por Costa Rica pasan cuatro toneladas de cocaína al mes, según Luis Fishman, ministro de Gobernación de ese país. En Guatemala se decomisaron en el mes de marzo 5,900 kilos de cocaína en dos operativos. Este incremento del tráfico es producto de las variaciones en el mercado internacional de drogas, motivadas por la reducción de consumidores ocasionales en Estados Unidos (de 23 a 14.5 millones), a consecuencia de una mayor vigilancia en las fronteras (Estados Unidos decomisó 65 toneladas de cocaína), y a los golpes dados al narcotráfico por la intercepción de aviones cargados de cocaína en territorio mexicano.

Los narcotraficantes abrieron entonces nuevas rutas de tránsito en Centroamérica. El Departamento de Estado informó al Congreso que el gobierno guatemalteco y la DEA destruyeron el 97% de los cultivos identificados de amapola, pero se curó en salud al afirmar que en las áreas bajo control guerrillero la erradicación de la droga es imposible.



Así que en los suelos volcánicos de la región fronteriza con México, se llegan a obtener cuatro cosechas de amapola al año. La producción aumentó de tal forma que por cada hectárea se obtienen quince kilos de opio, tres veces más que hace una década.

La droga y la guerrilla han traído la modernidad a Guatemala, con la actividad de los satélites Landsat, de la NASA. Por eso el ejército guatemalteco y la Guardia de hacienda pudieron detener el 23 de marzo pasado a 61 mexicanos y un guatemalteco dedicados a la tala ilegal de la selva del Petén, declarada reserva de la biósfera por la ONU. El 11 de abril detuvieron a doce mexicanos más, para incautar en ambos operativos 700 árboles talados, 4,300 trozas de cedro y caoba, nueve camiones, 17 motosierras, un tractor y un arsenal de hachas, machetes y armamento. Los mexicanos detenidos contaban con permisos oficiales del gobierno guatemalteco. Un ejemplar cortado de cedro o caoba tiene un precio de siete mil dólares en el mercado internacional.

Todo forma parte del intento guatemalteco por incorporar a la región de la selva a la actividad productiva, en una dinámica que ha llevado a que en dos décadas la población en el Petén haya trepado de 15 mil a 250 mil habitantes y a que el 40% de los bosques tropicales haya sido destruido.



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Los Kaibiles. Larry Towell/Magnum Photos

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Efraín Ríos Montt

SAN PEDRO

A las siete de la mañana en San Pedro el sol ha desplazado a la niebla nocturna y la población es un mercado que se descarga de las canastillas de los camiones y las costaleras indígenas. La mirada de un profano no distingue de la florida variedad de los bordados la procedencia de las mujeres en el marchanteo. Pueblo aparte de San Marcos, entre los dos forman una ciudad de dos aguas en un valle cercado por pinos y encinos.

De uno de esos camiones Francisco Xavier Gómez, jornalero nacido en la región fronteriza del volcán Tacaná, acaba de descargar cuatro canastos con hortalizas. Trabajador desde niño en fincas cafetaleras de por allá, intentó llegar a Estados Unidos en abril de 1991, pero fue detenido por agentes de Servicios Migratorios en la estación del tren en Guadalajara, tras veinte días de viaje por territorio mexicano. Francisco tiene 18 años y tiene muy en cuenta los riesgos de la edad: en cualquier momento puede ser reclutado por el ejército para combatir a la guerrilla que se mueve en este departamento.

– Uno está jodido -dice-. Si llega el ejército al pueblo nos acusa de colaborar con la guerrilla. Y si aparece esta gente se enoja por lo mismo, que le avisamos al gobierno cuáles son sus movimientos. Pero más tememos al ejército. Yo tenía un amigo, se fue a Estados Unidos, pero cayó rechazado por Migración de México. Estuvo algunas semanas fuera, entonces lo acusó el ejército de estar con la guerrilla Luego apareció muerto en un camino. De eso tengo miedo, estoy rechazado por México, no he ido por allá, ahora pueden decir que soy colaborador de la guerrilla.

Como la niebla, la muerte violenta es algo natural en Guatemala. Las cifras internacionales dejan a esta guerra civil de 30 años en el primer lugar de muertos (150 mil) y desaparecidos (40 mil). Para quien no tiene la costumbre, el terror se mira como a la parálisis que aqueja a un mendigo de la ciudad: es una fotografía, un paisaje que no nos contiene.

Leo en el camión a Quetzaltenango una entrevista que Marc Cooper, el periodista de la revista Voice, le hizo al general Efraín Ríos Montt en 1990, cuando buscaba el reconocimiento de su candidatura para la presidencia de la República. Ríos Montt, “cristiano renacido”, cabeza del golpe de Estado en 1982, se mira como un cruzado “de la justicia, la armonía, la ley y el respeto a los derechos humanos”. Cooper le cuestiona que su ley es la de la mano dura, la guerra brutal y la política de la guerra arrasada que costó la vida a miles de indígenas.

Ríos Montt piensa como el policía de Hacienda del pueblo fronterizo:

– Lo que hicimos -le dijo a Cooper-, lo hicimos por la ley. Todo fue legal, no recuerdo en cuántas Leyes nos basamos. Y nosotros ganamos la batalla, porque eso fue, una batalla, no un día de campo. Nunca ordene el asesinato de nadie. Nosotros condujimos una guerra, mucha gente murió, de ambas partes. Eso fue todo lo que pasó. Pero nosotros nunca asesinamos a nadie, y eso lo saben ellos. Los comunistas saben que esa es la verdad.

– ¿Así que usted está orgulloso de lo que hizo?- le preguntó Cooper.

– En los 17 meses que estuve en el poder -siguió el general golpista-, yo cambié a la milicia: de un ejército de ocupación lo convertí en un ejército de integración. Esa fue mi obra maestra: rifles y frijoles.

Algo de eso platica Francisco Xavier Gómez, el mojado fracasado. En su casa, como muchas familias de la montaña guatemalteca, el retrato de Efraín Ríos Montt fue colgado junto a emblemas evangelistas como mecanismo de protección contra el ejército. Muchos campesinos se pasaron al bando de los cristianos conversos, al tiempo que miles de hombres fueron forzados a formar parte de las Patrullas de Protección Civil -más de 600 mil campesinos fueron organizados por el ejército para trabajar 24 horas a la semana en los pueblos indígenas-, y miles más fueron concentrados en lo que el ejército bautizó como “villas modelo”. Todo para asegurarse de que los indígenas no volverían a realizar ninguna medida de colaboración con la guerrilla.

La ruta a Quetzaltenango remonta hacia el centro del altiplano. Pienso en las cuentas alegres de Ríos Montt. Llevo en la libreta la denuncia de organizaciones civiles guatemaltecas: tan sólo en los cuatro primeros meses de este año 200 guatemaltecos han sido asesinados o han desaparecido en lo que a todas luces habla del renacimiento de los escuadrones de la muerte. Es un hecho, contra lo que manifiesta Ríos Montt, que el ejército guatemalteco no ha ganado la guerra. Los militares nunca han dado cifras, por eso extrañó a medio mundo en la capital que hace quince días el general Arturo de la Cruz, apodado “el Canche”, quien fuera jefe del Estado Mayor del presidente Laugerud en los años setenta, manejara la cifra de 10 mil bajas de soldados entre muertos y desaparecidos en los últimos diez años.

¿Por qué entonces el auge político de un militar como Efraín Ríos Montt -el hombre de la “aldea arrasada”, que según organismos nacionales e internacionales de derechos humanos dejó un saldo de 30 mil muertos-, al grado de que el hombre común piensa que es él quien gobierna detrás del actual presidente Serrano?

Me lo explicará después un periodista de un diario capitalino que guardo en el anonimato.

– Mucha gente en Guatemala piensa que el principal problema en el país es la falta de seguridad, y cree que con Ríos Montt la hubo. Pero el argumento es falso: Ríos Montt creó los Tribunales de Fuero Especial, regido por militares y sin acceso del público. Hubo muchos fusilamientos, y le crearon la aureola de enérgico. El mismo, acorralado por periodistas italianos que le cuestionaban el genocidio provocado por la política de aldeas atrasadas, aceptó que era cierto, pero que fue necesario. Además está el hecho de que pertenece a las sectas fundamentalistas, los “cristianos renovados”, que han impactado muchísimo entre sectores de poder en Guatemala, militares, abogados, empresarios, que se creen todos portadores de una misión que cumplir para salvar a Guatemala. Por eso muchos campesinos se convirtieron para salvarse de las fuerzas de seguridad. Un último punto: la corrupción a todos los niveles, algo que molesta al guatemalteco común y que con el presidente Vinicio Cerezo se produjo con desfachatez y descaro. Sólo Ríos Montt ofreció en su campaña acabar con ella: no robo, no miento, no abuso, decía su slogan.

Mujer quiché con sus hijos en el río Suchiate. Huyó de Nebaj en 1983. “Muchos murieron por anemia. Cominos monte. Sembramos pero cortaron los patrulleros y los soldados 200 cuerdas de milpa, y ya estaban saliendo mazorcas. ¿Que íbamos a comer? ¿Si los niños mueren quién tiene la culpa? Mejor nos vamos.

Así que el general genocida en 1982 se levantó en 1990 como el más serio aspirante a la presidencia. No lo logró porque la Constitución de 1985 impide participar en las elecciones a cualquiera que haya participado en un golpe de Estado. Su fama de duro y la certeza de que sólo con él Guatemala saldría del caos y la anarquía, fueron sus cartas de presentación para el proceso electoral.

Es imposible agarrar a un país en una vuelta de camión. Las imágenes pasan fugaces por la ventanilla, como la de Francisco Xavier descargando mercancías en San Pedro.

– Se busca la vida -me dijo el muchacho deportado por la policía migratoria mexicana-. En Guatemala, hoy, no se encuentra.

LA VIOLENCIA

La revista Inforpress centroamericana reproduce un informe del Departamento de Estado norteamericano: en 1990 hubo seis mil asesinatos en Guatemala: la mayoría de ellos ocurrieron en las zonas de conflicto. “Los militares -dice el informe-, frecuentemente no logran distinguir entre guerrilleros y población civil”. Apunta también que muchos de los expedientes judiciales sugieren que los asesinos tenían acceso a la información proveniente de las prisiones, la corte de justicia y la policía Relata también que el ejército recluta soldados a la fuerza, captura a las personas en la calle o las saca de sus hogares sin orden judicial. Son los indígenas quienes más sufren el reclutamiento forzoso.

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GUERRA Y NEGOCIACIÓN

Encuentro a Mario Payeras en algún momento de este recorrido. Nacido en 1940 en Chimaltenango, Mario es uno de los escritores guatemaltecos fundamentales en este fin de siglo y ha sido uno de los principales dirigentes de la guerrilla desde principios de los años setenta, cuando la guerra tomó forma en las selvas de Ixcán. Días de la selva (1979), El trueno en la ciudad, El mundo como flor y como viento, Latitud de la flor y el granizo (1987) y Los fusiles de octubre concentran por igual su calidad de combatiente y su ser literario con la pureza que sólo puede brotar de la sobrevivencia en la selva y en la guerra.

Mario, que vive en la clandestinidad, es uno de los dirigentes de la organización Octubre Revolucionario, fundada en 1984 tras la ruptura de un importante núcleo de militantes con el ejército Guerrillero de los Pobres (EGP), convencidos sus promotores de que la alternativa militar para la revolución en Guatemala ha provocado una violencia genocida por parte del ejército sobre los civiles -sobre todo los pueblos indígenas- y sus organizaciones políticas. Desde entonces han buscado a través de la organización de obreros y campesinos alternativas políticas para la transformación de la sociedad guatemalteca.

Mientras platicamos tengo en la cabeza la imagen de Víctor Egeovani González Vázquez, muerto por los soldados el 8 de enero de 1991, recién regresado de México, deportado tras su intento de llegar al otro lado del río Bravo. Acusado de colaborar con la guerrilla, fue secuestrado ahí mismo en su pueblo de Tecaná, a la medianoche, para aparecer con un balazo de 9 milímetros en la nuca a la orilla de un río, varios días después.

Colaborador o no, Víctor Egeovani murió como miles de hombres presos de la violencia del ejército en su afán por desmantelar la guerrilla. Los militares creyeron haberla exterminado entre 1982 y 1985, cuando arrasaron el territorio indígena, sobre todo en Huehuetenango y Alta Verapaz. Datos de h Suprema Corte de Justicia de Guatemala establecían en 1985 que más de 400 comunidades fueron destruidas, cerca del 20 96 de la población se desplazó forzadamente, entre 36 mil y 72 mil adultos fueron asesinados y más de 120 mil niños quedaron huérfanos. Sin embargo, según las propias fuentes gubernamentales, en los últimos años ha habido combates de envergadura que apenas se veían en los años sesenta.

No es difícil comprenderlo: hay que ver tan sólo la estructura de la tenencia de la tierra para contemplar la base social de la guerrilla Según un estudio realizado por la Agencia Internacional para el Desarrollo, con sede en Washington, a principios de los ochenta los latifundios concentraban el 65% de la tierra cultivable con tan sólo el 2.5% de las fincas. De otra forma, 482 grandes finqueros tienen más tierra que medio millón de minifundistas. Y más: otro medio millón de campesinos guatemaltecos carecen de tierra. Y si se suman sus familias, tenemos más de 2.5 millones de personas sometidas a la penuria del trabajo jornalero.

Uno de ellos era Víctor Egeovani, asesinado por el ejército que combate la rebelión indígena más importante en la historia moderna guatemalteca.

Por eso la pregunta a Payeras es obligada: ¿qué perspectiva tiene la lucha armada y la negociación entre gobierno- ejército y guerrilla, la preocupación fundamental de los guatemaltecos?

– Hasta hoy ha operado una ecuación política -me dice Payeras- a mayor fuerza de la guerrilla, más poder del ejército en el Estado. Sin embargo, en el último año se han precipitado tres factores que subvierten esta realidad: por una parte, el ejercito se ha desgastado políticamente, ya no por ejercer el gobierno, sino porque sus excesos represivos han impactado a la opinión pública y han gastado un consenso nacional adverso a sus ejecutorias. Según la prensa, durante el gobierno de Cerezo los asesinatos por razones políticas fueron 2,933 y los secuestros 777. La gota que colmó el vaso fue la matanza de Santiago Atitlán, en diciembre pasado. Pero también la cuenta regresiva ha comenzado para la lucha guerrillera, debido ante todo a avances en el clima de distensión regional.

– El tercer elemento lo da el hecho de que con el presidente Serrano la clase dominante ha recuperado el control del gobierno, del que fue excluida en 1963 tras el cuartelazo del coronel Peralta Azurdia. El nuevo gobierno es de gente nueva en muchos sentidos, que expresan fuerzas políticas jóvenes. Debido a la debilidad de su partido y a su precaria legitimidad, Serrano ha conformado un gobierno de amplia participación, donde los empresarios y el ejército mantienen las riendas.

-¿Qué control tiene entonces el presidente sobre este proceso?- le pregunto.

– El presidente Serrano sólo tiene una posibilidad real de ejercer el poder: negociar la paz con la URNG, lo cual sólo será posible si se reconoce plenamente la legitimidad y la fuerza político-militar de la coalición guerrillera y se accede a sus demandas fundamentales. Sin el armisticio el país seguirá siendo ingobernable.

– ¿Quiere decir que la guerrilla todavía mantiene en jaque a las fuerzas del ejército?

– La guerrilla esté lejos de ser derrotada y en realidad nunca lo ha estado como fuerza militar rural. Pero la paz sólo se podría alcanzar si ambas fuerzas actúan con sabiduría. La URNG no debería intentar hacer la revolución desde la mesa de negociaciones, y el ejército tampoco debe pretender conseguir en las pláticas, que no pudo en el campo de batalla Y el presidente Serrano cometería un error a fondo si subestima la fuerza política de la URNG, su arraigo en la población de los frentes de guerra y la simpatía internacional que goza. La guerrilla es representante de sectores fundamentales de la nación, principalmente de amplias masas del campesinado pobre e indígena que por primera vez en este siglo protagonizan una rebelión contra el sistema social que los explota y desprecia.

Estas son las cuentas que la agencia noticiosa Enfoprensa hace de la guerra en el primer trimestre del año: 527 acciones político-militares equivalentes a 246 acciones de propaganda armada, 156 hostigamientos, 38 ataques a puestos fijos, 25 emboscadas, 24 sabotajes, 16 combates y 22 ataques contra unidades de la Fuerza Aérea. Se reportaron 431 bajas del ejército.

Las acciones guerrilleras aumentaron en abril. La URNG festejó el Primero de Mayo con operaciones en los departamentos de El Quiché, San Marcos, Alta Verapaz y Petén. Por la contraofensiva del ejército, según la agencia, cinco mil familias de la región nororiental se vieron obligadas a abandonar sus comunidades.

Migrantes en Tapachula en los años 90.

Migrantes en Tecún Umán, en octubre del 2018. Cuarto Oscuro.

POLLEROS

Juan Carlos Limones es un hombre próspero en Chimaltenango. Un auto con placas de California aguarda en el garage, y en la sala espaciosa su mujer, tendida en un diván, habla por el celular mientras la parabólica trae una película de mojados mexicanos que estelariza Julio Alemán. Juan Carlos tiene por oficio pasar centroamericanos a Estados Unidos. “Ah, ustedes quieren ir a casa del coyote, nos había dicho el taxista, y sin titubeos nos dejó frente a una casa nueva estilo californiano. Ahora espero a que en el patio mi amigo Pedro logre un acuerdo con el hombre de bigotito y tejanita para una entrevista.

Julio Alemán, mientras tanto, es un sufrido lavaplatos en Los Angeles. “Andale, mojado -le dice un chicano-, no te hagas pato y friégale”. Y más tarde me entero que en su pueblo mataron a la mujer y le secuestraron al hijo por razones incomprensibles en la trama. Ahora llora en un poste como perro herido, y alguien canta “fui por el mundo triste y desolado”. Luego viene un comercial: la ITT le dice a los mexicanos que por 25 centavos de dólar pueden hablar a Tijuana y por 90 a Guadalajara, y todo entre paneos de helicóptero) sobre el Golden Gate con corte directo a un niño futbolero tal vez en la plaza de San Juan de los Lagos, con el remate de la voz femenina: “me fascina vivir aquí, pero a veces extraño tanto a los míos”, y de nuevo la bondad de los precios de la ITT.

-Vamos- me dice Pedro. Y su seriedad rompe el encantamiento televisivo. El hombre no se despide de mi, me da la espalda cuando paso a su lado.

– Me negó todo -explica Pedro-. Dice que es su hermano el que anda en eso, que él no se mete en problemas.

Media hora más tarde Juan Carlos y otros cuatro hombres, tocan el portón de la casa de Pedro. No lo saludan contentos.

-¿Qué vaina traes metida?- le dicen. Preguntan por mí, qué carajo quiero, en dónde estoy, ¿no sabe Pedro que la policía guatemalteca los está apretando?

– Mira lo que haces, Pedro, eres nuestro amigo, pero no te metas en mierdas porque aquí te lleva la chingada.

-Son duros estos jodidos- me dice Pedro después. Yo tengo las cuentas de Servicios Migratorios y su impotencia: en 1990 presentó ante el Ministerio Público Federal más de 2,400 querellas en contra de polleros -contra sólo 200 del sexenio anterior-, de los cuales se consignaron a 1,500. Amparos interpuestos antes de que llegue la querella dejan libre a la mayoría; fianzas mínimas sueltan a otra buena parte.

Pienso en el caso de Tapachula el año anterior: de 227 averiguaciones 117 fueron por violaciones a la Ley General de Población, en su artículo 118, relativo a tráfico pollero, pero sólo once personas están en la prisión. Dos casos muy sonados en esa ciudad, los de Romain Samayoa y René Mazariegos, de los más reconocidos capos de la frontera sur, detenidos en abril y liberados inmediatamente por la vía del amparo.

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Los movimientos estudiantiles en Ciudad de Guatemala en los años ochenta.

Los pandilleros utilizan alias para mantenerse en el anonimato dentro de las estructuras criminales. (Imagen: Soy502)

Soy502.com Pandilleros guatemaltecos en el 2016.

CIUDAD DE GUATEMALA

1. Octava Avenida, dos de la tarde en el centro de la capital. Cinco jóvenes miden el paso de un hombre con unos lentes oscuros Raybam clavados al cinto. El mayor, que no tendrá quince años, se impulsa en sus tenis sobre la cintura del atracado, que ha visto el movimiento y sujeta la mano del atracador.

– íVenga acá, cerote hijoeputa! -exclama el señor ya con los lentes en la mano derecha.

Pero ya un segundo jovencito arremete de una patada contra su estómago. El hombre se tuerce, espera un nuevo golpe que se estrellará en la cabeza.

El griterío enciende la calle, paraliza todo comercio. Los muchachos, de una pandilla cualquiera, Maras, como les dice la gente, nuestros Panchitos defeños, se escurren hacia la esquina.

Mario, mi amigo estudiante de medicina en la Universidad Autónoma de Puebla, también tenía quince años en 1982, cuando era estudiante de segundo de secundaria y participaba en el clandestino Frente Estudiantil Revolucionario Robin García, un grupo que venía del levantamiento popular de octubre de 1978 en contra del incremento a las tarifas de transporte urbano. En las calles quedaron muertos entonces más de 50 jóvenes por disparos policiacos. En 1982 el Frente ya estaba caracterizado como una “organización subversiva” que, de la demanda de una mejor educación -rehabilitación de aulas, escritorios, pizarrones y gises-, pasó al apoyo a las luchas obreras, primero, y a la participación directa en la lucha armada -pintas guerrilleras, barricadas en bocacalles y bombas incendiarias contra comercios gringos-, en la insurrección de 1981, cuando la guerra. como un trueno del trópico, llegó a la ciudad.

Pienso en él tras la escena del atraco frustrado.

– Fue la tarde del 29 de mayo de 1982 -me ha contado-, regresábamos de la escuela, los de la Policía Nacional me detuvieron con dos patojos en el bus. Nos llevaron al puesto. Ahí fue la primera golpiza, golpes y culatazos en el estómago. Después nos llevaron al Departamento de Investigaciones. Vinieron los interrogatorios: nombre, edad, origen, trabajo, organización política. Después, la gente de más rango que dice “sabemos quienes son”, no hay rodeos para nosotros, por las buenas o por las malas. Vino la capucha, una bolsa de plástico que te envuelve la cabeza, con los pies y manos amarradas por la espalda, y casi te mata de asfixia. Y preguntas, nombres, que si conoces a fulanito, que si cuál será la próxima acción, luego te relajan a patadas en el estómago, así, diez, quince veces. Pasa el domingo, el lunes, el martes en la mañana, interrogatorios. Llegó gente del ejército. Fotografías, más interrogatorios. En la tarde, un gringo, rubio, alto, tal vez un israelí, que dirige el interrogatorio a la guerrilla: ¿conoces a fulano?, alguien que había estado en el movimiento estudiantil un año antes. Decía no, pero él sabía que sí, estaba muy informado. Luego volvía el policía mirá pisado, cerote, sabemos que mientes, si no hablás te vamos a quemar.

– Y ahí mismo, la tortura a un ladrón, lo ahogan en un lavamanos, dónde escondiste el dinero, culero, decí… En Guatemala te torturan por cualquier cosa. Luego siguió el viaje a la cárcel clandestina, a los ojos vendados, a los cuerpos desnudos, tirados bocabajo, sin hablar, pateados cada que se le ocurre al carcelero, interrogados cada día para lo mismo; dónde están los reductos de los subversivos.

Camino por la Octava avenida. No sé qué tan lejos están estos años del terror en Guatemala. Mario los sufrió dos semanas a sus quince años, con los ojos vendados, con picana eléctrica y capucha. Ahora lo veo de cuando en cuando, en la disciplina impuesta para sobrevivir a la Universidad Autónoma de Puebla, agradeciéndole su posibilidad de estudio al país que cruzó con su familia hace diez años para llegar al norte a ser declarado “niño de la guerra”, refugiado político guatemalteco.

Me gana la soledad en la Octava avenida. A la vuelta de la esquina, otros Maras se entretienen en la cascarita.

2. Guatemala es el paraíso de la maquila para capitales de Corea, Taiwán, Hong Kong, Singapur y Estados Unidos. Entre 1987 y 1990 se generaron 45 mil empleos; las exportaciones textiles fueron por 165 millones de dólares en ese último año. El propio Ministerio de Trabajo revela el rostro oculto en un “Informe sobre la situación en la industria de la maquilan: buena parte de los empleados no está inscrita en el régimen de seguridad social; existe trabajo forzado, tanto de adultos como de menores de edad, “se llega al colmo de encerrar bajo llave a los trabajadores”; las jornadas de trabajo se subordinan a las metas de producción de las empresas y no a las normas laborales establecidas; existen ambientes de trabajo poco ventilados, periodos de trabajo extremadamente largos, condiciones deficientes de seguridad e higiene, carencia de guarderías infantiles y comedores para los trabajadores; se emplea a menores de 14 años.

El 70% o de los empleados son mujeres solteras. El salario diario en las maquiladoras es de 1.60 dólares o 240 quetzales al mes, equivalentes a 144 mil pesos mexicanos. Al año una obrera trabajó alrededor de 3,480 horas, 1,312 más que las trabajadas por un japonés y 1,531 más que un norteamericano

3. – Mire -me dice un taxista, el único servicio caro para la moneda mexicana en este país-, con los militares estábamos mejor. El dólar a lo más llegó a 2.50 quetzales, no que ahora todo ha subido y no hay seguridad. Critican mucho al general Ríos Montt, pero ese hombre fusiló a quien la debía, gente subversiva y maleantes. Ahora vea usted lo que le pasó a mi primo, se fue al norte, la hizo de pollero en Tijuana, ya se había hecho al modo mexicano. Por allá vino hace dos meses, no llegó a la esquina de su casa cuando lo picaron, lo dejaron muerto para que así lo viera su madre. Ese clavo tenemos ahora, mi hermano se fue con él, dicen que se hizo al modo mexicano y que pasa gente al otro lado en un carro. Va para un año que no se sabe de él. Ese es el temor que tenemos, que esté muerto.

4. De los anuncios clasificados del diario Prensa libre, capítulo “Excursiones”:

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5. Rolando Pérez, guatemalteco de 24 años, cuenta la vuelta entera, su viaje a Los Angeles con su familia hace tres años.

– Mi mamá se encargó del viaje. Con un amigo conectó a los coyotes y él mismo consiguió los documentos falsos, unos pasaportes provisionales, unas hojas amarillas con las fotos. Nos fuimos con un grupo de veinte, incluyendo unos salvadoreños muy simpáticos que hacían el ambiente. Conseguimos visa hasta el distrito Federal, por eso pasamos sin problemas por Tapachula. Tomamos un Cristóbal Colón. Por alguna razón nos bajamos en Puebla. Ahí agarramos otro camión al DF, donde nos tuvieron dos días encerrados en un hotel de esos pobres. Los polleros nos pedían dinero para la comida. Decían no salgan, no hagan ruido, y hablen como mexicanos. Y sus recomendaciones: que si nos preguntan de qué color es la bandera no digamos rojo, sino colorado. Y que molcajete es pa moler el chile y que digamos chamarra, no chupa.

– Después, ahí en la estación de buses se arrimó un hombre alto, delgado, de bigote y saco negro. Dijo el coyote: “ya nos detectaron, vamos a tener que dar mordida, y la mordida uno la paga. Se arrimó el hombre: “a ver, papeles, papeles”. El coyote se le acercó, ya mi mamá le había dado dinero.

– De Guadalajara tomamos avión. Ahí nos pusimos ropa presentable, para pasar como gente que agarra altura. Nos llevaron a una ciudad cercana a Tijuana, en taxis desde el aeropuerto. En la noche hubo una reunión para explicarnos cómo íbamos a pasar. El primer grupo saldría a las cuatro de la mañana. La señal, un golpe en la puerta. Nos reúnen con el coyote, decía para todo bato. bato, un norteño de pantalón verde olivo, como de 23 años. Dijo: quiero cuatro ágiles que tengan. Me señaló a mi, a mi hermana y a otro muchacho. Nos fuimos en un taxi que nos dejó en un puente. Y rápido, dijo el norteño, cuando diga corran, corren a la velocidad que yo agarre. Y si me paro, se paran, y si arranco, arrancan. Y a lo dicho, saltamos mallas y corrimos, pasamos un barranco. Cosa de diez minutos estábamos del otro lado, en San Diego. Esperamos dos horas, porque había migra. Avanzamos un rato y otras cinco horas detenidos. Había una plantación de sandías y un hombre en un tractor, un chicano. Nos llevó a una granja, ya eran como las tres de la tarde. Entonces llegó un carro con un gringo, no dijo nada, sólo manejó. En la casa a la que llegamos había otro hombre en el jardín, hacía como que trabajaba. Dijo, cuando yo les diga pasen, háganlo, caminen normal. Nos llevaron a un cuarto, nos dieron de comer y pasamos la tarde viendo tele. Todo ese tiempo estuvieron llegando otros grupos, y ya antes de nosotros estaban otros guatemaltecos.

Celda de la cárcel municipal de Arriaga, Chis. Grupo de ilegales detenidos el 24 de mayo de 1991.

– A mi hermana la detuvo la migra. Dijo que era mexicana, como le habían dicho que hiciera. El coyote se dejó agarrar con ella. A los diez minutos de que la soltaron volvieron a cruzar la línea.

– Al otro día nos trepan en una pick up con camper. Dicen, “si para, no hablen, no tosan, no se muevan”. Cuando sentimos, ya estábamos en Los Angeles. Nos llevaron a un departamento. Ahí le hablaron a mi hermano mayor, que ya estaba en L.A. desde antes trabajando. Nos dejaron en un McDonalds. El coyote pidió 300 dólares más por cabeza. No quería mi hermano, no se dejó. Pero al otro día que llegó mi hermana le dicen: “o das el dinero o se la entregamos a la migra”. Ellos saben manipular los sentimientos, en Guatemala hacen un trato, pero en L.A. piden más. Allá pidieron 700, más los 300, mil dolares. Ibamos siete, fijese cuánto deja- mos.

6.- Al gobierno mexicano le consta algo -me dice uno de los representantes del gobierno guatemalteco en el Grupo Binacional formado para abatir la corrupción en los cuerpos policiacos de los dos países y desmantelar las mafias polleras que operan en la frontera-: la total violación de los derechos humanos de los indocumentados centroamericanos en México: golpizas, violaciones, cárcel. Si sabemos que esto va cambiando, que México ha hecho grandes esfuerzos, pero el punto de partida de cualquier negociación es ése. Y dos situaciones: una, Guatemala no cuenta con una ley que penalice el tráfico, y quienes la promovemos cortemos riesgos graves que atentan contra la propia vida. Otra, los deportados por México se quedan en nuestro país y ocasionan mucha violencia No hay de otra, los dos países tienen que entender que este es un problema regional.

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Coatepeque, Guatemala.

LA EMBAJADA

Es una noche de fin de semana en el bar La Embajada, un congal de lujo en Coatepeque, la ciudad cafetalera a media hora de la frontera. Está repleto de mexicanos que han perdido antros de este tipo, cuando en marzo Salubridad cerró 18 burdeles en Puerto Madero. Las mujeres en oferta se exhiben una tras otra en el estrado, bailan una pieza y se desnudan a la siguiente, en una ola irrefrenable de encueratrices en tandas de a diez con descansos para recordar la marca de alcohol que bebe el público. Ivonne, Mireya, Wendy, Herlinda, mulatas hondureñas, mestizas salvadoreñas, negras panameñas arrebatan, suspiros en la marejada de sus muslos, provocan erupciones de sus senos volcánicos. Dos criollos de Tapachula confirman que esto no tiene comparaciones: 150 mil pesos por una chaparra mexicana contra los 100 quetzales (60 mil pesos) en La Embajada, que incluyen la variedad, la botella extranjera y la muchacha en la cama Y ya tienen a Mireya en la mesa que les sonríe y extiende un poco más sus ojos rasgados.

– Como en Tijuana -me dice mi acompañante, administrador de una finca de la región-. Allá las putas también son centroamericanas

Las muchachas pasan una tras otra en una secuencia de carnes que los tragos enredan con preocupaciones profanas en un burdel: en este instante alguien cruza el Suchiate con sus esperanzas en el morral y otro más se esconde en los matorrales rumbo a San Diego. En medio, México, el país al que los oligarcas guatemaltecos todavía valoran como el del apoyo a Cuba, el del populismo anarquizante y anticlerical, retaguardia de subversivos, santuario del Estado intervencionista.

Hago cuentas con el finquero: no hay cifras precisas, pero se estima en un millón los guatemaltecos que en los ochenta emigraron a México y Estados Unidos. En 1990 los braceros remitieron 430 millones de dólares a sus familias. Ahora el gobierno mexicano quiere detener su paso y aprieta h tuerca de sus servicios migratorios en Chiapas. Pero aquí no se ha resuelto nada la guerra arrasa sus pueblos indígenas, la agricultura de exportación -y el trabajo para 400 mil jornaleros- queda al vaivén de los precios internacionales y lo que aparenta ser un crecimiento económico, la ciudad de Guatemala y sus fábricas, es tan sólo concentración de miseria y desempleo.

Algo entiende el finquero, que sabe que cada año 70 mil jornaleros guatemaltecos pasan más de diez meses en el Soconusco, Trabajando en los cafetales:

– Te la volteo a vos -dice-. ¿Qué carajo le pasaría a tu país si los gringos arrojaran a los ilegales mexicanos? Coño, que les viene una revolución.

Regreso a México y su altiplano con esa y muchas más interrogantes. Nadie se atreve a dar cifras del movimiento económico que representan los ilegales. Por Tijuana cruzan 120 mil al mes, ¿pero cuántos de ellos pagaron trescientos dólares al pollero? En 1990 se detuvieron y deportaron 126 mil gentes en México, ¿pero cuántos lograron pasar? 397 chinos no lograron llegar a Estados Unidos, y habían pagado por lo menos 10 mil dólares a su pollero, pero no se sabe cuántos están ya con sus familias en San Francisco o Nueva York. ¿Cuánto gastaron los 119,497 guatemaltecos, salvadoreños y hondureños -el 94.3 % de los expulsados- por llegar al otro lado? Los testimonios llevan a decir que entre quinientos y mil dólares por cabeza. Y si se quita a los centroamericanos nos quedan alrededor de seis mil deportados entre beliceños, chinos, ecuatorianos, colombianos, dominicanos y peruanos, junto con indocumentados de otras 60 nacionalidades, y todos ellos por lo menos pagaron cinco mil dólares, sin contar gastos de viaje. Lo que sea, pero son fuertes los intereses que afecta la decisión mexicana de detener el tráfico en la frontera sur, en las rutas de Chiapas-Oaxaca México, Chiapas-Oaxaca-Veracruz-México y Quintana Roo-Tabasco-Veracruz-México. Los hoteleros como Rubén Guízar, propietario de Diario del Sur en Tapachula, no dejan de atacar a Servicios Migratorios por la corrupción de sus agentes. Los funcionarios de Gobernación no agachan la cabeza y afirman que las quejas son resultado de un trabajo que ha trastocado a fondo la red de tráfico con seres humanos.

Leyendas en la cárcel municipal de Arriaga, Chis. “México, perros corruptos”, una definición que consigna el malestar generado por el maltrato a los indocumentados.

Fotos: Sergio Mastretta.

Hasta ahí es un problema policiaco, complicado por las ofertas para la corrupción -dejar pasar un tráiler con cincuenta pollos le puede dejar a un agente 20 millones de pesos- y la fortaleza de la red internacional de traficantes, con más de diez años de experiencia y controlada por bandas de polleros establecidas en Tijuana: todo con un aparato penal que poco puede hacer contra amparos y fianzas otorgadas con displicencia por los jueces.

Va mucho más allá el problema político. No se ve en el panorama que la guerra y la crisis económica centroamericana dejen de expulsar minifundistas, jornaleros del campo y desempleados. En los ochenta, a costa de su extorsión, lograron pasar por México para establecerse del otro lado. Hoy se les cierra el camino en una dinámica en la que sólo un número equivalente al 10 % de los detenidos logra pasar, en un cálculo tal vez aventurado de la Secretaría de Gobernación. ¿Cuánto tiempo durará este movimiento de expulsiones y reingresos, en un juego en el que a la larga no se sabe quién es el gato y quién el ratón?

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Estación Migratoria "Las Agujas", en Iztapala, Ciudad de México, en este año 2018.

INDEFINIDOS

Ciudad de México, estación migratoria en la calle de Agujas, en Iztapalapa. Un agente grita. “íA ver, esos indefinidos!”

Son dos hombres y un muchacho. Migración no les cree sus historias y ellos las repiten a quien los mire. Son los indefinidos, no tienen nombre más que para ellos mismos, no tienen apellidos en ningún documento, ni siquiera falsificado. Son ilegales y son nadie.

Braulio Medina García, de 35 años, nació en Tepic. No carga papeles, no trae maleta Como buen paria viaja a la deriva. “Soy mexicano -dice-, y la Constitución del 17 no obliga a cargar documentos”. Y de ahí no lo sacará Gobernación.

Jesús Uzcamea García, de 44 años y nativo de Guaymas, tiene una versión particular “Salí hace cuatro días de la cárcel de Santa Marta Acatitla, diez años estuve reo. Me detuvieron en Estados Unidos por portar arma robada pasé cinco años en la penitenciaría de Florence, Arizona, luego me trasladaron a México. Salí de la cárcel y no había dinero, me fui para Apizaco a trabajar en una obra, allá me agarraron. De plano no le creen y casi juran que es salvadoreño.

Ronie John Luna de 19 años, hijo de salvadoreño y chicana, de plano saca su infancia en Texas y revela qué tan profunda es la migración centromericana y cuánto sorprende a los agentes: “I was born in Antecusa -me dice-, now I move to California, I’ve been living there for seven years. I went to Guatemala in december first, to our vacation… íCarajo, soy americano!”.

Son tres de los indocumentados, una muestra ínfima de los más de 150 mil que se detendrán en 1991. En las horas que permanezcan detenidos se atendrán a las tortas que reparten los agentes.

Después seguirán, sin reclamos, su camino.

Mundo Nuestro. Publicada originalmente en la revista Nexos en el mes de septiembre de 1991, por esta crónicia no ha pasado el tiempo, a la luz de la caravana de migrantes centroamericanos, fundamentalmente hondureños, que desde la frontera sur han iniciado un largo recorrido hacia la frontera con Estados Unidos. México tampoco ha cambiado mucho. El maltrato y la violación de los derechos humanos de los migrantes tiene dos rostros para nuestra nación. Estos textos de hace casi treinta años son una prueba de ello.

Así presentó entonces Nexos esta crónica de Sergio Mastretta:

"Esta es la primera de dos partes de un reportaje que traza la otra franja divisoria de México: la frontera sur. Si arriba las identidades se aferran, allá abajo se mezclan y confunden en un amasijo multicolor que contrasta con una realidad social en sepia. La frontera sur es más que un límite: estación de paso, punto de encuentro, la mitad del camino hacia Estados Unidos."

Acompañaremos estos textos con algunas fotografías que estos días la prensa internacional ha publicado para ilustrar la tragedia centroamericana y el doble rostro de México. La fotografía de portadilla fue tomada de El País.



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Prensa Libre

Las linternas se prenden y apagan como luciérnagas de la aventura migratoria.



Tecún Umán, Guatemala, nueve de la noche en la ribera oriente del Suchiate, la línca que repite la suerte de los mexicanos en la frontera norte.

La sombra del río arrastra troncones que amenazan cargas y vidas de los camareros, los transportistas acuáticos que por mil pesos o un quetzal cruzan todo el día sobre tablones amarrados a llantas de tractor la guerra y la miseria centroamericana hacia la ilusión del norte, que pasa por México.

En la noche, desde el puente, se ven los guanacos, el nombre que en estas tierras dan a los nacionales de El Salvador. Son ilegales además de salvadoreños, cruzan el río en el inicio del viacrucis de cuatro mil kilómetros hacia California. Pasan por su cuenta, no ocupan los acuáticos tamemes; mejor plantan sus pies en el lecho lodoso del Suchiate, hasta que el agua, como la vida, les llega al cuello.



No saben de la suerte de Ernesto Castellanos Martínez, salvadoreño también, de 27 años de edad. Cruzó por Tecún Umán dos días antes y se dirigió a Tapachula con otros tres compañeros. Comieron fruta en el camino y salvaron la garita de migración El Manguito por brechas vecinales. Decidieron tomar el tren carguero adelante de la estación; antes de subir al convoy en movimiento se bañaron en uno de los ríos que cortan la ciudad. Escucharon el pitido a tiempo para vestirse y recoger maletines. Lo abordaron a la luz del día Ernesto no lo logró. Su cuerpo fue despedazado por una góndola vacía. Sus compañeros de viaje lo vieron resbalar, tal vez solo escucharon un gemido.

Su cadáver fue enterrado en la fosa común de la ciudad.

En el río, los salvadoreños bracean y se acoplan al movimiento de la corriente. Las luciérnagas encienden la ribera, las linternas alumbran la oscuridad mexicana, y los ilegales están en camino.

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TVN Noticias

SI TE AGARRAN, INTÉNTALO DE NUEVO

La atracción del dólar baja por generaciones hacia el sur, para hallar en la década y en el territorio de la guerra centroamericana a decenas de miles de sobrevivientes con la mira de llegar al norte en el sueño blanco del que no tiene nada que perder. “Si te agarran, inténtalo de nuevo”, escribió una mano anónima en la cárcel de Arriaga, “y si te agarran inténtalo de nuevo, y si te agarran inténtalo de nuevo…”

Lo sabe el gobierno mexicano, decidido a cerrar el paso a los indocumentados que ingresan por la frontera sur. Entre 1983 y 1988 el régimen delamadridista deportó a 75 mil extranjeros, tan sólo 6 mil al año en Chiapas, en una época en que se dejaba pasar a los ilegales -en palabras de Edmundo Salas, Jefe de Inspección de Servicios Migratorios de la Secretaria de Gobernación- “a través del filtro de la extorsión orgánica montado por las corporaciones policiacas de todo tipo (Migración, judiciales estatales y federales, cuerpos municipales, ejército), bandas internacionales de traficantes de indocumentados, y prestadores de servicios turísticos, hoteleros y restauranteros”.

En el primer año de gobierno de Carlos Salinas de Gortari se deportaron 90 mil ilegales. En 1990 la cifra subió a 126 mil. En los cuatro primeros meses de 1991 tan sólo en Chiapas se detuvieron a 25 mil indocumentados, principalmente guatemaltecos, salvadoreños y hondureños -Nicaragua bajó drásticamente el flujo de sus emigrantes con el fin de la guerra, en abril de 1990-. Se gastan 400 millones de pesos al mes en transporte de los deportados a la frontera.

Los funcionarios de Gobernación explican este aumento radical en las deportaciones simplemente porque ahora existe la voluntad política de impedir el paso de extranjeros hacia Estados Unidos por territorio mexicano. Es ya un problema de seguridad nacional que se enfrenta con la restructuración del sistema de control, que supuso la reducción de garitas migratorias de cien a diez en el sur del país, junto con el propósito de asegurar que los mandos medios de Servicios Migratorios queden fuera del proceso de extorsión orgánica, además de establecer mejores ingresos -es decir, 800 mil pesos más prestaciones a los agentes de Migración y sanciones severas -despido y cárcel- a funcionarios a los que se les comprobaran vínculos con las redes de extorsión y tráfico de ilegales: en 1989 más de 50 agentes de Migración fueron cesados en la delegación regional de Chiapas.

El cambio de política se funda por igual en presiones y conveniencias. Estados Unidos deporta cada vez más centroamericanos, y deja va que en las negociaciones para el libre comercio en ningún momento se hablará de braceros y fuerza de trabajo. Guatemala protesta formalmente por el maltrato a sus nacionales en su paso por México y se alarma por el caos que los deportados producen en su frontera Las ciudades de la frontera norte se nutren de decenas de miles de deportados -95 mil en el mes de mayo-, por igual extranjeros y mexicanos, en explosivas ollas de marginación y violencia. Tapachula y los municipios del Soconusco reproducen a su escala lo que sucede del otro lado de la línea en la frontera norte, con la contratación para las fincas de mano de obra guatemalteca barata y sumisa y con la generación de redes de explotación del lucrativo negocio de tráfico de indocumentados.

Como sea, hay un cambio: lo sufren los extranjeros detenidos por miles a todo lo largo de la ruta entre los ríos fronterizos; lo soportan los agentes de Gobernación, todos los días tentados por los dólares de las redes polleras; lo condenan y niegan los empresarios hoteleros y restauranteros, muchos años beneficiados por el movimiento de extranjeros, cuando afirman que los agentes de Migración siguen extorsionando ilegales; lo percibe a medias el ciudadano común en la frontera, que observa en ráfagas a los detenidos en las garitas migratorias y en las cárceles municipales.

Aquí se reseñan chispazos de la inercia migratoria en la frontera sur de las condiciones particulares que la propician -la guerra y la miseria en el caso de Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua-, de la magnitud del movimiento económico que representa el tráfico de ilegales -por lo menos 150 millones de dólares regados por el territorio de tránsito- y la violencia hamponil y policiaca que generan a su paso al norte y en su residencia en las ciudades mexicanas -con la existencia de bandas bien organizadas que operan en Estados Unidos, México y Centroamérica-; del hecho ineludible de que son centenares de miles los centroamericanos que han tomado como propio el territorio mexicano -en Guatemala, por ejemplo, calculan en un millón el número de nacionales que se han asentado en nuestro país en los últimos treinta años, contra 250 mil que supone el gobierno mexicano-, que lo asimilan y confunden, que vuelven más fina aún la línea fronteriza del Suchiate.

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Guatemala.com

LA TIJUANITA GUATEMALTECA

1. Tecún Umán es la Tijuanita guatemalteca, tierra de nadie, dominio de polleros, lenones, matronas, atracadores y elementos de la Guardia de Hacienda, el cuerpo policiaco al que teme el común de los chapines. Es un caserío húmedo de madera que en el día vive en torno de los autobuses con sus pasajeros que llegan de la capital y de noche en los congales con sus muchachas de a 20 quetzales. A todas horas el movimiento pollero: muchachos en taxis-triciclos revolotean como moscas en la pollería, abruman a los viajeros con tipos de cambio dólar-peso-quetzal, marchantean sin escrúpulos sus servicios a Ciudad Hidalgo -el poblado al otro lado del río-, a Tapachula, al Distrito Federal, a Los Angeles.

-Ese canche -me dice uno-, ¿vas al otro lado? Cien mil pesos hasta Tapachula, 200 dólares a Tijuana. Va asegurao, si lo retachan, vamos de nuevo. Y enciérrese en un hotel -añade-, que no lo vean en la calle después de las siete de la noche.

2. En la caseta de Migración, en la zona del puente, se detiene un autobús; directo de Acayucan, trae una remesa de 40 deportados, la mayor parte salvadoreños. Hoy es un día cualquiera de mayo, un día tranquilo: a las dos de la tarde sólo han llegado dos camiones, y regularmente son cinco o seis. El agente mexicano baja lista en mano y se mete en la oficina de sus colegas guatemaltecos. Tras él bajan los ilegales con sudor de tres semanas. Si les va bien, no les cobrarán una multa de 20 quetzales, único beneficio inmediato que México obtiene tiene de las deportaciones masivas. La mayor parte conoce el lugar. De aquí partieron, de aquí lo volverán a intentar.

Como José de Jesús Rosales, desempleado, con 22 años y cero pesos en el bolsillo. Sale de El Salvador con 600 colones (75 dólares). Pasa por Tecún el viernes 10 de mayo por la noche. Cruza el río a nado junto con otro salvadoreño ya residente en Estados Unidos, ayudados por un cipote (chavo) mexicano de 14 años. Toma un pesero minibús a Tapachula. Los agentes en la caseta de El Manguito no le piden papeles. Utiliza el sistema más socorrido por los pollos que viajan libres: trepa a un carguero con otros 60 ilegales y sube y baja de los trenes, libra las casetas migratorias de El Hueyate, Arriaga, en Chiapas, y La Ventosa, en Oaxaca. En el istmo cambia de clase ferrocarrilera y se acomoda en el tren pollero que por módicas 24 horas y regalados 11 mil pesos une a Tapachula con el puerto de Veracruz. A la altura de Matías Romero lo asaltan a mano armada. Rescata cinco mil pesos y sigue el viaje. si llega a Veracruz trabajará un tiempo, lo necesario para agarrar camino. Pero lo detienen en Tierra Blanca. No se defiende, no intenta pasar por mexicano. Tampoco tiene los 50 mil pesos que le pide el agente para dejarlo ir.

Sentado en una banqueta en Tecún Umán, recién deportado, rumia el hambre y la indecisión de pedir un “raite” a El Salvador.

3. En Tecún, algunas imágenes de la soledad femenina extraviada en México.

Elizabeth Montero, madre de tres hijos, soltera, trajo sus 27 años a México por Talismán. Salió de San Salvador el 12 de mayo con 400 dólares y medio millón de pesos en la bolsa. Sentada en un rincón en los separos de Migración en Tapachula escucha a otra muchacha detenida contar que a Elizabeth la estafaron en Guatemala con una visa falsa No le pidieron papeles en todo Chiapas, corría con suerte. En La Ventosa la bajó un agente que revisó el documento. “Por dios -dice Elizabeth-, ya iba llegando”.

Tecún Umán, Guatemala. Camareros en un día cualquiera de mayo en el río Suchiate. Al fondo, el lado mexicano.

Carmen García, peruana de 29 años, soltera, madre de dos niñas y secretaria de profesión, el 26 de abril lleva ya una semana detenida en los separos que Servicios Migratorios tiene en la calle de Agujas, en Iztapalapa. Quería vivir un tiempo en el Distrito Federal, trabajar y prepararse para el viaje a Estados Unidos. Detenida en La Ventosa junto con Rocío González, maestra de escuela en Lima, espera a que sus familiares reúnan el costo del pasaje de regreso. Salieron de su país a principios de abril con cuatro mil dólares que les dejaron liquidaciones en chambas y venta de garage. Viajaron a Panamá por avión. De ahí vinieron por tierra. Cruzaron el río por Talismán. Ahí contrataron un auto particular que las llevaría a Juchitán por 700 dólares. El hombre las abandonó antes de la caseta de Arriaga. Rodearon la ciudad y tomaron el autobús en el que las detendrían en La Ventosa.

Julieta Rodano, maestra de escuela salvadoreña de 23 años, madre soltera, espera el jueves 6 de junio con otros 109 indocumentados su traslado al CERESO de la ciudad de Puebla Los detuvieron la noche anterior dos policías de caminos a la altura del kilómetro 213 de la autopista a Orizaba. Iban en el interior de una caja thermokin de un tráiler bananero, bajo una tarima que soportaba varias toneladas de plátano del Soconusco. Llevaban 24 horas encerrados, en viaje directo desde Ciudad Hidalgo, frontera con Tecún Umán. Cuando los agentes abrieron las puertas de la caja, el hedor espeso de la furia y la asfixia ilegal se les vino encima. Los policías desenfundaron sus armas para contenerlos. Julieta, al fondo de la caja, comprendió que había perdido los 1,200 dólares que los polleros cobraron por el viaje.

Alba Moreno, salvadoreña de 24 años, fue detenida a mediados de abril en Apizaco, junto con su compañero Luis Ovidio, ex-soldado del ejército de su país. Venían en el tren de Veracruz. Bajaron antes de llegar a la estación, pero se toparon con un grupo de judiciales federales en operativo que al verlos los amagaron con unas escuadras relucientes. Alba iba por primera vez a Los Angeles, de la mano de Luis Ovidio, un bracero reciente que huye de ta guerra en su país. “A su hermano lo mató la guerrilla, era soldado como Luis, salia de franco del cuartel y ya no llegó a casa. Apareció muerto en una zanja con un tiro en la cabeza y una bandera de los subversivos enredada en el cuerpo. Luis tiene miedo. Se fue, ya conoció, regresó por mi. Es nuestra suerte salir rechazados”.

4. A la orilla del Suchiate dos mujeres lavan ropa y bañan a sus hijos. Son del Quiché, huyeron de la guerra hace tres años. Ellas no saben que ACNUR les reconocería su situación de “refugiados dispersos”. Ahora trabajan con sus maridos en las fincas de la región. Los niños juegan y le devuelven at río su rostro natural.

A unos metros atraca un camarero mexicano-hoy trabaja México, mañana Guatemala, una y una, en el mejor & los tratados bilaterales posibles. Julián López, camarero desde hace tres años, es un hombre de Huixtla que sobrevivió a un ataque a machetazos en un pleito de bolos. Perdió el movimiento de la mano pero no el jalón de sus piernas y brazos. Ahora transporta al comercio hormiga. Desembarca una mujer con tres cajas de jabones y pastas Colgate y otros artículos mexicanos. Embarca una señora mexicana con la canasta repleta de legumbres. Las dos se explican: Guatemala es baratísimo para los del otro lado del río: un trajecito de mezclilla para niño cuesta aquí 30 quetzales, 18 mil pesos; en Ciudad Hidalgo no se consigue por menos de 30 mil. Y los betabeles, la media docena cuesta seis mil pesos en México contra 900 en Tecún. La ventaja mexicana está en su industria: jabones, pastas y galletas pasan por toneladas, hormiguita tras hormiguita.

5. En el bar Loros una matrona y dos muchachas, salvadoreñas las tres, preparan sus cuerpos para la noche. Las llama el policía de Hacienda con él que yo tomo unas cervezas.

– ¿Te gusta esta piernuda? -me dice el hombre nacido en el oriente de Guatemala, y aprieta el muslo de una chinita-, te hará feliz por 20 quetzales. íDoce mil pesos, te das cuenta!

Y luego entra en confianza. En Guatemala hay una guerra, dice, los subversivos quieren el comunismo y los militares están para impedirlo. En esa guerra él ha matado a muchos. En 1981 trabajó en la capital, persiguió y torturó a los estudiantes. Jodidos, dice, apoyaron a la guerrilla, eran ellos o nosotros.

La chinita lo trae al presente. Antier apenas entró un operativo del ejército y la policía en Tecún. Dos días con sus noches para detener a más de 500 extranjeros. Las mujeres del Loros se salvaron por el apoyo del policía y 50 quetzales para un sargento.

“Maldita soledad -canta el policía con Cornelio Reyna en la sinfonola-, cuándo se irá, cuándo se irá mi mala suerte”.

6. En el hotel Vanessa detuvieron en el operativo de ayer a 180 ilegales. Poco importa. Cuento ocho muchachos en shorts sobre la banqueta. En algún momento llegará el pollero por ellos.

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Loa Angeles timas.

LA RUTA DE LA POBREZA

Arriaga, Chiapas, es el tercer puesto de control que Servicios Migratorios ha dispuesto desde la frontera. A 250 kilómetros de Tapachula un equipo de 18 agentes se turna entre la garita y las brigadas volantes en la línea del ferrocarril, la carretera y los caminos de extravío. A la medianoche del 23 de mayo, a un lado del camino entre Tonalá y Escuintla, la volanta espera el paso de los camiones de segunda. Poco a poco llenan el minibús con guatemaltecos y salvadoreños, los indocumentados más asiduos al tránsito hormiga, ilegales sin pollero, muchos de ellos deportados apenas la semana anterior. Es una jornada cualquiera para los agentes. Para unos inicia el turno; para otros empezó doce horas antes. Esperan pacientes, apenas atentos a los escapes de trailers y tortons rezagados en su viaje nocturno hacia el centro del país.

Hay quince gentes en el minibús, tres de ellos niños. Algunos tienen ya dos horas detenidos. Una muchacha canta el himno guatemalteco para convencer al agente que es de Tecún Umán y va a trabajar de sirvienta a Tonalá. Un flaco, chinito, es de Puerto Barrios, estudiante de leyes. “La propia necesidad obliga al hombre -dice-. En Guatemala los huesos están cortados”.

Su compañero, risueño, al que los agentes han detenido hasta ocho veces, es albañil en Los Angeles. Dice que gana nueve dólares la hora, ya con rebaja.

– En Guatemala, 20 quetzales diarios -dice-. Sólo que seas cabrón.

– ¿Por qué no agarraste pollero? -le pregunto.

– El pollero te mete la pija.

Otro detenido, losé Arias, albañil de 18 años, hijo de campesinos, fue deportado desde San Antonio Texas en avión hace tres semanas. Ahora lo intenta de nuevo. “Pasé por Tecún Umán, solo, con un mapa. Caminé mucho, rodeé la garita El Manguito. Subí al tren en Huixtla, no me detuvo Migración, hay que tener fibra, caminé detrás de ellos. Luego camioneta, así a Juchitán, a Oaxaca, 8 México. Total: 800 quetzales (480 mil pesos) hasta la frontera. Al cruzar pedí dólares a mi hermano en San Francisco. No conocía. si supiera, no compro boleto hasta San Francisco. si supiera que había casetas, no estaría aquí”.

Al sur de la carretera, la tormenta ilumina el Pacifico. En la cabina, nadie habla, queda el murmullo de los sueños centroamericanos interceptados por los agentes de Migración. En la penumbra, alguien aplaude, lento primero, hasta alcanzar el ritmo de una cumbia. Los ilegales ven caer la luna.

A la una de la mañana abren la reja en la cárcel municipal de Arriaga. Tres policías despatarrados sobre las hamacas ni se inmutan. Pasan lista a los detenidos. Separan a mujeres y niños, a las que alojan bajo un tejabán. Los hombres se pierden uno por uno en la oscuridad del calabozo. El hedor es el común a cualquier cárcel del estilo en el país: ahora en el espacio de seis metros cuadrados se apachurran veinte ilegales.

– Periodista -gritan desde la penumbra-, mire cómo nos tienen, aquí le meten la pija a uno.

Se asoma un muchacho:

– Señor, me golpearon ahí en la vía, fue uno de Migración – muestra a la luz amarilla del patio carcelero un magullón en la cadera.

– No te hagas, te raspaste le dice el agente de Migración.

– No les crea, amigo -añade desde la hamaca el sargento municipal-. Son salvadoreños. Si los dejara, hasta la hamaca me quitaban.

En la celda vecina un mexicano asoma las narices. Es un pollero detenido apenas, de la banda de los “Caribe coolers”, como la bautizaron los de Migración: metían a dos ilegales en la cajuela de una Caribe, les cobraban un millón a cada uno por pasarlos por la estación de Arriaga.

– Me pusieron el dedo- garraspea. Su rostro es un bigote perfilado a la luz amarilla del patio. Mañana, lo más seguro, su abogado interpondrá un amparo que lo dejará libre por la tarde.

Un poco después se impone el silencio en la cárcel. Los policías duermen en sus hamacas. De las celdas salen ronquidos iluminados por las brasas de los cigarrillos.

A las cinco de la mañana los agentes de Migración están despiertos. Barrio Guatemalita, en las afueras de Arriaga: casas de cartón dispersas en un páramo de huizaches. Han descubierto en una casa a un grupo de doce ilegales. Los traen hacia el camino, con el pollero identificado y agarrado del cinturón por el agente. Todavía está oscuro, se camina adivinando el sendero. En una bajada de la vereda, se suelta el pollero, forcejea con el agente, lo golpea en el pecho, echa a correr por el monte. Los disparos al aire no lo detienen. Los ilegales no se inmutan, la suerte del pollero no les imparta.

De nueve a diez de la mañana Migración recorre “caminos de extravío” -brechas que recortan los ranchos ganaderos de la zona- a lo largo de la vía férrea. No se miran pollos por ningún lado. Regresan a Arriaga por la estación de ferrocarril. Las vías corren paralelas a una serie de casas que dan a un carguero en espera de la orden de salida en el patio. Se bajan cuatro agentes en un extremo y dos más llevan la camioneta al otro. Son ocho góndolas vacías a las que han trepado veinte ilegales. La presencia de los agentes acarrea una cadena de chiflidos desde las casas. Los ilegales se descuelgan de las góndolas y se dispersan como hormigas bajo pie de infante. Los agentes corren tras ellos en medio de las mentadas de un público habituado a la escena y que toma partido por los extranjeros.

Algunos logran escapar. Los detenidos muestran el rostro común de la resignación.

Sigue el operativo. A las 11:10 dos salvadoreños son sorprendidos a las puertas del panteón. No oponen resistencia. Los cachean. Cantan el himno para probar su nacionalidad. “Saludemos a la patria…”, arrancan muy solemnes…

– Qué bueno -dice uno, que confiesa haber sido detenido otras siete veces-. Una vacación, ya no aguantaba los pies.

Y cuenta que tiene más de un mes en el camino. Trabajó en el mango en Mapastepec, ahorró para hablar por teléfono a su hermano en Los Angeles. El lunes pasado tenía que llegarle un cheque de 500 dólares por Western Unión a nombre de su patrón, el ranchero Salomón Vázquez. Nunca llegó, le dijeron. Los agentes le prometen investigar la suerte de su dinero.

A las 12:30 seguimos en la ruta de la pobreza. Carretera Tonalá-Pijijiapán. Dos hombres descansan a la orilla del camino, recostados en un árbol. Reconocen a la camioneta cuando se detiene. Uno no hace nada, tiene fiebre y un cansancio tan pesado como el dolor de cabeza que lo mata. El otro brinca con el resorte del miedo, brinca la cerca de alambre perseguido por cuatro agentes. Claro que no anda en burro y a los cinco minutos los policías regresan derrotados. Retengo de la acción el rostro negroide del fugado, los dientes blanquísimos, apretados con todo el peso de su angustia.

Media hora después, en la estación La Polka, a veinte minutos de la carretera y a cinco del mar, un aguacero aguarda al tren pollero. Un piquete de soldados cruza el pueblo en un camión de redilas. Le llaman la guardia rural y los campesinos los miran con un temor que no reconoce fronteras en Centroamérica. Pasan indiferentes al aguacero. En un tendajón el radio ameniza la espera. “Como duende yo sigo tus pasos…”, canta alguno, y los agentes sonríen. El tren trajo Sólo siete pollos. Agentes y ferrocarrileros se miran despectivos. Según unos, el precio por viajar en la máquina es de cien mil pesos por llevar al ilegal más allá de Arriaga. El viaje en góndola, según el pollo, de 20 mil a 50 mil. El ilegal avispado sabe que el ferrocarrilero lo dejará morir por salvar a los de la máquina. Detiene el carguero ante el acoso de los agentes de Migración, cuando se van sobre góndolas y furgones el maquinista desengancha la máquina y desaparece.

– Están amafiados -afirma el delegado de Migración en Arriaga, Xavier del Moral, un doctor de profesión que disfruta su oficio de policía-. Difícilmente podemos hacer algo con ellos, tienen radio, se avisan entre sí. Nosotros no tenemos el equipo necesario, no tenemos radio, no disponemos de prismáticos, el armamento cada quien lo obtiene como puede. Y es un trabajo riesgoso, es una plaga de criminales la que persigue a los pollos. Es un cuento de nunca acabar, los detenemos, los deportamos, pero lo vuelven a intentar, y aprenden a evadirnos, y tal vez muchos pasen, aunque aquí nosotros no tengamos descanso.

Nexos.com

MUERTOS Y ESTADÍSTICAS

El Grupo Beta es un cuerpo formado por policías de distintas corporaciones que despliega sus operativos a lo largo de las dos fronteras mexicanas. Casi se diría que trabajan clandestinos, como estos días en Tapachula, a lo largo de la línea férrea hacia Arriaga, vestidos a la manera de los pollos centroamericanos, con la 45 escondida a la espalda, a la espera de ser asaltados por cualquiera de las bandas que diezman a los mojados. Se saben distintos: varios de ellos tienen estudios superiores y su comandante sacó una maestría. Llevan una semana convertidos en carnada, y tienen éxito el domingo, cuando detienen a Ubiel Flores Nicolás en el momento de atracar a un trío de guatemaltecos en el río Cahoacán.

No es común encontrar un policía cruzado.

– Esto ya es un problema de seguridad nacional -me dirá el comandante-, y a nosotros nos toca enfrentarlo. Esta gente que va al norte viene de países bélicos, muchos guerrilleros. Y los mexicanos, a lo suyo: atracan al que se deja. Nosotros nos las vemos con asesinos, y los propios Estados Unidos han reconocido que nuestro grupo se caracteriza por el respeto de los derechos humanos. Tenemos nueve meses de trabajar en las fronteras, hemos detenido a 600 personas sin disparar una bala, sin hacer ruido. Hemos permanecido en el anonimato, a veces quisiéramos el reconocimiento público, salir en el periódico. Nosotros somos un cuerpo especial, trabajamos para la defensa del sistema, ni por asomo pienses que mis ideas puedan ser de izquierda. Soy de derecha derecha, pero formo parte de una nueva generación de policías honestos y decididos, no como esos pinches oaxacos de la policía del Distrito Federal, con ellos si soy racista.

Puedo verlo a las dos de la madrugada en la línea del tren adelante del Huixtla. Caminan los seis hombres en la negrura del aguacero tropical. Imaginan en cualquier momento las sombras afiladas por los machetes de los atracadores de pollos.

Carreteras panamericana. Minibús de Servicios Migratorios y “pollos” detenidos a la medianoche del 23 de mayo de 1991. México deportó en 1990 a 126,440 ilegales. El 30% fue expulsado en dos o más ocasiones; 58,845 (46.5%) guatemaltecos; 45,498 (36%) salvadoreños; 3,039 (2.4%) nicas; 2,500 más repartidos entre beliceños, chinos, ecuatorianos, colombianos, peruanos y dominicanos. Más otros 1740 correspondientes a 65 nacionalidades más.

Regresan al amanecer sin nada. Lo intentarán la noche siguiente, hasta que caiga uno.

Los ilegales en la prensa de Tapachula durante el mes de abril de 1991:

Día 4: Asaltante de pollos en la vega del río Cahoacán detenido por la policía.

Día 5: Encuentran cadáver putrefacto de desconocido con rasgos orientales en el municipio de Suchiate.

Día 5: El PRI niega estar afiliando jornaleros guatemaltecos e ilegales que trabajan en fincas cafetaleras.

Día 5: Cheyla Chavama, nicaragüense, denuncia la desaparición de su hermano desde el día 10 de febrero, cuando ambos se internaron a México en grupos distintos a la altura de Tuxtla Chico.

Día 7: El periódico Diario del Sur denuncia que agentes de Servicios Migratorios cobran dos millones de pesos por soltar a polleros. El diario es propiedad de Rubén Guízar, un hotelero al que funcionarios de Gobernación vinculan con el tráfico de ilegales.

Día 8: Más de 17 mil guatemaltecos fueron documentados entre enero y marzo como braceros para las fincas mexicanas.

Día 9: Seis mil extranjeros fueron deportados en el mes de marzo. Once personas fueron consignadas.

Día 11: Treinta salvadoreños indocumentados abandonados por el pollero cerca de la estación de ferrocarril de Tapachula fueron detenidos por judiciales del estado.

Día 12: Grupos vinculados con la Iglesia denuncian la explotación de menores guatemaltecos que trabajan en Tapachula.

Día 13: Ernesto Castellanos Martínez, salvadoreño de 27 años, muere destrozado por el tren que intentaba abordar. Fue inhumado en la fosa común.

Día 13: Denuncia contra camareros del Suchiate, se les vincula con las bandas de asaltantes de indocumentados que dominan la ribera del río.

Día 15: Cae preso el pollero Romain Samayoa, conocido como uno de los principales capos del tráfico de ilegales. Dos polleros detenidos en la garita de La Ventosa “cantaron” luego de nutrida balacera con agentes de Migración. (Con un amparo del juez de distrito, Samayoa saldrá en libertad).

Día 16: La Defensa Rural detiene a un grupo de abigeos con 183 reses de procedencia guatemalteca.

Día 18: Salvadoreños asaltados a machetazos cerca del poblado Alvaro Obregón.

Día 19: Cuarenta y cuatro ilegales salvadoreños son detenidos en la garita de El Hueyate. Iban escondidos en dos camiones de redilas. Se negaron denunciar a los polleros.

Día 21: La Judicial Federal detiene en la casa de huéspedes San Jerónimo al cantante Felipe León junto con 27 ilegales. León afirma que es inocente.

Día 25: Servicios Migratorios intercepta en El Hueyate un torton platanero con 42 ilegales. El chofer cobraría cinco millones de pesos por transportarlos hasta Chalco, México.

En Tapachula me imagino en el territorio natural de la flojera. Me lo impone el ritmo de las secretarias en las oficinas públicas, frescas, rotundas en sus caderas y maternales en su “vamos a tener que esperar un poco al doctor”. ¿A quién le importa mi impaciencia? Estoy aquí, en la burocracia de la salud, infestado de calor, con medio reportaje en la libreta, rodeado de muchachas escotadas y culonas, carnosas y tropicales, morenas y huacaleras.

Pienso en todos los muertos encerrados en las estadísticas. O en la podredumbre de la fosa común, o en el sudor de los cadáveres en las planchas del anfiteatro. Todo es más rápido en esta latitud de la muerte.

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SAN MARCOS, GUATEMALA

En tres horas he dejado el trópico mexicano para subir a la montana guatemalteca. A las diez de la noche San Marcos es una franja de niebla disuelta en los borbotones del alumbrado público que, a falta de sonidos en la ciudad muerta, rebota contra las tejas del caserío, contorsiona la iglesia en la plaza principal, remueve d letargo nocturno.

He remontado desde la costa la región mame, con sus 800 mil indígenas que tienen en el mam el idioma natural, el segundo grupo étnico en este país de 9 millones de habitantes, después del quiché y antes de los kakchiqueles y kekchíes.- Mi cabeza rezumba de rostros y lenguas aprisionadas en la camioneta, como aquí le llaman al autobús que hizo la última corrida del día entre Malacatán, a media hora de la frontera mexicana de Talismán, y la capital del departamento de San Marcos, el tercero en importancia por número de habitantes en Guatemala. En un atisbo de luz, a la hora en que el cobrador se las ingenia para recorrer el pasillo en el que nos apretujamos 80 guatemaltecos y un mexicano, me sorprendo hermanado con la raza camionera del mundo y extraigo ruidos, risas, olores, borracheras, bolsas de mandado, costaleras, moños, aretes, ronquidos y rostros, sobre todo palmos de bigotes, pelos lacios, lunares, mazorcas fulgurantes, bocas que bostezan, en algún apretón similar en el primer viaje de la ruta Azumiatla-Puebla, a la hora en que los albañiles indígenas se lanzan a construir la ciudad.

Jornaleros que regresan de la costa y comerciantes que suben y bajan con legumbres del altiplano y jabones y pastas de dientes mexicanas, me envuelven en ese estrépito lujurioso que sólo provoca la soledad amarillenta de una cabina con viajeros hacia la noche. Se duerme, se ronca, se mastica, se suda en medio del rumor húmedo y la carcajada la que alumbra de cuando en cuando la negrura del camino.

– Esta es zona de conflicto -me informa un profesor que soporta de pie como yo la ruta entera, con la certeza de la cadera de una mujer mame encajada en el abdomen-. No verá ejército por aquí, no subirán soldados a revisar documentos como allá en la costa. Aquí golpean sobre seguro donde ya saben que hay guerrilla.

Porque aquí la guerrilla es un asunto natural, como la niebla.

En la cuesta hacia San Marcos atravesamos la principal zona productora de café, cultivo que se lleva el 42 por ciento de las exportaciones guatemaltecas. Fincas innumerables que revelan la inexistencia de una reforma agraria: en 1950, el 2.2 por ciento de los propietarios poseía el 70 por ciento de la tierra cultivable. En 1954, un golpe de Estado promovido por Estados Unidos a favor de la bananera United Fruit termina el incipiente reparto de tierra realizado por el presidente Jacobo Arbenz a partir de 1952. La situación hoy en San Marcos y en el resto de Guatemala es similar a la de 1950, y peor: entre minifundistas y campesinos sin tierra se alcanza alrededor del 70 por ciento de la población que vive de las labores agrícolas, centenares de miles de jornaleros acasillados a las fincas con salarios equivalentes a cinco o seis mil pesos mexicanos. Jornaleros que mejor viajan a las fincas del Soconusco en Chiapas, donde los finqueros alcanzan a pagar los ocho mil pesos. Tan sólo entre enero y abril de este año 23 mil guatemaltecos han cruzado la frontera bajo contratos.

– La guerrilla está fuerte aunque el ejército lo niegue -me ha dicho un jornalero en Tecún Umán-, quema la finca de aquel que pague abajo de lo mandado por el propio gobierno.

Más tarde, aquí en San Marcos, en la cocina de una casa ganada por la cruzada evangelista -que prácticamente ha desmantelado la fuerza católica en los pueblos serranos-, un muchacho narrará su propia tragedia. Pedro, nieto de alemanes, vio morir a su padre en un ataque de la guerrilla a la finca cafetalera a su cargo, en 1981. Meses antes su hermano había aparecido muerto en un cantón de San Marcos, asesinado por el ejercito, identificado como colaborador de las fuerzas guerrilleras de ORPA.

Mi amigo es una prueba del desquiciamiento social que sufre Guatemala:

– Mira -dirá en una recámara que una vez a la semana se convierte en pequeña capilla para los cristianos conversos del barrio, adornada con el fresco de la cascada de “agua vivan-, Guatemala lo que necesita es la fuerza, la disciplina de Efraín Ríos Montt. El impuso el orden en 1982, entonces podías caminar por la calle sin temor a la muerte. El mató a quien tenía que matar, al que la debía. Si hubieran dejado que fuera candidato a la presidencia el año pasado, hubiera ganado con el 90 por ciento de los votos.

El padre muerto por la guerrilla. El hermano muerto por los soldados. Mi amigo se agarra de la figura furibunda del “nuevamente nacido para la luz de la vida”, el coronel cristiano Ríos Montt que dirigió la política de tierra arrasada a partir de 1982, el -que militarizó a la fuerza con las patrullas civiles a más de 500 comunidades mames y quichés, ixiles y kekchíes -que originó el inmenso desplazamiento indígena en el altiplano, con decenas de miles de refugiados en México y en su propio país-, el hombre cuyo gobierno mereció que la propia iglesia católica guatemalteca denunciara el genocidio cometido por d ejército contra los pueblos indígenas.

En la vida real cada quien marca sus héroes y sus demonios. No entiendo gran cosa. Pero mi amigo es un joven alegre que me lleva a la medianoche a recorrer las calles desiertas de San Marcos.

La niebla trae fantasmas y ruidos de la guerra. Pedro silba ausente.

Mientras pongo mi altar y coloco la foto de boda de mis padres, me pregunto qué pensarían de todo esto que está pasando: el aeropuerto, los migrantes hondureños...

Sin quererlo, pienso inevitablemente en mi educación cristiana y me remito a la historia de María y José caminando en un país lejano del que no se nada. Con un burro y unos huaraches, ella a punto de dar a luz.
Por ese entonces no existía el psicoprofiláctico, ni los hospitales con sus grandes recursos. Ni coches de lujo, ni aviones, ni aeropuertos.
Recuerdo las posadas de mi infancia en donde cantábamos pidiendo posada y nos la negaban hasta que alguien, según la tradición, se acomedía, y nos abría las puertas. Todos celebrábamos. Supongo que esa historia refleja el primer acto de humanidad que puede haber, recibir a los otros y ofrecerle la humilde morada: un pesebre.
No sé que habría pasado si le dijeran a José: "Dónde está tu pasaporte, tu permiso de migración, qué sabes hacer, de dónde vienes, qué hace tu país que no atiende a tu esposa, no tienes seguro, ¡cómo fuiste tan descuidado y no pagaste tu seguro! Ahora ya hay seguro popular., ¿estás seguro qué es tuyo?, nosotros no somos ricos, no tenemos dinero, ni empleo..."
¿No es eso, acaso, lo que pasa con la caravana hondureña?, ¿no están pidiendo posada? ¿Y no es ahora donde éstas leyendas o creencias servirían de ejemplo para que entendamos que el planeta es de todos y que somos seres humanos, unos con más ventajas que otros, pero no por eso mejores? Tal parece que en estos tiempos lo único que vale la pena contemplar es el dinero, la inversión, la economía.
¿Y sí es verdad que la construcción del aeropuerto va a volvernos a los ojos del mundo un país de clase mundial, un país de fiar para los inversionistas? ¿Hemos contemplado que en unos años, no muchos, la ciudad de México se quedará sin agua y nuestro conflicto crecerá buscando el vital liquido?¿Y que se extinguirán especies y aves hasta que acabemos con este planeta? Y si es verdad eso, ¿qué hacemos con el aeropuerto?

Me lo pregunto de nuevo, mientras termino de poner papel picado, veladoras y un par de mandarinas. No veo más que la sonrisa de mis padres mientras la llama de la veladora los ilumina tenuemente.

Y luego el silencio.



Día con día

Los migrantes centroamericanos se agrupan en pequeños contingentes para echarse al camino. Lo hacen en defensa propia. El número y andar juntos los hace menos vulnerables a los enormes riesgos de la marcha: robos, raptos, violaciones, extorsiones, abusos de todo tipo, entre ellos, bochornosamente, de la autoridad.

El gobierno mexicano trata a los migrantes centroamericanos peor que Estados Unidos a los mexicanos. Abundan las confesiones de estos migrantes diciendo temer más a las autoridades de México que a la violencia de los polleros o los piratas del camino. Y más que a la migra.



La caravana que está en marcha ha roto todos los umbrales, tanto por su tamaño como por su enorme visibilidad pública.

Su éxito augura nuevas oleadas. Quizá estemos frente a la nueva modalidad de la migración centroamericana, la menos manejable para las autoridades y, contra todas las apariencias, quizá la más segura para los migrantes mismos.



La gran paradoja internacional de este episodio extraordinario es que solo conviene a quien lo ha denunciado como inaceptable: el presidente Trump.

La caravana, tumultuosa, para muchos ojos amenazante, viene como anillo al dedo para la retórica nativista, antimigratoria, xenófoba y antidemócrata de Trump.



La caravana le permite matar en el discurso varios pájaros de un tiro y, si tiene éxito, reducir las posibilidades del triunfo demócrata en la Casa de Representantes, es decir, dejar el Congreso en manos republicanas.

La caravana es impresionante, pero representa, solo una gota en el flujo de la migración centroamericana.

Durante el último año, según Los Angeles Times, han sido detenidos en promedio 42 mil migrantes centroamericanos cada mes, lo que indica un flujo varias veces superior. Muy superior, desde luego, a los 7 mil de la caravana.

Detrás de la caravana que avanza por México hay un avisillo sobre el posible triunfo republicano en las elecciones de noviembre.

No me gusta en general la metáfora de que el movimiento de una mariposa en el oriente puede provocar una hecatombe en el otro lado del mundo. Pero la caravana tiene algo de eso respecto del futuro político de Estados Unidos, y del nuestro.

(Ilustración de portadilla: Víctor Ruiz. Tomada de la revista Nexos.)

La ilustración de portadilla es de David Peón y se tomó de la revista Nexos.

La migración sigue siendo, en este siglo XXI, un problema que ni los gobiernos ni las sociedades han aprendido a resolver. Sabido es, o debería serlo, que todos somos multirraciales y por lo tanto descendientes de migrantes. Sin embargo, a partir de la Gran Recesión que azotó al mundo hace diez años, los flujos de personas que transitan de un país a otro por razones humanitarias se han convertido, todavía más que en el pasado inmediato, en pieza de cambio, pretexto, o señal de alarma que se utiliza para beneficio político. Pero también es cierto que esto es así porque hay sectores de la sociedad que creen que aquellas personas que llegan a instalarse en su país, su ciudad, su barrio, provenientes de otras latitudes, son extraños que representan un peligro. Se crean prejuicios según los cuales unos tienen fama de ladrones, otros de terroristas y aquellos de mal vivientes. En todo caso, vienen a quitarnos nuestros trabajos, nuestros beneficios, nuestra seguridad.

La caravana de migrantes centroamericanos, principalmente hondureños, que hoy recorren el territorio nacional para dirigirse a Estados Unidos ha puesto en jaque a Peña Nieto y éste no ha sabido atender la emergencia correctamente. Primero optó por la represión, tratando de contener por la fuerza su entrada a territorio nacional, y ahora parece acompañarla bajo amenazas, sin saber bien a bien que hará en los próximos días.

El gobierno mexicano intentó detenerlos, no tanto por razones legales, sino sobre todo para seguir cumpliendo su papel de guardián fronterizo y así impedir su recorrido hacia el norte. De hecho, se han expulsado en los últimos años más centroamericanos de nuestro territorio que del suelo estadounidense según diversas fuentes oficiales. Es una estrategia insostenible que da pie a constantes agresiones e infamias de todo tipo.



El presidente Trump, por su parte, ha aprovechado este acontecimiento con fines electorales, ante la proximidad de los comicios de noviembre y la posibilidad de perder la mayoría en una o ambas cámaras del Congreso. No ha dudado en calificar a los marchistas de delincuentes, ni de culpar a sus rivales, los demócratas, de ser los verdaderos instigadores y organizadores de la caravana.

Sin embargo, todos los testimonios a la mano, recogidos de la prensa internacional y de las organizaciones humanitarias, coinciden en que estamos frente a una movilización genuina que en unos días logró reunir a miles de personas para enfrentar los malos tratos que reciben en nuestro territorio y debido a las condiciones cada vez más graves que ocurren en sus países: violencia, desempleo, hambre y miedo. Éste es el caso, sin duda y especialmente de Honduras donde existe una situación caótica, bajo un presidente rapaz y extremadamente represivo, impuesto a toda costa por Estados Unidos (recordemos el fraude electoral del año pasado).

De esta manera, la marcha que en estos momentos recorre Chiapas plantea un reto inmediato que sólo podrá resolverse con medidas de largo plazo. El flujo de personas provenientes de esos países va a continuar, pase lo que pase con esta marcha. Por ello, tocará a la administración de López Obrador definir un conjunto de políticas, indispensables para enfrentar distintos problemas.

En primer lugar, el respeto a los derechos humanos. Se tienen que reconocer que las causas de la migración son reales y por lo tanto atendibles. Y por lo tanto encontrar soluciones que de manera ordenada y bajo supervisión de las autoridades locales y de instancias internacionales, pueda proporcionarles oportunidades de estancia, tránsito, trabajo y apoyos básicos para cuidar su salud y su integridad física.

En segundo lugar, la migración forzada de mexicanos y centroamericanos ha sido motivo, desde hace años, de una tensión cada vez más aguda con el gobierno de Estados Unidos. Trátese de demócratas o republicanos, lo cierto es que las deportaciones masivas, la persecución, los malos tratos y el encubrimiento de la explotación laboral han sido permanentes. Es indudable que con Trump el discurso y las amenazas se han endurecido hasta convertirse en un motivo de discordia sin precedentes. Es posible que la situación pudiera cambiar si los próximos comicios en aquel país alteran el dominio absoluto de los republicanos, pero no hay que esperar demasiado. Por ello, se requerirá una posición firme que deje atrás la obediencia casi absoluta y se proponga poner en práctica un nuevo trato con los migrantes que vienen del sur. Ello tendrá que ser así, igualmente, en el caso de nuestros compatriotas que seguirán viajando hacia tierras estadounidenses. Si ello sucede, la confrontación será inevitable y habrá que pensar en un nuevo enfoque diplomático con nuestros vecinos del norte y del sur.



Dentro de México, adoptar una política humanitaria hacia los migrantes tendrá resistencias y costos políticos. No faltarán, desgraciadamente, campañas de odio y racismo. Y de ahí podrían desprenderse hechos de violencia. Pero todo esto se puede prevenir si se actúa con prontitud, con autoridades y agentes honestos y entrenados para atender a una población extremadamente vulnerable y fácil de caer presa, como hasta ahora, de chantajes y abusos. También tendrá que emprender una campaña que fortalezca la solidaridad y la empatía con los migrantes. Seguramente se requerirán recursos públicos, ya muy escasos en el presupuesto del próximo año, pero probablemente de una cuantía manejable si se administran con rectitud y destreza.

Afortunadamente, un gran parte de la sociedad mantendrá una actitud positiva. Procurará, sin duda, mostrar su solidaridad y apoyo. Resistirá la tentación de verlos como invasores no deseados y los recibirán como lo que son: parte de nuestra historia y nuestra cultura mesoamericana.

En resumen, la caravana de migrantes que hoy nos ocupa hará sonar muchas alarmas. Esperemos que se resuelva correctamente, poniendo en primer lugar los valores humanitarios. Pero habrá en el futuro otras expediciones más pequeñas o más grandes y un flujo de personas imparable que seguirán transitando por nuestro territorio huyendo de la inseguridad y la pobreza.



Étienne Balibar, el filósofo francés, muy conocido hace unas décadas por sus estudios sobre marxismo, ha publicado un breve ensayo traducido al español en El País que propone una revisión del derecho internacional para detener esta catástrofe cotidiana, la criminalización de los migrantes, que se presenta en varios lugares del mundo incluyendo Europa. Sugiere el reconocimiento de un nuevo derecho, el derecho de acogida a todas las personas errantes, como cree que deben ser calificadas. Ello significaría que la libre circulación de personas se convierta en un derecho inalienable que exija a los Estados poner los menores obstáculos posibles. Aplicar el concepto liberal de dejar hacer, dejar pasar, no sólo a las mercancías y a los capitales sino también a los seres humanos. Pero ello deberá ir acompañado de la obligación de los Estados soberanos de garantizar la dignidad y seguridad de las personas. Derecho que debe prevalecer en todo momento incluso frente a leyes y reglamentos de los Estados. Debe entonces quedar establecida la prohibición del rechazo o la expulsión de los migrantes; su maltrato; las listas negras por razones de país de origen, religión o raza. También las operaciones militares que los afecten. Y no debería permitirse tampoco la negociación con terceros países como refugios aparentemente seguros. En síntesis, no tratar a los extranjeros como enemigos pues son en realidad una parte de la población mundial, representativa, por su condición, de todas las desigualdades del mundo. Una propuesta, dice Balibar, para que, al fin, humanidad rime con igualdad. En el fondo, lo que está en cuestión es si las personas van a seguir expulsando de su seno a otras, o si se proponen integrarlas.

Bajo esta óptica, en esta caravana marcha una parte de nosotros mismos. Así hay que tratarla y entenderla.

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En el corto y mediano plazo, pienso que tampoco en el largo, no existe nada que pueda frenar la migración de los centroamericanos de los países del Triángulo del Norte (El Salvador, Honduras y Guatemala) hacia los Estados Unidos.

La condición económica y social de los tres países va a mejorar, en el mejor de los casos, en las próximas tres o cuatro décadas. Los niveles de violencia en esa región son estructurales y revertir la actual situación ahora se ve imposible.



Los políticos y los académicos centroamericanos, también la gente, sabe que las condiciones no van a cambiar y que la migración va a continuar en los actuales niveles e incluso crecer. No hay y no habrá pronto incentivos que la puedan frenar.

En el actual estado de cosas son bienvenidas todas las iniciativas internacionales, se requiere mucho dinero, que puedan colaborar al desarrollo de esa región que, en el tiempo, contribuyan al abatimiento de los niveles de pobreza y de la violencia.

La caravana de migrantes hondureños, que ya ha pasado por Guatemala y pretende cruzar por México hacia Estados Unidos, ha generado una crisis coyuntural y provocado todo tipo de reacciones xenófobas y racistas del presidente Trump, ya metido en la campaña electoral de su país.



El actual gobierno de México, ante la presión de Trump, ha endurecido su posición para intentar evitar que los migrantes hondureños crucen la frontera Sur e inicien su camino hacia el vecino del Norte, pero siempre en el marco de un discurso políticamente correcto.



La realidad centroamericana y la presión de Trump plantean al nuevo gobierno, este ya se va, nuevos problemas y retos que implican definiciones claras y puntuales sobre la política hacia los migrantes centroamericanos en la conciencia de que el flujo migratorio no va a detenerse.

Se calcula que en los últimos años asciende a 400,000 el número anual de los centroamericanos que cruzan por México e intentan ingresar a Estados Unidos y quedarse ahí. Muchos no lo logran, pero otros sí.

Para México, en los hechos y por ahora, solo hay dos posibilidades: permitir que los migrantes pasen por el territorio y que sea el gobierno de Estados Unidos quien impida su entrada o los deporte, que ha sido el modelo, con algunas variantes, desde los años ochenta.

Y la otra, intentar para satisfacer a Trump, sellar la frontera Sur, en el esfuerzo de que se “cuelen” muy pocos migrantes y así se reduzca de manera dramática el número de los que arriben a la frontera Norte. Ésta sería una nueva estrategia. Hay indicios de que ya inició.

La frontera Sur de México tiene 1,158 kilómetros (965,000 kms con Guatemala y 193,000 kms con Belice). ¿Es posible sellar la frontera? ¿México va a construir un muro con Guatemala y Belice? ¿Se van a destinar los recursos que requiere esa estrategia? El tema no es fácil y con la administración Trump se ha complicado.

Muy pronto el nuevo gobierno va a tener que definir su posición y luego ponerla en práctica. No siempre la mejor política exterior es la interior. Ésta última tiene su propia dinámica y no hay manera de evadirla.

Twitter: @RubenAguilar

Foto tomada de Televisa Noticias.

Mundo Nuestro. Asís Hallab, viajero en este mundo nuestro, y de visita en África. Así se define a sí mismo: "Káliman admirador del viento susurreando en los bosques coníferas de México."

Este breve relato nos abre al misterio del continente que Kapuzinzky bautizó como Ebano.



La primera noche en Kenia ya sobreviví.

En la tarde salí con un amigo de la familia, Marc, y pasé con él por el centro de Kisumu. Carreteras polvorientas con innumerables motocicletas, taxis tuk-tuk, ruido y más gente. No entiendo por qué a pesar del calor los kenianos usan chaquetas e incluso bufandas acá en los trópicos. Hasta cuando están sudando chorros no se quitan la chamarra. En el centro hay un cuadro de edificios de oficinas en el estilo de los años 60, en este divertido diseño de lámpara de lava y tonos marrones anaranjados. En las calles cabras y vacas una y otra vez. Todos se llaman hermano, hermana, mamá o papá. El mercado es un laberinto de callejones estrechos por donde ningún burro pasaría. Pequeños comercios que exhiben y trabajan la mitad delante de la puerta y la otra mitad adentro. Verduras y frutas se venden al lado del sastre y su vecino es un taller y herrería.



Luego, por la tarde, salimos hacia el lago Victoria. Los edificios están hechos de hierro corrugado y arcilla. Parecido a lo que ves en las carreteras rurales de México. La gente vive con sus animales y del comercio de la carretera. En sus orillas se encuentran muchos puestos de comida casera y lavaderos de coches. No sé por qué puedes lavar tu auto en cualquier parte. El lago es enorme y totalmente tranquilo.



En una acacia, que estaba medio inundada, anidan estos pequeños pájaros tejedores amarillos, que hacen sus nidos esféricos en las ramas. Los enjambres de libélulas danzan sobre los nenúfares, tres especies diferentes de garzas vuelan alrededor. Cuando el sol se pone, el lago se pone rojo y se anuncia una tormenta. Tomamos un barco para buscar hipopótamos, pero no había ninguno. Luego pescado fresco en una salsa agridulce de tomate. Finalmente me caí en la cama a las nueve y media y sólo me desperté de nuevo cuando estaba claro que tenía que colgar urgentemente el mosquitero. Completamente pinchado y con el zumbido constante de los mosquitos volando por mis orejas. A las cuatro de la mañana el vecino se despertó con sus tres horas de oración súper ruidosa del viernes musulmán. No es un lugar quieto Kenia.

Ahora estoy en un autobús completamente sobrepoblado para ir a la sabana a las famosas formaciones rocosas.

Un país loco y colorido.