Caravana Réquiem/Taller de Periodismo Ibero Puebla

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25 de septiembre de 2018. Miguel, un ex seminarista, actual estudiante de astronomía, sube un video a la página de Facebook de “En Busca de la Paz y el Bien”, “EPYB” asociación civil que él mismo fundó, cuyas oficinas se encuentran en el municipio de San Martín Texmelucan. En el video pide apoyo para una familia de escasos recursos del pueblo de San Baltazar Temaxcalac, cuyo hijo menor recibe un costoso tratamiento de hemodiálisis. Este niño, conocido como Manuelito, acaba de cumplir 12 años. El apoyo que Miguel pide a la comunidad consiste en donar dulces para que la madre de familia ponga un puestecillo que le dé sustento. En este mismo video invita a los espectadores a asistir a una fiesta de cumpleaños que le celebrarían el siete de octubre.

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En Busca de la Paz y el Bien A.C



A finales de septiembre y principios de octubre, la página publica fotografías y mensajes de agradecimiento a quienes donan dulces, ropa y regalos para la esperada fiesta de Manuelito, entre estos, una piñata circular roja.

6 de octubre de 2018. 7:10 pm. Llego con retraso a las oficinas de la asociación civil sudoroso y jadeante. Me recibe Hani, una chica de preparatoria que es integrante de la A.C. desde febrero. Me conduce a un comedor/sala, arriba, en donde me encuentro con mi conexión más cercana con EPYB, Laura, de unos dieciocho años cuyos padres también llevan tiempo siendo voluntarios.

Tomo asiento junto con otros chicos que me pasan parte de un mazo impreso de dominó con la particularidad de tener la ilustración de una mano junto a cada grupo de puntitos, las manos hacen la seña respectiva del número junto al que están. Es un mazo hecho especialmente para un curso de lenguaje de señas que dan a quien lo necesite y cuyo costo es voluntario. Junto a mí, una de las maestras, sordomuda, dirige y corrige las señas. Intento decir mi nombre a señas para presentarme, a lo que esta señorita hace un ademán simulando tener alas, las alas de un Ángel, para corroborar si me di a entender. Asiento, y veo, con tristeza, que a sus espaldas, en un rincón, descansa una piñata circular roja…

7:50 pm. El municipio ya no duerme tan temprano como lo hacía la primera mitad del año, el ejército ronda las calles a menudo y da la ilusión de seguridad a la población. A pesar de ello, han habido más de tres balaceras en los últimos dos meses, en zonas pobladas y con escuelas cerca. Está oscureciendo y Miguel se apresura a coordinar los grupos para transportarnos a San Baltazar, pueblo al que se puede llegar a través de la carretera Vicente Guerrero o cruzando San Lucas Atoyatenco, cerca de la zona tianguista. El mismo San Baltazar colinda con Moyotzingo, ambos pueblos son conocidos desde hace décadas por ser un punto de concentración de la mayoría de los asaltantes que operan en todo el municipio (Aunque, en su mayoría, sus habitantes son civiles comunes y corrientes).



Una señorita de unos veinticinco años llega y se presenta con Miguel. Viene acompañada de su novio. Ella se había enterado de todo el asunto por medio de las redes sociales desde el 25 de septiembre. Había mandado a hacer un pastel para el día de mañana, 7 de octubre, y ha tenido que cancelarlo. Laura y yo somos asignados a la camioneta pick up de la pareja. Apenas y quepo en el asiento trasero, tengo que ir encorvado durante el viaje. Pasamos por debajo de un puente que marca el fin de la ciudad; en la pared tiene un mural en el que se aprecia una madre indígena que carga a su hijo y sostiene un ramo de rosas rojas; sus manos que forman el símbolo femenino; un par de puños con cuerdas rotas en las muñecas y otro par en posición de recibir. Alrededor de la escena la pared está tapizada del escudo feminista.

Nos orillamos en la carretera, frente a la acera en la que descansan las viejas vías del tren. Esperamos al grupo, pero al cabo de quince minutos caemos en cuenta de que se han adelantado por el otro camino, el de San Lucas. Proseguimos y terminamos atravesando otro puente por debajo, el que marca el principio de San Baltazar.

Nos detenemos, estamos en una calle totalmente baldía, una camioneta pick up, una camioneta tipo familiar, y un vocho. Se averió el vocho. Miguel sale de su escarabajo y vienen a su memoria las cuatro veces que lo ha mandado a reparar en el año.



--¿No tienen unas pinzas, chicos? --nos pregunta.

No, nadie trae pinzas, no contábamos con que el vocho verde de Miguel iba a detenerse a medio kilómetro del destino. A pesar de todo, Miguel mantiene una sonrisa y una actitud admirable, le sentó bien la gracia de Dios. Al no encontrar forma de hacer que el viejo carro arrancara, y por presión de la hora, Miguel lo amarra a la camioneta familiar y continuamos el viaje.

Llegamos, el ex seminarista baja su guitarra y su amigo, su violín.

--¡Ya cambia tu carro, hermano! —le digo

--Es un cablecito nomás, allá en la casa lo amarro… — me responde.

Caminamos sobre una calle de tierra, Laura lleva en sus manos un coche de juguete con un moño encima; a lo lejos se ve nuestro punto de llegada: una fachada pintada de rosa, con el portón abierto, con unas láminas a modo de sombra. De las láminas cuelga un enorme moño blanco. Un pequeño casto había hecho el amor con una mujer blanca, más blanca que la nieve fría. No sé porqué esa frase se me viene encima.

Entramos con sigilo. Hay tertulia en el patio, que es la mayor parte de esa casita. Nos cubre una lona amarilla. Al otro extremo del patio, la mayoría de los presentes está detrás de una mesa larga con pan de dulce y jarras de té limón y café. A nosotros viene la madre de Manuelito, cada uno la saluda y la abraza:

--Buenas noches... Lo siento mucho.

Ella entra en una habitación rectangular rosa cuya puerta da al patio. Laura y Miguel la siguen. Alrededor están sentados los acompañantes del féretro blanco que descansa sobre una base de cobre, en el centro. Miguel se acerca a ver el rostro de Manuelito, toca el féretro y comienza a orar. Laura pone el carro de juguete sobre este, a la altura de los pies del niño. En el suelo, a los pies de Manuel, muchas veladoras juntas, algunas más consumidas que otras, iluminan la habitación. Cada una es la vida de quien la ofrenda, algunas más cercanas a su final que otras, dando compañía al pequeño que parte de este mundo.

Tras una cortina roja, en una habitación colindante, el fuerte llanto de un bebé, y al mismo tiempo, los intentos de una muchacha por calmarle. El pequeño no se serena, y llora aún más lastimosamente, gritando como si nadie le oyera.

Miguel y el violinista afinan sus instrumentos, y comienzan a tocar el réquiem mexicano, Entre tus brazos. Luego comienza a hablar.

—Hermanos, estamos aquí reunidos para despedir a un amigo —dice, antes de comenzar a rezar el rosario, en el que participan todos. Después de cada misterio, toca una canción, que purga las setas de amor y dolor en el corazón de los presentes.

En el cuarto misterio toca una canción que se olvida un poco de la iglesia y va directo al lugar donde esté quien que se ha ido. “Quiero abrazarte un momento, y decirte una vez más cuanto te quiero…”. La mujer que vela el cuerpo de su hijo cubre sus ojos, llora… y el cielo la imita.

Los presentes en el patio se resguardan bajo la lona. Una lámpara que descansa en una esquina y se moja con la lluvia y el vapor que se refleja en la luz, y forma figuras extrañas. Un autobús vacío de transporte de personal de alguna empresa pasa junto a la casa.

Ya son las 9:20 pm. Una noche sin luna cubre el pueblo. El rosario termina. Miguel y su compañero violinista tocan “Las mañanitas” para Manuel. Un aplauso y una porra para el chico, que cumplió los 12 años. Nuestros respetos y nuestro cariño.

Uno de los integrantes de la asociación le entrega con cordialidad una cantidad de dinero que han recaudado durante el día. Con dichas donaciones y un diálogo con el ayuntamiento, le han dado facilidad para comprar un lugar en el que los restos de Manuel tengan un lecho.

Se hace la repartición de pan dulce, café y té limón. Salgo a ver la calle, que es realmente un callejón amplio sin salida. Sigue lloviendo. Sale un hombre mayor, de unos setenta y cinco años, da las buenas noches, se monta en su bicicleta y se marcha. Lo mismo hace una familia, seguida de otras dos y más personas de la comunidad de San Baltazar, que habían venido a acompañar el hogar de luto.

Las conversaciones cálidas se hacen presentes, todos nos resguardamos del frío acercándonos los unos a los otros. Las asociaciones civiles, impulsadas por motivos de fe, de amor, o de responsabilidad social, hacen esto y más, fundadas por la comunidad para la comunidad.

Es momento de estar juntos, en una tierra rodeada por la soledad.

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Sobre el autor

Ángel de Jesús Bonilla Bañuelos

Ángel de Jesús Bonilla Bañuelos es estudiante de Comunicación en la Ibero Puebla. Participó en el el taller de periodismo impartido por Mundo Nuestro en la materia de Periodismo a cargo de la Maestra Ana Lidya flores.